Las vueltas del centro

Crítica de ciudad
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por iván poduje

A diferencia de otras capitales, en Santiago el centro histórico es el territorio que más hogares atrae, lo que se conoce como “densificación urbana”. Este fenómeno rompió una tendencia de años de despoblamiento, que se hizo crítica tras el terremoto de 1985.

La idea de repoblar el centro toma fuerza en 1990, con la llegada de Jaime Ravinet a la alcaldía de Santiago, donde estaría 10 años. En su administración se crea un subsidio para incentivar la compra de viviendas, se flexibilizan los planes reguladores y se crean entidades dedicadas a promover la construcción de edificios.

En esto no estaba solo. La meta de densificar la capital era compartida por la mayoría de los expertos y sus argumentos eran atendibles. Al densificar el centro se podría aprovechar su valiosa red de infraestructura y las personas vivirían más cerca de sus trabajos, evitando que la ciudad siguiera expandiéndose sobre suelos agrícolas y se crearan barrios alejados y con pocos servicios.

Pero como el despoblamiento tenía larga data, costó pararlo. El punto de inflexión ocurre en 1997, cuando la comuna de Santiago duplica su participación sobre la construcción de viviendas del área metropolitana, llegando a 9%. Siete años después sube a 21% y en 2009 alcanza su peak cuando un tercio de los capitalinos decide comprar su vivienda en esta comuna.

¿Por qué se logró cambiar la tendencia? La primera explicación es cultural y socioeconómica. Fueron los hogares los que cambiaron, o para ser más precisos, se achicaron: mujeres y hombres solteros, estudiantes, divorciados, parejas sin hijos o con uno vieron el centro como el lugar perfecto para vivir. El segundo factor fue la congestión vehicular. El sueño de la casa comienza a desdibujarse cuando el tiempo de viaje al trabajo se acerca a una hora, y se transforma en una pesadilla luego del Transantiago. Muchas familias deciden sacrificar patio por proximidad.

Sin embargo, el resultado no es tan feliz. Junto con los beneficios de vivir más cerca, aparecieron los problemas derivados de multiplicar entre cinco y 20 veces la población de una manzana. Las calles no dan abasto y los conflictos ciudadanos escalan, debido a que la construcción en altura implicaba tener ruidos molestos por meses y una pérdida permanente de atributos de vista, patrimonio y privacidad.

Al rechazo general hacia las grandes torres, se sumó el de los propios habitantes del repoblamiento, que empezaron a presionar a los alcaldes para frenar la densificación. Esto se ha traducido en planes reguladores más restrictivos y un desplazamiento de los edificios. Hoy la comuna de Santiago ha bajado su ritmo de construcción, aunque ello no impide que aparezcan nuevos problemas. Muchos departamentos se usan como bodegas, hoteles informales y para el comercio sexual. Además, pisos completos están siendo comprados por inversionistas que los destinan a arriendo sin un control efectivo del pago de gastos comunes, complicando la mantención de los espacios comunes.

Por otro lado, como algunas constructoras bajaron sus costos al máximo, la vejez de las torres ha sido dura, lo que es complejo cuando hablamos de edificios de 20 pisos relativamente nuevos, que lucen como ruinas prematuras, con síntomas de deterioro que podrían elevar los usos no deseados.

No sabemos cuantos están en esta condición, pero basta que sea una fracción mínima para que el problema sea mayor: Entre 1990 y 2015 se aprobaron 155 mil nuevos departamentos en la comuna de Santiago, cifra superior a todas las viviendas que tienen Valparaíso o Concepción. Si un 1% fuera afectado por estos síntomas, estaríamos hablando de 20 o 30 torres que posiblemente haya que demoler o intervenir con programas sumamente complejos, que desconocemos, pero que tendremos que comenzar a pensar e implementar pronto.

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