Marzo 26, 2019

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Adorno, Horkheimer, Benjamin, Marcuse y Habermas son algunos de los protagonistas de Gran Hotel Abismo, una historia vibrante que conjuga la vida íntima de los principales pensadores de la Escuela de Frankfurt –divisiones, alianzas, exilios– con el legado intelectual de quienes se anticiparon a los enfoques multidisciplinarios para escrutar la realidad social y desplegaron una crítica sin concesiones al capitalismo, la industria cultural y las limitaciones del diálogo político.

por andrea kottow

En una de las numerosas confrontaciones que el filósofo György Lukács tuvo con la Escuela de Frankfurt, acusó a Adorno y sus compañeros de refugiarse en el Gran Hotel Abismo. La imagen evoca a los miembros de la Escuela de Frankfurt en el balcón de un elegante hotel burgués, desde el cual, protegidos por la altura y las barandas, observan con distancia los sucesos de la calle. Rodeados y agasajados por una serie de lujos y comodidades, se despliega a sus pies un despeñadero, figura que para Lukács contenía los estragos causados por el capitalismo. Pero los pensadores de Frankfurt, inmunes a la crítica, no abandonan la protección de su guarida.

Para Lukács, este cuestionamiento vale también para cierto marxismo occidental que no le parece más que una moda intelectual que, por su alto grado de abstracción, no logra penetrar en la vida política y social.

La imagen del hotel y el abismo, de la idealización y la protección, seguiría persiguiendo a la Escuela de Frankfurt, movimiento teórico fundado por Leo Löwenthal, Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, y al que se vinculan pensadores como Walter Benjamin, Erich Fromm y Herbert Marcuse, entre otros. Lo que se les cuestionaría una y otra vez a los frankfurtianos, y que sigue siendo el problema para muchos teóricos que en su sentido más amplio se consideran marxistas, es la distancia entre teoría y praxis, entre filosofía y política, entre abstracción y revolución, entre palabra y acción.

Un Adorno ya entrado en la sesentena, reinstalado en su Alemania natal y trabajando en el Instituto de Investigación Social refundado en 1950, se ve complicado con los movimientos estudiantiles de fines de los años 60. No empatiza con los métodos desplegados por los jóvenes, que le recuerdan el fanatismo y la violencia que lo exiliaron de su patria en 1933. Los estudiantes, por su lado, no pueden entender que todo el pensamiento nuclear de la Teoría Crítica Frankfurtiana –vinculado a descreer de la autoridad y de la administración del saber, en pos de la conquista de libertad e independencia intelectual– ahora se atrinchera en las aulas, en lugar de apoyar la acción callejera: el cambio resulta imperioso.

Adorno desde Frankfurt y Marcuse desde California debaten en su intercambio epistolar acerca de estos movimientos que vinieron a coronar esa gran década de transformaciones y rebeldía. Marcuse apoya a los estudiantes, convirtiéndose en un ícono, e intenta hacer entender a “Teddy” que está equivocado. Sobre todo respecto del episodio que volvió especialmente antipático a Adorno frente a los ojos de los estudiantes: cuando él y Horkheimer hicieron desalojar un salón ocupado por estudiantes movilizados por las fuerzas policiales. Más allá de los argumentos, Marcuse no logra comprender a su antiguo amigo y compañero ideológico. Y la situación en la universidad escala hasta el punto en que Adorno, para tratar de aplacar los ánimos, ofrece una conversación “dialéctica” al estudiantado, consistente en que los jóvenes le formulan preguntas y él las responde. Sin embargo, el acto se interrumpe por abucheos al profesor. En el auditorio se despliegan lienzos que lo desacreditan y acusan de conservador. El episodio termina cuando tres estudiantes mujeres se suben a la tarima, con sus pechos descubiertos, y rodeando a Adorno le tiran pétalos de flores. El filósofo se retira indignado y, para intentar recuperar algo de calma, viaja con su mujer, Gretel, compañera de toda la vida, a los Alpes, donde morirá de un infarto al corazón. Era el año 1969 y Theodor W. Adorno tenía 64 años.

Los fundadores de la Escuela de Frankfurt demonizan la fuerza del capital, en circunstancias de que había sido este, precisamente, el que les posibilitó a sus hogares alcanzar una bonanza económica y un reconocimiento social que les aseguraba las opciones de estudiar y formarse.

