Crueldad exquisita

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Mayo 31, 2017

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Los narradores de Drouilly son, esencialmente, estetas obsesionados por la información enciclopédica, las recetas, las fórmulas, las descripciones de procesos aparentemente triviales y un mundo objetual que parece dominar la construcción afectiva de los personajes.

por lorena amaro

Retrovisor es el primer libro de Mónica Drouilly, ganadora del Concurso de Cuentos Paula 2013 con “Cosmogonía invernal aún en tránsito”, uno de los siete relatos que integran este libro breve y extravagante, que revela a una escritora original en el panorama chileno de hoy, no solo por el particular montaje de sus relatos —la palabra “cuentos” es algo anticuada para describir lo que hay aquí—, sino también por los sujetos que circulan en ellos: inteligencias incómodas, obsesivo-compulsivas, embarcadas por lo general en proyectos privados e inútiles, cuyas miradas y voces se encuentran en un lugar distante. Es desde esa lejanía o desapego que discurren sobre la intimidad del dolor o el amor, con crueldad o ironía, a veces incluso bajo una atildada apariencia de ternura o ingenuidad.

Es la narradora de “Dolor exquisito” quien, en su cuasi monólogo, plantea con más exactitud (al describir una puesta en escena teatral) la que parece ser la poética de la propia Drouilly: “Linda, elegante, repetitiva, japonesa y francesita y un poco cruel”. ¿Por qué? Primero: la preocupación por el lenguaje. Pocos escritores jóvenes tienen tal conciencia de las frases y sus dilemas semánticos como ella, lo cual se hace evidente en muchas de las reflexiones precisas que hacen sus narradores, sobre el sentido de las palabras y los conceptos, y sus alcances y limitaciones no solo en español: “En lengua inglesa no comprenden el dolor exquisito. Su definición de diccionario es the heart-wrenching pain of wanting someone you can’t have o el dolor desgarrador de querer a alguien que no puedes tener. (…) Lo incorporan en listas de palabras intraducibles y dedican páginas completas de internet a explicar lo que suponen que es. Ahí, el dolor exquisito reposa junto a saudade, koi no yokan y retrouvailles”.

Retrovisor es un debut que quiebra las expectativas de lectura que se han instalado en el medio local: aborda mundos infantiles y juveniles con nada de nostalgia o condescendencia, y son la crueldad y la distancia, las relaciones de poder entre las personas y los abismos familiares, los que desentraña con una voz excéntrica, erudita y ominosa.

En lo que respecta a la repetición, los narradores de Drouilly son, esencialmente, estetas obsesionados por la información enciclopédica, las recetas, las fórmulas, las descripciones de procesos aparentemente triviales y un mundo objetual que parece dominar la construcción afectiva de los personajes. Casi compulsivamente, nos informan sobre cómo se puede pelar con facilidad un tomate, qué es una animita, cuáles son los ingredientes de una torta de mil hojas, cómo se cosen los “Nuigurumis” o peluches japoneses o incluso qué características debe tener un buen anuncio de búsqueda de un animal perdido. Hay en esto algo de los catálogos de Georges Perec, de juego que no trepida en hacer de estas trivialidades material literario. Una mirada “francesita”, desde luego, pero también japonesa en el cúmulo de referencias que aluden al animé, los haikus, la cultura visual de ese país, presentes en prácticamente todos los cuentos.

Otro comentario merece la crueldad. “Antónimos” es el relato donde más se evidencia. Con un comienzo atractivo y engañoso (“Miguel llegó a mi casa de la misma manera que llegó a mi vida: por error. Mi error, por cierto”) revela el curso de una amistad entre dos universitarios con aspiraciones intelectuales e impulsos abyectos, una de las mejores y más violentas historias del volumen. Hay crueldad también en el giro ominoso de “Retrovisor”, en que la primera imagen es la de un gato de peluche entre otras muchas figuritas de animales, que para nada anuncian lo que vendrá después. O en “Cosmogonía invernal aún en tránsito”, cuento brillante en que una distancia cruel se interpone entre una madre que viaja a Rusia y sus hijas, una distancia que la narradora parece haber aprendido y asimilado con ironía.

Es innegable la originalidad de estos relatos, la mayor parte de ellos quebrados, deliberadamente erráticos, como por ejemplo “Croquis estival con brisa leve”, una historia sobre la realización de un trabajo universitario, que acaba con una escena que para muchos sería apenas el principio. Esta estética disruptiva parece obedecer al epígrafe tomado de Autorretrato, de Édouard Levé: “No cuento historias porque / olvido los nombres de las personas, /digo los eventos en desorden / y no sé preparar el remate”. De hecho, Drouilly da pocos nombres y deja un amplio espacio a la digresión, que ocupa con inteligencia: “De este modo imagino el instante en que sobreviene el dolor exquisito: una epifanía corporal, una nueva creación del mundo, expansiva. La manifestación definitiva de una verdad que antes no existía. Ese momento en que sé para siempre quién soy. Puedo decir: soy esa mujer que ha vivido este dolor exquisito. Me lo puedo decir a mí misma. No necesito decírselo a nadie. Pero puedo decirlo. La potencialidad ya es suficiente” (“Dolor exquisito”).

Retrovisor es un debut que quiebra las expectativas de lectura que se han instalado en el medio local: aborda mundos infantiles y juveniles con nada de nostalgia o condescendencia, y son la crueldad y la distancia, las relaciones de poder entre las personas y los abismos familiares, los que desentraña con una voz excéntrica, erudita y ominosa, que promete ofrecer mucho más de sí y de los laberintos del lenguaje y del dolor humano, con la lógica fría de un cirujano… o la locura de un payaso asesino. Un gran comienzo.

 

retrovisor

Retrovisor, Mónica Drouilly, Libros de Mentira, 2017, 111 páginas, $7.000.

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