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Luego de pasar varios años narrando crímenes de guerra, conflictos políticos internacionales y editando los diarios de su madre, Susan Sontag, David Rieff escribió Elogio del olvido, el libro que presenta en Santiago este jueves en el ex Congreso Nacional. Contra la idea comúnmente afianzada, Rieff afirma que la memoria histórica ha sido utilizada más como arma de guerra que como instrumento de reconciliación, y cuestiona la idea de que, a fin de no cometer los errores del pasado, la memoria debe ser preservada. Este viernes 18 de agosto, además, dictará una conferencia en la Universidad Diego Portales.

por cristóbal carrasco

Como en la escena de Annie Hall en la que Woody Allen se escapa a ver un partido de béisbol mientras la intelectualidad neoyorquina se pasea por los pasillos de un departamento, uno puede imaginar al pequeño David Rieff comiendo un plato de comida preparada mientras su madre, Susan Sontag, escribe sus primeros ensayos o recibe a sus amigos en el piso que había arrendado en Nueva York, luego de dejar la vida académica de Chicago.

Para David Rieff, quien había nacido del matrimonio de Sontag con el académico de la Universidad de Chicago Philip Rieff cuando ella tenía 19 años, la intelectualidad fue una cuestión natural. Estudió en el Liceo Francés de Nueva York, pasó al prestigioso Amherst College y luego se licenció en Artes e Historia en la Universidad de Princeton. El mismo año de su graduación, y a sus 26 años, comenzó a trabajar como editor en Farrar Straus & Giroux, la misma que publicaba los libros de su madre.

Allí, y hasta el año 1987, Rieff estuvo a cargo de la edición de las obras de autores como Joseph Brodsky, Elias Canetti, Philip Roth y Mario Vargas Llosa. Pero se cansó de ello y decidió trabajar en su propia obra. “Creo que siempre quise ser escritor –comentó en una entrevista reciente– pero por años pensé que todas las reseñas de mis libros empezarían con el hijo de Susan Sontag y asumir eso era demasiado para mí. Con el tiempo me cansé tanto de ser editor que me atreví a dejarlo, sobre todo porque no creía que existiera otro trabajo de oficina para mí”. Es probable que para alguien tan acostumbrado al mundo editorial, un trabajo distinto fuera imposible.

Resulta extraño, a primera vista, que un cientista político justifique sus ideas sobre política internacional con poemas de Yeats o Kipling, y lo es más cuando utiliza el Eclesiastés, pero es probable que esa extrañeza provenga del mismo prejuicio que ha subordinado al arte frente a la ciencia.

Luego de dejar la editorial, y tras tres libros publicados, escribió The Exile: Cuban in the Heart of Miami. En ella, Rieff desarrollaba los conflictos recientes entre Cuba y Estados Unidos a través de dos ópticas: la ciudad y la migración anticastrista. Desde esas perspectivas, Rieff observó los procesos de asimilación de los primeros exiliados y la primera generación de cubanos nacidos en suelo americano. La oportunidad para publicarlo no podía ser mejor: habían pasado tres años desde la caída del muro de Berlín y comenzaba en Cuba el “período especial”, que implicó el desapego de la extinta Unión Soviética y la radicalización del embargo norteamericano. Todo parecía vaticinar un cambio fundamental en la relación entre la isla y el resto del mundo. De hecho, el mismo Rieff había firmado años antes una carta abierta –junto a Saul Bellow, Czeslaw Milosz, Octavio Paz y la misma Sontag–, que exigía un referéndum libre en Cuba “siguiendo el ejemplo de Chile”.

Pero no era una cuestión de mera contingencia. En The Exile, Rieff comenzaba a indagar en un tema que cruza toda su obra: la memoria. Ese libro, de hecho, comenzaba con un epígrafe de Czeslaw Milosz: “Es posible que no exista otra memoria que la memoria de las heridas”.

