Antes de envejecer

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Muchas de las páginas de Las vocales del verano, primera novela de Antonia Torres, podrían formar parte de un diario íntimo y poético, que da cuenta de una vida solitaria en que todo se reduce a observar en un tiempo que parece transcurrir más lento. La breve anécdota del libro (el reencuentro de la protagonista con un amigo de la infancia) no resulta tan lograda como las irrupciones, fantasmagóricas, tenues y sugerentes, del padre de la protagonista y de su primer amor de juventud.

por lorena amaro

“Era joven. Fue joven”. La frase se reitera y se estira, se inflinge y se aprende como si al repetirla se pudiera abrir un nuevo umbral, ese que busca atravesar una mujer adulta y anónima, la protagonista de Las vocales del verano, primera novela de la poeta Antonia Torres.

“Aún era joven. Comenzaba a envejecer”, dice el relato sobre la protagonista, quien se encuentra en un tránsito extático entre la juventud y la declinación hacia la muerte. Ella ha decidido vivir esta metamorfosis en un pueblo costero del sur, encerrada como una crisálida, con la excusa de terminar un proyecto de investigación. Su estadía allí se torna una especie de viaje en el tiempo. La protagonista sabe que su educación progresista y sus años formativos en un doctorado alemán la separan necesariamente de las ajenas vidas de los pueblerinos; en soledad, confronta los libros subrayados por su padre ya muerto en esa casa de vacaciones, donde ella vivió sus primeras experiencias lectoras y el despuntar del erotismo.

La inclusión de un cadáver en la orilla de la playa y otros temas, como el incesto, desbordan el espacio de las primeras páginas, leves y muy finas, en que el talento poético de Torres apuntala una historia casi sin hechos. La historia con Rubén se finiquita de manera inesperada, demasiado expedita para la enormidad de los hechos narrados.

El viaje en el tiempo va incluso más lejos; es la naturaleza misma de este paisaje costero la que aparece inmemorial, toda hecha de pasado: “El lugar era húmedo y verde. En su interior las palabras se adelgazaban. Olor a cera y madreselvas. Subió los escalones de piedra laja uno a uno y sintió que entraba al cuarto de alojados vacío de una antigua casa. Un abandono relativo. Una soledad llena de espera”. Se trata de un entorno neblinoso, espectral y abandonado, que muere y renace legendariamente: “Hace mil años, un día de primavera igual al de hoy según un impreciso calendario regido por mareas y cosechas, florecía allí con mayor intensidad que la habitual un porfiado canelo […] Hace mil años la primavera llegaba sin tanto aspaviento como ahora pero con igual tibieza, como presagio de un tiempo distinto”.

Muchas de estas páginas podrían formar parte de un diario íntimo y poético, sin más propósito que dar cuenta de una vida solitaria en que todo se reduce a observar, en un tiempo que parece transcurrir más lento: “Supuso que esos niños que excepcionalmente jugaban a orillas del mar con botas e impermeables de colores serían los hijos de aquellos otros niños con los que ella misma había jugado más de algún verano décadas atrás. Se quedó mirándolos. Iban de aquí para allá con sus manitos heladas acarreando arena y agua en pequeños baldes. El mar, visto así, tan oscuro, parecía de utilería”.

Sin embargo, en un momento irrumpe la novela. Alguien la observa mientras viene y va por la arena recogiendo piedras y conchitas. Se da forma a la breve anécdota narrada en este libro: el reencuentro de la protagonista con Rubén, poblador que fuera su amigo en la infancia. Una trama que tomará otros derroteros al contacto con las personas del pueblo, algunos impensados, otros más o menos previsibles. La inclusión de un cadáver en la orilla de la playa y otros temas, como el incesto, desbordan el espacio de las primeras páginas, leves y muy finas, en que el talento poético de Torres apuntala una historia casi sin hechos. La historia con Rubén se finiquita de manera inesperada, demasiado expedita para la enormidad de los hechos narrados.

En este sentido, son mejores los fantasmas del libro, cuyas irrupciones son más tenues y sugerentes. Entre ellos se encuentran no solo el padre de la protagonista, víctima de la violencia política cuyas anotaciones y poemas están conservados en los libros de la casa, sino también su primer amor de juventud, un suicida trágico. Los paralelismos entre esas historias fantasmagóricas, sutilmente eróticas, y el presente de la protagonista, hilvanan una historia compleja en que el recuerdo resulta ser primordial, tanto como la porfía por vivir la materialidad del cuerpo y el deseo, cuanto todavía se puede ser joven.

Las vocales del verano es una recapitulación literaria y erótica de una subjetividad en suspenso, cuya relación con la temporalidad aparece con visos dolorosos. En este sentido, el epígrafe que elige Torres para abrir el libro, los bellos versos de José Watanabe, dicen mucho sobre lo que significa encontrarse de este modo tan material y súbito con la vida transcurrida: “Hace días que estoy hipnótico en el centro / del Atlántico. La única referencia / para saber que avanzo / es mi propio pasado: está ahora delante / como un tigre que me dio una tregua”.

 

9789569766312

Las vocales del verano, Literatura Random House, 2017, 112 páginas, $10.000.

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