Herederos de Marx y Freud

Este tipo de anécdotas, entretejidas con una revisión de las obras más importantes de la Escuela de Frankfurt y de los pensadores afines a ellos, dan vida a Gran Hotel Abismo. Biografía coral de la Escuela de Frankfurt, un ensayo cautivante y a ratos provocador del periodista británico Stuart Jeffries.

A muchos ha fascinado esta historia de un grupo de jóvenes, pertenecientes a familias judías asimiladas, todos hijos de grandes empresarios y dueños de florecientes negocios, que, provenientes de distintas disciplinas, deciden constituir una cofradía intelectual, inspirados en sus lecturas de Marx y Freud, y atravesados por la decepción política tras el fracaso de la revolución socialista en Alemania. Jóvenes que confiaban en que la única forma de transformar la realidad era sometiéndola a un escrutinio que hiciera visibles las contradicciones del orden social. Y se encomendaban sin reservas a la multidisciplinariedad, antes de que el cruce de saberes se convirtiera en una especie de marca en el mercado académico.

Aquí es donde nace la idea de una forma de pensamiento que se sigue repitiendo como si de una fórmula mágica se tratara, la de la teoría crítica; una teoría volcada hacia la transformación social, una crítica sin concesiones, que visibilice la creciente administración de la vida y la subyugación cada vez más completa a las medidas del sistema capitalista.

La historia que relata Jeffries comienza en los albores del siglo XX, donde las familias Wiesengrün-Adorno, Horkheimer, Benjamin y Pollock llevan vidas más o menos similares en Berlín. En muchos casos, los fundadores de la Escuela de Frankfurt deciden acentuar sus raíces judías, si bien sus familias más bien las habían dejado atrás; también demonizan la fuerza del capital, en circunstancias de que había sido este, precisamente, el que les posibilitó a sus hogares alcanzar una bonanza económica y un reconocimiento social que les aseguraba las opciones de estudiar y formarse.

Para Jeffries, este complejo de Edipo originario de la Escuela de Frankfurt será constitutivo de su pensamiento e ilustrativo de algunas de sus contradicciones irresolubles. A fin de cuentas, es con el dinero de estos negociantes asimilados que los hijos pueden materializar su proyecto intelectual.

 

A fines de los 60 Herbert Marcuse se convirtió en un ícono de los estudiantes, al revés de lo que sucedía con Theodor W. Adorno.

 

Los estudiosos que se reúnen en torno al Instituto de Investigación Social, bajo su primer director, Carl Grünberg, en 1924, también comparten el hecho de no haber combatido en la Primera Guerra Mundial. “Eran en su mayoría demasiado jóvenes, demasiado afortunados o demasiado astutos para servir durante la guerra en puesto alguno”, escribe Jeffries.

Al convencimiento de que el proletariado alienado no podría nunca fungir como protagonista de una futura revolución social, se le suma en la misma década del 20 un antisemitismo cada vez más palpable y agresivo. Es a fines de esos años y comienzos de los 30 que los intelectuales de la Escuela de Frankfurt, sobre todo Adorno, vuelcan su interés más hacia el arte, como único refugio donde –desde la negatividad– podía ofrecerse alguna resistencia a un sistema que parecía condenado a reproducirse. Bajo la dirección de Horkheimer el Instituto se vuelve verdaderamente interdisciplinario y, a pesar del clima político –o quizás justamente debido a esas adversidades–, alcanza su momento más célebre: junto a Horkheimer y Adorno, se encontraban Leo Löwenthal, Erich Fromm y Herbert Marcuse. Además, Walter Benjamin, Ernst Bloch, Siegfried Kracauer y Wilhelm Reich colaboraban desde sus diversos ámbitos.

A comienzos de la década del 30 y cada vez más amenazados por el nacionalsocialismo, los frankfurtianos se dedican a pensar las condiciones de posibilidad del auge de una figura como Hitler, el vínculo de su éxito con la tecnología y la utilización de recursos estéticos por parte del régimen nazi. Nada, sin embargo, los salvará de que en el año 1933 la policía cierre el Instituto y comience el éxodo de sus integrantes.

El exilio

Quizás otro de los episodios más fascinantes de esta historia contada por Jeffries sea el exilio norteamericano de varios de los intelectuales de la Escuela de Frankfurt. Incluso sus figuras emblemáticas, Horkheimer y Adorno, escriben en EE.UU. la obra más conocida de la Teoría Crítica, su Dialéctica de la Ilustración.

