Diciembre 8, 2016

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A principios del siglo XX, la ciudad era un lente para la comprensión de procesos mayores, pero medio siglo después había perdido ese rol. Pero la urbanista Jane Jacobs nos enseñó de nuevo a ver la ciudad de una manera más profunda. Ella entendió que es el tejido de múltiples filamentos (desde las veredas y los pequeños comercios hasta los parques y barrios como espacios de encuentro) lo que hace que la ciudad sea mucho más que la suma de sus grandes edificios o su economía corporativa.

por saskia sassen

Me encontré por primera vez con Jane Jacobs a comienzos de los años 90. Ella estaba sentada en la primera fila de un gran auditorio de Toronto cuando di una conferencia de una hora. Yo no sabía quién era ella.

Cuando hube terminado, la primera mano que se levantó –bastante bruscamente– pertenecía a esta persona de avanzada edad. Qué maravilloso, pensé, una ciudadana que nunca ha dejado de estar comprometida. Lo que salió de su boca, sin embargo, fue una de las críticas más agudas de mi forma de analizar la ciudad que alguna vez haya oído (y que probablemente alguna vez oiré).

Ella seguía una línea de cuestionamiento muy diferente de la que normalmente yo recibía. Una y otra vez volvía al tema del “lugar” y su importancia cuando se consideraba la aplicación de las políticas urbanas (en particular, la pérdida de los barrios y la supresión de las experiencias de los residentes locales). Su aportación me hizo dirigir mi pensamiento a niveles más “micro”; aún hoy estoy haciendo alguna labor sobre la necesidad de recolocar las piezas de las economías nacionales y de la ciudad.

De manera que tal vez ahora, en el aniversario número 100 de su nacimiento, deberíamos todos preguntarnos: ¿qué es lo que Jane Jacobs nos hizo querer ver en la ciudad?

Pensar en esta pregunta me lleva a centrarme en las condiciones que crean una metrópolis: la enorme diversidad de trabajadores, sus espacios de vida y de trabajo, las múltiples subeconomías involucradas. Muchas de estas cosas ahora son vistas como irrelevantes para la ciudad global, o pertenecientes a otra época. Pero una mirada más atenta, como lo recomendaba Jacobs, demuestra que eso está equivocado.

Ella nos pediría mirar las consecuencias de estas subeconomías para la ciudad (para su gente, sus vecindarios y las dimensiones visuales implicadas). Ella nos pediría considerar todas las otras economías y espacios afectados por la gentrificación masiva de la ciudad moderna; no menos importante, lo que resultan de los desplazamientos de los hogares modestos y de las empresas de barrio con intención de obtener beneficios.

¿Cómo vemos aquellos aspectos que típicamente se vuelven invisibles por causa de las narrativas modernas del desarrollo y la competitividad urbanas? A principios del siglo XX, la ciudad era un lente para la comprensión de procesos mayores, pero medio siglo después había perdido ese rol. Fue Jane Jacobs quien nos enseñó de nuevo a ver la ciudad de una manera más profunda, más compleja.

Elogio de la calle

En su libro más célebre, Muerte y vida de las grandes ciudades, Jane Jacobs (1916-2006) demuestra las posibilidades de la inteligencia, la observación y el sentido común. A pesar del tiempo transcurrido desde su publicación (en 1961), el libro es una actualísima cartografía de los peligros que actualmente acechan a las ciudades: la dispersión territorial, la segmentación de usos, la destrucción de los barrios, el automóvil privado como única forma de conexión; de las cicatrices urbanas: vías de tren, autopistas en varios niveles, parques mal diseñados, riberas de ríos descuidadas. Así como también de las soluciones: las calles y veredas como espacios de encuentro, de juego, de intercambio; el fomento de la diversidad de usos: oficinas, vivienda, cultura, ocio, parques, para que los barrios sean activos y no decaigan; pues la abundancia de pequeños comercios y el contacto casual en las calles no solo son las principales garantías de la seguridad, sino de la vida de la ciudad.

Ella nos ayudó a reenfatizar dimensiones que por lo general eran excluidas –no, expulsadas– de los análisis generales de la economía urbana. De hecho, puedo imaginar que ella habría afirmado sin un parpadeo de duda que, no importa cuán electrónica y global la ciudad pueda llegar a ser algún día, aún tiene que “hacerse”. Y ahí radica la importancia del lugar.

La ciudad ha sido durante mucho tiempo un sitio estratégico para la exploración de los grandes temas que enfrenta la sociedad. En la primera mitad del siglo XX, el estudio de las ciudades estaba en el corazón de la sociología (lo que es evidente en la obra de Simmel, Weber, Benjamin, Lefebvre y la Escuela de Chicago). Estos sociólogos enfrentaron procesos de gran escala: la industrialización, la urbanización, la alienación y una nueva formación cultural a la que llamaron “urbanidad”. El estudio de la ciudad significó el estudio de los principales procesos sociales de una época.

Sin embargo, hacia la década de 1950, el estudio de la ciudad había perdido gradualmente este papel privilegiado como productor de las categorías analíticas claves. Las ciencias sociales, podríamos decir, perdieron su capacidad de “ver” la ciudad y todo lo que ella hacía visible. Pero no Jacobs.

Para ella, las barricadas (tanto las figurativas como las literales) jugaron un papel no solo como parte de la batalla para preservar una de las partes más antiguas de Manhattan, sino en todo su análisis de la economía urbana. La lucha apasionada de Jacobs para proteger el “Village” en el Bajo Manhattan era mucho más que la preservación de un antiguo paisaje urbano (aunque esto en sí mismo era suficiente para justificar una lucha en una ciudad como Nueva York, donde los constructores decidían y básicamente no se preocuparon por el legado o las dimensiones visuales).

Al hablar con Jacobs, se hizo evidente que las batallas de la comunidad eran, para ella, simplemente una parte de una indagación más amplia, mediante la cual ella procuraba comprender mejor y desarrollar conceptos sobre el rol de las ciudades en la economía. Richard Sennett, quien a menudo estaba en los “piquetes” junto a Jacobs, habla de su calmada ferocidad; ella era implacable y se plantaba ante cualquiera, no importando su figura más bien pequeña ni, con el tiempo, su condición de anciana.

¿Por qué es tan importante recuperar el sentido de lugar y de la producción en nuestros análisis de la economía global, particularmente de qué manera estas cuestiones se han constituido en las grandes ciudades? Porque nos permiten ver la multiplicidad de las economías y de las culturas de trabajo en el que están incrustadas las economías regionales, nacionales y globales.

Pero Jacobs fue mucho más allá que esto. Lo que ella nos mostró, de manera crucial, es que el espacio urbano es el ladrillo fundamental de estas economías. Ella entendió que es el tejido de múltiples filamentos lo que hace la ciudad mucho más que la suma de sus residentes o sus grandes edificios o su economía corporativa.

(Este texto apareció en The Guardian y se publica con la autorización de la autora. Traducción de Patricio Tapia)

Muerte

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