Lagunas mentales

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Septiembre 15, 2016

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Diego Portales: un cadáver longevo

El destino del ministro fue convertirse en un ídolo que, como todo ídolo digno de ese nombre, además de adoradores tendría profanadores. Pero sabemos que el consenso atrofia y el disenso tonifica. Cuando todo el mundo coincide en la apreciación de un personaje, este declinará en la esfera pública hasta volverse irrelevante. Sin fricción, la sangre deja de circular.

por manuel vicuña

En febrero de 2005 se iniciaron los trabajos de construcción de una nueva cripta en la catedral de Santiago, adonde se proponía instalar los féretros de sus obispos y deanes. Como se trataba de un edificio patrimonial en un terreno lleno de restos históricos, las excavaciones se realizaron bajo la mirada de un equipo de arqueólogos. Primero aparecieron fragmentos de huesos y otros restos sin interés; el martes 8 de marzo se encontraron dos ataúdes. Nada revelaba la identidad de los cadáveres.

Pero se sabía que Diego Portales había sido enterrado en la catedral. La prensa y el gobierno se hicieron parte. Durante días se especuló sobre el hallazgo, a la espera de evidencia concluyente. Un documental registró in situ el proceso de investigación forense. Abiertos los ataúdes, los cuerpos, sometidos a técnicas de embalsamiento parecían ruinas apergaminadas. Al rato, la identidad de los cadáveres pareció asible gracias a varios indicios: un orificio de bala, una mandíbula destrozada, una perforación de bayoneta, un manuscrito con tinta desvaída, unos restos de vestimentas. El supuesto ataúd de Portales fue trasladado a un hospital. Ahí se le aplicaron pruebas de escáner que confirmaron la sospecha. Portales nunca se hizo retratar, todas sus imágenes son representaciones hechas de memoria. Ahora esas tentativas se revelaron fieles al original. Después de 168 años de sepultura incógnita, la momia de Portales, el despiadado guardián del orden, irrumpió para recordarnos que siempre ha sido algo más que un personaje confinado a una época remota.

En varios tramos, la historiografía chilena ha sucumbido a la fascinación por Portales. Fascinación no quiere decir solamente admiración o incondicionalidad. Los detractores del ministro, que abundan, han aportado tanto como sus seguidores a la consagración de Portales como mito de origen de la República. Tras su asesinato en los altos del Barón, en los alrededores de Valparaíso, Portales recibió homenajes que rondaron la idolatría. Santiago se quedó con el cuerpo; Valparaíso, con el corazón. Ese sería el destino de Portales: convertirse en un ídolo que, como todo ídolo digno de ese nombre, además de adoradores tendría profanadores. Durante el gobierno de Montt, los conservadores le erigieron una estatua para consagrarlo como el gran estadista de Hispanoamérica. En respuesta, José Victorino Lastarria lanzó un libro de combate, un “juicio histórico” que inició el esfuerzo de los liberales por tumbar simbólicamente esa estatua y ponerle freno a la “reacción colonial” que habría asfixiado el espíritu democrático de la revolución de Independencia.

El consenso atrofia, el disenso tonifica. Cuando todo el mundo coincide en la apreciación de un personaje, este declinará en la esfera pública hasta volverse irrelevante. Sin fricción, la sangre deja de circular. Pasa todo lo contrario con las figuras que motivan juicios contrastantes y hacen hervir la polémica. Portales seguía haciéndolo varias décadas después de muerto. Por eso ha tenido una activa vida de ultratumba; por eso ha sido un cadáver longevo. Nunca se ha apagado el debate en torno a la significación de su rol histórico. Porque Portales encarna una tradición política, la del autoritarismo como freno de mano a la profundización democrática, que cada cierto tiempo vuelve a robarse la película.

En el siglo XIX, cuando la educación retórica derivada de los clásicos aún inculcaba dotes para la diatriba, el ejercicio de esgrima intelectual alrededor de Portales sacaba chispas. Hay que pensar en el barullo en torno a Allende o Pinochet para hacerse una idea del tono crispado que circundaba la memoria del ministro. Como todavía había mucho en juego, varios de los escritores políticos más importantes de la época le destinaron páginas donde el reposado escrutinio histórico se mezcla con la instrumentalización ideológica más descarada, la pasión iconoclasta y los cantos de alabanza.

Si pensamos en su etapa como artífice del orden conservador, salvo por las cartas rescatadas por Benjamín Vicuña Mackenna, autor de la primera biografía bien documentada de Portales, este no escribió nada que uno pueda leer para captar la faceta íntima del personaje. Portales habla sobre todo por sus hechos. Y también por sus leyendas, a veces más iluminadoras que los primeros. Se supone que decía creer más en los curas que en Dios; también que estaba dispuesto a fusilar a su propio padre, apenas le diera por revolver el gallinero.

Portales empuñó el poder con mano firme. Su correspondencia guarda pasajes sardónicos de antología. Expatrió, dio de baja y persiguió a los liberales con una pasión que cuesta separar del odio. Tampoco se privó de amedrentar a sus colaboradores cuando les temblaba la mano. La desgracia ajena no le quitaba el sueño; sí la amenaza de las conspiraciones. Inventó el sistema de los “presidios ambulantes”, jaulas montadas sobre carretas donde se encerraba a delincuentes y opositores para emplearlos como mano de obra en la reparación de los caminos cercanos a Santiago y Valparaíso. “Palo y bizcochuelo, justa y oportunamente administrados”, decía, “son los específicos con que se cura cualquier pueblo, por inveteradas que sean sus malas costumbres”. Repartió palos. El bizcochuelo se lo dejó a las moscas.

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