Al maestro, cuchillada

“Mi carrera nació en un estudio radiofónico”, señaló Glenn Gould, dejando más o menos clara su idea respecto de su formación y su genio: era una suerte de superdotado del piano, un caso único, de esos que nacen por generación espontánea. Sin embargo, hay un chileno importante en la educación de uno de los mayores intérpretes de Bach del siglo XX, un pianista que se radicó en Canadá y que influyó en aspectos curiosos (el canturreo al momento de tocar o el remojarse las manos) y otros decisivos, como dejar de dar conciertos. Esta es la historia de Alberto Guerrero con Glenn Gould.

por Juan Pablo Abalo I 22 Octubre 2019

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Se trata del dato biográfico más conocido y decidor en la vida artística del músico canadiense Glenn Gould. Con solo 32 años y la carrera de un concertista del piano a la vuelta de la esquina, este fascinante músico decidió en 1964 no dar más conciertos públicos. Más que un hecho fortuito, se trató de una decisión consciente y deliberada, debido al hastío de lo que consideraba una “existencia frívola e insustancial”. En su reemplazo, el pianista que le bajaba el telón a los teatros, encontraba su hábitat natural en el estudio de grabación, llegando a publicar más de 70 discos. Diez años después, en una larga conversación con el periodista Jonathan Cott para The New York Times (1974), que volvería a ser publicada por Global Rythm en 2007 bajo el título Conversaciones con Glenn Gould, el músico reafirmó sus ideas más provocadoras, particularmente la del abandono de los conciertos: “Dejar los conciertos no fue más que el camino natural para ir poco a poco abandonando esta experiencia hedonista. El concierto está acabado como medio para presentar la música de manera creativa o recreativa, pues no hay forma de igualar la intimidad producida por el estudio de grabación herméticamente cerrado”, sentenció. Para Gould, la grabación no era la consecuencia natural del concierto público. Al contrario, eran dos experiencias sonoras radicalmente distintas, incluso opuestas. El estudio de grabación, todo un acontecimiento del siglo XX, traía para Gould su propia aura, su propio “duende”, como se diría en la jerga del cante jondo.

El ojo de Florence

El entusiasmo de Gould por la música y el piano comenzaron con el aliento y las instrucciones de su madre, Florence Grieg (descendiente directa del compositor noruego Edvard Grieg). Florence pensó que era bueno tomarle clases con el organista y director coral Frederick Silvestre. Sus rápidos avances y el desarrollo de una técnica organística profesional dieron como resultado algunos premios y medallas, y serían una primera aproximación a la música antigua. Ya con 10 años fue nuevamente su madre quien advirtió que esta vez Gould debía tomar clases con un profesor de piano. Fue ahí donde, entre consejos y recomendaciones del mundo musical canadiense, llegó al nombre de Alberto Antonio García Guerrero, un profesor chileno radicado en Toronto. Los siguientes nueve años de estudios de Gould estuvieron bajo su tutela. Guerrero se transformó en su principal y más importante referente pianístico, aunque Gould se pasara los últimos 30 años de su vida intentando negarlo. Dos clases por semana a lo largo de los años generaron no solo la relación maestro-discípulo, sino que también una amistad entre familias que compartieron veraneos y paseos frecuentes al campo. Para los Gould, Guerrero era indiscutiblemente el profesor ideal para el joven pianista.

Guerrero fue un defensor acérrimo de Bach (ya en 1917, en Chile, fue pionero de lo que después se conoció como la Sociedad Bach). Amaba la música antigua, particularmente las obras escritas para clavicémbalo, clavicordio y pianoforte. Este gusto por un repertorio de teclado no muy de moda fue una de sus características principales como profesor.

Alberto Guerrero nació en La Serena, en 1886. Fue pianista y crítico, con una enorme cultura musical. En Chile perteneció al grupo de “Los Diez” y según el compositor Alfonso Leng, “su inteligencia superior y su excepcional talento cambiaron el curso de la historia musical chilena”. Después de casarse en 1915 y luego de una luna de miel que aprovechó como gira, Guerrero se instaló en Nueva York por un tiempo acompañando a cantantes. Dos años después se trasladó a Toronto aprovechando una plaza como profesor de piano en el conservatorio Hambourg. “Acá te dejan en paz”, llegó a decir. Realizó conciertos durante la década del 20 sin mucho placer; por lo mismo, nunca entusiasmó a sus alumnos para la vida de concertista: “No es manera de vivir”, le dijo a uno de ellos. Este dato caló particularmente hondo en un Gould que terminó rechazando por completo la vida de giras, autógrafos y hoteles, dedicándose en cambio a la grabación de discos.

