Bares chinos

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El autor de la celebrada novela Charapo escribe una crónica sobre tres rincones de Santiago distantes entre sí y que hablan de inmigrantes, adaptación y juventud: son restaurantes chinos que, pasado el flujo del almuerzo, se convierten en bares en los que se puede tomar cerveza barata y comer chorrillanas con carne mongoliana. En ellos se puede ver un partido de la Champions, escuchar un recital de poesía o simplemente observar el pulso de la ciudad.

por pablo d. sheng

Leo en la pared de un baño estrecho: “La luna se refleja en mi plato de wantán”. Una imagen que logro ver y me dispara adonde estoy metido. Creo que moviéndome por Santiago me muevo por Taipéi o Hong-Kong, sin conocer esas ciudades del otro lado del Pacífico. Estoy pasado a arrollado primavera, a fritura. Salgo del baño de Bella China, un bar y restorán chino. Llegamos acá con unos amigos, más bien por el precio de la cerveza que por otra cosa. Encontrar, sobre todo en Providencia, un litro a dos mil pesos, está bien, pagable. Nos sentamos en la terraza, quedamos alucinados con las mongopapas, una chorrillana que, en vez de cebolla y huevo frito, lleva carne mongoliana. Adentro hay gente que acaba de terminar la jornada laboral y ven un partido de fútbol. Algunas imitaciones de paisajes clásicos chinos adornan las paredes, junto a un espejo rectangular que refleja la televisión, las mesas, los frigoríficos y la barra. Una escalera conecta esta planta con el segundo piso, donde hay más mesas, otra tele y la panorámica del atardecer, el cielo de Santiago y la cúpula de una iglesia.

Más entrado el invierno, el Colectivo Neotaku organizó unas lecturas de poesía en el segundo piso de Bella China. Los textos que leían planteaban algo interesante, algo inverosímil por supuesto. De partida, hablaban de la relación que ellos tienen con el animé. Montón de citas a Dragon Ball, One piece, Evangelion, a un apocalipsis ciberpunk, a películas orientales, y planteando además una renovación de lo otaku. Tiempo después publicaron una antología que reunía textos que fueron leídos en sus lecturas. En la contraportada hablaban de “Chipón”, la intersección imaginaria entre Chile y Japón.

Chile es Japón y viceversa. Chile también es China. Carahue, como dice el poeta Ricardo Herrera Alarcón, es China, o París o Barcelona o Namur.

Los bares chinos me hacen pensar eso. Que estamos en Rebeldes del dios neón, de Tsai Ming Liang. Que Bella China nos conecta con Shanghái, que la intersección de la que nos hablan los Neotakus es más cercana de lo que creemos.

Ante la aparición de centros comerciales y supermercados chinos, tampoco es de extrañar que un restorán se transforme en bar, que hasta las cuatro de la tarde ofrezca colaciones a oficinistas y después cervezas baratas. No solo en Providencia, sino también en el centro, en San Pablo con Teatinos o en Irarrázaval con Vicuña Mackenna. Pareciera que esas intersecciones santiaguinas, de pronto, tensionaran la idea del damero, se escaparan flotando hacia un callejón de Taipéi.

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Tal vez Raúl Ruiz tenga razón. Comentaba, en una conferencia, que su manera de narrar a Chile es exagerada. Por ejemplo, decía, en China él tuvo éxito como humorista. Las cosas que contaba allá, a los chinos, les daba mucha risa. En esa conferencia tiró un chiste de Chiloé: un chilote ve a otro y le dice yo creí que te moriste hace 10 años y el otro le responde pa qué lo negaré. Lo extraño es que causó gracia, tanto que uno de los chinos le comentó que existía otro chiste igual en China. Lo que concluyó Ruiz fue que, a pesar de que el chiste chino tuviera variaciones, incluso aparecieran fantasmas en posadas de viajeros, constituían ambos un equivalente conciso.

O el equivalente que transmite Aira en Una novela china. La trama: es la época de la Revolución Cultural, estamos en una provincia y Lu Hsin, un campesino metódico y reflexivo, aspirante a pintor, geógrafo, tipógrafo, cartógrafo, paseante, adicto al té, decide enamorarse de una montañesa. Pienso que Aira, acá, invita a que se lea esa novela a contrapelo, de modo intemporal y anacrónico, a intentar comprarse la idea de por qué él es capaz de hacer una novela china, de incluso pensar el género, escrita desde Latinoamérica.

