Al hueso

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Noviembre 26, 2016

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Los mundos de Arelis Uribe son pequeñas miniaturas en que siempre hay una posibilidad de huir. Pero esa posibilidad está en otra parte, como si sus protagonistas, atados de manos, debieran buscarla con un periscopio.

por lorena amaro

Quiltras es el primer libro de cuentos de Arelis Uribe, periodista que ha sido finalista de los premios Concurso de Cuentos Paula y Periodismo de Excelencia U. Alberto Hurtado. Y con razón: su narrativa es ágil, precisa e inteligente; se funda en la observación y enunciación descarnada, dolorosa, de un mundo periférico, desventajado: el de los pequeños pueblos de provincia o los barrios de clase media baja, mundos que la nueva generación de escritores (Esteban Catalán, Paulina Flores, Daniel Hidalgo, Constanza Gutiérrez) insisten en examinar, quizás porque se encuentran en una frontera entre el querer y el poder ser, entre la pobreza y la decencia triste de una clase que trabaja y malvive en el borde del abuso y la precariedad. Los mundos de Arelis Uribe son pequeñas miniaturas en que siempre hay una posibilidad de huir. Pero esa posibilidad está en otra parte, como si sus protagonistas, atados de manos, debieran buscarla con un periscopio.

Los siete cuentos que integran el volumen enuncian el drama chileno de la condición social. Abre con el brillante “Ciudad desconocida”, en que dos primas de una familia grande y dispersa, en que los tíos varones tienen plata y las mujeres, problemas, se reencuentran tras años de distancia y silencio familiar. Con inteligencia bienhumorada y perspicaz, Uribe reflexiona sobre lo privado y lo público, lo familiar y lo nacional: “Concluí que si América del Sur fuera un barrio, Chile sería el vecino arribista que se compra un auto grande y un perro muy chico y usa mucho la chequera y la tarjeta de crédito. Mi prima lo comparaba con El Chavo y decía que Chile era el Quico del cono sur. Yo no lo decía pero pensaba en nuestra familia y sentía que mis tíos eran Chile y su mamá y la mía eran los países perdedores o una mezcla entre Doña Florinda y Don Ramón: dueñas de casa miserables, que nunca podían pagar la renta”.

fichaquiltras

El paisaje de varios de estos relatos es el de la Gran Avenida y comunas como San Bernardo o La Florida, por los que protagonistas, niños aún o adolescentes sin plata, rebotan y aprenden en una novela de formación nada fácil, en que el límite de la amistad y la atracción erótica se torna difuso. Tanto “Ciudad desconocida” como “Italia” y “Quiltras” siguen de cerca la amistad de escolares y jóvenes en un espacio adverso a los afectos. Las diferencias de clase social y un entorno empobrecido son las notas que suenan fuerte en estos intentos de proximidad, en que a veces los personajes funcionan como espejos: “Nuestras casas eran como réplicas”, cuenta la narradora de “Quiltras”, la misma que parafrasea los Me acuerdo primermundistas de Joe Brainard y Georges Perec con esta descripción de su escuela: “Me acuerdo del comedor lleno de caca de paloma. Me acuerdo de las manchas, eran como la mezcla de blanco y gris en la paleta de un pintor, pero secas y poniéndose verde oscuro, fosilizándose en el techo, en el suelo, en las ventanas (…) Me acuerdo del baño, con las tazas vomitan­do litros y litros de agua, regurgitando lo que alguien había depositado hace días, semanas o meses (…) Me acuerdo que había que pedirle confort al inspector en el recreo y todo el co­legio te veía hablar con el viejo de delantal blanco, pasán­dote un pedazo de papel medio café, áspero y enrollado, y lo que originalmente pretendías hacer en privado se hacía público”. El dolor de lo feo contrasta con los destellos de belleza del lenguaje, siempre preciso: “Me recosté a su lado y la besé y su boca sabía a agua limpia, a papel de revista brillante”; “La Italia se distan­ció de mí y yo de ella, de manera lenta pero sostenida, como dos trozos de tierra en la deriva continental” (“Italia”); “Cuando salimos, los estudiantes seguían igual de lánguidos, como si en vez de adolescentes fueran des­ahuciados de un asilo” (“El kiosco”).

“Bestias” confronta a la protagonista con una perra recién parida, cuya situación de calle es tan desprotegida como la suya propia. En muy pocas páginas, Uribe traza una historia afectiva; el barrio se torna, como escribiera Gladys González en su poemario Gran Avenida, “un territorio del corazón”. El paisaje cerrado, chato y feo de la educación pública chilena aparece nuevamente en “El kiosco”, en que Uribe disecciona con precisión ese cuerpo enfermo. Una asistente social es enviada a examinar diferentes iniciativas escolares. Confiesa, desalentada: “Cada vez tuve que aplicar la misma técnica medicinal: disociar los contextos y los términos teóricos, de los nombres y las personas”. Los relatos “Rockerito83@yahoo.es” y “Bienvenida a San Bernardo” muestra a jóvenes explorándose a la distancia, o en encuentros breves en provincias y barrios en el límite difuso de la pobreza. “Bienvenida…” es el relato más flojo del conjunto, ya que la historia se adelgaza al punto de transformarse en una simple anécdota. Por lo demás, se trata de un debut impecable, al hueso, aunque un poco breve: dan ganas de leer más.

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