Febrero 1, 2018

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Contrario al lugar común, el autor de Religión para ateos, Las consolaciones de la filosofía y Miseria y esplendores del trabajo, defiende el pragmatismo de filósofos como Cioran y Pascal, autores que se revelan a la idea romántica de alcanzar la felicidad porque las relaciones nunca –o raramente– son plenas. Hay un fondo de amargura y frustración, de deseo diferido, que es mejor reconocer con la hidalguía de los pesimistas. Al mismo tiempo, asegura que el género de autoayuda debiera ser la mayor aspiración de un escritor realmente ambicioso: “Las meditaciones sobre la ira de Séneca y Marcos Aurelio están entre las obras más grandes de la literatura de cualquier nación o época. También son, sin lugar a dudas, libros de autoayuda”.

por cristóbal carrasco

Debiese resultar extraño que un filósofo de origen suizo, graduado de Oxford y Cambridge, master en el King’s College y antiguo candidato a doctor en Filosofía en Harvard, publique un libro llamado Cómo cambiar tu vida con Proust, o haga una serie de televisión llamada Una guía para la felicidad. Sus títulos poseen un aire sospechoso, a libros de autoayuda, y convengamos en que  luego de años de best-sellers los textos de autoayuda no han vuelto mejor a la humanidad, no han logrado hacer millonarias a las personas ni se han cumplido más sueños o metas.

Alain de Botton dejó su PhD sobre filosofía francesa en Harvard a fines de los 90, y desde esa época ha publicado libros que pretenden unir el desarrollo filosófico en Occidente y lo que él ha denominado “educación emocional”: Religión para ateos (RBA), Las consolaciones de la filosofía (Taurus) o Miseria y esplendores del trabajo (Lumen). Con ellos ha desarrollado una teoría que se sustenta, por sobre todo, en derribar los efectos del mito romántico en nuestra era. Así también creó desde el 2008 The School of Life, una escuela que pretende, a través de la filosofía, desarrollar la inteligencia emocional. En su tienda hay libros como Lecciones de vida de Kierkegaard, y en su canal de YouTube, videos dedicados a Wittgenstein, Keynes u otros del tipo “cómo discutir con tu pareja”. Quisimos conversar con Alain de Botton sobre su labor en School of Life y su obra.

 

¿Cómo se le ocurrió fundar una escuela o centro como School of Life?

School of Life es una organización dedicada al desarrollo de la inteligencia emocional o, para decirlo más sencillamente, a la difusión de la sabiduría. Tenemos sucursales en 10 países, hacemos videos en YouTube, publicamos libros, damos clases y ofrecemos psicoterapia. También trabajamos con empresas para ayudarles a resolver problemas emocionales en los lugares de trabajo. La idea de School of Life partió de la impresión de que las sociedades modernas son, a menudo, muy buenas en volver a la gente rica, pero no muy buenas en hacerlas sabias o felices. School of Life tiene como objetivo ser el lugar al que acudes cuando la vida resulta más complicada que lo que habían anunciado.

 

¿Cuáles han sido las dificultades a las que se han enfrentado en School of Life? ¿Ha sido difícil conciliar las opiniones de todos los participantes del proyecto?

El reto de School of Life ha sido asegurar que no se convierta en otro lugar donde la gente venga y diga cosas ligeras y al azar. Estamos muy enfocados: tenemos una ideología, una manera coherente de ver el mundo. Creemos una serie de cosas sobre las relaciones, los lugares de trabajo, el yo y la familia: somos un equipo que dice cosas similares, ya sea en un video, un libro o un seminario. Ha sido difícil dotarle sentido y crear una ideología compartida, pero hasta ahora hemos tenido éxito.

 

Uno de los temas más recurrentes en los videos es la desmitificación del romanticismo. ¿A qué atribuye el resurgimiento de la ideología romántica en nuestra era, y por qué cree que es importante atenuarla?

