Cine Arte Normandie: el regreso de la cinefilia

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En una época en que las películas se encuentran fácilmente en diversos sitios web, la conocida sala del centro de Santiago empezó a utilizar Facebook para promover la exhibición de clásicos. El resultado ha sido impresionante: la sala se llena de jóvenes que parecieran revalorar el cine como experiencia colectiva.

por matías hinojosa

La fila para comprar las entradas avanza varios metros por calle Tarapacá. El hall y el estacionamiento de bicicletas también están colmados de gente. Hay estudiantes, oficinistas, artistas callejeros. No se trata de un concierto ni de un mitin político; tampoco es el estreno de la nueva película de Star Wars. En la estrecha vereda, entre tiendas de armas y fuentes de soda, un centenar de personas se mezcla con los trabajadores que a esa hora esperan micro y los peatones que intentan esquivar la numerosa fila. Algunos prenden pitos de marihuana, otros sacan latas de cerveza. En una pizarra se anuncia la función de esta noche: The Wall.

Cuando todavía quedan 20 minutos para que comience la película, un cuarto de las butacas ya están ocupadas. El tránsito es permanente en el baño y en los pasillos. El palco también comienza a llenarse poco a poco. La gente se encuentra y se hacen señas a la distancia. La sala es enorme, de otro tiempo: los ingresos cubiertos con cortinas de terciopelo, las butacas de madera con su acolchado forrado en cuero sintético, el diseño escalonado de las paredes. Es martes y el Cine Arte Normandie está en su capacidad máxima.

De Alameda a Tarapacá

Los ciclos del Normandie no son cosa de hoy día; de hecho han sido desde su origen una de las marcas registradas de la sala. En los 80, cuando estaban ubicados en la Alameda, ya se pasaban películas de Bergman y Tarkovsky. En tiempos donde el uso doméstico y extendido de internet parecía un sueño futurista y en los que conseguir una película europea era ciertamente difícil, el Normandie se convirtió en un polo cultural. La canción “Por qué no se van” de los Prisioneros quiso acusar el esnobismo de su público, pero lo que pretendía ser un ataque mordaz terminó convirtiéndose en la mejor publicidad imaginada para una sala que exhibía películas de arte y ensayo, logrando introducir su nombre en el inconsciente de los chilenos. “Esa canción nos hizo pasar a la historia. Te puedes encontrar con colegiales que nunca han venido, pero que han escuchado la canción y nos conocen. Eso ayudó mucho a estar siempre presentes”, cuenta Mildred Doll.

Fue en abril de 1982 cuando ella, su hermano Alex y el crítico Sergio Salinas tomaron la administración de la sala de Alameda, la cual se encontraba por entonces en una precaria situación económica. El primer título que tuvieron en cartelera fue El caballo del orgullo de Claude Chabrol. En los años venideros pasaron por ahí La ley de la calle, Brazil y Haz lo correcto, convirtiéndose cada una de estas cintas en fenómenos de la cinefilia local, permaneciendo durante varios meses en cartelera e incluso, como en el caso de La ley de la calle, con sucesivas reposiciones. Cuando el toque de queda se movió a las dos de la mañana, y les permitió tener una función de trasnoche, a Sergio Salinas se le ocurrió programar cine de terror, proyectando películas de John Carpenter y George Romero. El contexto de la época, convirtió al Normandie de alguna manera en un sitio de resistencia política.

En agosto de 1991 se llevó a cabo la última función en esa primera sala. Hoy se acercan a cumplir tres décadas en el recinto de calle Tarapacá. Los primeros años fueron especialmente difíciles, el cambio de dirección trajo una merma de público, pero por lejos el golpe más fuerte fue la aparición de las multisalas.

La situación financiera del cine por mucho tiempo se mantuvo en un equilibrio precario. La crisis más fuerte, cuando estuvieron cerca del cierre, ocurrió entre 1999 y 2002. En aquel período de números rojos, la ayuda de su club de socios fue fundamental. “Es muy triste tener una sala tan grande ocupada por tres o cuatro personas. Se llamó a los amigos, la gente que tiene credencial, para que nos ayudara. Ellos nos apoyaron por unos seis años. Ese público fue maravilloso”.

A partir de entonces se reestructuró la programación, pasando de tener tres películas por semana a las siete que se ofrecen actualmente.

Esta es la primera de dos funciones que habrá de The Wall. Al día siguiente la escena se volverá a repetir. En tiempos donde conseguir una película a través de internet es tarea sencilla, impresiona el interés que suscita un filme que a estas alturas se encuentra en cualquier sitio de descargas. Mildred Doll, gerente general y fundadora del Normandie, tiene una respuesta: “Aunque ahora la gente está viendo las películas en las tablets y en los celulares, hay algunas que están pensadas para ser vistas en pantalla grande. Si tú ves The Wall en la tele es una verdadera lata”.

