Contra el circo clandestino

Aparece una nueva edición de Filtraciones, de Federico Galende, ahora con los tres tomos de entrevistas reunidos en un solo volumen. Se trata de un proyecto indispensable para hacerse una idea de las grandezas y miserias de la escena cultural de los últimos 40 años: en sus más de 600 páginas desfilan filósofos magisteriales, críticos del arte pelambreros, poetas alternativos, artistas sesudos e inteligentes, artistas borrachos, artistas profesionales del sistema artístico, artistas curadores, semiólogos de jerga jugosa… Un cuanto hay, que refleja la necesidad de tener que opinar de todo, el yoismo exacerbado y las opiniones despiadadas.

por Guillermo Machuca I 26 Noviembre 2019

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Federico Galende (Rosario, 1965) es un intelectual argentino que llegó a Chile en los años 90 del siglo pasado. Lo conocí, en esa época, en la desaparecida Universidad Arcis. Me lo encontraba en el patio y en los pasillos de aquella institución: su aspecto era “arciano” de tomo y lomo. Tenía un bigotín trotskista, algo descuidado, una postura arqueada, propia de dialogar con alumnos pitufines, bajos de estatura; poseía por aquellos años una melena sociológica, larga y descuidada, una chaqueta y unos pantalones de cotelé verdosos o cafesosos en cuyos codos se podían ver sendos parches de cuero propios de una izquierda lastimera en vías de progresiva decadencia. En síntesis, parecía un intelectual ñuñoino, de esos que pululan aún hoy en el restaurante Las Lanzas.

Insistamos: a Galende siempre se lo veía hablar con los alumnos de la fenecida universidad. Algunas veces lo ví participar en coloquios, conferencias y mesas redondas: era un personaje rápido, inteligente, logorreico, asumiendo sospechas por ser un argentino pintoso y deslenguado. Galende parecía un personaje cinematográfico: me recordaba al personaje interpretado por Michael Caine en la película Educando a Rita. En una escena de dicha película, un alumno le dice al profesor –aparentemente en estado de ebriedad– que estaba hablando puras tonteras. El profesor le responde lo siguiente: “Estoy borracho, pero tú eres un imbécil, pues deberías estar en el parque aledaño tomando el sol y no escuchando las incoherencias que yo estoy diciendo”. A veces, como alumno, hay que irse a los pastos a tomar un trago verdoso en vez de escuchar a un profesor borracho. Pero por otro lado, muchas veces lo que dice un profesor borracho puede ser más interesante que lo que dice un profesor magisterial.

Lo crudo y lo cocido de Levi Strauss funciona aquí de manera precisa. Hay que pasar de la materia cruda a la cocida; los viejos entrevistados deben ser sometidos a las indigestas de los jóvenes emergentes, jóvenes hambrientos de poder carnívoro.

Según entiendo –por aquella época–, los intereses de Galende oscilaban entre la ciencia política, la filosofía y el psicoanálisis. Todo premunido de un preclaro acento psicoanalítico rosarino. Galende hablaba mucho de Freud, Lacan o de cualquier otro pensador del inconsciente que sirviera de mito fundacional para un pensamiento creativo. Como buen rosarino, Galende venía de una zona argentina inspirada en una tradición cultural venerable. Citemos algunos rosarinos sagrados: el Che Guevara, Lucio Fontana, Marcelo Bielsa, Graciela Carnevale. En Rosario, la filosofía y el psicoanálisis han sido una tradición que habría que investigar a fondo. De manera psicoanalítica, para extremar la metáfora oscurantista de un discurso enrollado, muchas veces críptico, incombustible para la mayoría de los chilenos. Una vez le escuché a Galende, en una mesa redonda, decir lo siguiente: “Mi padre, que es psicoanalista, sostuvo que un paciente que olía vocalmente a carne humana podrida, en descomposición, era un melancólico”. Pensemos en algunos rasgos de la melancolía: un sujeto y objeto algo distante y cercano a la vez. Algo que oscila entre lo grande y lo pequeño, entre lo mayúsculo y lo minúsculo. Algo en lo que el sujeto no puede encontrar un punto de vista intermedio. Las cosas hay que mantenerlas a distancia o devorarlas. La carne humana es irresistible para ciertos psicópatas (pensemos en Hannibal Lecter en la película El silencio de los inocentes, encarnado magistralmente por Anthony Hopkins).

