Agosto 25, 2016

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Ayer se presentó en el Café Literario Parque Balmaceda Trazado, la antología de cuentos de Edmundo Paz Soldán recién editada por Cuneta. El autor boliviano estuvo allí, junto a Simón Soto y Mike Wilson. Reproducimos el texto que leyó este último en el lanzamiento y para la sección de Creación hemos seleccionado “Dochera”, uno de los relatos del volumen.

ITHACA

Por Mike Wilson

Conocí a Edmundo hace muchos años en Ithaca, una aldea universitaria cerca de la frontera noreste de Estados Unidos y Canadá. Es un pueblo chico, lejos de todo, clavado entre unas colinas que no parecieran acabarse nunca, rodeado de comunidades rurales, enclaves amish y lagos que parecen garras. Ithaca es donde los inestables se entregan a la locura: Pynchon, Nabokov, Vonnegut, Wittgenstein, ahí en Cornell, una universidad que se podría describir de la siguiente forma: si el hotel de El resplandor fuese una universidad, esta sería Cornell.

Ithaca es un lugar sin temperatura, donde el frío trasciende el frío, donde no hay sol y los estudiantes le rinden culto al suicidio lanzándose de puentes. Esto lo digo muy en serio, los chicos no dan más y se lanzan de los puentes. Es raro, el campus está construido sobre suelo herido, sobre una colina partida por quebradas y precipicios profundos, y para llegar a clases a veces uno se ve obligado a cruzar esos puentes. Más de una vez me detuve en la oscuridad para asomarme a la quebrada, casi nunca con la idea de lanzarme, pero simplemente porque el abismo tiene fuerza propia y es fácil inclinarse más de lo que la prudencia aconseja. Y bueno, también está la nieve que cae y se acumula y el aire que se vuelve delgado y oscuro, el sol se extravía, y llegan los cuervos y ennegrecen las ramas de los árboles esqueléticos, y el pavimento se cubre de hielo negro, y los habitantes se ocultan, y si salen lo hacen escondidos bajo capas de abrigo, bufandas y guantes, como si fueran astronautas en un planeta congelado. Afuera todo se moría y nosotros también nos moríamos un poco. Había que buscar refugio en bibliotecas, en cafés o pubs. Se supone que el invierno se acaba, pero ahora, 10 años después de mi huida, me cuesta acordarme de esas semanas sin frío. Sospecho de esas memorias. Durante mis años allá supe lo que significa habitar en un lugar así y escribir desde un lugar así, pero yo me fui, así como tantos otros, que llegan, se congelan, conocen la oscuridad y se van. Pero Edmundo sigue ahí, creo que siempre está en Ithaca, incluso en este momento pienso que está allá.

Hablo de él y de Ithaca porque no creo que se puedan separar, así como Lovecraft y Providence o Hawthorne y Salem. Y porque creo que este libro –Trazado– es justamente eso, un dibujo, un boceto, una cartografía de la mente de Edmundo. Es un mapa complejo porque Edmundo es zigzagueante, y digo esto porque pienso que es el mejor atributo que puede tener un escritor.

Nunca he creído en proyectos monolíticos, ni en la idea del escritor que encuentra su voz y se atiene a eso, creo que esas conductas empobrecen el potencial de la literatura. Edmundo para mí representa la libertad, escribe sin camisa de fuerza, sin dogmas, existe en una aldea nevada, donde hay 30 grados bajo cero, y donde el tiempo se detiene. Y desde ese lugar escribe sobre pueblos de mierda en las profundidades norteamericanas, escribe de Río Fugitivo, el doppelgänger de Cochabamba, escribe de hackers, de asesinos y chicos desaparecidos, de amor y de alquitrán político, escribe de criptogramas y de filosofía, de sexo y muerte, de lugares remotos, y tiempos futuros, de dioses paganos, de demonios cósmicos, de Malacosa y Xlött, de drogas, iluminación y divinidades. Y violencia, bella y terrible violencia. Edmundo no se parece a nadie, Edmundo no se parece a Edmundo. Mis años en Ithaca fueron valiosos, pude estudiar en una universidad tremenda y tuve la suerte de aprender mucho en ese entorno, pero lo que más valoro de mi experiencia en ese lugar fue poder encontrar a un amigo como Edmundo, y presenciar en tiempo real como escribía sus cuentos y novelas con esa libertad que tanto admiro. Eso es lo que más valoro.

Sé que él viaja, que se escapa de Ithaca cuando puede, pero en mi mente él está allá y escribe y escribe y escribe, y no le importa escribir de lo que se debe, solamente escribe lo que él quiere. Y claro, sabe que en Ithaca nadie lo puede tocar, porque hay bestias que rodean ese lugar, centinelas negros que lo protegen. Trazado es un libro que da testimonio de eso. Los cuentos que encierra son un recorrido por esos paisajes impredecibles que brotan en la mente de Edmundo. Entrar ahí es cruzar el puente, asomarse al abismo, sentir las cosas que respiran en los bosques nevados y malvados de Ithaca.

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