Julio 25, 2018

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Laguna, la nueva novela del escritor porteño, narra lo acontecido una noche de verano de 1992, en la que un estudiante universitario termina involucrado con el hampa viñamarino. Plagada de fantasmas y digresiones alucinadas, el libro representa una radical apuesta formal por la frase corta. En esta entrevista, el autor cuenta cómo concibió esta historia y las referencias que lo rondaron mientras escribía.

por matías hinojosa

Desplegar un recuerdo (o una pesadilla) hasta sus últimas consecuencias es lo que se propone Álvaro Bisama en Laguna. En esta, su séptima novela, el narrador cuenta los sucesos ocurridos una noche de verano de 1992, en la que por accidente termina involucrándose con el hampa viñamarino, en una historia plagada de apariciones fantasmales y digresiones alucinadas. El libro, además de presentar una acción trepidante, radicaliza una apuesta formal que Bisama ha explorado ya en títulos anteriores: el uso exclusivo y riguroso de la frase corta.

“1992. Febrero. Estoy fuera de lugar. Vengo del sur. Vivo con lo mínimo. Estudio para ser profesor en la universidad. Llamo a mi casa por teléfono una vez por semana. Uso el teléfono de una panadería”, se lee en las primeras páginas de Laguna, donde también se dan cita otros elementos inconfundibles de su literatura, como las permanentes referencias a la cultura pop –la historia, de hecho, toma lugar justo en los días en que se realiza el Festival de Viña del Mar, situación que es aprovechada para integrar en el relato, por ejemplo, la espera de los fanáticos afuera del Hotel O’Higgins o la presentación en el certamen de Ana Gabriel. Asimismo, entre medio de la acción, aparecen referencias a J.J. Benítez, Poison, Phil Collins, Duran Duran y películas b como Critters.

El protagonista de Laguna es asaltado por los recuerdos mientras mira la pantalla de un televisor no sintonizado. “La radiación me baña. Los programas se acabaron. El mundo duerme. Yo no cierro los ojos. La luz es un murmullo. Recuerdo”, dice el narrador, quien se remonta a ese año en que, aburrido de estar en la casa de sus padres, decide volver a Viña semanas antes de entrar a clases. Es en el contexto de esos días de vagabundeo por la ciudad que se encuentra con el Chino, un ex compañero de universidad que toca covers de Alberto Plaza y Fernando Ubiergo en un bar. Y será a través de este personaje que el protagonista entrará en relación con los bajos fondos de la ciudad.

“Creo que 1992 le iba bien al relato: un Chile paralizado por la promesa de la modernidad, un mundo de susurros y lleno de monstruos, una democracia vigilada donde nadie podía hablar demasiado fuerte porque la cristalería de la realidad podía romperse”.

El anterior es el argumento central de la novela. Sin embargo, en Laguna se superponen marcos temporales y también otras historias. Uno de los momentos más notables del libro ocurre cuando Bisama toma uno de estos caminos laterales y narra, en voz de uno de los personajes en las últimas páginas de la novela, una versión afiebrada de la vida de Luis XVI, en la que el rey sobrevive a la guillotina y huye hacia América.

 

¿Por qué la frase corta te pareció indicada para esta historia?

Eso lo descubrí en el camino. Las razones son dos. La primera tiene que ver con el ritmo de la novela, que depende de cómo se mantiene la tensión, de cómo la voz del narrador se sumerge en cierto vértigo del que no puede salir y que simplemente se acelera en el estado medio alucinado en el que está, en ese intersticio entre el día y la noche, el olvido y el recuerdo, los vivos y los muertos. La segunda razón es procedimental: escribir desde ese tipo de frase como una premisa, como un método, como una forma de buscar salidas imprevistas, llevando la prosa y el relato a lugares que no esperaba.

 

¿La novela es un intento por dar forma literaria a aquella idea, expresada por el narrador, de que “la memoria es un virus” y “una ola llena de desperdicios”?

Tiene algo de eso. Me interesan las ficciones donde la memoria está rota y se recompone a duras penas a partir de lo que no sabe que carga, de los detalles vueltos escombros; quizás porque esa memoria privada existe en un lugar más cercano al horror que a la épica. En ese sentido, esos desperdicios abordan lo irrecuperable, lo que se quemó, lo que perdió contexto o sentido. Laguna quizás funciona desde ahí, tiene una voz que parece a ratos estática porque narra todo como si fuesen apariciones, como si los objetos y los personajes existiesen como habitantes de otro mundo, de ese lugar extraño que es el pasado.

 

¿Por qué elegiste ambientar los hechos en 1992? 