Este rasgo antropófago se percibe, de manera inconsciente, en su libro Filtraciones. Quizá haya que decir proyecto, porque son tres los volúmenes de entrevistas que aparecieron en los años 2007, 2009 y 2011, y que ahora se publican en un solo volumen. Son filtraciones que literalmente filtran entrevistas de voces cargadas de acentos disímiles. Algunas de las entrevistas son sin filtro, caníbales, carnívoras, muchas depredadoras, muchas de ellas antropófagas (pensemos en el brasileño Andrade y su movimiento a principios del siglo XX en Brasil): entrevistas que mezclan lo melancólico con lo cavernoso. Muchas de ellas expelen hedores a carne humana: muchas de ellas no se distinguen de un sabroso placer de consumir un animal podrido, crudo, asado. Lo crudo y lo cocido de Levi Strauss funciona aquí de manera precisa. Hay que pasar de la materia cruda a la cocida; los viejos entrevistados deben ser sometidos a las indigestas de los jóvenes emergentes, jóvenes hambrientos de poder carnívoro.

Se trata de una escena donde el opinante va a ser también opinado de manera brutal. El que se mira al espejo, se mira dos veces: su imagen reflejada y el reflejo despiadado donde son masacrados por los otros.

En estas entrevistas, Galende acumula una gama importante de representantes de la cultura local. Aquí desfilan filósofos magisteriales, críticos del arte pelambreros, poetas alternativos o simplemente cuneteros, artistas sesudos e inteligentes, artistas borrachos, artistas profesionales del sistema artístico, artistas curadores, historiadores progresistas, semiólogos de jerga jugosa, artistas conceptualistas de la vieja guardia. Hay además entrevistados que esconden su biografía y otros que la exponen de manera obscena. Los ególatras conviven con los camuflados; los melancólicos conviven con los narcisistas y exhibicionistas. Por supuesto, no todos dicen la verdad. Muchos dicen haber participado en situaciones que probablemente escucharon, pero que no necesariamente vivieron o experimentaron en carne propia. Todo tiene que ver con un tipo del inconsciente yoista, que simula una presencia que raya en la ausencia. Al igual que las experiencias acontecidas en las redes actuales (muchos sujetos integrados que miran el celular sin mirar el cielo y el espacio urbano, que piensan en la vida de los otros desde un yo psicopático).

Lo anterior me lleva a una reflexión verosímil: muchos críticos, intelectuales, teóricos, actores, dramaturgos e historiadores chilenos han enfatizado acerca del carácter belicoso de la escena cultural chilena. Mucha mala conciencia y mucha mala fe en el circuito. Revisando la mayoría de los entrevistados en Filtraciones, destaca algo muy actual: la necesidad de tener que opinar acerca de todo. En la actualidad, fomentado por las redes sociales, la mayoría quiere expresarse. Decir lo que piensa de manera obscena. El yoismo se encuentra exacerbado, a pesar de que se trata de una escena violentada por luces y sombras. Se trata de una escena donde el opinante va a ser también opinado de manera brutal. El que se mira al espejo, se mira dos veces: su imagen reflejada y el reflejo despiadado donde son masacrados por los otros.

Agreguemos más datos al respecto: que este tono parlante, chapucero, estridente –que en este libro es evidente–, resulta coherente para quienes tienen la obligación de escuchar. Todos quieren ser escuchados, pero a la vez simulan que escuchan asumiendo un rictus facial desconcentrado, hiperquinético, nervioso, movedizo. En fin, todos hablan, nadie escucha. Sin embargo, es difícil imaginar escenas culturales en la historia del orbe que sean necesariamente distintas a la nuestra. He leído muchos libros de entrevistas que cruzan voces cargadas por la ironía, el resentimiento, la mala fe, la desautorización ajena, la competencia vil, cuatrera, raptora, pero también el halago, la cita generosa, la autocrítica despiadada, la exposición afectuosa frente al resto. Las escenas culturales viven de las luces y las sombras, de los egos desatados, de las amistades perdurables en el tiempo.

