Dos novelas en una

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Con soltura técnica y solidez narrativa, en Pequeños cementerios bajo la luna Mauricio Electorat concreta una vez más el contrapunto entre aquí y allá, entre ahora y entonces, entre el desarraigo y el retorno. Con tintes policiales y mucho del Cortázar de Rayuela, esta historia muestra a un hijo que huye del país hastiado por la dictadura pinochetista y de un padre, un civil, que colaboró con los militares.

por lorena amaro

Los conserjes de hotel gozan de una inesperada popularidad literaria en el último tiempo en Chile y no es difícil explicar por qué. Tanto Germán Marín en Adiciones palermitanas, como Carlos Cardani en Du Maurier —ambas novelas comentadas anteriormente en esta revista—, emplazan a sus protagonistas en una recepción céntrica, desde donde pueden observar el ir y venir de un sinfín de personajes sin necesidad de dar mayores explicaciones sobre su irrupción o sus rápidas desapariciones. El hotel ofrece ciertas comodidades narrativas: un punto de vista parcial, el confluir de las más impensadas diferencias, la fugacidad y peso de los encuentros y desencuentros.

En su nueva novela, Pequeños cementerios bajo la luna, Mauricio Electorat echa mano también de ese mundo de posibilidades, pero ubica a su protagonista, Emilio Ortiz, en un hotel parisino, el Istria, escenario de la segunda de las cinco partes de esta novela, que en realidad contiene más de una novela: se podría decir que son dos. Una de ellas va in crescendo, mientras la otra desciende hasta desaparecer. Una, la que desaparece, nos cuenta la historia de Emilio Ortiz, chileno que se va a París supuestamente a estudiar un doctorado en lingüística, pero que en realidad solo quiere huir del pinochetismo a ultranza de su entorno. En su deambular parisino se encuentra con una misteriosa mujer, llamada, aparentemente, Chloé. Esta primera novela es abiertamente cortazariana y el propio narrador nos hace notar esta marca de parentesco: “Rayuela. Me limpio las pelotas con Rayuela. ¿La leíste? La leo todo el tiempo, es como una especie de lectura obligada, si uno vive en París, llevando la vida que lleva, ¿no? Sí, claro, concuerda Alfredo, esos personajes son como nuestros hermanos mayores. Nuestros primos lejanos”. Y tiene razón, Alfredo (¿especie de Gregorovius?): Chloé tiene mucho de la Maga y Ortiz, de Oliveira.

La “otra” novela va creciendo dentro de esta. De hecho, es la definitiva, la que se queda, la que ofrece un marco a este relato. La que constituye el presente aunque viene del pasado. Es la novela de la relación de Emilio con su padre, dueño de una casa automotriz, cuyo vínculo con la represión pinochetista se va revelando a lo largo del texto. Es la novela de posdictadura con tintes policiales, la novela del hijo que descubre las oscuridades del padre y que busca resolver, de algún modo, las preguntas que dejó abiertas la violencia y la represión.

Hay algo atractivo en la estructura: la incorporación progresiva de las líneas narrativas, la elaboración dispersa de un discurso sobre el colaboracionismo de los civiles chilenos con los militares, las sutilezas de los pequeños cementerios de la memoria, sus duelos y sus traiciones.

Mauricio Electorat es un narrador de larga y premiada trayectoria, autor de una novela, La burla del tiempo (2004), cuyo protagonista regresaba del exilio en Francia tras enterarse de la muerte de su madre. En Pequeños cementerios bajo la luna son reconocibles los diversos elementos que ya estaban planteados allí y en otras de sus novelas protagonizadas por chilenos extraviados en Europa. Con soltura técnica y solidez narrativa, Electorat concreta una vez más el contrapunto entre aquí y allá, entre ahora y entonces, entre el desarraigo y el retorno. En su escritura confluyen también la tradición narrativa francesa (el título parafrasea y vincula el relato con una novela de Georges Bernanos) y la literatura chilena (encarnada en figuras como Teillier). Uno y otro mundo se fusionan en distintas imágenes: “… yo casi únicamente leía a Balzac y estaba especialmente fascinado por la trilogía que conforman Papá Goriot, Ilusiones perdidas y Esplendor y miseria de las cortesanas. El asunto es que vi al dueño del hotel y me dije: Vautrin. Un tipo bajo, moreno y fornido, con unas manazas y unos antebrazos de presidiario (…) y unas patillas a lo Bernardo O’Higgins”.

Pero lo más significativo es que en esta apuesta, Electorat decida empujar a su protagonista a la acción. Emilio toma cartas sobre las deudas pendientes de su padre. Aquí la memoria no es pasiva: el autor ocupa tanto la primera como la tercera persona, así como también los saltos temporales entre presente y pasado, para lograr una densidad innegable en su construcción novelesca. La estructura de este relato, ambientada en Santiago y Aculeo, se vuelve rápida, fragmentaria, a diferencia de la morosidad por momentos poéticos de la novela parisina.

Menos interesante resulta –ojalá los narradores chilenos comiencen a tomar nota de esto—, la representación manida de las Nadjas idas y por venir, que aparecen bajo los signos inequívocos de la revelación o la misoginia. Los diálogos intelectuales suelen ser entre hombres; las mujeres, cual musas kafkianas, aparecen erotizadas, disponibles, pero también amenazantes. Lo de siempre: la virgen y la puta. “Y Emilio ve de pronto a la Virgen María, envuelta en una maravillosa capa celeste (…) ¿La Virgen María? No me vas a decir que te provoca impulsos eróticos. No, dice Emilio, pero en ese momento es lo que veo, es como una visión mística”, leemos, en alusión a Chloé. “Si no muerdo, dice ella, a no ser que me lo pidan”, explica la casi siempre desnuda Paula, personaje secundario emplazado en Chile. O peor, este diálogo de Emilio consigo mismo, medio dormido: “Pero, de pronto, en medio del sueño, como otra voz: ¿una chica excepcional?, pelotudo: una mina rica; no, no, la contradigo, es una mujer maravillosa. La voz (o mi otro yo, alguno que andaba por ahí, dentro de mi cabeza): ¿cómo estás tan seguro? Yo: seguro, es bella y maravillosa. Y el otro: es bella y maravillosa, a ti no te da miedo ser cursi como cualquier empleadita de tienda, ¿verdad? Es bella y es una mujer maravillosa, punto. Y me dormí”.

Electorat construye una –o dos– novelas: la segunda más efectiva que la primera. Una no necesita de la otra, pero, ciertamente, juntas se potencian. Hay algo atractivo en la estructura: la incorporación progresiva de las líneas narrativas, la elaboración dispersa de un discurso sobre el colaboracionismo de los civiles chilenos con los militares, las sutilezas de los pequeños cementerios de la memoria, sus duelos y sus traiciones. No hay grandes novedades, pero sí una escritura desenvuelta, con oficio.

 

Pequeños cementerios bajo la luna, Mauricio Electorat, Alfaguara, 2017, 294 páginas, $14.000.

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