Scorsese, maestro de la decantación

El complejo tejido narrativo de El Irlandés, la historia de un veterano de guerra que escala puestos en la mafia, se desarrolla con fluidez y ritmo, intercalando segmentos vertiginosos con otros de pausada observación. Con apenas unas líneas de diálogo o presentando episodios especialmente reveladores, Scorsese consigue dotar de personalidad y colores propios a una enorme galería de sujetos cautivadores, magnéticos, llenos de luces y sombras.

por Matías Hinojosa I 5 Diciembre 2019

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Confundidos por la extensión del metraje y la diversidad de elementos que presenta, quizás algunos se apresuren en calificar la nueva película de Martin Scorsese como desbordada y barroca. Pero nada más alejado de la realidad. El Irlandés, pese a sus más de tres horas de duración, es una película depurada, impresionista y sumamente precisa en sus pinceladas. Si atendemos al argumento de la cinta, la extensión cronológica que abarca, la enorme galería de personajes, las subtramas que se acumulan en torno a su eje principal, nos percatamos que, lejos del exceso, estamos ante la obra de un maestro de la decantación, que hace del detalle su principal herramienta de despliegue narrativo.

El Irlandés es la historia de Frank Sheeran, un veterano de la Segunda Guerra Mundial que comienza a escalar puestos dentro del crimen organizado de la Pequeña Italia. El relato se inicia con el protagonista en un asilo de ancianos recordando sus primeros encargos delictivos, cuando robaba carne para un restorán como chofer de un camión frigorífico, para después ir saltando de suceso en suceso, sin un orden temporal estricto, dando cuenta de la trayectoria criminal de Sheeran, la que alcanza su punto más alto al ingresar en el círculo de confianza de Jimmy Hoffa, el legendario presidente del sindicato de camioneros desde fines de los 50 hasta comienzos de los 70.

El complejo tejido narrativo articulado por Scorsese se desarrolla con fluidez y ritmo, intercalando segmentos vertiginosos con otros de pausada observación. Su capacidad de síntesis, de reconstruir a pequeña escala historias extensas, llenas de ramificaciones, se aprecia sobre todo al momento de introducir nuevos personajes. Con apenas unas líneas de diálogo o presentando episodios especialmente reveladores, Scorsese consigue dotar de personalidad y colores propios a la galería de sujetos que desfilan por la película. La aparición de Jimmy Hoffa es particularmente ilustrativa: una rápida secuencia de montaje, en la que se intercala una conversación telefónica con la intervención de Hoffa en un mitín del sindicato, proporciona al espectador dos momentos precisos, que dan cuenta del carácter fuerte, seductor y también oscuro del personaje.

Otro aspecto especialmente notable es cómo deconstruye hasta lo mínimo la relación entre Sheeran y su hija Peggy: deteniéndose prácticamente solo en las miradas, Scorsese es capaz de sugerir la decepción y vergüenza de esa hija y seguir el resquebrajamiento de la relación.

El minimalismo de una obra no debiera medirse en función de la amplitud del mundo representado, sino por la capacidad de la obra para expresar con lo mínimo la complejidad de ese mundo. Es lo que sucede con El Irlandés, grandiosa recreación del tejido social de los Estados Unidos de mediados del siglo XX –el sindicalismo, la política y la mafia formando una sola madeja– y grandiosa meditación, también, sobre la fatalidad del destino. Dicho en un lenguaje más propio de Scorsese, la imposibilidad de escapar del todo al camino –y al castigo– señalado por Dios.