Existe, en este caso, un asunto transversal que hay que rescatar: la convivencia positiva de voces disímiles a nivel generacional o cronológico. En Chile, las generaciones ya no se juntan en celebraciones o fiestas.

En las Filtraciones de Galende conviven la mayoría de los registros antes señalados. Lo que comenzó como un diálogo de las artes visuales durante la dictadura (el primer tomo), se fue ampliando hacia otros derroteros: historiadores, poetas, editores, dramaturgos. Todo se debe a la temporalidad histórica: hacer de la cultura un campo ampliado. Filtraciones cubre desde la dictadura hasta bien entrada la transición democrática (1960-2000). Existe, en este caso, un asunto transversal que hay que rescatar: la convivencia positiva de voces disímiles a nivel generacional o cronológico. En Chile, las generaciones ya no se juntan en celebraciones o fiestas. Uno es viejo o joven por su edad. En otras latitudes del mundo, las fiestas son transversales: no importa la edad; importa el discurso, la inteligencia, la capacidad de seducción. Una persona de 70 años puede ser más activa que una de 20 (citemos a Nietzsche: “Madurez en el hombre significa reencontrar la seriedad que se tenía de niño al jugar”).

En Filtraciones esas voces disímiles son las de gente como Nelly Richard, Eugenio Dittborn, Francisco Brugnoli, los hermanos Justo Pastor y Marcelo Mellado, Diamela Eltit, Pablo Oyarzún, Willy Thayer, Samy Benmayor, Pedro Lemebel junto a Carmen Berenguer, Patrick Hamilton, Matías Rivas, Voluspa Jarpa, Claudio Correa y Ramón Griffero, por nombrar algunos.

Toda una orquesta coral. Una orquesta de tono disonante y cacofónica. Desde la dictadura hasta los últimos años las voces se hacen menos sesudas; todo pasa por la experiencia adquirida. Últimamente, los relatos han perdido el espesor histórico. Barthes fue claro al respecto: “Ya no vivimos la celebración de la gran historia sino de la pequeña historia”. La historia actual es la historia de la insignificancia; de procesos que incluyen las actuales venganzas del discurso democrático: multiculturalismo y todas sus consecuencias hasta hoy (todos los ismos e istas: mapuchistas, feministas, machistas, ecologistas, naturistas, animalistas, etc).

Desde la dictadura hasta los últimos años las voces se hacen menos sesudas; todo pasa por la experiencia adquirida. Últimamente, los relatos han perdido el espesor histórico.

El Galende “arciano” –que describí al comienzo– es ahora otro; se asemeja a un ídolo pop. Se viste con ropa a la moda, usa un peinado a lo Rod Stewart, habla con elocuencia siempre trasandina, escribe con un lenguaje literario que se distingue de la jerga latosa local. El entrevistador suele ser protagonista de sus entrevistas. Existe un caso notable a nivel internacional: Gay Talese. No conocemos a Vasari, pero en la época de la imagen tecnológica, conocemos el look de los intelectuales y artistas. Galende es un intelectual con un look distintivo, distante a los intelectuales chilenos de aspecto pueblerino, opaco, sin estilo.

Galende ha debido asumir que entrevistar a tantos personajes disímiles supone una experiencia que lo hace protagonista de su propio libro. Hay que decir lo siguiente: que su libro –pese a tanta desmemoria de los entrevistados– es un libro indispensable y clave para hacerse una idea relativa de la escena cultural de los últimos 40 años. Que muchos mientan y muchos digan la verdad es parte de la historia como disciplina académica. Cuando era estudiante de Historia del Arte me enseñaron lo siguiente: que el testigo de la historia era siempre desconfiable. Al final de la historia, los testigos terminan siempre mintiendo.

 

Filtraciones. Conversaciones sobre el arte en Chile (1960-2000), Federico Galende, Alquimia, 2019, 640 páginas, $22.000.