La culpa de los otros

La monarquía del miedo no es lo que llamaríamos un ensayo apasionante, vertiginoso, ni su autora es una gran estilista. Pero en su pluma benévola hay muy poco de ingenuidad: estamos, más bien, ante una consumada estratega. Su aproximación al lector, de pura inspiración socrática, busca complicidad en la experiencia común antes que en la prestancia intelectual, consciente de que la prédica liberal contra la intolerancia solo puede surtir efecto si encarna su mensaje.

por Daniel Hopenhayn I 9 Octubre 2020

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¿De qué se olvidó el liberalismo? Si esta ha sido la pregunta central de la filosofía política en el último lustro, es justo reconocer que po­cos liberales se anticiparon a ella como Martha Nussbaum, quien lleva al menos un par de décadas proponiendo una respuesta. En su ensayo La monarquía del miedo (2019) una aguda observación sobre la Orestíada de Esquilo le sirve para resumir su diagnóstico: siempre hemos reparado en que Atenea coarta el “resentimiento desbo­cado” de las Furias por medio del edificio institucional –la demo­cracia− y así pone fin a la espiral de venganza; apenas se ha adver­tido, en cambio, que las Furias también son acogidas en la polis con el propósito de transformar su carácter, brindándoles reco­nocimiento a condición de “escu­char la voz de la persuasión”.

El liberalismo, cree Nussbaum, olvidó que esa segunda transfor­mación es crucial para sostener un pacto cívico. El orden democrá­tico, en otras palabras, no puede ser simplemente una jaula racional para las pasiones humanas, pues estas últimas siempre hallarán vías de escape (por desgracia, su especialidad). Estamos obligados a buscar el modo de encauzarlas. Y, por vulgares que sean, pensar se­riamente sobre ellas.

La dedicación de Nussbaum a esta tarea –convergente con sus aportes teóricos al feminismo liberal− alcanzó su expresión más sistemática en Emociones políticas (2014), donde estudió los efectos políticos de la ira, el asco (en su proyección social) y la envidia, bus­cando sus respectivos antídotos en relaciones sociales que estimulen la reciprocidad. La noche en que Trump ganó las elecciones, sin em­bargo, la filósofa se percató de que había pasado por alto la “emoción primaria” que subyace y envenena a las otras tres: el miedo. Miedo a los musulmanes y a los hombres de clase obrera. Miedo a la mujer empoderada y al cristiano conser­vador. A la globalización y al nacionalismo, a los inmigrantes y a las élites. Y “un miedo despropor­cionado” de la propia Nussbaum mientras se contaban los votos: “Yo misma era parte del proble­ma”, confiesa.

Pocos ensayos políticos han conservado intacta su vigencia después de la pandemia, pero La monarquía del miedo pertenece a un grupo más selecto aún: si ayer era actual, hoy postula a la categoría de imprescindible. Y dada la pro­fundidad con que explora –en lugar de reprobar sin más− las dinámicas psicosociales de una conversación pública “reacia a toda deliberación calmada”, su pertinencia para el caso de Chile llega a ser abruma­dora.

De la mano del poeta Lucrecio, testigo de una república romana envilecida y “el primer teórico occidental de la mente inconsciente”, Nussbaum vincula la ira política con el miedo que concebimos en la primera infancia –expuestos a la dependencia total− y su corres­pondiente “ambición monárquica”: poner la voluntad de otros a nues­tro servicio y, como no siempre nos reconfortan, depositar en ellos la culpa de nuestra indefensión cada vez que el universo se nos revela incontrolable. Antes que moral, es un problema epistemológico: “Cul­par a otros hace que la vida nos resulte más inteligible (…) que sin­tamos capacidad de control en vez de impotencia”. Luego nos hacemos adultos, pero el cuento de hadas, en la adversidad, debe continuar: “Nos resulta mucho más fácil incinerar a la bruja que mantener la esperanza en un mundo que no está hecho para el deleite humano”.

De estos mecanismos de cul­pabilización, hoy excitados por un futuro amenazante y por la cómoda cacería que ofrecen las redes sociales, tratan las páginas más originales del libro. Desde luego, Nussbaum no atribuye las desigualdades al sino trágico del destino, ni las opresiones a la histeria de los oprimidos. Pero observa que, ante un mundo cada vez más complejo e incierto, todos cedemos a la tentación de identi­ficar grupos fáciles de demonizar −desde feministas a banqueros− para conjurar nuevos temores. “Y, cuando pensamos así, invocamos a las bestias salvajes para que ven­gan en nuestra ayuda, y no cabe extrañarse si luego ellas toman el control y clavan sus garras bien fuerte, bien hondo”.

