Contra la inocencia

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por rafael gumucio

Pudo ser una simple anécdota, y en cierto sentido lo fue. Mientras Valparaíso se incendiaba el día sábado doce de abril del 2014, decidí tuitear que me provocaba profunda vergüenza ver por televisión a un grupo de hipsters juntando alimentos para animales, antes de cualquier otra consideración o ayuda en torno al desastre que provocó la destrucción de casi tres mil casas y que afectó a más de doce mil personas.

A los pocos minutos mi cuenta de Twitter se incendiaba tanto o mejor que los cerros del sector La Pólvora. Para comprometer aún más mi posición, me alegré en un programa de radio de que el fuego hubiese acabado también con algunos de esos cientos de perros vagos, abandonados de manera voluntaria por sus antiguos dueños, asilvestrados algunos, que se mueven por todos los cerros del puerto y la ciudad, y es que desde el 2012, una de las instancias gubernamentales de la región, el Consejo Regional de Valparaíso, intenta controlar y buscar soluciones ante el problema de los perros vagos, considerados como una plaga. Estos animales, perfectamente inocentes, al romper las bolsas de basura y repartir su contenido por los cerros, habían sido en gran parte la causa de la velocidad con que el fuego se esparció, destruyendo en pocas horas las miles de casas emplazadas en la zona afectada.

Admito que me faltó sensibilidad, tacto o simplemente paciencia. Pensé que no era necesaria ninguna de esas cosas en el juego de las redes sociales. Me equivocaba fatalmente. Fue una declaración de guerra. Organizaciones animalistas de todo el continente lanzaron contra mí una fatua sin escapatoria. Mis cuentas virtuales se llenaron de insultos al ritmo de doscientos tuiteos cada cinco minutos. Gente que hubiese dado su vida por su cocker spaniel deseaba verme colgado en la horca a mí y a mis dos hijas –quienes posaban conmigo en mi foto de perfil de Facebook–. Aterrado, viendo por televisión a los propios porteños damnificados compartiendo la poca comida que tenían con sus mascotas, temí durante una semana por mi vida. Nadie me dijo nada a la cara mientras me veía forzado a cerrar mi cuenta en Twitter y disculparme sin resultado por Facebook. Solo un paseante se acercó a contarme, durante esos tormentosos días, que gastaba casi la mitad de su sueldo en dos perros galgos «de raza», que apenas cabían en su departamento del barrio República. Aunque no estaba de acuerdo conmigo y a pesar de que a su juicio le parecía una simple tontera lo que yo decía, él no quería verme en la horca ni tampoco a mis hijas. Sencillamente pensaba que solo estaba provocando por provocar, que a mí, finalmente, me gustaba contradecir por contradecir.

«Yo sé que en el fondo amas a los animales. ¿No es cierto?». Le dije que sí al paseante, cobardemente. Me quedé, sin embargo, pensando que este asunto era el origen de todos los malentendidos. No amo a los animales. Los caballos me parecen bellos, los gatos también –y me parecen además mucho más tontos de lo que parecen– y admiro a los perros aunque solamente porque me dan miedo. Ese miedo, que era habitual en mi infancia, se ha convertido a lo largo del tiempo en un inconfesable pecado. Veo dientes, escucho ladridos, me imagino las garras de un animal perfectamente preparado para la caza, la triste e indefensa presa que soy, pero que también fueron mis ancestros, y no puedo dejar de tener miedo.

«No hace nada», dice la dueña del pastor alemán. ¿Para qué lo tiene ladrando en la puerta de su casa si no hace nada, señora? ¿Por qué no se compra, más bien, otro enano de cerámica si no hace nada? Si lo quiere, si lo besa, si duerme con él, señora, es porque puede morderla y no, es porque puede matar y finalmente no. Lo ama como los vaqueros aman sus pistolas Winchester. A su mascota la acaricia como lo que es: la conquista de un posible enemigo. El logro de la domesticación de algunos animales debió ser motivo de celebración en la Edad de Piedra, una fiesta que sigue proyectando sus ecos en la señora que me sonríe asegurando que su perro, el mismo animal que usaban los guardianes de esclavos en Norteamérica y los nazis en los campos de concentración para perseguir a víctimas inocentes, en realidad «no hace nada».

