Contra el Club de los Realistas

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Febrero 6, 2018

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En Estrés y libertad, el filósofo Peter Sloterdijk impugna a los intelectuales que “han emprendido una campaña contra el asombro” y a los liberales que constriñeron el liberalismo a un solo aspecto: la precavida conciencia de que vivimos en un mundo de seres codiciosos. Pero olvidaron, de tanta mesura, nuestra reserva de generosidad y la capacidad de imaginar lo improbable. Reparar ese olvido sería el primer paso para defender la libertad en las sociedades actuales, cada vez más definidas por el temor a desintegrarse.

por daniel hopenhayn

Peter Sloterdijk, con la osadía que muchos le critican y el vigor literario que todos le reconocen, busca en Estrés y libertad un modelo de hombre libre que sepa coexistir con los tiempos que corren. Es un nuevo intento del filósofo alemán de resistir a lo que llama el Club de los Realistas: la corriente dominante de pensamiento que, según él, se ha dedicado con éxito a estrechar los dominios de la subjetividad.

“Los hombres comenzaron a filosofar al quedarse maravillados ante algo”. Lo dice Aristóteles en la Metafísica y lo cita Sloterdijk para hostigar al racionalismo ilustrado desde la primera página de su ensayo. Y es que los herederos modernos de Aristóteles (filósofos, cientistas sociales) “han emprendido una campaña contra el asombro”, homologando la agudeza de sus teorías con la ausencia de perplejidad en sus rostros. Pues bien, allá ellos: Sloterdijk anuncia que hablará desde el asombro. Porque la sobrevivencia de esos grupos políticos que llamamos sociedades, integrados por millones de individuos que ya no creen más que en sí mismos, a estas alturas “sobrepasa el límite de lo concebible”.

Antagonista liberal de Žižek en los debates sobre la crisis europea, aunque amigo suyo, y enconado rival de Habermas en todo tipo de discusiones y para nada amigo suyo, Sloterdijk se alejó de la Escuela de Frankfurt en los años 80, tras convencerse de que la Teoría Crítica era una forma de pensamiento melancólico y de que Habermas, biempensante de posguerra, insistía en maquillar el cadáver del humanismo por la vía de silenciar las evidencias de su ruina. En 1983 abrió los fuegos con Crítica de la razón cínica y desde entonces cultiva ese perfil de erudito heterodoxo que conjuga alta cultura y cultura de masas, helenismos y neologismos, razonamiento complejo y elevación subjetiva. La preocupación que expresa en su obra es cómo conciliar la libertad y la convivencia en sociedades cada vez menos dispuestas a practicar la autoinhibición, toda vez que esa conducta se fundaba en un dominio de la cultura letrada (o de los letrados sobre los analfabetos) que la radio, la TV e Internet desactivaron por completo. Así, su desafío al humanismo parece despojar a la libertad de sus actuales salvaguardas (y sus detractores han sabido consignarlo), aunque para él se trata de evitar que, empecinados en sostener a la libertad sobre represiones internas que ya no operan, acabemos por imponer esa represión, otra vez, desde afuera. A ese problema vuelve en Estrés y libertad, breve y sugerente ensayo escrito en 2011 y recientemente traducido al castellano.

Sloterdijk define a las sociedades modernas como comunidades de estrés: grupos multitudinarios que solo se mantienen unidos por el temor a desintegrarse. Necesitamos, por lo tanto, alimentar ese flujo de estrés diariamente, y para ello contamos con los medios de comunicación.

Para explicarse su asombro, Sloterdijk define a las sociedades modernas como comunidades de estrés: grupos multitudinarios que solo se mantienen unidos por el temor a desintegrarse. Necesitamos, por lo tanto, alimentar ese flujo de estrés diariamente, y para ello contamos con los medios de comunicación. Cada noticia que nos preocupa, que nos indigna, actualiza nuestra pertenencia a esa entidad amenazada que podría llamarse Europa o Chile. Si todo nos alarma, no hay de qué alarmarse: es la enfermedad que distingue a una sociedad sana. El verdadero problema lo tiene el individuo, pues en sociedades cada vez más fragmentadas y centrífugas, el estrés debe multiplicar su potencia para sostener el efecto. De ahí esta libertad incómoda, que parece expandirse al mismo tiempo que se contrae.

Sloterdijk esboza una rápida genealogía del fenómeno. Desde que griegos y romanos estipularon la libertad del pueblo frente al tirano o el invasor, los siglos modelaron gradualmente una libertad reflexiva ya no del pueblo, sino del sujeto. Pero este sujeto, rotas las cadenas políticas y religiosas que lo ataban a algún destino inexorable, tarde o temprano querría ir por el premio mayor: emanciparse de la tiranía de la realidad, de la natural aflicción que produce habitar un mundo adverso. Por eso Sloterdijk se figura la modernidad como un formidable intento de huida: revolución industrial, Ilustración, Estado de bienestar, técnica o democracia fueron los métodos de una rebelión contra la inexistencia del paraíso. Antes de poner un pie en el paraíso artificial, sin embargo, ya estábamos probando el fruto prohibido.