El romanticismo es una ideología bastante inútil en lo que a relaciones se refiere, porque nos dice una serie de cosas falsas sobre el amor: que existe una persona que puede hacernos felices, que el amor romántico nos salvará, y que el sexo y el amor siempre van juntos. Suena hermoso, pero no es real, y nos distrae de la verdadera tarea: hacer que las relaciones funcionen. El romanticismo ha sido una catástrofe para el amor.

“El clasicismo cree en la evolución más que en la revolución. Confía en que muchas cosas buenas tienen que ser cumplidas por las instituciones más que por heroicos agentes solitarios, y acepta los compromisos necesarios para trabajar con otras personas”.

 

Isaiah Berlin dice en Las raíces del romanticismo que los románticos estaban empeñados en destruir la razón y el progreso logrado por la Ilustración. ¿Comparte esa idea?

La corriente opuesta al romanticismo es lo que llamamos en School of Life, “el punto de vista clásico”. Una visión clásica de la vida se basa en una conciencia intensa y pesimista de las debilidades de la naturaleza humana, así como una constante sospecha de lo “instintivo”. La actitud clásica sabe que nuestras emociones pueden sobrecargar nuestras mejores percepciones, que nos malinterpretamos de forma repetitiva a nosotros mismos y a los demás, que estamos más cerca de la locura de lo que pensamos, así como del daño y del error. El clasicismo busca constantemente –a través de la cultura– corregir las fallas de nuestras mentes. El clasicismo es cauteloso con nuestro anhelo instintivo de perfección. En el amor, aconseja una graciosa aceptación de la “locura” dentro de cada pareja. Sabe que el éxtasis acabará en algún momento, y que la base de todas las buenas relaciones debe ser la tolerancia y la simpatía mutua. El clasicismo tiene un gran respeto por la vida doméstica; ve en aparentemente pequeños detalles prácticos cuestiones dignas de cuidado y esfuerzo profundo; no piensa que sería degradante ordenar el armario de ropa o hacer las cuentas de la casa, porque estos son puntos modestos en los que nuestras propias rutinas se cruzan con los grandes temas de la vida.

 

¿Sería una línea menos idealista, más pragmática?

El clasicismo entiende que necesitamos reglas y, en la educación de los niños confía en el establecimiento de límites. Ama –pero no idealiza– a los jóvenes. En la vida social, el clasicismo aconseja la cortesía como una forma de mantener a raya a nuestro verdadero yo. Entiende que el “ser uno mismo” no es algo que siempre debiésemos buscar para estar cerca de alguien que nos interesa. También sabe que los pequeños cumplidos y garantías son de enorme beneficio, dada nuestra inseguridad y fragilidad natural. El clasicismo cree en la evolución más que en la revolución. Confía en que muchas cosas buenas tienen que ser cumplidas por las instituciones más que por heroicos agentes solitarios, y acepta los compromisos necesarios para trabajar con otras personas. En relación con las carreras profesionales, la actitud clásica está en desacuerdo con la noción de vocación. No mira a nuestros instintos para resolver los complejos problemas de lo que deberíamos hacer productivamente con nuestras vidas. En cambio, ve la necesidad de un autocuestionamiento cuidadoso y extenso. Pero también asume desde el principio que todo trabajo es, de alguna manera, laborioso y frustrante, y rechaza la noción de un trabajo “ideal”, al igual que refuta lo ideal en la mayoría de las esferas. Es un ferviente creyente en el concepto de que las cosas son “lo suficientemente buenas”.

 

Algunos videos de School of Life están dedicados a filósofos pesimistas, como Cioran o Pascal. ¿De qué manera estos pensadores son importantes hoy en día?

Un pesimista es alguien que asume con calma desde el principio –y justificadamente–, que las cosas tienden a resultar mal en casi todas las áreas de la existencia. Así, y por extraño que parezca, el pesimismo es una de las mayores fuentes de serenidad y satisfacción humana.

 

¿Podría explicar más este punto?