Pocos ensayos políticos han conservado intacta su vigencia después de la pandemia, pero La monarquía del miedo pertenece a un grupo más selecto aún: si ayer era actual, hoy postula a la categoría de imprescindible. Y dada la pro­fundidad con que explora –en lugar de reprobar sin más− las dinámicas psicosociales de una conversación pública ‘reacia a toda deliberación calmada’, su pertinencia para el caso de Chile llega a ser abruma­dora.

El problema es que la ira, bien lo sabe esta autora, “es una emo­ción muy popular”, y se la suele considerar necesaria para activar movimientos de transformación. Ya Aristóteles, sin embargo, cons­tató que la ira produce dolor, pero a la vez “una placentera expectati­va de castigo”, y separar el impulso constructivo del punitivo es el afán que desvela a Nussbaum. De ahí que rescate a Luther King −y des­carte a Malcolm X− como modelo del líder político que comprende la naturaleza de su objetivo: suscitar en los suyos la esperanza en un cambio viable.

Esa esperanza, y no la insis­tencia en reprender al iracundo o al exaltado, es lo que podría ga­narle terreno al miedo. Pero aquí también importa distinguir: “El utopismo es un precursor de la desesperanza”, escribe Nussbaum, porque se remite otra vez al deseo monárquico de controlar a otros en vez de confiar en ellos. Intole­rante a la incertidumbre, incapaz de perdonar la imperfección ajena, no es raro que el utópico recale con frecuencia en el cinismo o la desesperación. Y es que el espíritu de la esperanza, “vagamente ligado a cierta relajación y expansión del corazón”, necesita encontrar belleza en lo cercano y, para ello, perseguir metas realizables. “Lo real se vuel­ve así bello, y a eso es a lo que se adhiere la esperanza”.

La monarquía del miedo no es lo que llamaríamos un ensayo apasionante, vertiginoso, ni su autora es una gran estilista. Pero en su pluma benévola hay muy poco de ingenuidad: estamos, más bien, ante una consumada estrate­ga. Su aproximación al lector, de pura inspiración socrática, bus­ca complicidad en la experiencia común antes que en la prestancia intelectual, consciente de que la prédica liberal contra la intole­rancia solo puede surtir efecto si encarna su mensaje: considerar al oponente una persona razonable. A menos que se pretenda predicar al convencido, que no es el caso, ni tampoco –se supone− la vocación del liberalismo.

Las “áreas de entrenamiento de la esperanza” que propone el libro también revelan una medita­da ponderación de medios y fines, sin por ello librarse del mal que aqueja a todo intento de arreglar el mundo: las propuestas no alcan­zan la elocuencia del diagnóstico. Alumna de doctorado de Rawls, Nussbaum se ha distanciado li­geramente de él al promover un concepto de justicia que iguale no solo oportunidades sino “capaci­dades”, con el fin de compensar las asimetrías de hecho. Ahora bien, su lista de 10 capacidades a las que todo ciudadano debiera acceder es de tal amplitud que, si de realismo se trata, no promete mucho más que replicar las disputas actuales bajo un nuevo marco conceptual.

En el espíritu de Whitman, que llamaba al poeta “el árbitro de lo diverso”, Nussbaum defien­de la poesía, la música y las demás artes como otra “área de entre­namiento” a promover. Con una aclaración: sirven más las obras incómodas e indignantes que las de “empatía facilona”. Lo propio sostiene sobre la difusión del pen­samiento crítico, especialmente en las universidades, que no deberían ceder al reclamo de los estudiantes renuentes a escuchar ideas molestas. Y, para poner a los jóvenes en contacto directo con la diversidad de su país, sugie­re en calidad de “perentoria” una medida que pondrá a prueba el grado de compromiso del lector: un programa de servicio nacional obligatorio, de tres años de dura­ción, que enviaría a los jóvenes a realizar labores sociales en regio­nes de Estados Unidos distintas a la suya y con personas de diferen­te edad y nivel socioeconómico.

Quizás existan fórmulas me­nos sacrificadas –y menos impo­pulares− para persuadir a las Fu­rias. Por lo pronto, si nos inquieta la formación ciudadana de las nuevas generaciones, incorporar las reflexiones de este libro a los planes de estudio sería una buena forma de empezar, otra vez, por el comienzo.

 

La monarquía del miedo. Una mirada filosófica a la crisis política actual, Martha Nussbaum, Paidós, 2019, 303 páginas, $25.900.

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