La sala del Normandie ha experimentado en los últimos meses un aumento importante de público. La razón no fue solo la buena selección de las películas, cuestión que los ha caracterizado desde sus inicios, sino el haber conectado con el segmento joven a través de redes sociales. Entrar en Facebook, sin embargo, no fue sencillo. Había desconfianza y motivó más de una discusión. “Después de muchas vueltas, apostamos por usarlo”, cuenta Doll. “De hecho, uno de los socios siempre decía que por culpa de internet el cine iba mal. Y bueno, se comprobó que había que usar la tecnología. Al final fue bueno”.

A través de Facebook, el Normandie comenzó a anunciar su programación semanal, destacando principalmente sus funciones a precios rebajados y su ciclo de películas clásicas. Bajo los nombres de Cine a Luka y 2×1!, anuncian semana a semana los títulos que estarán exhibiendo entre lunes y jueves. Un promedio de tres mil personas confirman su asistencia en la red social a cada uno de estos eventos, si bien la sala tiene capacidad para 650 espectadores. El programa es ecléctico, abarcando desde estrenos recientes (El viento se levanta, Neruda y El abrazo de la serpiente) hasta cintas de directores como Kurosawa, Bergman y Fellini, pasando por otras que tuvieron su figuración en el circuito independiente: Videodrome, Jackie Brown, Pi: fe en el caos. La selección está a cargo de Mildred y de su hermano Alex.

Tras ser un foco cultural en los 80 (cuando la sala quedaba donde hoy se ubica el Centro Cultural Alameda), el Normandie no había vuelto a tener una convocatoria tan joven, fiel y entusiasta como la que ahora asiste cada semana.

“La oportunidad de ver clásicos en pantalla grande es lo mejor de todo. Me parece mucho más interesante lo que dan aquí que las opciones que ofrecen las otras salas convencionales”, opina Daniel Silva, uno de los asistentes a The Wall, quien desde hace algún tiempo ha comenzado a venir regularmente con su grupo de amigos. “Hay películas que me repito y otras que veo por primera vez. Nunca me voy decepcionado de lo que muestran. Me pueden gustar unas más que otras, pero siempre quedo con la sensación de que aprendí algo, de que vi algo que valía la pena”, agrega.

Son las 20.30 y The Wall está a punto de empezar. El público que sigue entrando se acomoda rápidamente en los pocos sitios que aún quedan disponibles. Apenas se apagan las luces, la agitación y el barullo se comienzan a calmar. Durante la proyección, algunos cantan en voz baja o mueven el pie al ritmo de la música. Efectivamente, como dice Mildred, hay cintas que se deben ver en pantalla grande. “El Normandie tiene una onda que combina muy bien con el tipo de cine que dan. Me gusta mucho la gente que viene, el lugar donde está ubicado y la sala. Venir para acá, independiente de la película que estén dando, ya es un panorama”, piensa Felipe Moreno, otro espectador.

El botón de nácar, de Patricio Guzmán, fue la película que le confirmó a Mildred que algo estaba ocurriendo, que la gente estaba respondiendo bien a la invitación. Este documental, continuación de Nostalgia de la luz, se tuvo que reponer en varias oportunidades. La asistencia del público ha sido aún más notable con el ciclo Cine a Luka. En los últimos meses han mostrado, a sala completa, Los 400 golpes, El séptimo sello, 8 ½ y El hombre elefante. Incluso la buena asistencia les ha dado la confianza suficiente para pensar en títulos más arriesgados. “En otro tiempo no me hubiese atrevido a programar Alexander Nevsky y ahora pronto la vamos a dar”, adelanta Mildred.

Termina la función de The Wall y una ola de gente vuelve a ocupar el hall y la vereda de calle Tarapacá, mientras tanto otros se amontonan en el estacionamiento de bicicletas. Se escuchan aquí y allá comentarios entusiastas. Muchos aprovecharán el camino a casa para intercambiar opiniones o se meterán en un bar a conversar sobre lo que acaban de ver. Hay ocasiones en que el cine sigue siendo una experiencia colectiva, una experiencia que no termina necesariamente al abandonar la sala.

Próximas funciones

Persona, de Ingmar Bergman (5 de diciembre)

Fahrenheit 451, de François Truffaut (6 de diciembre)

El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra (7 de diciembre)

El viaje de Chihiro, de Hayao Miyazaki (20 de diciembre)

Carretera perdida, de David Lynch (3 de enero)

 

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