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Septiembre 6, 2017

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Caja de resonancia, de Constanza Anabalón, es un ejemplo de cierta narrativa reciente, una escritura fácil, light, anémica, más bien hecha de borradores, que deberían madurar antes de tener su tiempo de exposición pública.

por lorena amaro

Una cuestión preocupante en la narrativa chilena de los últimos años es su renuncia al lenguaje. Aparentemente, escribir una novela es cosa de hurgar en recuerdos familiares, escribir episódicamente algunas experiencias que parezcan relevantes y luego ordenar estos materiales en un montaje fragmentario, en que el silencio diga todo lo que no dicen las palabras, porque el mundo de las palabras y sus resonancias es dejado a un lado. Una escritura fácil, light, anémica, más bien hecha de borradores, que deberían madurar antes de tener su tiempo de exposición pública.

Caja de resonancia, de Constanza Anabalón, es un ejemplo de esta literatura, que para validarse se envuelve en temas prestigiosos. Cuatro son las principales líneas narrativas del libro: la narradora, Alejandra, rememora, a partir del hallazgo de unos manuscritos de una tía muy querida, la historia de ella, torturada y exiliada durante la dictadura. A esta trama la acompañan la de la enfermedad y muerte de la madre de la protagonista, la relación de presencia/ausencia con el padre y, casi en escorzo, los ires y venires sentimentales, entre fiestas lésbicas, de Alejandra con la Dani.

Anabalón emplea un lenguaje coloquial y eso estaría bien, si tuviera oído. No sabe reproducir una jerga, jugar literariamente con las palabras para darles una nueva sonoridad. Es por eso que cuando trata de fijar un texto “poético”, hallamos apenas balbuceos sin sentido.

Estas líneas narrativas se van entrecruzando. Entre capítulos se introducen textos provenientes del computador de la tía de Alejandra, textos que buscan tener cierto aliento poético y que giran en torno a la cuestión del dolor, la muerte y la herencia. La ambición del libro es constituirse como narrativa de la memoria; la inclusión de críticas políticas explícitas buscan perfilar, asimismo, un imaginario de la derrota: la de la transición chilena.

Se podría decir que esta novela aborda, pues, temas de alta catadura existencial y política, pero la escritura de Anabalón no está a la altura, por dos razones. La primera tiene que ver con una clásica distinción que hacen la literatura y el periodismo, entre el decir y el mostrar, distinción fácil de comprender pero no tan simple de llevar al papel. Anabalón dice, pero no muestra. Su escritura está plagada de comentarios en primera persona, en que le indica a los lectores quiénes son los buenos y quiénes los malos: “Las cosas empezaron a complicarse cuando la mala mujer —la abuela paterna—, con su rebaño de hienas, se hicieron presentes nuevamente en la vida de mi papá”, escribe, cuando podría destinar un poco más de narración a la historia de la abuela y el padre. No conforme con la broma que hace de la abuela la mala de teleserie, llama insistentemente a sus tíos paternos los “hiermanos”, como si eso, por sí solo, fuera cómico o nos permitiera entender la maldad familiar. Otro tanto ocurre con la historia del académico universitario que exoneró a su tía en los tiempos de dictadura: “En una banca cercana visualicé al académico disfrazado de cucaracha”. Es difícil ver el rostro siniestro del académico, porque todo está contado desde esta perspectiva ingenua y sin matices, un cierto tono de stand-up comedy, que subraya y achata la escritura.

Anabalón emplea un lenguaje coloquial y eso estaría bien, si tuviera oído. No sabe reproducir una jerga, jugar literariamente con las palabras para darles una nueva sonoridad. Es por eso que cuando trata de fijar un texto “poético”, hallamos apenas balbuceos sin sentido, como estos dos versos que aparecen colgados de una página: “La madrugada poética de trapos sucios / ha devenido en tímido delirio helicoidal”. De estos textos, supuestamente los que constituyen el hallazgo que da origen al libro, la escritura de su tía, dice: “Sigo encerrada, leyendo y anotando. Siento que los textos me vuelan la cabeza”. La relación con la lectura y la escritura es volátil, adolescente. La escritura se convierte más en un gesto o en una forma de impostarse, de crearse una identidad. Sintomático es este párrafo: “… comencé a crear planes de ‘supervivencia amorística’. Uno fue escribirle cuentos a la lola. Traté de hacerlo a mano, pero lápiz y papel no me acompañaron. Cuando lo hice, en cambio, a computador, me imaginé frente a una máquina de escribir, con el pucho colgando y me sentí una cruza de la Beauvoir con la Marguerite Duras y una pizca de Cortázar”.

Construir una novela es mucho más que tener dos o tres historias que contar. Es, entre otras cosas, jugársela por el lenguaje y evitar la ramplonería, el lugar común y la fomedad.

 

Caja de resonancia, Constanza Anabalón, La Calabaza del Diablo, 2016, 215 páginas.

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