¿Qué es una familia?

Una mujer joven busca entender el inexplicable suicidio de su esposo, cuatro niños son abandonados por su madre en un apartamento en el que se ven forzados a sobrevivir a solas, una muñeca inflable cobra vida cuando su dueño sale a trabajar, decidida a aprender a ser humana. Las películas del japonés Hirokazu Kore–eda son una indagación en la intimidad, el afecto y las pulsiones que laten por debajo de las relaciones familiares. En su película Un asunto de familia, parece redoblar la apuesta, pero confirma a su vez que su cine rehúye las respuestas. Kore–eda plantea que los cuestionamientos son una experiencia y un fin en sí mismos.

por Rodrigo Hasbún I 10 Marzo 2020

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Un padre cincuentón y su hijo de 10 años se van de un supermercado de Tokyo sin pagar. Se les nota que lo hacen a menudo, que un poco sobreviven así. De regreso a casa se topan con una niña a la que ya han visto otras veces abandonada fuera de la suya, aun en noches tan frías como esa. Terminan ofreciéndole refugio, al menos por unas horas. El lugar donde viven ellos es abigarrado y pequeño, y la comida que comparten ahí con la madre, la tía y la abuela es envasada, barata, pero ni eso ni nada parece importarles si están juntos, disfrutando como nadie de la compañía y la calidez, y de la presencia inesperada de esa niña que parece tan triste por los maltratos a los que la someten en su propia casa. Nosotros empezamos a sospechar desde muy pronto que va a quedarse a vivir con esos extraños entrañables, que ellos sabrán darle el amor que sus padres le niegan. Sospechamos también que la situación, vista desde afuera, no puede terminar bien.

Así arranca Un asunto de familia, la desgarradora y bella película de Hirokazu Kore–eda, cuya filmografía está atravesada de principio a fin por dramas intimistas como este, y por la pregunta más o menos persistente de qué constituye una verdadera familia. Es una pregunta engañosamente simple, como todo lo es en su cine, donde poco a poco se van evidenciando la complejidad de las relaciones y la hondura de las emociones de sus personajes, así como los claroscuros de la sociedad japonesa actual, hacia la que suele asomarse desde la orilla de los invisibles. Con Un asunto de familia ha llevado el cuestionamiento más lejos que nunca.

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De Hirokazu Kore–eda puede decirse que nació en Tokyo en 1962, que vio mucha televisión mientras crecía (“soy parte de la generación japonesa que más televisión vio”, dice) y que él mismo trabajó en un canal durante años, para el cual dirigió varios documentales antes de rodar su primer largometraje de ficción. También puede decirse que en algún momento quiso ser novelista, antes de darse por vencido y emprender una carrera cinematográfica meteórica en la que, desde principios de los 90, ha hecho cinco documentales y 13 largometrajes de ficción, los cuales llevan tiempo siendo celebrados en los festivales más importantes del mundo. Culminando esa racha, Un asunto de familia recibió en 2018 el premio mayor en el Festival de Cannes.

De su filmografía puede decirse a su vez que en sus casi tres décadas de carrera nunca había filmado fuera del Japón hasta el año pasado (en el que estrenó un drama ambientado en Francia y protagonizado por Juliette Binoche, Catherine Deneuve y Ethan Hawke), que la mayoría de sus películas las ha escrito, dirigido y editado él mismo, y que todas ellas se desprenden de dilemas singulares, extraordinariamente dramáticos aunque siempre incrustados en el reino de la cotidianidad, trazados a escala humana.

En Maborosi, una mujer joven busca entender el inexplicable suicidio de su esposo, al que amaba y con el que acababa de tener un hijo. En Afterlife, los muertos recientes que la protagonizan están obligados a elegir el más feliz de sus recuerdos, para llevárselo consigo al otro mundo, antes de que todos los demás se borren. En Nadie sabe, cuatro niños son abandonados por su madre en un apartamento en el que se ven forzados a sobrevivir a solas. En Air Doll, una muñeca inflable cobra vida cuando su dueño sale a trabajar, y se empeña en aprender a ser humana. En De tal palo, tal hijo, dos parejas son informadas de que sus hijos fueron intercambiados por error en el hospital donde nacieron, y deben negociar si quedarse con el niño que criaron o devolvérselo a los padres biológicos.

Son premisas llamativas que harían feliz a cualquier productor de Hollywood, y no extrañaría que a partir del éxito de Un asunto de familia empiece una ola edulcorada de “remakes”. En manos de Kore–eda, sin embargo, ninguna de estas películas ofrece soluciones fáciles: la viuda joven es incapaz de encontrarle sentido al suicidio de su marido, algunos de los muertos recientes se pierden en su memoria o en la obligación de elegir un solo recuerdo que dure para siempre, la muñeca inflable atisba la complejidad humana, que es también la complejidad del amor, pero no logra adaptarse… Son películas que tampoco ofrecen respuesta a los dilemas filosóficos o éticos que plantean. Su territorio es el del matiz, el de las sombras y la luz escasa de las que habla Tanizaki en su célebre El elogio de la sombra, el de los cuestionamientos que son una experiencia y un fin en sí mismos.

