Los armados

“En la normalidad anterior al estallido social (y por supuesto al coronavirus) no se hablaba de armas con frecuencia, o se hablaba en el secreto del narco, de instituciones policiales, y quién sabe dónde más, pero era muy poco probable escuchar esa palabra en la calle, como si nada, al pasar”.

por Milagros Abalo I 14 Septiembre 2020

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Dónde vas a guardar las armas, escuché que le preguntaba un hombre mayor a un joven de unos 20 años que caminaba a su lado por el Paseo Bulnes una mañana a fines de noviembre. No pude descifrar si era su padre, su abuelo o un instructor, pero la exacta distancia de los cuerpos me hizo pensar que no eran familia. El joven era tan delgado como el rifle que seguramente sostendría después. Luego el hombre mayor, de polera polo color celeste, agregó con voz de dedo parado que tenía que tener un lugar para guardar las armas, un certificado de domicilio. (Me detuve inquieta en ese plural de armas). Y también necesitaría un certificado psicológico, aun­que después me enteré por un amigo que trabaja por ahí, que no es tan difícil de conseguir; hay quienes lo ofrecen a las afueras de las tiendas de armas a un precio totalmente alcanzable para el que va a incurrir en ese tipo de gastos. Y sin trámites, sin rechazo.

El joven se notaba entre inquieto y ansioso, quizás le transpiraban las manos, las mismas que guardarían quién sabe dónde aquellas armas. ¿Cuántas iban a ser: tres, siete, 50? ¿Para qué? Inquieto como un niño que recibe o recibirá por primera vez un auto a control remoto, y ansioso porque lo único que quiere es dar rienda suelta a sus dedos en las perillas. ¿Cómo se debe sentir un arma en las manos? ¿Qué pasará con el cuerpo, qué excitación, qué tentación de apretar el gatillo? Después los dos sujetos se perdieron armería adentro, y un estado de nerviosismo y confusión me consumió ese miércoles.

En la normalidad anterior al estallido social (y por supuesto al coronavirus) no se hablaba de armas con frecuencia, o se hablaba en el secreto del narco, de instituciones policiales, y quién sabe dónde más, pero era muy poco probable escuchar esa palabra en la calle, como si nada, al pasar. No tengo costumbre de escu­charla activada, a no ser que sea en un arma de juguete o en las películas. Ahora en cambio se nombra como una manera de sembrar en el aire la esquirla de una amenaza. Pronunciar esa palabra sin pudor ni disimulo es ponerla en mayúsculas, en rojo, como diciendo a viva voz: quiero que escuchen y se den por enterados: nos estamos armando.

Cuando vuelve a aparecer, a circular de manera ca­sual y cotidiana una palabra como esta, es porque las circunstancias que rodean su aparición la han traído de regreso en su complejidad; encabezada cómo no por la palabra guerra, esa que acuna en sus brazos al arma y que al ser pronunciada por un presidente disociado e irresponsable abre las compuertas del vocabulario bélico. Que esté de vuelta la palabra “arma” de manera tan poco discreta tiene que ver con la idea de que hay quienes han visto el desarrollo de ciertos acontecimientos como una amenaza y desde su perspectiva se sienten en la necesidad de hacerse de un arma por creer que así estarán más seguros y tranquilos. Teniendo un arma nada les pasará, piensan.

Se ha naturalizado algo que no debería. Nunca. Pa­reciera, en todo caso, que la aparición de esa palabra cumple ciclos vitales que vienen y van, como si en las manos del tiempo se fuera encarnando. Cuesta resignarse, cuesta quedar indiferente. Antes que las armas están las palabras, herramienta necesaria para aquello que llamamos política.

Se ha naturalizado algo que no debería. Nunca. Pa­reciera, en todo caso, que la aparición de esa palabra cumple ciclos vitales que vienen y van, como si en las manos del tiempo se fuera encarnando. Cuesta resignarse, cuesta quedar indiferente. Antes que las armas están las palabras, herramienta necesaria para aquello que llamamos política. Renunciar a las palabras nos pone en un escenario de barbaridad, como si el ser humano fuera presa de un instinto que lo supera.

Tras el estallido las tiendas de armas se repletaron, había filas para entrar. Leí por ahí que en un club de tiro ubicado en la comuna de La Reina las inscripciones subieron de 70 a 300 a fines del año pasado; hombres y mujeres llegaban alimentados por una imaginación que habla de turbas que podrían entrar a sus casas.

El público de la armería en general lleva anteojos oscuros tipo antiparras, pantalones cargo y polera polo, como el hombre que acompañaba al joven y futuro comprador. Vi que algunos también usaban un banano camuflado rebalsado de cosas. Muchos mascaban chicle y tenían buen estado físico, salvo un par de adultos mayores que se quedaron mirando las vitrinas con las manos en los bolsillos, como si de ropa íntima se tratara. Cuando entra una mujer se quedan mirando, como sorprendidos, todavía desconcertados, se produce un silencio y más de alguien estará dispuesto a decir: Se ha equivocado de tienda señorita.

“¿Y esa?”, indica con el dedo un hombre asomado a la vitrina. El vendedor le dice que es una pequeña arma de defensa pero que en estos momentos está agotada, “estamos esperando que lleguen más de Aduana”. Le da el precio, equivale a poco más del sueldo mínimo. Luego agrega: “Pero está la escopeta; con esa, tres tiros y pa!”, y con orgullo hace sonar sus botas rocky contra el piso.

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