Al margen del color de la noche

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Septiembre 20, 2018

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por pablo d. sheng

Te ves en una esquina junto a C y N, quieren la menor cantidad de luz, un rincón oscuro, pero frente a Zotano, uno de los bares cola de Bellavista, es difícil. Una pareja de hombres les pregunta si saben quién vende. N dice que lo sigan. No hay pacos y si los hubiera tampoco importaría. Yo hasta he jalado en sus hombros, dices, verificando que ningún retén deambule cerca.

 

***

 

Poco antes de las 12 de la noche, te encuentras con C afuera del Telepizza de Plaza Italia. Hace por lo menos un año que no la veías y creíste que seguía igual. Ella mantiene una de sus mechas teñidas, el rapado a un lado y las calzas fluorescentes, cósmicas. Te contó que terminó con su pololo, porque se metía con la ex y estas semanas se las ha pasado entre la universidad y el Jammin. En esa disco, donde se baila reggae, conoció a N, su pololo actual. Después continuaban en afters, trataban de no pagar nada, trasnochar en la calle y recién ahí volver a sus casas.

Caminan por Pío Nono casi en procesión al cerro, aunque tropiezan justo con N que se para en una esquina a repartir volantes de un local. En 15 minutos salgo de la pega, dice. Lo acompañan a promocionar ofertas de tragos, mientras C lo besa y se encuentran a unas amigas. Más rato se verán en el Jammin.

Ves que N usa jockey, tú andas con un polerón negro y mochila al hombro, eres medio gordo, ancho de cuerpo. Cuando se desocupa van a otra esquina, la del Venecia, en Antonia López de Bello. Unos colombianos se achoclonan, murmuran cosas, arman misterio y de a poco intercambian bolsitas como las que tú vendías hace unos años. Tratas de reconocer a alguien, pero dices que lo que venden ellos es mierda, y C y N ríen.

Les cuentas que vienes de la pega, del hotel Hyatt, donde siempre robas vodkas, incluso whiskies, lo más caro. Dices que a tu familia le regalas cajas de vino para Navidad y Año Nuevo. A los 12 años empezaste a trabajar en una textilería donde cortabas sobras de tela, tu cuerpo se ensanchaba, comías más y los dedos trataban de hilar fino los cortes. Años después te saliste. Tu hermano mayor te metió a trabajar en su banquetería. Aprendiste a garzonear, a tener mejor gusto y te enseñaron a preparar comida que quizá nunca habías probado. Ahora sigues en lo mismo, haces buffets y breaks para empresarios, y has juntado plata, te quieres ir del país, recorrer Latinoamérica entera y llegar a Miami, encontrar a tu tío y cumplir uno de tus sueños: convertirte en peleador de la lucha libre.

 

***

 

Para ser viernes no hay tanta gente afuera del Jammin. Por ahora te sientes al margen de los colores de la noche, como si hubieras hecho la paz con ellos. Logras dar cuenta de las luces del local, del amarillo y del rojo del cartel luminoso. Esperan a que los dejen entrar gratis. Mientras haces la fila, N conversa con alguien entre dos autos estacionados. Ambos llevan jockey, la otra persona tiene trenzas y su ropa es mucho más ancha. Le cuentas a C que dejaste de traficar hace un tiempo, antes siempre lo hacías en los baños de Locos por el Deporte. Los dueños del bar te cuidaban, no dejaban que entraran pacos de civil a vigilar. Te acuerdas de una vez que los propios garzones te salvaron, andabas con 250 mil pesos vendidos, en efectivo, y otros 250 mil en cocaína.

Sientes que la temperatura baja. La Virgen del cerro aún brilla, o crees que brilla más que de costumbre. No te dejan entrar gratis, pero sí a C y a N. Entonces pagas y tienes derecho a un cover. C te da, metiendo su mano en tu bolsillo, una bolsita. Les timbran las muñecas e inspeccionan tocándoles los brazos, los muslos, revisan las mochilas. No hay nada más que la polera que usaste en el Hyatt, un delantal y la cortapluma olvidada por el guardia. Vas a la barra, pides un roncola y notas que la gente baila un tema de Morodo.