El camino de la memoria, y sobre todo, de la memoria histórica, lo hizo conocer el conflicto de los Balcanes, que cubrió como corresponsal de guerra para el New York Times entre 1992 y 1994. Fruto de ese trabajo publicó Matadero: Bosnia, el fracaso de Occidente, donde analizaba los conflictos que permitieron la mayor masacre étnica luego de la Segunda Guerra Mundial. En esa época escribía: “Aún no llevaba mucho tiempo en Bosnia cuando ya me había convencido de algo que sigo creyendo ahora: los que vivimos en la zona rica del mundo no solo tenemos la obligación moral de defender la independencia bosnia, sino que también nos beneficiaremos haciéndolo. Aquella campaña no se ha perdido. Lo que queda es la obligación de dar testimonio, por los muertos y por los vivos”.

Hay, en la mayoría de los textos que Rieff escribió sobre Bosnia, una tensión entre el horror que presenciaba y la responsabilidad que sobrevenía. Por un lado, el dar testimonio. Por otro, que ese testimonio era irremediablemente fútil, y que las acciones desplegadas por el humanitarismo de Occidente eran, cuando menos, un adorno del horror. Cuando se cumplieron 25 años de la Guerra de los Balcanes, escribió: “En uno de los momentos más amargos durante los años que pasé como corresponsal en Bosnia durante la guerra, escribí que el eslogan Nunca más –que fue la primera expresión de lo que se convertiría en el tema principal de una revolución de los derechos humanos según la cual jamás se permitiría que el genocidio de los judíos europeos se repitiese– era un lema que, en realidad, significaba que los alemanes nunca más matarían a los judíos europeos durante la década de 1940. Sin duda, había perdido la esperanza. Pero lo que ocurría en los Balcanes a principios de la década de 1990 se ha expandido como una metástasis por gran parte del planeta. En ocasiones me pregunto si la ferocidad y crueldad de las guerras de Croacia y Bosnia no eran una especie de infernal terreno de pruebas para las guerras mucho mayores a las que nos enfrentamos ahora, 25 años después”.

Su labor como corresponsal de guerra se amplió al conflicto en Ruanda y otras zonas de guerra en Oriente Próximo. Fue en esa época que escribió sus dos libros posteriores: Crimes of War: What the Public Should Know y A Bed for the Night: Humanitarianism in Crisis. Fue en uno de sus viajes de regreso –como corresponsal de guerra– que supo que su madre iba a morir. Susan Sontag ya había superado tres veces el cáncer, pero esta última vez, en diciembre de 2004, no pudo hacerlo de nuevo. Rieff escribió en Un mar de muerte las memorias de esa etapa de su vida.

La obra de Rieff es un intento de quebrar los paradigmas de la ciencia política echando mano a la religión y la narrativa. Esto lo emparenta con la misma tradición a la que pertenecía su madre, la tradición de ensayistas como Cioran, Canetti y Walter Benjamin.

Rieff, como heredero del legado de Sontag, se encargó los años siguientes de recopilar y editar sus ensayos póstumos, así como sus diarios, de los cuales han aparecido dos tomos: Renacida y La conciencia uncida a la carne. En ambos, Rieff ha explorado, en conjunto con las disquisiciones propias del diario, la forma que tiene de observar el pasado, incluso el pasado de su propia madre. En un prólogo escribió: “Estos diarios son, asimismo, reales. Y al leerlos sufro una reacción de ansiedad (…) Quiero gritar: «No lo hagas» o «No seas tan severa contigo misma» o «No te vanaglories tanto» o «Ten cuidado con ella, no te quiere». Pero, por supuesto, llego demasiado tarde: la obra ya fue interpretada y su protagonista ha salido de escena, al igual que la mayoría, aunque no todos, de los otros personajes”.