Con una pasada por Nueva York, Horkheimer y Adorno se establecerán ya en los 40 en California, donde coincidieron con un grupo importante de exiliados alemanes, entre otros, Thomas Mann, Arnold Schönberg, Bertolt Brecht y Fritz Lang. Una fuerza de atracción algo voyerista y mórbida resulta de imaginarse a este grupo de alemanes en Los Ángeles, en muchos sentidos una de las ciudades emblemáticas de la cultura norteamericana, que no lograban adaptarse al ambiente que los rodeaba y que añoraban el viejo mundo, a pesar de que este se hundía en la barbarie.

La Dialéctica de la Ilustración articula una crítica a la razón ilustrada, devenida razón instrumental sin capacidad de cuestionarse a sí misma y por lo tanto reproductora de un pensamiento mítico incuestionable, con un análisis descarnado de Hollywood y de supuestas formas artísticas subyugadas a la industria cultural.

La Dialéctica de la Ilustración articula una crítica a la razón ilustrada, devenida razón instrumental sin capacidad de cuestionarse a sí misma y por lo tanto reproductora de un pensamiento mítico incuestionable, con un análisis descarnado de Hollywood y de supuestas formas artísticas subyugadas a la industria cultural.

Solo esta profunda incapacidad de adaptación y la nostalgia de los modos europeos en su más amplio sentido, hacen comprensible el regreso de Adorno y Horkheimer a su Alemania natal, donde en 1950 el Instituto reabre sus puertas en Frankfurt, con los dos autores de la Dialéctica en calidad de codirectores. La situación para los regresados del exilio no era fácil. Alemania negaba su pasado reciente, y el pesimismo de Adorno en su pensamiento no contaba con muchos adeptos. Ni siquiera a los sobrevivientes de Auschwitz, como a Jean Améry, la famosa aseveración de Adorno de que la poesía no era posible después del Holocausto, les parecía una manera fructífera de impulsar la reflexión sobre lo ocurrido.

Para comprender la responsabilidad alemana en la matanza sistemática de judíos y los estragos de la Segunda Guerra Mundial, los jóvenes se arriman a las teorías de Marcuse, que parecían abrir un horizonte más optimista que las ideas de Adorno. Quizás la suplantación de la figura de Adorno por la de Habermas en la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, refleje también esa necesidad de una teoría más constructiva, que recupere algo de la confianza en el diálogo y la comunicación.

La historia de la Escuela de Frankfurt, de alguna manera, no es una historia feliz, y así lo muestra Jeffries en el recorrido exhaustivo que hace por sus tramas. Cuando al final de su libro retoma el planteamiento que hiciera Jameson, al proponer que “la pregunta sobre la poesía después de Auschwitz ha sido reemplazada por la de si es posible soportar la lectura de Adorno y Horkheimer al borde de la piscina”, abre un horizonte sombrío.

El mundo que a fines de los años 40 dibujaran Horkheimer y Adorno en su Dialéctica parece haberse acentuado. Por un lado, vivimos en una sociedad cuyo volcamiento al consumo es innegable. Por el otro, la academia con su paperización, su obsesión por los índices y las indexaciones, la financiación casi exclusiva de la investigación vía proyectos concursables y la fijación en los rankings, calza absolutamente con lo que vaticinaban los frankfurtianos: el conocimiento se mide por su funcionalidad, siguiendo una lógica más reproductiva que creativa. El arriesgarse no forma parte de las actitudes valoradas al momento de adentrarse en el saber. El conocimiento es “producido”, como si de cualquier otra mercancía se tratase, y ya varios académicos e investigadores se han convertido en marcas a transar en el mercado, apoyados por plataformas y redes sociales en las que sube y baja su valor según la productividad y la pertenencia a redes.

Si bien el tono de Horkheimer y Adorno puede parecer en ciertos pasajes anacrónico, la agudeza con que observaron la realidad que se estaba gestando es sorprendente. Y si el diagnóstico realizado no era bueno, el pronóstico que podemos aventurar hoy tampoco es mucho mejor. Quizás, incluso, se ha añadido un agravante: hoy en día pareciera formar parte del buen tono cierto pesimismo y desconfianza de los intelectuales respecto de su propio quehacer, como si nos acomodáramos en el malestar. Y cada vez resulta más difícil formar comunidades de pensamiento, desde las cuales elaborar una crítica conjunta, atomizados y atrincherados, como estamos, en nuestras pequeñas parcelitas del saber concursable.

 

Imagen de portada: Horkheimer junto a Adorno en Heidelberg (1965).

 

Gran Hotel Abismo. Biografía coral de la Escuela de Frankfurt, Stuart Jeffries, Turner, 2017, 496 páginas, $23.800.

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