Mayo 12, 2017

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Con humildad y sentido del humor, la antropóloga Lilia M. Schwarcz y la historiadora de las ideas Heloisa M. Starling entregan una imagen vigorosa y no exenta de complejidad acerca del gigante del cono sur. Brasil. Una biografía prescinde de la pesadez del dato histórico y, con exquisita ligereza, entrega valiosa información a un público amplio, universitario, pero gran público. Una excelente entrada en la historia y el carácter de Brasil.

por ana pizarro

De Brasil, hasta hace pocos años, no había sino estereotipos: imágenes del carnaval con mulatas de poca ropa y mucha pluma con follaje plateado o dorado, playas blancas y palmeras. Turistas tostándose al sol. Era el equivalente del mexicano sentado bajo su sombrero. En las últimas décadas la internacionalización mediática proyectó una nueva imagen, también estereotipada desde luego, pero mucho más compleja a través de la salida y venta al exterior de sus telenovelas. Con una factura muy cuidada y mostrando ahora más que el interior de una vivienda estremecida por los dramones de sus protagonistas, al modo de las producciones mexicanas o argentinas anteriores, se veía ahora un espectro fascinante. Eran exteriores de paisajes rurales y urbanos, un vestuario muy trabajado, narraciones muchas veces históricas bastante más complejas. El público comenzó, a través de ellas, a sospechar que Brasil era mucho más que las figuras carnavalescas; que había allí la cabeza de un imperio (que por lo demás se extendía hasta el Asia), y que la sociedad brasileña estaba compuesta por mucho más que el rico universo afroamericano.

Conocíamos apenas ese país. Salvo la difusión en español hecha por Espasa-Calpe en los años 50 de una obra de Monteiro Lobato para niños en varios volúmenes, prácticamente no había acceso a traducciones de la literatura o el universo de Brasil. La representación de este como un país de los trópicos había sido promovida por una de las grandes divas latinoamericanas en los años 40: Carmen Miranda. El gobierno de Vargas quiso mostrar una fuerte imagen de Brasil luego de su alianza con Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Parte de su estrategia fue el envío de esta cantante, de origen portugués en realidad, que con un atuendo regional inventado al estilo bahiana, lucía con un sombrero enorme lleno de frutas tropicales en la cabeza. Sus canciones y movimientos sugerían una forma del erotismo de los trópicos. En el naciente Hollywood, ella entregaba lo que el imaginario norteamericano pedía que fuera Brasil.

Así, con “Chica chica boom” y “Mamá yo quiero”, la música y la representación de este país circuló por este continente y por el mundo. Significó un sello y toda una época. Hoy, sin embargo, la imagen del país es bastante más compleja en el exterior y ha pasado por etapas sucesivas: desde país “subimperialista”, gigante sudamericano, hasta país emergente entre otros. Un amigo intelectual argentino que trabaja hace muchos años en São Paulo me confiaba con humor: “La Argentina es un país en broma que se toma en serio, el Brasil, un país en serio que se toma en broma”.

Finalmente, como la producción que primero se expropió era la de un árbol llamado Brasil que produce un tinte rojo, se lo llamó Brasil simplemente. Pero esto fue muy mal visto por la Iglesia Católica, que consideraba que haber implantado sobre la Santa Cruz el nombre de una resina de color rojo que recordaba las llamas del infierno solo podía ser obra del demonio.

En realidad estamos frente a un país enorme (200 millones de personas), lleno de contrastes de todo tipo: económicos, sociales, culturales, geográficos y religiosos. Tiene un rostro contrastado. Por una parte el del hiperdesarrollo tecnológico, con científicos e intelectuales de primer nivel internacional y por otra, de grupos humanos sumidos en la miseria y el analfabetismo. Así es, allí conviven todos los tiempos del tiempo latinoamericano. Es la diferencia entre el norte y el sur que tan bien ha narrado el escritor Milton Hatoum en la novela Dos hermanos (1989). Es un país que posee una enorme historia intelectual, de la vanguardia del Modernismo en el año 1922 o antes, en el siglo XIX, con un Machado de Assis que planteó lo que Foucault haría en el siglo XX: ¿qué es la normalidad?

Brasil en realidad es varios países (de ahí los intentos independentistas regionales a lo largo de su historia) y que resultó ser uno por la fuerza de la monarquía. La familia de Braganza recién salió del poder en 1889. Las oligarquías le cobraron al emperador la abolición de la esclavitud. Fue uno de los últimos países junto con Cuba en abolirla: la tardanza fue un efecto de la rebelión de esclavos que dio la independencia a Haití.

