Cuento largo

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Febrero 15, 2017

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La novela Canciones espectrales, de Christopher Rosales, se articula en torno a la formación de una banda metalera y la posterior maldición de la que sus miembros parecen ser víctimas. Sus frases cortas y vehementes, como también varios fragmentos con algo de iluminación entre sagrada y pop, recuerdan el estilo inconfundible de Álvaro Bisama.

por lorena amaro

El guatón Emanuel protagoniza de manera por momentos equívoca la historia del grupo Monroy’s Destruction, que el escritor Christopher Rosales (1989) narra en Canciones espectrales, una novela corta, bien escrita, que se articula en torno a dos anécdotas: la historia de la banda propiamente tal y el suicidio de uno de sus integrantes.

El grupo toma su nombre del difunto Monroy, cuyo “legado” es haber burlado al demonio, al no cumplir su pacto con él. Sus restos yacen en un mausoleo de considerable altura, donde el diablo ya no podrá cobrar su alma porque el cuerpo se ha puesto fuera del alcance de la Tierra. Este hecho, que aglutina a los integrantes del grupo, adoradores del metal (lo único verdadero en sus vidas, como recalca el narrador una y otra vez), explica también su destrucción. El cantante de la banda se suicida en un acto de devoción a Monroy y con ello el conjunto comienza a ser devorado, a juicio del narrador, por una especie de maldición: “Me negué a creerlo entonces, sin embargo las evidencias del inminente quiebre nos perseguían por todas partes, hiciéramos lo que hiciéramos, como cuando un serial killer mata uno a uno a tus amigos y tienes la certeza de que el próximo en su lista eres tú. Y fue así: la respiración de Monroy nos perseguía…”.

Aunque bien escrita, la novela Canciones espectrales podría haber sido desarrollada en un cuento, pues tiene apenas una línea narrativa, en la que incidentalmente aparecen algunos puntos de fuga interesantes, como la historia de los abuelos de Samuel y Emanuel en el sur de Chile.

No hay mucha más historia. Uno de los integrantes del grupo narra las vidas de los cinco metaleros, entre ellos los hermanos Samuel y Emanuel, provenientes de una familia evangélica en que la religión alguna vez se confunde con la devoción satánica, como cuando el abuelo de ellos sacrifica a un perro. Si bien al principio se nos cuenta que Emanuel “de vez en cuando cantaba en la banda” y carecía de talento alguno para el metal, conforme avanza la narración parece que Rosales cambia de idea sobre su protagonista: lo convierte en el héroe en más de una escena: “El Guatón vomitó bilis y Báltica sobre el escenario y todo el mundo enloqueció. Esa tocata fue la zorra, estuvo mandinga la hueá”. Es su desaparición, de hecho, la que dinamita la banda.

Las frases cortas y vehementes, como también varios fragmentos casi declamativos, con algo de iluminación entre sagrada y pop, recuerdan el estilo inconfundible de Álvaro Bisama: “Emanuel: la historia se escribe con sangre. / Esta historia está escrita con sangre. / Hemoglobina, culiao, puro chocolate derramado en tu honor”. Sin embargo, Rosales maneja con menos destreza la narración, dejando que el grito de los Monroy quede encapsulado entre cuatro paredes muy estrechas, las de una ficción que no se abre a otras historias y se queda en lugares comunes: cementerios, ritos satánicos, sacrificios de animales, trifulcas y mucha droga, mucha sangre y mucho alcohol (sí, los protagonistas son satánicos).

Aunque bien escrita, la novela Canciones espectrales podría haber sido desarrollada en un cuento, pues tiene apenas una línea narrativa, en la que incidentalmente aparecen algunos puntos de fuga interesantes, como la historia de los abuelos de Samuel y Emanuel en el sur de Chile. Como otros narradores chilenos (pienso principalmente en Daniel Hidalgo, Patricio Jara o el mismo Bisama), Rosales indaga con una prosa eficiente en un espacio contracultural interesante, que ofrece grandes posibilidades para una crítica política, particularmente a la falta de estímulos e incentivos para una juventud empobrecida y derrotada de antemano, en su choque con una sociedad implacablemente normativa y exitista. No obstante, en su caso se observa el riesgo de asfixiarse en una ficción demasiado estrecha, que podría abrirse en más direcciones novelescas.

 

canciones

Canciones espectrales. La muerte de los Monroy’s Destruction, Abducción Editorial, 2015, 82 páginas, $8.000.

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