 

 

De lo anterior, más o menos, creo que surge un bar chino. De hecho, los que conozco con esta característica son tres. El primero por el que anduve, Bella China en Providencia. El otro, en Vicuña Mackenna a la altura del inicio de Irarrázaval. El tercero, en San Pablo con Teatinos. Imagino, si es que no lo he visto a la pasada, que es posible encontrar un cuarto en Estación Central, ahí en Meiggs, el barrio chino por excelencia de Santiago. A los tres los une la cerveza a no más de dos mil pesos, y algunas promociones que acompañan al bebestible con wantanes o arrollados primavera. También uno puede llegar a comer colaciones, aprovechar la cerveza y hacer de esto una fuente de soda descontextualizada, colgante como las bisuterías chinas que tras las vitrinas hablan y nos detienen para pegarnos al modelo manekineko de una alcancía.

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En la tele proyectan a Tito Nieves, un cantante puertorriqueño de salsa. Es entrevistado por HTV, “Se pone bueno”, un canal de música latinoamericana que ofrece reggaetón, salsa, bachata, merengue, baladas. Llega la señal a este bar chino gracias al cable, supongo. Estoy en San Pablo con Teatinos. No alcanzo a escuchar lo que dice el cantante, porque pasa un niño corriendo tirando agua con su pistola plástica. Acabo de pedir una cerveza de litro, la colación y unos wantanes. Las paredes son verdes. Entra y sale la garzona tirando los pedidos, abriendo y cerrando la puerta de la cocina. Hay unas pocas mesas ocupadas, gente que ha salido del trabajo. De Tito Nieves pasan a mostrar un video de Ricardo Arjona, su último hit. Está delgado, canoso, lleva el pelo corto. Lo noto tranquilo, acústico. En el video canta en un teatro casi vacío, donde solo lo ven un par de mujeres que lo miran deseándolo. La canción se termina y vuelve el niño chino corriendo y tirando agua que ahora me cae a mí, en uno de mis lentes. Supongo que es el hijo de la dueña, quien ocupa su lugar en la caja. La garzona trae ají oro, después la cerveza. Miro las jabas de bebida arrumbadas al final del pasillo. Quienes están al lado mío conversan y son interrumpidos por una llamada. Es un amigo y le indican cómo llegar al bar. Sus indicaciones, pienso, son malas. El que tiene la polera morada habla por teléfono y le dice a su amigo, por celular, que se meta por Bandera y llegue a Morandé, de ahí que suba, pero en verdad tiene que bajar, llegar a Teatinos, o sea, solo una cuadra hacia el poniente. Cortan. Después vuelve a llamar al de polera morada y le dice otras cosas que no entiendo, como que se meta por Moneda o algo así. En eso me llega el chapsui de carne con arroz, la porción de wantanes pálidos. Derramo salsa de soya en los platos. Esparzo ají oro en la carne. Suena J. Balvin. Mancho un poco la mesa floreada. La luz, me he fijado, hace que las cosas sean tenues y deje una leve sombra. Recuerdo una noticia que alguna vez leí. La clausura de un restorán chino en Recoleta por condiciones poco salubres. Cuando era niño comíamos ahí con mi papá. En el cuarto piso alojaban inmigrantes no documentados que trabajaban en la ampliación. La Seremi de Salud encontró barriles de dientes de dragón podridos en el baño y decían incluso que faenaban pollos allí mismo. Ese año, el 2012, cursaron 500 clausuras por problemas de salubridad en restoranes. Solo recuerdo y me queda en la cabeza los dientes de dragón germinados en agua sucia, las pantallas de papel que colgaban del salón, los chinos que atendían y, aunque apenas entendieran español, no fallaban en los pedidos.

Sigo comiendo mientras miro la tele. Un video que emula una fiesta, reggaetón puro y duro, mescolanzas con el trap, el género que se ha hecho popular el último tiempo gracias a Maluma, Arcángel, Anuel AA. Cada vez la comida me da más sed y bebo más cerveza. Debe ser el ají oro. Aún no anochece, aún falta. Otras veces que he venido no está la garzona que ahora atiende. En otras ocasiones he venido más temprano y está una peruana. La dueña que es de origen chino siempre es cajera. A veces entra gente, caminan por el pasillo, a lo largo de las mesas, y solo vienen al baño. El de polera morada mira hacia la entrada. Toma el celular y llama a su amigo. Dice que se quede ahí, quieto, que lo vio. Se para. Vuelve con el amigo y se sientan los tres; aún hay espacio para ellos. Cada vez que pasa el rato llega más gente. Termino de comer. Unto mi índice en los restos de wantán, en lo que queda de soya. Me tomo lo último de cerveza. Llamo a la garzona.

 

Fotografías: Víctor Ruiz

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