El último tiempo ha dejado ver un país de corrupción, de desencanto político, de violencia soterrada y expresa. De golpes de Estado abiertos y también encubiertos. De gobiernos que sacan de la miseria a 30 millones de personas y sectores ligados a los abusos de poder y a la corrupción estatal. Su situación actual es crítica por la acción de la justicia sobre el gobierno. Lo cierto es que por niveles de influencia política en el continente, lo que suceda en Brasil siempre tendrá un eco importante en América Latina.

Como pocos lugares en el continente, al modo del Caribe o el mundo andino, Brasil tiene un importante desarrollo del pensamiento sobre sí mismo. En la línea histórico-social hay muchos pensadores, en general poco conocidos en el exterior. Me voy a referir a los más notables. Desde luego Euclides da Cunha, que en 1903 publicó Los Sertones, una crónica de las campañas militares en contra de Canudos. Allí un grupo rebelde a las imposiciones de la República se refugió bajo la dirección de un personaje un poco líder social, una especie de santón, y así hombres y mujeres, familias enteras de los más bajos estratos sociales, resistieron en medio del sertón (que equivale al desierto) con trucos artesanales cuatro campañas del ejército del gobierno central. Una épica de los desamparados, una historia que constituye uno de los hitos de la memoria popular en el país y lo recorre bajo la forma de “literatura de cordel”, en folletos en las ferias y mercados. Otros artículos de Da Cunha tienen como preocupación zonas desconocidas. En ese comienzo de siglo y por encomienda del gobierno al alto Purus para delimitar fronteras, escribe una serie magnífica de ensayos sobre la Amazonía.

Otro pensador es Sergio Buarque de Holanda (padre de Chico Buarque, el músico fundamental del siglo XX), quien marca con su investigación y publicaciones sobre el período colonial el qué somos de Brasil. En dos publicaciones sobre todo: Raíces del Brasil y Visión del paraíso, de 1936 y 1959, se refiere con una información enorme a los imaginarios de la Conquista y la Colonia, entregándole a la cultura brasileña la solidez y belleza que le es propia. En una línea paralela de intento de explicar la formación de la sociedad brasileña se desarrolla el pensamiento de Gilberto Freyre. Casa Grande y Senzala (1936) es un texto mayor, entre otros, de propuestas muy discutidas posteriormente sobre la esclavitud y el período colonial como ejes de la construcción social del país. Por su parte, Caio Prado Júnior escribe una historia económica del país, que es también un texto fundamental de explicación histórica de la sociedad brasileña.

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De esta generación de pensadores se suma hoy la figura emblemática de Antonio Cândido, pensador de la cultura brasileña, historiador de su literatura, maestro de generaciones. Su palabra y su figura tienen un peso mayor por su trayectoria, en la que ha construido un discurso sobre el país y su cultura, y apoyado en algún momento en colaboración con el uruguayo Ángel Rama, la relación cultural de su país con América Latina.

Podemos ver entonces que existe una preocupación mayor, un sentido de nación y de sociedad a ser explicada en su complejidad de un país que llegó relativamente tarde, por la existencia del imperio, por la tardía abolición de la esclavitud, a la constitución democrática. Sergio Buarque es justamente uno de los primeros en el continente en plantear el peso de la estructura colonial, en este caso portuguesa, en las dificultades actuales de la democracia.

Un texto actual, Brasil. Una biografía, de Lilia M. Schwarcz y Heloisa M. Starling, obedece a un intento de establecer una narrativa histórica actual sobre el país. Es un libro que no quiere tener pretensiones y por eso cita de partida en la dedicatoria a Guimarães Rosa: “El libro puede valer por lo mucho que en él debió caber”. Sin embargo, es una publicación de 900 páginas. Es que la historia de un país como este es una empresa mayor: es la historia de varios países en un país. Las autoras, Lilia, antropóloga, y Heloisa, historiadora de las ideas, han emprendido esta tarea con humildad, un cierto sentido del humor que refresca mucho la perspectiva, con una enorme información histórica, organizando el texto en pequeños capítulos relativos a temas como, por ejemplo, “El que se fue a Portugal perdió su lugar: se va el padre, queda el hijo”, al referirse a la vuelta a Portugal del rey, don João VI y la resistencia del hijo Pedro I frente a las cortes para volver. Quiere permanecer en la colonia. De allí es que surge un primer grito de independencia “Eu fico” (Yo me quedo) con que el monarca se separa del destino portugués. Luego, otro capítulo: “Yes, tenemos democracia”, sobre el fin del gobierno de Getulio Vargas. La organización historiográfica es perfecta y atractiva. Un modo especial de evocar los paralelos, las secuencias, la diversidad. Parafraseando a Cortázar: todas las historias, la historia.

