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Como parte de las actividades en torno al Premio Manuel Rojas, entregado por el Consejo Nacional de la Cultura y la fundación del autor de Hijo de ladrón, Aira participó en una entrevista pública en la Biblioteca Nacional. Aquí compartimos algunas de sus respuestas.

por álvaro matus

Primer encuentro con la literatura

Me hice escritor por ser lector. Empecé a leer de muy chico, a leer lo que leían los chicos de antes, que teníamos la suerte de que no existiera la literatura infantil. Leíamos, entonces, a Stevenson, a Mark Twain, a Julio Verne, a Salgari. Y los leía por entretenimiento, por seguir la aventura, quizás por evadirme también, por encontrar ahí las emociones que no encontraba en la vida real. Pero a eso de los 14 años descubrí a Borges y ese fue mi encuentro con la literatura, ya no con los libros como pasatiempo, como entretenimiento, como evasión, sino con ese otro nivel, el nivel del arte de la literatura, el arte de la palabra.

La influencia de Superman

Esas aventuras de Superman de los años 50, lo que ahora los historiadores del cómic llaman la edad de plata, en realidad eran muy intelectuales. Tenían que ser intelectuales por las premisas de la historia. Superman, este señor venido de krypton, tenía todos los poderes: podía dar la vuelta al mundo en 0,5 segundos; podía ver a través de las paredes, de las rocas y de las montañas; podía destrozar un meteorito; podía volar a otra galaxia; entonces, si podía hacerlo todo, dónde podían encontrar los creadores un conflicto para que hubiera historia. Eso obligaba a los autores a usar la imaginación. No era cuestión de narrar el robo de un banco porque el robo de un banco era demasiado fácil para Superman, así que tenían que hacerlo más difícil, más complicado y más intelectual. Superman, por ejemplo, tenía debilidades, como la kriptonita. Se acercaba a la kriptonita verde y se debilitaba, pero eso tampoco era suficiente para la emoción que necesitaba la historia, entonces inventaron la kriptonita roja, que le producía efectos diversos, incontrolables. Por ejemplo, si lo afectaba la kriptonita roja, se ponía a hacer chistes incontrolablemente, bueno, le pasaban cosas insólitas. Después estaba la kriptonita dorada, que le quitaba los poderes permanentemente, o sea que nunca podía haber kriptonita dorada porque se terminaba Superman. Estas cosas me prepararon para los juegos temporales y filosóficos de Borges, estaban muy cerca, pero en clave lúdica. Además, el cómic no desarrolla a los personajes en el aspecto psicológico, son estereotipos en función de la acción y así es cómo funciona lo que yo he escrito: el personaje lo más estereotipado posible, de modo de no detenerse en cuestiones psicológicas, sino que avanzar en la acción. Y otra cosa que comparte Superman con otros cómics, es la imagen. La historia con sus imágenes. Creo que todo lo que yo he escrito tiene como una arqueología, un resto oculto de imagen porque mi imaginación es visual. Todo lo que voy inventando lo voy viendo, casi como los cuadritos que se van sucediendo en la historieta.

Contra la novela

Me siento más cerca de la poesía, del ensayo y del texto libre. De joven intenté escribir novelas que se parecieran a las novelas de verdad, porque quería ser publicado y hacer algo que los editores entendieran de qué se trataba, pero con el tiempo me fui liberando de eso y hoy día creo que escribo, como yo diría, la sombra de una novela. He ido cambiando mis definiciones, que las hago un poco para divertirme y para burlarme de los periodistas que me preguntan. Hasta hace poco definía mis libros como “cuentos de hadas dadaístas”, pero ahora los defino como “juguetes literarios para adultos”.

Circulación en editoriales independientes

No fue para nada algo premeditado, simplemente ocurrió que, en cierto momento, me liberé de la extensión que requieren las editoriales serias, para que los libros tengan un lomo que se pueda ver, y eso me lo permitían las pequeñas editoriales independientes. Después colaboró el hecho de que empecé a tener un agente. Yo nunca había ni soñado con tener un agente, que me parecía la cosa más snob del mundo, pero empezaron a traducirme y los editores franceses y alemanes me mandaban contratos que yo firmaba sin leer y terminó armándose un lío bastante importante por el que temí incluso que me metieran preso. En ese momento apareció providencialmente un agente alemán que se ofreció a poner en orden todo ese asunto. Y ahí hicimos un acuerdo: que él se iba a ocupar del mundo, le di carta blanca para que hiciera lo que quisiera, pero yo me reservaba la Argentina, en la Argentina él no se podía meter. Eso coincidió con la proliferación de las pequeñas editoriales independientes y ahí yo pude darme el lujo de regalarle a estos editores independientes mis pequeños libros. Se los regalo, no les cobro derecho de autor. O sea que tengo lo mejor de dos mundos: por un lado en Argentina soy el escritor gentleman que escribe porque le gusta y no cobra, y la plata viene de afuera.

Borges

A los autores argentinos siempre les preguntan si les abruma  o si es demasiado peso tener a uno de los mayores escritores del siglo XX y de la historia de la literatura. Yo siempre digo que no, que no es así. Para nosotros es un orgullo tener un escritor que sea tan grande y a la vez tan profunda y esencialmente argentino. Muchos argentinos, leyendo a Borges, pensamos “esto nadie que no sea argentino puede entenderlo del todo”. Pero justamente esos escritores que son los más locales, son los más universales a la vez. Y el gran mérito de Borges para nosotros fue establecer un estándar, no solo de calidad sino que de honestidad intelectual, que debería hacernos sentir avergonzados de escribir como escribimos teniendo a este maestro tan cerca. Y sigue siendo una bendición haber tenido a Borges, porque ha sido una verdadera luz. El día que murió, en todas las primeras planas de los diarios se decía “qué hacemos ahora, nos quedamos sin Borges”, porque era una presencia tan fuerte, aun fuera del ámbito literario: su mito, su personalidad, su broma, su humor, sus salidas extravagantes, estaban tan presentes, pero siguió presente. Yo noto que hoy no pasa un día sin que entre mis amigos o la gente que conozco no mencionemos a Borges por algo, citando una frase, o una salida o una broma.

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