Lo que se hereda no se hurta

Guerrero fue un defensor acérrimo de Bach (ya en 1917, en Chile, fue pionero de lo que después se conoció como la Sociedad Bach). Amaba la música antigua, particularmente las obras escritas para clavicémbalo, clavicordio y pianoforte. Este gusto por un repertorio de teclado no muy de moda fue una de sus características principales como profesor. Era, de hecho, un admirador declarado de la famosa clavicembalista Wanda Landoska. Entre las obras de Bach que Guerrero tocaba con regularidad hay varias que Gould grabó posteriormente, como La suite inglesa, Las invenciones, El concierto italiano y Las variaciones Goldberg, obra que Gould hizo célebre años después.

La influencia que Guerrero ejerció sobre Gould con este tipo de repertorio anti romántico fue determinante en su gusto pianístico (amaba la obra de William Byrd, Orlando Gibbons y Bach, y detestaba a Chopin). En una entrevista tardía, Gould declaró lo siguiente: “Desde mi tierna adolescencia, los compositores de la escuela inglesa de la época Túdor han suscitado en mí una respuesta muy precisa, si bien imposible de definir”.

 

Después de nueve años como alumno de Guerrero, Gould deslumbraba y, también, trataba de borrar todo rastro de su aprendizaje.

 

Junto con promover músicas que no despertaban mayor interés en el mundo pianístico de la época, Guerrero también insistió en la ejecución de la música moderna. Así es como Gould conoció las piezas de Arnold Schönberg e incluso llegó a componer algunas propias bajo el mismo patrón que las del compositor dodecafónico.

Aprender las obras lejos de las partituras, es decir, de memoria, bajo un método de revisión y canto mental, fue una exigencia en la que Guerrero no vaciló con sus alumnos. En la película del director danés Lars Von Trier, La casa que Jack construyó (2018), aparece un sorprendente video en el que Gould corrige –mentalmente– la partita Nº 2 de Bach: “Desde que tenía 12 años, me obligaban a realizar un análisis completo y a memorizar cualquier obra que fuera a tocar antes de realmente sentarme al piano y ejecutarla”, dijo en otra de sus entrevistas.

Ese singular encorvamiento de Gould tampoco parece casual. Guerrero solía empujar los hombros de sus alumnos hacia abajo para estimular la fuerza de los dedos. Tocar encorvado era la posición perfecta para Guerrero.

El director húngaro George Szell describió a Gould como un chalado que interpretaba maravillosamente el piano, aunque estuviera completamente encorvado en una silla desvencijada (silla que lo acompañó hasta el fin de sus días). Ese singular encorvamiento de Gould tampoco parece casual. Guerrero solía empujar los hombros de sus alumnos hacia abajo para estimular la fuerza de los dedos. Tocar encorvado era la posición perfecta para Guerrero, así como remojar los brazos en agua tibia antes y después de tocar, cosa que Gould transformó en una suerte de ritual místico.

La hija de Guerrero decía que su padre canturreaba mientras tocaba el piano; un sello de las grabaciones de Gould es también su canturreo. Para algunos se trata de una interferencia insoportable, mientras que para otros es un gesto de incalculable intimidad.

Después de los nueve años como alumno de Guerrero, Gould deslumbraba y sorprendía por la singularidad de sus ideas y ejecuciones pianísticas. A partir de ahí, también, el canadiense se empecinó en ir borrando todo rastro de su aprendizaje con Guerrero. Llegó a decir que las interpretaciones de su profesor eran “extremadamente caprichosas” y que no había aprendido nada de él. Pese a ello, su inconsciente lo delataba cuando en una entrevista dijo: “Mi profesor es el mayor jorobado de toda Canadá”. Poco antes de morir, la hija de Guerrero le mostró a su padre un artículo en el que Gould hacía comentarios reprobatorios sobre él como profesor. Guerrero lo vio, y con una elegante entereza soltó: “Al maestro, cuchillada”.

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