Eso se dio por razones biográficas. Quise jugar con los paisajes que recordaba de adolescente usándolos de decorado, inventándolos de nuevo para efectos narrativos. No sé si hay intención documental en eso. De hecho, creo que buscaba lo contrario, abordar en la novela esos recuerdos de un mundo ahora perdido, de esa ciudad que desapareció, que no está más, que se convirtió en otra cosa. Además, creo que 1992 le iba bien al relato: un Chile paralizado por la promesa de la modernidad, un mundo de susurros y lleno de monstruos, una democracia vigilada donde nadie podía hablar demasiado fuerte porque la cristalería de la realidad podía romperse. Pero esa explicación es posterior: siempre supe que transcurriría en 1992.

 

Antes de sentarte a escribir, ¿cuál fue la primera imagen o certeza que tuviste?

Tuve dos ideas que no tenían nada que ver. En la primera, alguien recorría Viña de noche. Y en la segunda, alguien contaba la historia del último rey de Francia antes del amanecer. No sabía cómo se relacionaban y creo que por eso escribí la novela. Me pasó lo que me pasa siempre: quería saber cómo iba a contar eso, qué clase de voz podía narrarlo.

 

“Me gusta la luz de los televisores encendidos. Es una luz extraña. Parece viva pero es el recuerdo de algo que ya sucedió, una emisión que proviene de un mundo imaginario. También me gusta que se trate de una luz fluctuante, en perpetuo movimiento”.

El relato está cruzado por un suspenso que no baja la marcha. ¿Piensas en la experiencia que tendrá el lector mientras escribes?

Es raro, porque nunca pienso en el lector así. Creo que los lectores son muy distintos y tienen experiencias diferentes y respeto justamente el hecho de que el acto de la lectura sea algo intransferible e íntimo. El suspenso tiene que ver con lo que me pasaba a mí mientras escribía, con mantenerme yo mismo atraído por el relato, porque estaba descubriendo lo que sucedía en la medida en que lo escribía, pues sabía que estaba escribiendo una pesadilla pero también estaba disfrutando hacerlo, sobre todo en el plano del lenguaje. Por supuesto, no tenía nada de eso claro mientras trabajaba. Todo se fue construyendo en el proceso, aunque intuía que ahí había un ritmo, un tono. Entonces aplicaba una máxima que en realidad era pura especulación: si yo seguía interesado, el lector eventualmente también lo haría. Ojalá sea así.

 

La novela parte y termina con un televisor no sintonizado que observa el protagonista. De hecho, la contemplación de este aparato es la que detona todo el recuerdo que se narra en Laguna. ¿Qué significado tiene?

Me gusta la luz de los televisores encendidos. Es una luz extraña. Parece viva pero es el recuerdo de algo que ya sucedió, una emisión que proviene de un mundo imaginario. También me gusta que se trate de una luz fluctuante, en perpetuo movimiento. Hay algo terrorífico en ella, casi asfixiante, al modo de la promesa de algo que no está a la vista pero existe ahí agazapado, velado; algo que no vemos pero intuimos como cercano. Por lo mismo, pensé que el narrador debía estar bañado por esa luz, debía quizás escuchar las imágenes de la estática de una pantalla, al modo de una psicofonía, mientras que él mismo narra desde una especie de limbo, un intersticio, un lugar blando.

 

¿Mientras trabajabas en Laguna tuviste algunas referencias dándote vueltas?

Sí. Obvio. La laguna Sausalito, Lovecraft, la poesía de Gonzalo Millán, las calles y el color de Viña de aquellos años que traté de pensar medio de memoria, medio inventándolas. También fragmentos de canciones que metí de contrabando, lo mismo que el poema de Joseph Brodsky que me iluminó respecto a ciertas cosas. Y al final, cuando estaba editando la última versión, el libro de Alfonso Alcalde sobre los psicópatas de Viña, que me parece que habla de una ciudad cuya arquitectura está hecha de puro pánico.

 

La novela funciona muy bien como síntesis de tu estética y tus obsesiones. ¿Te parece que en ella hay una depuración de lo que ha sido tu proyecto literario? 

No lo sé. No lo tengo claro. Están ciertos temas que me interesan, pero no quiero depurar nada. De hecho, escribí Laguna sin intención de mostrarla. No tenía sentido. Pensaba en otras cosas, otras búsquedas que me importaban en la novela. Luego eso cambió. Escribir es algo muy concreto, pero a la vez muy frágil. Escribir hace que ciertas cosas se vuelvan más claras, aunque es algo posterior al mismo hecho de la escritura.

 

Fotografía de portada: Carla Mc-Kay

 

Laguna, Álvaro Bisama, Alfaguara, 2018, 119 páginas, $12.000.

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