La verdad es que ha habido poca apertura al exterior y que los grandes embajadores de la cultura son los ritmos, la música: el chorinho, el bossanova, el forró, la canción. Es también su modo de reflexión. Escuchar a Chico Buarque, Maria Bethânia o Gilberto Gil es percibir no solo el pensamiento sobre el país, es experimentar desde su interior el espíritu mismo de su formación cultural.

Refiriéndose al primer encuentro de los europeos con la tierra de la Vera Cruz, o Provincia de Santa Cruz, como se llamó originalmente a Brasil, las autoras anotan: “Lo que se ‘encontró’ fue una supuesta ‘nueva’ humanidad. Y poco después los portugueses comenzaron a divulgar varias teorías curiosas sobre el origen de los indios. Paracelso en 1520, creía que no descendían de Adán y que eran como los gigantes, las ninfas, los gnomos y los pigmeos. Cardano, en 1547, apostaba que los indígenas surgían por generación espontánea a partir de la descomposición de materia muerta, como los gusanos y los hongos”.

Finalmente, como la producción que primero se expropió era la de un árbol llamado Brasil que produce un tinte rojo, se lo llamó Brasil simplemente. Pero esto fue muy mal visto por la Iglesia Católica, que consideraba que haber implantado sobre la Santa Cruz el nombre de una resina de color rojo que recordaba las llamas del infierno solo podía ser obra del demonio. Pero el sentido mercantil, como en toda historia, triunfó y Brasil se llamó Brasil. Las narrativas de viaje inundaron el proceso de Conquista en los siglos XVI y XVII, y la naturaleza imponente encendió los imaginarios de los cronistas. Así fue como hubo también la creencia, desde Colón, de que lo que los recién llegados veían era en realidad el tan buscado Paraíso terrenal. De allí la dualidad infierno y paraíso con que se caracteriza el mundo que está en los trópicos. “Debajo de la línea ecuatorial, todo es posible”, decía un adagio portugués. Son los temas que toca con maestría Sergio Buarque de Holanda y que trabaja actualmente en sus estudios sobre el demonismo Laura de Mello e Souza en la Universidad de São Paulo.

Existe en la sociedad brasileña una mirada crítica sobre sí misma que se expresa en el humor. En ese país que es al mismo tiempo liberal y esclavista, como lo ha visto certeramente Roberto Schwarz, que desarrolla ideas erróneas respecto de las certezas canónicas, de “ideas fuera de lugar”, el humor es permanente. No es que no haya solemnidad en ciertos círculos, pero el humor arrasa y transforma la tragedia en comedia, o por lo menos la hace más vivible. En Brasil. Una biografía, la pesadez del dato histórico preciso se aligera en una escritura agradable de leer. Aun cuando, a veces, hay un cierto matiz “pasteurizado” en la escritura, explicable siempre por la cantidad y complejidad del material que se debe entregar a un lector no especializado. Porque no se trata de un texto para especialistas. Se trata de una interpretación de la historia orientada a un público mayor, universitario, pero gran público. Para el público extranjero es una excelente entrada en la historia y el carácter de Brasil.

Hace unos años, frente a la pregunta de por qué Brasil no mira más a los países de América Latina, un ministro de Cultura, que por lo demás vivió su exilio en Chile, decía: “Es que somos tan grandes y de realidades tan complejas, que no hemos podido sino mirarnos a nosotros mismos”.

La verdad es que ha habido poca apertura al exterior y que los grandes embajadores de la cultura son los ritmos, la música: el chorinho, el bossanova, el forró, la canción. Es también su modo de reflexión. Escuchar a Chico Buarque, Maria Bethânia o Gilberto Gil es percibir no solo el pensamiento sobre el país, es experimentar desde su interior el espíritu mismo de su formación cultural, un espíritu de modernidad consolidado entre la potencia de la percusión de África y la nostalgia del fado portugués. Más allá de los ritmos más contemporáneos en donde se mezclan los avances de la comunicación y los grupos inmigrantes.

Vale la pena entrar al Brasil aventurándose paso a paso en las 900 páginas de esta publicación. Es, en cada instancia, una experiencia grata.

[Imagen de portada: Morro da Favela (1924)]

 

brasil. una biografía

Brasil. Una biografía, Lilia M. Schwarcz y Heloisa M. Starling, Debate, 2016, 896 páginas, $19.000.

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