Adversidades en común

Abismos temporales, de Nelly Richard, y Astrónomos sin estrellas, de Guillermo Machuca, son dos libros fundamentales y en varios sentidos contrapuestos, que invitan a repensar las relaciones alicaídas entre la crítica, el arte, la escritura y la calle. El de Machuca posee el tono desdeñoso y sencillo del individualista que sospecha de la visibilidad que adoptan las teorías cuando van por los derechos de las minorías. El de Richard, en cambio, apela al travestismo, la teoría queer y el lenguaje difícil no solo por su deseo vanguardista, sino por la voluntad de combatir los modos de comunicación propios del capitalismo.

por Federico Galende I 6 Junio 2019

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Nelly Richard, Guillermo Machuca, dos críticos conocidos en nuestro medio, un libro de cada uno publicado recientemente: Abismos temporales. Feminismo, estéticas travestis y teoría queer, de la primera; Astrónomos sin estrellas. Textos acerca del arte contemporáneo en el Cono Sur, del segundo. Las ediciones corren a cargo de Metales Pesados y de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, respectivamente, y si cotejarlos vale la pena no es porque ambos salieron en el 2018 o porque son cada uno a su modo una antología suelta –de intervenciones, de notas, de presentaciones, de breves ensayos en catálogos traspapelados–, sino porque mantienen entre sí un debate no declarado, una tensión productiva.

A la vez ambos tienen algo en común: son libros profundamente apegados al personaje que cada uno de los autores ha diseñado. Tanto Richard como Machuca son en este sentido representantes crepusculares de la clásica relación entre el arte y la vida: definen un circuito, se mueven por ciertos lugares de la ciudad, elaboran premeditadamente sus poses, tienen sus seguidores y rayan la cancha en la que van a intervenir desde una posición previamente calculada. Entienden así la crítica, que asocian a un conjunto de prácticas y materiales sedimentados por medio de los cuales elaboran pacientemente una autobiografía en proceso. Es decir, son rémoras fieles e interesantes de la escritora (del escritor) de vanguardia que, no conforme con exponer sus ideas, preparan de antemano el espacio en el que quieren ser leídos.

Lo cierto es que a pesar del imaginario que los contrapone y del que parten con itinerarios disímiles, Abismos temporales y Astrónomos sin estrella son libros a los que el lector ingresa dateado, modelado con antelación. Basta con conocerlos o ser amigo de ellos (es mi caso) para hacerse una idea al respecto. Para dar un ejemplo: con Nelly Richard es habitual sentarse después de alguna presentación en un bar fuera de moda, uno al que suele llegar primero para que le traigan rápido su vaso de whisky y en el que sistemáticamente se deja acompañar por algún ser al que es difícil atribuirle una identidad precisa. Son criaturas difusas, anómalas, cuerpos fugados de los roles seriados o de los oprobiosos binarismos sexuales. Trans, travestis, performers o chicas queer que ven en los dictados de la biología un plato poco apetitoso y se dirigen por esto mismo a los constructos maquínicos o tecno-orgánicos de una identidad en estado de transfusión.

Abismos temporales hace de estos cuerpos su tema, fija sobre estas vigas movedizas un castillo de ideas que se sacude, un universo conceptual tembloroso. Esto sucede en virtud del desfase que se suscita entre el flujo de las mutaciones libres (que el libro propicia y alienta) y el prensado rígido que es propio de los aparatos categoriales. Richard habita en lo inestable, vacila sin exhibirlo, aunque sabe cómo resolverlo:  hace de sus teorías pequeños diarios de vida encubiertos. Un diario ciborg, alambicado, símil del cuerpo en blanco sobre el que un yo a la deriva pasea su interminable elenco de identidades.

Lo que Machuca lleva en el corazón es un mundo hecho más de trazos que de teorías, y por eso este libro suyo es una cocina de cacerolas hirvientes de las que salen a flote detritus, despojos parlantes y herejías menores.

