Octubre 25, 2017

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Iliá Ehrenburg estaba en París, donde los bolcheviques se refugiaban en los cafés a escuchar a Lenin, cuando leyó la siguiente noticia: “Golpe de Estado en Petrogrado: Abdica Nicolás II”. Esta crónica recrea el ambiente que vivieron esos jóvenes rusos en aquellos vertiginosos momentos en que había que regresar con urgencia a Moscú: todo era posible, desde tomar una barra de hierro para destruirlo todo hasta un pañuelo de seda para secarse las lágrimas. Y por supuesto, “destrozar y llorar” al mismo tiempo era una tercera posibilidad, como lo relata Ehrenburg en sus extraordinarias memorias tituladas Gente, años, vida.

por federico galende

A media mañana, tres o cuatro días después de llegar, parado en una esquina de Saint Michel, miraba extasiado en todas las direcciones: los cocheros parcos de Moscú, adormecidos bajo la nieve con un látigo en la mano y la colilla de un cigarro apagado entre los labios, habían sido reemplazados de un soplo por coches que avanzaban sin que ningún caballo tirase de ellos. Dejaban en el aire un estruendo, dando un bocinazo tras otro, a pasos de los cafecitos en cuyas terrazas se sentaban los ancianos distinguidos y humeaban los braseros.

Entonces él pensó en escribir una carta a su hermana que estaba en Rusia, para contarle que en París, en el Barrio Latino, había tanto dinero que podían calentar las calles. Pero enseguida volvió a concentrarse: debía pegársele al primer transeúnte que hablara ruso. Hay que considerar que tenía apenas 18 años. Provenía de Kiev y había nacido en una época en la que la Rusia zarista se dividía entre la angustia de las hambrunas y los lujos introducidos por los nuevos vinicultores franceses. La misma sequía que quemaba los granos y empobrecía a los campesinos de la región del Volga, mejoraba la calidad de la uva y arrojaba números azules para los extranjeros ricos de Borgoña o de Gascuña.

Toda esta injusticia estaba a la baja, podía ser corregida y por eso ahora, extraviado en aquella esquina de Saint Michel, el joven hurgaba en los bolsillos de su abrigo buscando el papelito arrugado en el que venían garabateados los nombres de sus dos únicos contactos: Sávchenko, Ludmila. Se los había anotado de puño y letra allí el camarada que lo había enviado a París para que completara su formación política con Lenin, con quien Sávchenko y Ludmila se reunían junto a otros jóvenes bolcheviques en un café de la rue d’Orléans, en un saloncito apartado en el primer piso.

El asunto era ubicarlo, ubicarlos a ellos o ubicar el café. Le quedaban todavía unas horas para lograrlo y, cuando por fin lo consiguió, entró tímidamente al salón, se sentó a la mesa y le preguntó en voz baja a la desconocida que tenía a su lado qué debía encargar para beber. “Granadina. Acá todos bebemos Granadina”.

¿Granadina? Los nervios lo ayudaron a adormecer el gusto empalagoso y dulzón del jarabe, tan contrastante con la sequedad del vodka, y cuando levantó la vista notó con asombro que la escena estaba completa: al otro lado de la mesa, el líder de los bolcheviques se acomodaba en una silla mientras mantenía un abrigo negro prolijamente doblado sobre el antebrazo. Lo raro es que no pidió granadina, pidió cerveza, una jarra rebosante de cerveza. Después bromeó con el mozo: “Estos muchachos son revolucionarios y mire lo que beben: ¡granadina!”.

Entonces Iliá Ehrenburg, autor de Gente, años, vida, un libro de más de dos mil páginas en las que el célebre escritor soviético recorre las décadas que van desde la revolución de octubre hasta el deshielo del comunismo, soltó una carcajada. Los demás bolcheviques se quedaron mirándolo, y un rato después, como si con este derrape no le hubiese bastado, se permitió dirigir algunas objeciones a lo que acababa de plantear Lenin.

Lenin no le contestó, pero cuando sobre el final de la noche los comensales empezaron a levantarse, se acercó a él para invitarlo al día siguiente a su casa.

La casa de Lenin quedaba en la rue Bonnier, cerca del parque Montsouris, y sin estar seguro siquiera de que la noche anterior el líder le hubiese hablado en serio, el joven juntó fuerzas, se presentó a la hora y llamó a la puerta.

Las fábricas serían de ahora en más para los obreros, la tierra para los campesinos y el pan para los que tenían hambre. Nadie podría decir que no fue un sueño justo… Y la justicia es una moneda esquiva en la Historia como para no conmemorar durante este octubre los 100 años de su último asomo sutil, tan fino y tan bello.

Abrió Nadiezhda Krúpskaia, la compañera de Lenin, y al rato tomaban los tres una sopa sencilla mientras conversaban distendidamente sobre el Teatro Korsh, el mundo de los escritores y los artistas, y el ánimo que primaba en el espíritu de la gente que se había quedado en Rusia. “Ya lo ves, Nadiezhda, este chico acaba de llegar de Moscú… Sabe lo que piensan los jóvenes”, interrumpía cada dos por tres Lenin con entusiasmo.

¿Y de qué hablaban los cocheros moscovitas? Eso también era muy importante: eran los taxistas de principios de siglo, funcionaban como termómetros, atesoraban los testimonios de una sociedad tremendamente contrapunteada. Hablaban sin duda de muchas cosas, de la miseria y del frío, de la nieve que le caía sobre las orejas cuando se quitaban los sombreros ante el Palacio de Invierno, de la falta de avena para sus caballos, de los caprichos de los señores, del reclutamiento de un hijo, de la oscuridad de sus patios, de la enfermedad de una esposa. Eran los personajes reales de Chéjov, quien se había anticipado a contar esa historia en uno de sus cuentos más tristes: “Nostalgia”.