Las razones son muchas: las relaciones nunca –o raramente– son el matrimonio dichoso de mentes y corazones que el romanticismo nos enseña a esperar; el sexo es, invariablemente, un área de tensión y anhelo; el esfuerzo creativo es casi siempre doloroso, comprometido y lento; cualquier trabajo –por atractivo que sea en el papel– será fastidioso en muchos de sus detalles; los niños siempre resentirán a sus padres, por más bienintencionados y amables que sean los adultos: la política es, finalmente, un proceso de confusión y compromiso incómodo. Nuestra satisfacción en esta vida depende en gran medida de nuestras expectativas. Mientras mayores sean nuestras esperanzas, mayores serán los riesgos de rabia, amargura, decepción y persecución.

 

Todo radicaría, en el fondo, en controlar el deseo.

Muchas fuerzas en nuestra sociedad conspiran para atizar nuestras esperanzas injustamente. Nuestra cultura comercial y política se basa, trágicamente, en la fabricación de promesas en escenarios increíblemente hermosos. Estas fuerzas entran en una tendencia natural, aunque profundamente errónea, de la mente humana, que piensa que la esperanza debe ser la clave para la felicidad (y la bondad). Al igual que los optimistas, los pesimistas quisieran que las cosas salieran bien. Pero al reconocer que muchas cosas pueden –y probablemente lo harán– ir mal, el pesimista se coloca con habilidad para asegurar el buen resultado que ambas partes buscan en última instancia. Es el pesimista que, nunca habiendo esperado que algo saliera bien, tiende a alcanzar una o dos para sonreír.

“La verdadera tarea de la secularización consiste en robar las técnicas educativas de las religiones sin tener en cuenta la mayor parte de su contenido. Las religiones son demasiado creativas, interesantes y útiles para abandonarlas y dejarlas solo a quienes creen en ellas”.

 

¿Qué piensa de los libros de autoayuda?

No hay un género literario más ridiculizado que el libro de autoayuda. Las personas de mentalidad intelectual los desprecian universalmente. Los libros de autoayuda no aparecen en listas de lectura en ninguna universidad de prestigio, no son reseñados ​​por revistas especializadas y es inconcebible que un premio literario se otorgue a uno de sus autores. Este ataque concertado a todo el género de autoayuda es un síntoma de un prejuicio romántico contra la idea de la “Educación Emocional”. Ofrecer la educación emocional explícita se considera como debajo de la dignidad de cualquier escritor serio. Deberíamos –si somos inteligentes– saber cómo vivir ya. Por tanto, no sorprende que la calidad de los libros de autoayuda esté actualmente muy degradada. Los estilistas más experimentados y los pensadores más agudos se sentirían avergonzados al poner su nombre en una obra que estaría destinada a terminar en los estantes más burlones de cualquier librería.

 

¿Y esto ha sido siempre así?

En la cultura clásica de la antigua Grecia y Roma, se dio por supuesto que la mayor ambición de cualquier autor era ofrecer al lector una educación emocional que pudiera guiarlos hacia la realización (eudaimonia). Los libros de autoayuda estaban en el pináculo de la literatura. Los pensadores más admirados, como Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca, Plutarco y Marco Aurelio, escribieron libros cuyo objetivo era enseñarnos a vivir y morir bien. Además, desplegaron todos los recursos de inteligencia, ingenio y estilo al escribir sus manuales para asegurar que sus mensajes deleitaran las facultades intelectuales y emocionales de los lectores. Las meditaciones sobre la ira de Séneca y Marcos Aurelio están entre las obras más grandes de la literatura de cualquier nación o época. También son, sin lugar a dudas, libros de autoayuda. Es como si los seres humanos hubieran dejado de escribir buena autoayuda después de la caída de Roma. Pero una vez que vemos la cultura como una herramienta para la educación emocional, muchas otras obras emergen como, de hecho, pertenecientes al género de autoayuda actualmente muy calumniado. Por ejemplo, Guerra y paz de Tolstói apunta explícitamente a enseñar compasión, calma y perdón; ofrece orientación sobre dinero, modales, relaciones y desarrollo profesional; busca mostrarnos cómo ser un buen amigo y cómo ser un mejor padre. Claramente es un libro de autoayuda, pero simplemente no se describe de esta manera por los actuales guardianes de la cultura. En busca del tiempo perdido de Marcel Proust es, de manera similar, también un libro de autoayuda, pues nos enseña cómo liberarnos de nuestro apego al amor romántico y a la posición social en favor de un enfoque en el arte y las ideas.