Astrónomos sin estrellas, en cambio, va por otro lado. Machuca no es alguien interesado en el feminismo, en las teorías de género o en el desmontaje de las identidades sexuales. No es este su idioma ni se sentiría cómodo auxiliándose a último minuto de estos cabizbajismos ostentosos. Su estilo es más bien el del modernista llano, que combina el uso clásico de la crítica con la potencia subversiva del escritor underground que no se deja condicionar por ningún discurso. El ensamble cruza el tardorromanticismo de un Lord Byron con el Barthes de las Mitologías, preparado al que el autor agrega las pesquisas reinterpretadas del escritor detectivesco del siglo XIX. La mezcla se percibe en algunas de su manías cotidianas, deliberadamente anacrónicas y entrañables: llevarse los lentes hacia la frente para revisar diapositivas deterioradas, no tener correo ni ningún domicilio virtual o mantener su rostro de incógnito tras el periódico que despliega cada mañana en un bar, donde pasa revista a las noticias aleatorias del día mientras custodia de reojo su copón de cerveza.

Como su método es el del atento que finge una distracción, Astrónomos sin estrellas es un vaciado de retahílas y buenas écfrasis que, captadas al pasar, describen en conjunto la retorcida fisonomía del medio artístico local. Son planos detalles, ángulos laterales, colecciones de obstáculos que le sirven para interceptar la pureza obsesiva de un campo visual cada vez más aséptico y menos imaginativo. Por eso, en Astrónomos sin estrellas abundan las imágenes de quiltros que copulan bajo los semáforos, los escaparates con insumos para hospitales, los locales de venta de disfraces eróticos o los baños públicos garabateados con énfasis por “las mayorías chillonas”. Son las enumeraciones malditas –infantiles y sucias– del melancólico sin nostalgia, quien hace de su actitud obsoleta un gesto revolucionario.

El gesto intenta la misma memoria en abanico que de un modo opuesto pone en escena el libro de Richard: si ella parte rememorando los primeros congresos de literatura feminista (donde tuvo un rol protagónico) para ir desde allí a las Yeguas del Apocalipsis, conversar mano a mano con Lemebel y terminar cursando un homenaje a las chicas disturbio o el transfeminismo del amor en los tiempos del porno, Machuca se retrae hacia las cunetas, la intemperie o los bares mortecinos en los que con los escritores y los artistas de su generación –Bogni, Babarovic, Torres, Merino– se sentaban a beber y a fumar al margen de las criptas teóricas puestas a circular por el conceptualismo de la época para regresar, después de una elipsis, a una actualidad en la que el repertorio endeble lo deposita en manos de los artistas jóvenes que conjugan el skate con el street art, la pintura, la publicidad, el slogan y el galerismo emergente. Se trata de gente que hace cosas esquivando los libretos del arte, el lado previsible de los discursos articulados. Astrónomos evidencia una inclinación por los pintores caídos en el olvido, por los artistas jóvenes, por los rumores menores que carcomen desde el interior la fallida solemnidad pacata del arte. Lo que Machuca lleva en el corazón es un mundo hecho más de trazos que de teorías, y por eso este libro suyo es una cocina de cacerolas hirvientes de las que salen a flote detritus, despojos parlantes y herejías menores.

Esos detritus están en Abismos temporales también, solo que absorbidos por un protocolo teórico que apunta a una renovada confrontación estratégica con la academia, las instituciones, los códigos uniformados de la cultura de masas, la estabilidad de los géneros y las identidades normadas. A diferencia de Machuca, cuya prosa modernista (no escribe calles oscuras, sino oscuras calles, poniendo los adjetivos delante de los sustantivos) apunta a un público transversal, Richard hace de su escritura un brebaje difícil de asimilar por el lector no especializado. Las frases con sobrecargas, los giros que se prolongan o las categorías que se enrarecen, las justifica poniéndose en pie de guerra contra los lenguajes aleccionadores de la academia y las formas planas de la comunicación periodística.