En esos años, Rieff fue invitado a escribir en Australia un libro sobre la memoria. Luego de haber pasado varios años narrando crímenes de guerra, conflictos políticos internacionales y luego editando los diarios de su madre, parecía un corolario natural. De esa petición nació Contra la memoria y últimamente Elogio del olvido, una versión extendida de la primera. Ambos son textos completamente radicales para el lector común de política internacional. Contra la idea comúnmente afianzada, Rieff afirma que la memoria histórica ha sido utilizada más como arma de guerra que como instrumento de reconciliación. La idea es reafirmada por un profundo examen, pero no solo de los ejemplos internacionales, como el de Bosnia, sino de la propia experiencia norteamericana: narra que luego de la Guerra de Secesión, los Confederados habían creado deliberadamente una memoria que modificaba su pasado esclavista y lo recreaba como el de una venerable “Causa Perdida”. Era esa memoria la que aún les permitía utilizar las banderas confederadas y que amparaba las diferencias raciales extendidas en el sur de Estados Unidos.

No debiese ser curioso, pero el análisis político de Rieff en ambos libros destaca porque posee una doble particularidad. En primer lugar, se atreve a ser escéptico frente al lugar común más asentado de la interpretación histórica actual –la idea de que, a fin de no cometer los errores del pasado, la memoria debe ser preservada–, y en segundo lugar, porque se logra nutrir tanto de la poesía y la religión, como de la ciencia política, para justificar su teoría. Resulta extraño, a primera vista, que un cientista político justifique sus ideas sobre política internacional con poemas de Yeats o Kipling, y lo es más cuando utiliza el Eclesiastés, pero es probable que esa extrañeza provenga del mismo prejuicio que ha subordinado al arte frente a la ciencia.

Lanzamiento en el ex Congreso Nacional

El jueves 17 de agosto, a las 12 hrs, Patricio Fernández y Carlos Peña, en una actividad abierta para todo el público, presentarán Elogio del olvido.

Invitado a la Cátedra Abierta Roberto Bolaño

El viernes 18, a las 11:30 hrs, el autor conversará con Carolina Tohá y Rodrigo Rojas en el Estudio de TV de la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales (Vergara 240).

La cuestión es que, en definitiva, eventos como la guerra, la migración o el exilio, son procesos que obligan a moverse entre distintas disciplinas y formas de conocimiento. Es la misma materia prima de la que está hecha la filosofía, la literatura o la religión. Por eso, justamente, se vuelve tan importante utilizar el Antiguo Testamento. Como explica Élisabeth Roudinesco en A vueltas con la cuestión judía, el pueblo judío, “desde sus orígenes míticos, se caracteriza por el culto que rinde a su propia memoria. No deja de recordar las catástrofes (Shoá) que desde siempre le ha enviado Dios y que continuamente lo condenan al exilio, a la dispersión (diáspora o galut) y en consecuencia a la pérdida del territorio y de sus lugares sagrados: destrucción por Nabucodonosor del primer templo, construido por Salomón, cautividad de Babilonia, regreso del cautiverio, construcción del segundo templo, destruido luego por Tito –y del que no quedará más que un muro de lágrimas y sollozos (el muro de las lamentaciones)–, persecución por los romanos, que llamarán Palestina a Judea, y luego por los cristianos”.

Así, los usos que Rieff da al Antiguo Testamento –y sobre todo a los libros como el Eclesiastés– remiten a esa antigua sabiduría judaica, que está muy lejos de la divinidad del Nuevo Testamento y la misma escatología del Antiguo. Por el contrario, todos remiten a una antigua interpretación judía sobre la memoria. Es esa sabiduría de la que es deudor Rieff en la interpretación que ofrece en Elogio del olvido, que no es más que una aceptación de la contingencia y finitud de la vida.

Son esas interpretaciones las que permiten entender la obra de Rieff como un intento de quebrar los paradigmas de la ciencia política a través de la observación de otros paradigmas, como la religión o la narrativa. Aquello –contra los propios deseos de Rieff– lo emparenta con la misma tradición a la que pertenecía su madre, la tradición de ensayistas que podían observar dentro de sus ámbitos de interés las grietas que faltaban por descubrir, los lados oscuros de una teoría: Cioran, Canetti, Walter Benjamin y, repito, la misma Susan Sontag. Probablemente Rieff está cansado de ser presentado como “el hijo de…”, pero debería enorgullecerse de pertenecer a la tradición de escritores de la que ella formaba parte.

 

Elogio del olvido, David Rieff, Debate, 2017, 176 páginas, $12.000.

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