Sigues a C y N, llegan al fondo del Jammin. N vuelve a hablar con un extraño, ahora entre ellos corre plata. C estira sus caderas contra la pared. Cada uno toma del mismo roncola. Otras mujeres hacen lo mismo, doblan sus rodillas, dejan que un hombre las agarre y junte su pelvis a las caderas. Tú bailas, mueves tus brazos, piernas y tronco, aunque sepas que no te gusta hacerlo y tus movimientos sean torpes. N termina lo que hace y besa a C. Les dices que salgan. La puerta que da hacia el patio está cerca. Comparten unos cigarros.

El patio se llena, todos fuman y es difícil no chocar ni pisar a los demás. Le cuentas a N que unos amigos pelearon en Amsterdam, uno de los bares que se encuentra frente al Jammin. Salieron con sillas y los persiguieron hasta el Parque Forestal. Les dices que ese tipo de cosas no pasaría si tú hubieras estado, que sabes pelear y por eso mismo te respetan. Recuerdas que hace un tiempo fuiste hacker y te metías a cuentas de empresarios, gente famosa, políticos. Robar un par de millones no significa nada para ellos. Estuviste un mes escondido en Villarrica, junto a tu polola. A ella le dijiste que se fueran de vacaciones y te creyó. Recuerdas cuando hacían el amor mirando la fumarola del volcán y crees que ese mismo humo es el que sale de tu boca al exhalar por frío o por cigarro.

C y N conversan con alguien de pelo largo y lleno de rastas. Es grande y su ropa lo hace ver más alto y gordo. Te acercas y te metes en el círculo. El de rastas saca cogollos de un frasco y los reparte. Le das fuego y sientes olor a cloro, te pegas hacia la puerta. Entonces vas al baño y no logras entrar, porque parece que se ha inundado. El piso húmedo, marcas terrosas de zapatillas: alguien camina en medio de gente que baila, pide permiso para sacar un trapo y secar el suelo.

Al volver, le dices a C y N que vayan a la calle. Muestran a los guardias sus timbres en las manos y se meten en un rincón oscuro. Vuelves a sentir olor a cloro, a agua mezclada con champú. Se acaban los cigarros, pero C compra uno suelto a la señora colombiana que trabaja un carrito de dulces y bebidas. Al volver corroboran sus timbres. Ya son cerca de las tres de la mañana, dicen que la gente debe irse en media hora. A pesar del frío que tienes, los demás sudan, están en polera. Aún tienes las manos heladas. Vuelves al baño y del piso ya no hay agua. La última canción es “Jammin” de Bob Marley, y la corean, se dan los últimos besos y sus cuerpos se pegan, se agarran. Abren las puertas, la gente se aglutina y ese mismo choclón se esparce afuera del local. Aparecen vendedores de cerveza, traficantes ofreciendo creepy o cocaína, taxis de vidrios polarizados, uno que otro retén, vagabundos pidiendo plata.

 

***

 

Cuando vuelves a casa, ves que la extensión del cerro San Cristóbal desaparece. Los árboles, tunas que en verano florecen, apenas se notan. Miras directo a la Virgen, sus luces blancas que titilan, y dejas atrás la bulla. Cada mañana caminas por ahí: colillas de cigarro repartidas en el piso junto a bolsitas vacías y rasgadas, estudiantes yendo a clases, panaderos cargando harina, vendedores de jugos naturales y marraquetas con queso, palta o jamón, el olor a cerveza proveniente del suelo, botellas reventadas, vidrio molido.

La calle está oscura. Donde vives arreglan un parque y construyen un edificio. Solo el departamento piloto y un foso del que no sabes cuántos metros hay hacia abajo. Te salvas de un asalto, o eso crees. Al abrir la puerta sale tu gato, apenas despierto, bostezando. Te quitas los zapatos, la ropa, ordenas tu mochila y te lavas la cara con agua caliente. Tratas de dormir viendo cómo la luz suave de la Virgen entra por la ventana. Mañana tienes libre.

 

Imagen de portada: Víctor Ruiz.

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