La diferencia estaba en que la nostalgia podía pasar ahora por fin a un segundo plano, puesto que en el primero, el espíritu de la época se lo reservaba para exhibir el futuro, que asomaba ahora de los bolsillos de estos jóvenes bolcheviques con la misma fuerza con la que habían asomado antes los billetes de los bolsillos de los vinicultores franceses. A título de ese futuro, como recuerda Francis Wheen en una preciosa y reciente biografía sobre Karl Marx, Lenin se había hecho por entonces un alto para asistir a un funeral que tendría lugar en las afueras de París: corría un día cualquiera de noviembre de 1911 cuando se enteró de la muerte de Paul Lafargue y de Laura, la última de los Marx, quienes habiendo decidido que no quedaba ya nada por lo que vivir y habiendo perdido la posibilidad de seguir sableando al tío Engels, decidieron suicidarse en pareja.

Marx había muerto más de dos décadas atrás en Londres, sin bienes y sin dejar testamento; la totalidad de sus propiedades había sido tasada en 260 dólares (250 libras) y a su entierro asistieron apenas 11 personas, incluyendo al orador: el tío Engels, el General.

A Laura en este aspecto le había ido bastante mejor: el funeral estaba repleto de gente, llegaban en caravana de todas partes y Lenin hablaba ahora ante las multitudes con lágrimas en los ojos. “Puedo asegurarles –dijo antes de concluir– que las ideas del padre de Laura se pondrán en práctica mucho antes de lo que cualquiera supone”.

Tenía razón: la Historia comenzaba de nuevo, se reanudaba en el punto exacto en el que empezaba a quedarse dormida. En el trajín, Ehrenburg fue creciendo: en la clandestinidad escribía proclamas, calentaba la gelatina que ocupaba para reproducir octavillas en el hectógrafo, establecía enlaces y garabateaba las direcciones en papel de fumar para tragárselo si lo detenían. Todo esto convivía con las amistades que poco a poco se fue granjeando con Picasso primero, con Modigliani después y con Neruda, Rivera, Mayakovski, Babel o con el malhumorado Mandelstam más tarde.

El contenido de los artículos de Lenin lo exponía para que fuera tratado colectivamente en los círculos obreros de Francia, hasta que una mañana, una mañana cualquiera en la que renegaba con la traducción de un soneto de Du Bellay sentado en el café La Rotonde, supo de la noticia: “Golpe de Estado en Petrogrado: Abdica Nicolás II”.

Los jóvenes bolcheviques corrían en masa hacia la embajada, cargaban botellas espumosas de Vouvray, brindaban por la república y bailaban borrachos alrededor del retrato pisoteado del Zar. Había que regresar con urgencia, dejar atrás Francia, llegar a Moscú por el camino que fuera.

La primera parada de la mayoría de los bolcheviques fue en el norte de Escocia, donde las colinas cubiertas de hierba, los calmos rebaños de ovejas, las apetecibles vaquitas Angus y la luz rosada del pálido amanecer nórdico, no entregaban la más mínima noticia sobre la repentina agitación de la Historia. En el puerto de Aberdeen, al que la ciudad da la espalda, los que pudieron alcanzaron a embarcar después de varios días en un buque de carga. Viajaban todos sentados en la cubierta, apretados unos contra otros, rotando una botella de vodka en silencio para soportar el frío de la intemperie mientras el mar celebraba un monólogo aparte.

¿A dónde iban? ¿Qué es lo que harían en Rusia? Ehrenburg no dejaba de considerar que en esta hondonada de la Historia se podía tanto tomar una barra de hierro para destruirlo todo, como un pañuelo de seda para secarse las lágrimas, aunque lo que prefería en realidad era “destrozar y llorar, como lo hace un solterón despechado ante un jarrón roto”.

Mientras tanto esperaban, ya a orillas del Mar Báltico, la venia definitiva de Petrogrado y la llegada de Lenin, que cruzaba a esas horas los Alpes leyendo a James Connolly en un vagón precintado. Pero Lenin siguió de largo, puso un pie en el andén de San Petersburgo la tarde del 3 de abril y a la mañana siguiente dio en el Palacio Táuride uno de sus discursos más conocidos: las famosas Tesis de Abril. Los demás bolcheviques, incluidos Ehrenburg y varios de los jóvenes que se reunían en aquel cafecito de la rue d’Orléans, tomaron un último tren.

El tren se puso en marcha, dejó atrás la serena Helsinki, el joven que había crecido entornó por fin los ojos y cuando los abrió vio por la ventanilla a una pequeña que conducía unos gansos. Llevaba dos largas trenzas que le salían por debajo de un pañuelo y caminaba al compás de los animalitos, con las casas ennegrecidas por el humo detrás y en medio de un campo de flores silvestres. “De vuelta en casa”, pensó, mientras en el Palacio Táuride, Vladimir Ilich Lenin acaparaba a esa misma hora los aplausos del sóviet de Petrogrado tras prometer el pronto desmoronamiento del Gobierno Provisional.

Las fábricas serían de ahora en más para los obreros, la tierra para los campesinos y el pan para los que tenían hambre. Nadie podría decir que no fue un sueño justo… Y la justicia es una moneda esquiva en la Historia como para no conmemorar durante este octubre los 100 años de su último asomo sutil, tan fino y tan bello.

 

Gente, años, vida, Iliá Ehrenburg, Acantilado, 2014, 2.064 páginas, $59.990.

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