El factor análogo

En el último tiempo debutaron en Netflix cintas de los hermanos Coen, de Noah Baumbach, de Steven Soderbergh. ¿Pasó algo? Poco. Al parecer, todavía el estreno en salas de cine, en un recinto oscuro y junto a desconocidos, sigue provocando más deseo que el streaming. Si pensamos en la música, ¿es lo mismo un recital lleno de espectadores, que un lanzamiento a la medianoche en Spotify? ¿Se presentan, acaso, libros electrónicos?

por Alberto Fuguet I 20 Agosto 2019

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Escribí esto en medio de la promoción de mi nueva película, que contra todo lo que hubiera pensado, se estrenó en salas. Sí, en salas de mall y de multiplexes y en las otras, las alternativas, que se han multiplicado cuando yo creía lo contrario.

Esto no es ni va a ser acerca de mí. O quizás sí.

Estoy escribiendo de cine.

Sí: capaz que sea algo personal. Catorce años después de mi debut con Se arrienda, volví a estrenar con todas las de la ley: old school style.

¿Pero qué significa exactamente Todas Las De La Ley?

¿Qué ley?

Todo ha cambiado tanto…

Y lo sigue haciendo.

Mi película se llama Cola de mono. Su tag-line es: “Beba con moderación”, pero lo cierto es que dejamos toda moderación a un lado (afiches de traseros masculinos con jockstrap, desde luego) y tiramos (los actores, yo, mis amigos que se han convertido en mis productores, la distribuidora) toda la carne a la parrilla, porque queríamos que fuera un espectáculo a la antigua: crear boca a boca, que la gente vaya a las salas.

¿Por qué? Porque aún es importante estar en salas, aún a la prensa le parece más sexy (por usar una palabra aunque quizás el término correcto es “más legítimo”) una cinta que llega a las pantallas de las salas (por poco glamorosas o prosaicas que sean) que aquellas que debutan en las nuevas plataformas. Esto lo sé en carne propia, puesto que he estrenado al menos tres películas directamente en la red (no en Netflix) y fue un poco como si no hubieran existido. Eventualmente sí: llegaron a mucha gente, pero hay algo profundamente análogo en esto de estrenar que obliga incluso a los que están más a la vanguardia.

¿Es lo mismo un recital lleno de espectadores, que un lanzamiento a la medianoche en Spotify?

¿Se presentan libros electrónicos?

Curioso: todos se creen muy modernos, pero aun así muchos llevan una doble vida: ven casi todo en casa o en sus propias pantallas, no obstante, sueñan con estrenar en cines para así legitimar lo que han realizado con tanto esfuerzo. Esto me pasa a mí. Hasta fuimos a la tele. Esto es curioso, al menos. ¿Puede una película nacional de bajo presupuesto ser noticia? ¿Puede generar deseo? De nuevo: por qué una cinta que se estrena en unas salas en unos malls de pronto se vuelve real, mientras que las que no lo hacen parecen inferiores, sospechosas.

Curioso: todos se creen muy modernos, pero aun así muchos llevan una doble vida: ven casi todo en casa o en sus propias pantallas, no obstante, sueñan con estrenar en cines para así legitimar lo que han realizado con tanto esfuerzo. Esto me pasa a mí.

Cuarón ganó Mejor Director por una cinta-para-la-tele que no es para nada una película hecha especialmente para la televisión (ok, para la pantalla chica o pantallas personales, móviles, alternativas) y que fue estrenada, de manera manipuladora e inteligente, en los cines para darle la pátina de prestigio que no tendría si nunca hubiera rozado la pantalla ancha o ido a festival de cine alguno. Cannes aún no cree que las películas destinadas a las pantallas chicas sean películas, aunque no hay cinta que, triunfe o fracase en la taquilla análoga, termine pronto en pantallas más acotadas. Recuerdo lo erótico (sí, erótico) cuando una cinta del cine llegaba a la tele (Grandes eventos y eso era: un gran evento).

Desde que se inventó la televisión que, vía un soporte u otro, las películas terminan degradándose o popularizándose o democratizándose o achicándose (Gloria Swanson: “Yo sigo grande, son las películas las que se han achicado”, comenta de manera camp en Sunset Boulevard de Billy Wilder, rodada en 1950, cuando la tele recién estaba esparciéndose).