Si Richard prefiere mantenerse en esto último, es porque percibe en la escritura en difícil una especie de combate decisivo contra la dominante comunicativa del capitalismo.

La tensión entre las formas que ambos tienen de procesar la crítica tiene su fundamento, como se ve, en estilos que se confrontan: el gabinete de curiosidades del ensayista clásico, con un pie remoto en Balzac, versus los signos metaforizados y desplazados de una teoría de neovanguardia inspirada en la alegoría. Si Richard prefiere mantenerse en esto último, es porque percibe en la escritura en difícil una especie de combate decisivo contra la dominante comunicativa del capitalismo. La alegoría como un dialecto desesperado que resiste a los códigos y los usos simbólicos del idioma de los medios, es su caballito de batalla. Hay un Pasolini en esta opción suya; el problema es que ese Pasolini es el de una teoría que va también por una ofensiva articuladora, a lo Gramsci. Richard quiere las dos cosas, y en esto reside su vacilación: en el sueño de una articulación política que no puede sino traicionarse en la poética disidente que la propia teoría produce. Para solucionar el desequilibrio, acude a Butler, donde entrevé fármacos que reprocesa con pericia.

En Astrónomos sin estrellas, Machuca no evita la actitud del disidente, pero como no es un teórico comprometido está en condiciones de darse el lujo de dejar esta actitud en una nebulosa desapegada, distraída del redondeo de las fórmulas y de las posiciones políticas definidas. Astrónomos está escrito en el tono desdeñoso y sencillo del individualista que sospecha de la visibilidad que adoptan las teorías cuando van por los derechos de las minorías. Un travesti, un performer, una reina queer son para él figuras indispensables del decorado raído sobre cuyo fondo entreteje un imaginario de outsiders y perdedores, no elementos de base para alguna reivindicación. Son pelos indispensables en la pulcritud del micrófono, manchas en la leche, piezas del secesionista que está más interesado en ampliar el reducto que en anexar una nueva lonja de tierra. En circunstancias en las que Abismos da la impresión de apuntar a las dos cosas al mismo tiempo, pues tiene la disidencia de un lado y los anhelos de la vanguardia del otro. Es un libro involuntariamente viril sobre la urgente necesidad de desterritorializar las prácticas, ahí donde el de Machuca es un libro desterritorializado en el que lo viril prima solo como voluntad.

Lo que resulta de esto son dos libros que dividen las aguas acerca de lo que debe ser la crítica en el campo de la producción cultural chilena: si el fuerte de Astrónomos sin estrellas son las écfrasis libres que ridiculizan y manchan los formulismos teóricos y las ceremonias pusilánimes del arte, el de Abismos temporales son las antropologías urbanas que bucean en las guardarropías ambulantes del travesti sin casa, en el brillo pobre, en los tacones incómodos, en las lentejuelas, las cosméticas retorcidas, el desdén y la excentricidad. Una crónica teórica que se toca con las que escribió hacia el final de sus días el Perlongher de las derivas de la misché y las ácidas notas sobre París.

Sin poner empalizadas en medio, es obvio que lo que Machuca ve en esto es un refinado armazón de categorías que cae como un ave de presa sobre las poses de los marginales, concentrando un acumulado teórico que habría bastado con reducir a descripciones más humorísticas y candorosas. Son precisamente las descripciones en las que Richard entrevería el pasatiempo inútil del flâneur presuntuoso, el avatar precario del crítico liberal.

Importa poco quién de los dos tiene razón: se trata de dos libros fundamentales que traman entre sí un contrafuerte ineludible a la hora de repensar en Chile las relaciones alicaídas entre la crítica, el arte, la escritura y la calle.

 

Abismos temporales. Feminismo, estéticas travestis y teoría queer, Nelly Richard, Editorial Metales Pesados, 2018, 225 páginas, $16.000.

 

Astrónomos sin estrellas. Textos acerca del arte contemporáneo en el Cono Sur, Guillermo Machuca, Ediciones Departamento de Artes Visuales, Universidad de Chile, 2018.