Bestsellers de la memoria

Crítica de libros
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por lorena amaro

La distancia que nos separa, del peruano Renato Cisneros, es una novela engañosa y, aunque todo diga lo contrario, muy poco sorprendente. Al igual que muchas producciones latinoamericanas del último lustro, se presenta como una “novela de autoficción” (bastaría con llamarla autoficción), para disuadirnos desde la primera página de buscar en ella cualquier parecido con la realidad o de juzgar a sus personajes “fuera de la literatura”. Pero la suya es una exigencia insostenible, si se considera que su tema es la vida (o la muerte) del “Gaucho Cisneros”, militar que fuera ministro del Interior bajo la dictadura de Francisco Morales Bermúdez y ministro de Guerra durante el segundo gobierno de Belaúnde, en uno de los momentos más difíciles de la guerra contra Sendero Luminoso y Tupac Amaru, un conflicto que dejó un reguero de muertos inocentes entre los campesinos peruanos, asesinados tanto por los insurgentes como por los militares al mando.

Lo que primero resulta familiar en el relato de Cisneros es cierta perplejidad con que ya nos venimos acostumbrando a que se hable de los padres, sobre todo en la generación de escritores nacidos entre 1970 y 1980. Comienza a convertirse en un lugar común la idea del secreto, de la impenetrabilidad de aquellos progenitores cuyas vidas estuvieron tan ciertamente inmersas en el torrente histórico. Como si el congelamiento de la Historia hubiese vaciado a los hijos; como si los ojos de esos padres y madres, preñados de urgencias y convicciones políticas, hubiesen petrificado las existencias de sus vástagos.

En Argentina se habla de “los hijos de la militancia” para señalar una serie de producciones testimoniales, literarias y audiovisuales en que los hijos se hacen cargo, con una pluralidad narrativa e ideológica sorprendente, de las historias ferozmente truncadas de sus padres. En Chile podríamos preguntarnos de quiénes son hijos los narradores del 2000, por lo general asomados melancólicamente a la orilla de un pasado en que los padres, de clase media, acatan sin luchar el régimen de derecha. La literatura de padres ficcionalizados, ausentes o simplemente derechizados, que después de libros relevantes como Formas de volver a casa de Alejandro Zambra, Fuenzalida y Space Invaders de Nona Fernández o La edad del perro de Leonardo Sanhueza, seguidos de un rosario de otros relatos de mayor o menor valor literario, parece agotarse, salvo que alguna genialidad inesperada le dé vuelta a esta tendencia, de la que se diferencian tenuemente algunas novelas de temática afín, protagonizadas por padres e hijos menos pasivos, como ocurre con La resta, de Alia Trabucco. Nadie en Chile, de hecho, se ha atrevido a narrar la historia de los padres represores.

“La novela de Cisneros se resguarda hábilmente de las críticas que, desde el mundo de los derechos humanos, se pueden hacer a un texto que constituye un verdadero canto amoroso a un padre que ha sido llamado ‘carnicero’”.

Sobre esto va La distancia que nos separa: sobre la difícil opción de contar la historia de una dictadura desde quienes estuvieron en el poder. El “Gaucho” Cisneros Ezquerra es, sin duda, un padre que escasea en nuestra continental literatura de los hijos: un alto militar peruano formado en la Academia de Guerra argentina, junto con los que serían los peores represores de ese país, como es el caso de Videla, al que apoyó en su terrorismo de Estado. Es por esto que el libro de Renato Cisneros pudo ser provocador. No obstante, si bien tenía en sus manos la figura de un personaje tan temido y oscuro y con acceso inusual a un desfile de imágenes y nombres propios de militares, políticos y periodistas, renuncia al estatuto periodístico o testimonial que podría haberle dado ese matiz francamente transgresor a su texto. Recordemos, dice el narrador, que aquí hay “autoficción”. Literatura. Renato Cisneros se pierde la posibilidad de sobrepasar los límites de veras. De provocar: como lo hacía, con aseveraciones asesinas, su padre. Abandona la posibilidad de contar su historia asumiendo que esa búsqueda identitaria individual y burguesa a la que remite en todo momento (quién era mi padre, quién soy yo) es una exploración con arraigo en una circunstancia histórica violenta y desoladora. Prefiere edulcorar su relato ficcional, sobre el que no obstante una y otra vez lo han entrevistado –y él ha respondido– apuntando a sus aspectos factuales.