 

¿No estará forzando mucho la cuerda?

No es un insulto describir obras maestras como libros de autoayuda. Es una manera de identificar correctamente sus ambiciones, esto es, una guía que nos aleje de la locura en pos de vidas más sinceras y auténticas. Estas obras nos muestran que la autoayuda no debe ser una empresa marginal de bajo grado y que el deseo de guiar y enseñar la sabiduría es el núcleo de toda escritura ambiciosa. En las librerías de la Utopía, las estanterías de autoayuda serían las más prestigiosas y sobre ellas se sentarían las obras más distinguidas de la literatura mundial, regresando, por fin, a su verdadero hogar.

 

Usted ocupa una posición como intelectual público y escritor. ¿Cree que los escritores o artistas tienen una responsabilidad específica en las sociedades contemporáneas?

Creo que es un asunto personal. Nunca haría que alguien se sintiera mal si fueran escritores y no tuvieran ninguna participación social. Sin embargo, para mí, tener un impacto que pueda medirse es importante. Pretendo ser un reformador social, un tipo político.

 

Comenta en Religión para ateos que no creció en un ambiente religioso. ¿De qué modo influyó la religión, o la vida religiosa, en sus lecturas?

Estoy muy interesado en la secularización. La secularización es el proceso mediante el cual la humanidad se ha despojado, gradualmente, de sus creencias de larga data sobre deidades y dioses. Casi todos los países desarrollados del mundo han sufrido, durante el siglo pasado, un proceso significativo de secularización. Las religiones que una vez fueron influyentes en toda la sociedad ahora, generalmente, solo tienen pequeñas bandas de fieles adherentes. Se podría asumir que la secularización implica lógicamente una sola cosa: probar la inexistencia de un Dios y luego librar al mundo de todo lo relacionado con la religión. Pero puede haber una manera diferente de abordar la secularización, un matiz que se relaciona con la identidad dual de las religiones. Aparte de sus nociones especulativas sobre los orígenes del universo y la supervivencia del alma después de la muerte, las religiones también han sido siempre las portadoras de una gama de ideas psicológicas útiles e importantes. Las religiones se han comprometido en dos tareas: hacernos fieles y hacernos sabios.

 

Aunque han desatado guerras y cruzadas bien poco felices.

Durante largos períodos de la historia, las religiones estuvieron involucradas no solo en las especulaciones metafísicas, sino también en lo que ahora llamaríamos “Educación Emocional”. Ellos pusieron en primer plano el perdón, la caridad, el sentido de comunidad, la gratitud ritual, la honestidad sobre los errores propios, la generosidad hacia los débiles y el rechazo del dinero como medida última del valor de los individuos. Las religiones también eran asombrosamente creativas acerca de cómo lograr esta Educación Emocional. No solo ofrecían conferencias en salones feos, sino que desplegaron a los artistas más grandes del mundo para mostrar sus opiniones de lo que consideraban una vida bien vivida; construyeron edificios majestuosos y se apoderaron del arte mayor con el fin de transmitir mensajes complejos sobre la bondad, la generosidad, la humildad y el dolor, que se alojaron firmemente en nuestras almas. Desarrollaron el poder del ritual: se dieron cuenta de cómo la repetición, las reglas, las ropas especiales, los alimentos sagrados y los días, las palabras y los gestos podrían ayudar a nuestros cerebros agujereados a conservar ideas importantes. La verdadera tarea de la secularización consiste en robar las técnicas educativas de las religiones sin tener en cuenta la mayor parte de su contenido. Las religiones son demasiado creativas, interesantes y útiles para abandonarlas y dejarlas solo a quienes creen en ellas.

 

Usted nació en Suiza, como Rousseau. ¿Es su obra importante para usted?

Veo a Rousseau como la figura principal del romanticismo y, por lo tanto, responsable de muchas de las actitudes que hoy considero problemáticas. ¡Casi todo en lo que creo está en desacuerdo con Rousseau!

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