Sus películas tienen una sensibilidad vinculada a la noción japonesa del mono no aware, que hace referencia a una melancolía suave, a una conciencia blanda pero constante de lo transitorio. En una cultura permeada por el desprendimiento budista, no es un estado que desemboca en la angustia o la desesperación, sino en una suerte de entendimiento de la naturaleza fugaz de las cosas.

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Es un fenómeno infrecuente que una película de autor, discreta y minuciosa, reciba clamor popular. Si no se trata de una película de género (y la poderosa industria cinematográfica japonesa está especialmente orientada hacia ellos), el fenómeno es aún más inusual. Solo en Japón Un asunto de familia fue vista por más de tres millones de espectadores, y alrededor del mundo ha debido sumar un par más.

La historia de la familia Shibata podría explicar esa efusiva recepción, pero a mi parecer es la intensa experiencia cinematográfica que ofrece Kore–eda lo que ha terminado cautivando a tantos. Su primer gran acierto, y el más visible de ellos, es la elección de quiénes encarnan a los personajes: el casting de Un asunto de familia es en verdad memorable. A la presencia asidua en su cine del carismático Lily Franky y la tan querible Kirin Kiki, que moriría poco después de que la película fuera estrenada, la acompañan actuaciones persuasivas de Sakura Ando y Mayu Matsuoka, y sobre todo la luminosidad de Jyo Kairi y Miyu Sasaki, el niño y la niña que se asoman al impredecible mundo de los adultos con asombro y desconfianza, sin saber bien a qué atenerse.

Más allá del casting, Kore–eda suele ser prodigioso en su acercamiento a los actores con los que trabaja, a los que les ofrece una suerte de ética del espacio común. Para él, el cineasta no es un intruso entre ellos, pero tampoco una presencia invisible: en el caso de Un asunto de familia podría decirse que habitan la misma casa, y que forman parte de una de esas familias eventuales que tanto lo fascinan. Dentro de esa familia posible, renuncia como cineasta a las formas más evidentes de su autoridad, para volverse más bien un miembro silencioso. Así, sin estridencias ni ampulosidad, y casi sin moverse, su cámara se limita a registrar aquello que tiene enfrente, y esa inmediatez desemboca en una cercanía apabullante que termina metiendo en esa misma casa a los espectadores. Es un cine inmersivo, sin afuera, a cuya calidez también se debe quizá la unánime celebración de la película.

Por último, me gustaría resaltar una sensibilidad vinculada a la noción japonesa del mono no aware, que hace referencia a una melancolía suave, a una conciencia blanda pero constante de lo transitorio. En una cultura permeada por el desprendimiento budista, no es un estado que desemboca en la angustia o la desesperación, sino en una suerte de entendimiento asumido de la naturaleza fugaz de todas las cosas. Al igual que las de su maestro Yasujiro Ozu, Un asunto de familia está atravesada por ese mono no aware. A pesar de toda la fiereza que pueda evidenciar, de las condiciones en las que viven los personajes y la ceguera del sistema judicial, invariablemente hay una amabilidad en la forma en la que despliega las pequeñas tragedias que la constituyen. Bajo la inminencia de su desaparición, claro, todo se vuelve precioso: una cena o un día en la playa, los fuegos artificiales que apenas se ven entre los edificios, un paseo al lado de alguien que quiere ser tu padre. Bajo la inminencia de su eventual desaparición, todo resplandece aún más. Seducido por el brillo ocasional que se desprende de un momento cualquiera, Kore–eda nos fuerza a prestar atención y, de nuevo, nos sumerge en ese ámbito familiar.

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Nada es lo que parece en Un asunto de familia, y lo milagroso de la convivencia de los personajes termina aguándole los ojos al más duro, sobre todo hacia el final, cuando se va atisbando de a poco, revelación tras revelación, cómo cada uno de ellos ha ido a parar a esa familia, y a dónde van a ir a parar después de ella, cuando todo empiece a desmoronarse de un día al otro.

Los personajes están muy equivocados sobre sí mismos, se juzgan demasiado duramente, y eso también es conmovedor. Nosotros hemos atestiguado la hondura de su humanidad, su abrumadora capacidad de entregarse a los que tienen cerca, de mejorarse entre sí. De su mano, nosotros hemos visto todo lo que puede ser una familia verdadera, una familia hecha de gestos mínimos y de tiempo, una familia de esas que no solo se deben a la sangre o al apellido común.