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La ficción resguarda hábilmente de las críticas que, desde el mundo de los derechos humanos, se pueden hacer a un texto que no solo humaniza y complejiza, sino que constituye un verdadero canto amoroso a un padre que ha sido llamado “carnicero”. Por otro lado, hablar del tema ofrece el jugoso rédito de la “valentía” a su autor, porque muchos se saltan esto de la autoficción para aplaudir el valeroso gesto de Cisneros chico, de escribir “sobre su padre”. Ganancias por todos lados.

La narración, en primera persona, se desliza con transparencia periodística. Las primeras 150 páginas preparan amorosamente para las que vienen: el hijo relata cómo su vida de pareja se ha visto frustrada y ha debido pasar por un psicoanalista que le pregunta por el matrimonio de sus padres, golpeando así, esquemáticamente, a las puertas de un trauma no demasiado complejo y de familia, que por momentos parece explicar la personalidad del severo e impopular “Gaucho” (podemos leer también “Guacho”) Cisneros: una genealogía masculina en que los hijos son el resultado de relaciones secretas, no formalizadas, partiendo por el tatarabuelo Gregorio Cartagena, sacerdote y padre de siete hijos. Tanto la narración de esa genealogía como el relato extenso y sentimental de los amores del padre, preparan al lector para la escena política: las fotos con los represores argentinos, la admiración por Kissinger y Pinochet, las infidelidades y borracheras, el trato machista y celoso al interior de la familia, las dudas sobre la intervención del padre en asesinatos, torturas y secuestros.

A diferencia de otros relatos que sospechan del padre o intentan la siempre fracasada empresa de conocerlo, la de Cisneros parece más bien una elegía no exenta de belleza. Una justificación que lo exculpa y libera a él mismo, para que pueda ingresar limpiamente en el mundo de los escritores que admira (muy significativo es un cameo del reconocido Fabián Casas como un interlocutor válido para el narrador). Una indagatoria que atenúa la culpa porque, a la larga, todos somos seres complejos. Solo que antes o después de bañarse en la piscina con sus hijos, el Gaucho ordenaba un secuestro o encerraba a sus detractores en los subterráneos del Ministerio del Interior.

Al mismo tiempo que se revelan parcialmente los hechos horrorosos, el narrador va colocando estratégicamente la cotidianidad de una familia en la balanza. Un padre que educa. Un padre que escribe cartas a sus hijos. El miedo a los atentados y un padre que puede protegerlos. Un padre al que por momentos el narrador y poeta se dirige con solemnidad sensiblera: “Hoy no eres un recuerdo, sino el fragmento de un recuerdo que me ataca en suaves ráfagas. Que graniza sobre mí”.

El libro de Cisneros ha tenido mucha prensa y buena acogida en Perú. Su edición mexicana se ha hecho pocos meses después de su primera tirada en Lima, lo que revela el éxito de esta “autoficción” que, si tuviera que ser juzgada “literariamente” como exige su autor, asume muy pocos riesgos. A diferencia de textos recientes (pienso en Aparecida de Marta Dillon o Los topos de Félix Bruzzone), ofrece pocas rupturas. Es un relato ágil y muy legible que, sin embargo, se empantana en ciertas zonas demasiado sentimentales de la vida de su padre (como en las extensas páginas dedicadas a revelar su romance de juventud con una novia argentina) o en las largas peroratas existenciales del narrador. El mensaje se repite hasta la majadería: fuimos como muchas familias. La identificación, sin duda, es muy propia del melodrama. Si lloramos ante un culebrón es porque nos identificamos con las emociones de sus personajes. El relato del cáncer del padre no puede sino ser emocionante y en esto, creo, radica el éxito de este y otros libros. En producir identificación y no extrañeza. Aceptación y no crítica. Idealización sublime y no vulgaridad.