Este año la ganadora del Oscar fue Green Book, la típica película Netflix que mejora y seduce por estar en la pantalla ancha: no solo por la experiencia en sí, sino por las críticas, las reseñas, las campañas, la polémica que es sonsa y racista; todo ese extra cuesta obtenerlo sin un estreno análogo. A Green Book la apoyó Steven Spielberg, para que –quizás, de manera conspirativa– Roma no ganara una estatuilla.

–Que gane un Emmy –dijo Spielberg. Los Emmys premian lo mejor que hace la televisión.

Separar las peras de las manzanas. Los Oscar para el cine, los Emmy para todos los que hacen contenido para las otras pantallas.

¿Pero de qué hablamos cuando hablamos de tele?

Cable y Streaming y Amazon y HBO y Hulu y Showtime y, por cierto, Netflix. Hace rato que la tele no es la tele. Es material que va a las pantallas propias y que provoca otro tipo de morbo y expectativa y genera complicidades y lealtades muy distintas a las que gatilla la experiencia cinematográfica.

Aún.

Los fans de la saga Star Wars son distintos a los de Games of Thrones. Capaz que sean los mismos.

Se me ocurre que lo son, que se traslapan, pero por muy superior que sea GoT, no posee el mismo caché que aquello que debuta en esos no lugares llamados cines. Hay algo descafeinado, anémico o inasible en aquellas series y películas cuyo lazo está justamente con esos lugares que son nuestros propios sitios (camas, escritorios, sofás, baños, gimnasios).

¿Será eso lo que separa el trigo de la paja? ¿Que algo intangible estuvo un rato proyectándose en un sitio tangible, pegote, oscuro, con aroma a gente y a cabritas, y con aire acondicionado o calefacción? A lo mejor.

¿Será eso lo que separa el trigo de la paja? ¿Que algo intangible estuvo un rato proyectándose en un sitio tangible, pegote, oscuro, con aroma a gente y a cabritas, y con aire acondicionado o calefacción? A lo mejor. Spielberg, que partió con Duel, una cinta de camiones hecha para la televisión, que luego fue estrenada en las pantallas grandes para acceder al Séptimo Arte, ahora hace cintas que ya no tienen el mismo éxito en las salas que el alcanzado en los 80 y 90. Spielberg desconfía de Netflix, de las “plataformas”. Es tele, no cine, afirma. El veterano Scorsese acepta jugar con Netflix para su nueva película de gánsteres (The Irishman, con De Niro y Pacino), porque se la financian, aunque tiene claro que igual la estrenarán en los cines análogos.

Como Cola de mono, pienso.

El ser análogo aún (aún, todavía, por ahora) provoca deseo y separa el trigo de la paja. Queremos que todos los onderos vengan en masa.

¿Es Roma una cinta para la tele o una película que debutó en forma paralela en Netflix? En estos meses debutaron en la plataforma cintas de los hermanos Coen, de Noah Baumbach, de Steven Soderbergh. ¿Pasó algo? Poco. Yo aún no las veo.

Es lo análogo, es la experiencia, lo que separa las aguas. Es lo que provocó interés por Cola de mono y me hizo pensar que Velódromo e Invierno (directo a la web) no existieron tanto.

Valoramos al final lo colectivo, donde nos rozamos.

Breaking news, alerta de noticias: Apple entra al ruedo de los grandes estudios con Apple TV plus. Spielberg será uno de los directores que creará contenido especialmente para los herederos de Steve Jobs en Cupertino.

¿Atacó Roma porque es un hijo de puta, un picado, un vendido a la competencia? ¿Seguirá pensando lo mismo? Si Spielberg realiza algo sobresaliente, merecerá un Emmy, no un Oscar.

¿Importa al final?

¿Lo que es grande es capaz de resistir la pantalla chica?

Tarea para la casa.

Ahora me toca responder una entrevista por escrito, por mail, no es una conversación en persona o por teléfono. No es una entrevista análoga. ¿Será lo mismo?