La domesticación del perro, de los gatos o del caballo debió ser un momento de satisfacción, de demostración de poder y capacidad tanto o más emocionante que el descubrimiento del fuego. El amor por las mascotas es quizás la celebración más visible del poder de la especie humana. Algunos, solo algunos, no podemos olvidar que el perro podía cazarnos, que solía ser nuestro enemigo, que podríamos volver a ser su presa. Un psicólogo canino al que tuve que recurrir cuando el perro de mi hermana se volvió loco me confirmó esa idea. No son mi razón, ni mis lecturas, ni mi desprecio, ni mis traumas –los perros no me han hecho nunca nada– los que me hacen cambiar de vereda cuando veo un perro, es mi instinto animal.

Si algo he aprendido de mi viaje al mundo de los animalistas, es justamente hasta qué punto no pretenden ser o parecer animales. Mi error en el trato con ellos consistió en querer simplificar sus argumentos, en reducirlos a una adhesión sentimental. En muchos, esa adhesión solo había sido el comienzo de una revolución moral, la más intrigante e inesperada de las revoluciones morales del siglo XXI. La primera, al menos, que desea volver hacia atrás y corregir ese momento en que el hombre de la época lítica conquistó la voluntad del lobo para convertirlo en perro, del caballo salvaje para que acepte cargar su peso sobre él, del gato para que deje de morderlo y convertirlo en un símbolo de los dioses ocultos. Una revolución que quiere transformar ese acto de poder, de omnipresencia, en un pacto social libremente asumido por las dos partes, el animal domesticado y el hombre domesticador.

Un pacto social entre una conciencia que habla y otra que no puede hablar y por la cual somos nosotros quienes debemos hablar. Porque el centro de la revolución animalista consiste en eso, en prestarle conciencia a ciertos animales más evolucionados. Sabemos que sienten, sabemos que nos reconocen, sabemos que pueden morir de tristeza o de soledad, sin embargo, ¿es esa variedad de sentimientos lo mismo que una conciencia? Esto nos lleva a otra pregunta fundamental, a saber: ¿qué es una conciencia? Responder sí o no resulta contraproducente. Los más lúcidos defensores de los derechos de los animales no apuran la respuesta. Ven en su lucha contra los ensayos de laboratorio en animales o el uso de sus pieles en abrigos no solo una apuesta por la existencia de algo como una «conciencia animal», también un estadio superior de la conciencia humana. Primero fueron los derechos del hombre, luego los de la mujer, de los niños y, finalmente, de los animales.

El movimiento de liberación animal nació como una extensión de otros movimientos de liberación nacionales y raciales que surgieron en la segunda mitad del siglo xx. Peter Singer, el filósofo australiano que dio nombre al movimiento a partir de una reseña que tituló «Liberación animal» y que fue publicada en The New York Review of Books en 1973, es el perfecto producto de su tiempo. Un pensador que pasó del liberalismo inglés y las protestas contra la guerra de Vietnam a la preocupación por la ética aplicada.

¿Cómo se puede luchar por los derechos del hombre si ser hombre ha implicado históricamente atropellar los «derechos» de una serie de seres sobre quienes hemos ejercido poder solo en razón de la fuerza? ¿Pero se puede aplicar a los perros, gatos o lagartijas el lema republicano que pide libertad, igualdad y fraternidad? Los animales se caracterizan, precisamente, por carecer de la posibilidad de ejercer el libre albedrío. No son iguales ni tampoco son capaces de ejercer la fraternidad del modo en que la comprendemos los humanos. Las manadas, los panales de abejas funcionan mejor que nuestras sociedades porque en ellos está delimitado a la perfección quién es el fuerte, quién el débil, quién manda y por qué. La jerarquía es en este tipo de organizaciones algo natural, es decir, fatal.

Extracto de su último libro, Contra la inocencia, publicado por Alquimia Ediciones, que se presenta el martes 30 de agosto en el Culto Bar, a las 20 horas.

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