Hace unos años, el colombiano Héctor Abad Faciolince escribió la historia de su padre, el médico Héctor Abad Gómez, asesinado por dos sicarios en Medellín. Una muerte anunciada que impactó a la sociedad colombiana. Abad pertenecía a la alta burguesía paisa y su hijo trata de dejar bien claro que si bien muchos pensaban que su padre era comunista, en realidad no lo era (si lo hubiese sido, ¿habría merecido más que lo mataran?). El suyo, cuenta, era un padre en exceso cariñoso, idealista, bondadoso e incluso ingenuo. El olvido que seremos ha tenido numerosas reediciones y ha generado toda una saga literaria y documental familiar. Se trata, sin embargo, de un relato domesticado, lleno de lugares comunes y en el límite de la cursilería, que a pesar de eso pretende, como el de Cisneros, fijarse en el prestigioso mundo de la literatura. Un relato que viene de la élite, y de ahí también el interés que suscita y su gran fortuna (sobre todo económica). Un bestseller de la memoria, al que le han dado el espaldarazo algunos escritores importantes, como Vargas Llosa (quien también bautiza el libro de Cisneros) y que problematiza escasamente la escritura y la historia colectiva, hipnotizado por la autocontemplación individualista y la ejemplaridad de su propia historia familiar. Ganancias por todos lados. Algo que ocurre también, en gran medida, con la autoficción de Cisneros.

La distancia que nos separa es un título mentiroso. Expresa la reivindicación constante del autor, quien necesita distanciarse generacional, política y existencialmente de su padre, pero al mismo tiempo no duda en señalar con frecuencia semejanzas y afinidades inesperadas: su sentimentalismo, su fragilidad en la infancia y la adolescencia, sus problemas de autoestima, el temprano amor por los versos. El acto de relatar el libro es descrito por el hijo como una suerte de continuidad, el resultado de un mandato paterno: “¿Me has trasladado tus afanes incompletos? Mi herencia es algo que no reclamé, sino que cayó sobre mis hombros”, se queja con poca originalidad el narrador, afrontando un tema de la modernidad literaria que en nuestro continente han asumido con brillo muchos narradores, desde el ya lejano Borges hasta el muy cercano Mauro Libertella.

Triste decirlo, pero uno de los aspectos literariamente más altos del libro es la afortunada elección del epígrafe, tomado del cuento “La tercera orilla del río” (y no “La tercera orilla del mundo”, como reza la edición mexicana), de Guimarães Rosa: “¿De qué tenía yo tanta, tanta culpa?”, se pregunta un hijo que ve cómo su padre sube a una canoa para internarse en el río y permanecer allí durante años, sin avanzar, varado en la mitad de las aguas, cerca y lejos de su gente, aislado pero presente, vivo pero en ausencia. El resto de la familia sigue su camino. Una hija se casa y se va. La madre la sigue. Prefieren alejarse de la visión desoladora de ese padre loco, cuyos móviles nadie comprende. Solo el hijo se queda para ayudarlo. Renuncia a vivir, pero sin atreverse a relevar al padre e internarse río adentro. Ese no lugar en que está el padre es la tercera orilla: ni acá ni allá. Ni verdad ni mentira. Ese no lugar es la literatura, un espacio inexplicable, en que se confunden lo vivo y lo espectral. Renato Cisneros, hijo, nieto y bisnieto de las ilegitimidades y mentiras paternas, cree internarse en la canoa para salvar al padre que quiere ver atrapado allí dentro. Sin embargo, sus hábiles estrategias no son suficientes para alcanzar la tercera orilla.

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