Suiza, otoño boreal de 1765. Jean-Jacques Rousseau, el intelectual del momento en Europa, yace tumbado boca arriba en un bote a remos que se deja ir por las aguas del lago Bieler. Allí experimenta la epifanía que relatará en las Ensoñaciones de un paseante solitario: la felicidad de entregarse a meditaciones vacías de contenido, gozando “de nada sino de uno mismo”, a una distancia insalvable de toda noción del tiempo, del deber y de la sociedad. Inutilidad dichosa que Rousseau no descubre por accidente; hacia ella se dirige, de modo ya irreversible, el sujeto moderno que busca su completa libertad.

El verdadero problema lo tiene el individuo, pues en sociedades cada vez más fragmentadas y centrífugas, el estrés debe multiplicar su potencia para sostener el efecto. De ahí esta libertad incómoda, que parece expandirse al mismo tiempo que se contrae.

Pero si cada quien se abandona a las delicias de la evasión, sería la catástrofe. La sociedad se ve obligada a reaccionar, y así, plantea Sloterdijk, la historia de las ideas de los dos últimos siglos consistió en la ofensiva del Club de los Realistas por asegurar la continuidad del estrés social, apelando a la mala fama del romanticismo para reducir todo desborde de subjetividad a una condición marginal, descarrilada. Los alemanes, apenas fundaron el romanticismo, se encargaron de domesticarlo. Kant y Hegel, al dotar a ese sujeto de plena soberanía, lo obligan a hacerse responsable, a postergar su ensoñación para asumir la construcción racional del mundo. Marx termina de refundir a ese yo subjetivo en una totalidad objetiva y consagrada a la producción. Positivistas, nacionalistas y naturalistas prosiguen durante el siglo XIX una tarea que la sociedad del siglo XX, acosada por múltiples experiencias de evasión individual, deberá enfrentar con estrategias más sutiles. ¿Qué sería el expresionismo, rasgo esencial de la cultura contemporánea, si no “un deseo de estrés y de lucha con el exterior”? Los discursos de la “construcción social de la realidad”, ¿desnaturalizan los mecanismos de autoridad que impiden el libre despliegue del sujeto, o más bien le ofrecen nuevas razones para remitir su libertad a convenciones externas? Y el nuevo monstruo del laberinto: las neurociencias.

En resumen, dice Sloterdijk, salimos para atrás. Descubrimos la subjetividad radical solo para atestiguar cómo el boomerang regresa y “los defensores de la objetividad” nos llevan de una oreja de vuelta a la realidad. Creímos escapar del reino de la necesidad, nuestra tierra natal, y ahora la habitamos con la nostalgia del inmigrante.

¿A qué libertad, entonces, nos queda seguir aspirando? Sloterdijk propone una “libertad comprometida” de contornos difusos, no tan tributaria de la libre elección como de la libre elevación. Una elevación que reconoce los límites de lo necesario (a Sloterdijk le sobra conciencia de los desastres políticos derivados de Rousseau), pero no renuncia a la conquista de lo improbable. De ahí su crítica al liberalismo actual, que solo habría conservado, de su identidad originaria, una mitad: saber lo que es necesario en un mundo de seres codiciosos. Y se olvidó de la otra: no saber lo que es posible dado el polo noble, generoso, leve, de la condición humana.

“La libertad, dijo Hegel con astucia, es la conciencia de la necesidad. El hombre del bote replica: no me vengas con tonterías”, anota Sloterdijk. La imagen de su hombre libre –o mejor, quizás, liberal– es la de alguien que ha conocido en carne propia la epifanía de Rousseau, pero regresa del lago sin temor a los imperativos de la realidad cotidiana, sino deseoso de infiltrar en ella la libertad que ha encontrado en la desconexión. Se trata, por cierto, de una libertad que no admite traducción institucional; no están aquí las directrices para refundar el pacto social, ni la comunidad de las naciones. Al menos en este texto, Sloterdijk prefiere recordar que aquella libertad que se inclina a lo generoso, a una cierta levedad que se repele con el despotismo, procede de la aventura interior del sujeto y no encuentra sucedáneos en la pulsión normativa. Subjetivamente hablando: “En realidad, libertad es solo otra palabra para la elegancia”.

 

Estrés y libertad, Peter Sloterdijk, Ediciones Godot, 2017, 78 páginas, $10.900.

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