Agosto 20, 2016

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Si la caída de la Unión Soviética en 1989 convirtió al pensamiento marxista –y a todo crítico del capitalismo en realidad– en una disciplina similar a la filatelia, la crisis económica de 2008 fue la oportunidad para la reaparición en la escena intelectual de voces críticas que imaginan el futuro más próximo.

por patricio tapia

Con un termómetro metido en sus fauces, el capitalismo yace tendido en la sala de cuidados intensivos. El grave episodio que padeció en 2008 —la crisis financiera que eliminó un 13% de la producción mundial y un 20% del comercio internacional, forzando una operación de emergencia y grandes recursos para su recuperación— ha llevado a pensar que su enfermedad es más peligrosa de lo previsto. ¿Sobrevivirá o está fatalmente condenado? Y si es lo último, ¿hay que dejarlo expirar de muerte natural o apurar el doloroso trance?

Los estudiosos tienen opiniones divididas. En Does Capitalism Have a Future? (¿Tiene futuro el capitalismo?), cinco de los mayores especialistas en el campo de la política de los sistemas económicos y la sociología histórica —Immanuel Wallerstein, Randall Collins, Michael Mann, Craig Calhoun y Georgi Derluguian— se congregan en torno al paciente para entregar sus diagnósticos. Todos piensan que a mediados de este siglo vivirá una crisis mucho mayor que la reciente. Wallerstein y Collins prevén un colapso; Mann y Calhoun, en cambio, creen que perdurará, aunque rectificado por transformaciones drásticas; Derluguian, por último, rastrea lecciones del socialismo soviético, durante años su único rival.

Ya que casi desde sus orígenes el capitalismo enfrentó anuncios catastróficos, el pronóstico no es tan funesto. Incluso David Harvey, su radical detractor marxista, señalaba que el sistema nunca caerá por sí solo y habría que empujarle, según afirma en El enigma del capital y la crisis del capitalismo y en su más reciente Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo.

Tras dos siglos de dominar el mundo occidental, la crisis de 2008 puso en entredicho el vigor capitalista. Después de la debacle (y sus resabios), otras alarmas empezaron a encenderse, tanto desde fuera del sistema (una proyección demográfica sombría; un acelerado cambio climático) como al interior del mismo: crecen la desigualdad, las deudas y el desempleo; crecen las protestas y los indignados. Las erupciones sociales imprevisibles, a veces violentas, podrían ser indicadores de una crisis más profunda que la económica, y el agotamiento del actual sistema podría plantear un escenario más bien apocalíptico.

Las dos caras del futuro

Entre quienes auguran la desaparición más o menos rápida del capitalismo, no solo están los que sospechan un desastre mayor, sino también quienes tienen la esperanza de su reemplazo por algo mejor, algo llamado, no muy creativamente, postcapitalismo. El término lo acuñó Peter Drucker, impulsor de las alquímicas ciencias de la administración, y de él lo toma Paul Mason para su Postcapitalismo. También lo usan Nick Srnicek y Alex Williams en Inventing the Future (Inventar el futuro). Ambos libros son optimistas respecto de lo que viene, ambos se basan en puntos de vista compartidos, el fundamental de los cuales es la confianza en que los avances tecnológicos harían posible una sociedad emancipada.

Antes de apreciar las buenas caras, hay que observar las más adustas, como las de aquella congregación de sabios descifrando el porvenir capitalista. Allí Immanuel Wallerstein frunce el ceño al examinar los cambios a través de la tesis de los ciclos largos de Nikolai Kondratiev, ciclos de más o menos 50 años que muestran las alzas y crisis recurrentes en la historia del capitalismo; ciclos que también mantienen su equilibrio, roto ahora por el agotamiento de las posibilidades de acumulación del capital. La premisa de Wallerstein es que el capitalismo es un sistema y como tal tiene una vida finita y reglas: cuando alcanza su máxima extensión, inevitablemente entra en una crisis final. Comparte aspectos del análisis de Wallerstein, pero Randall Collins se enfoca en una única gran debilidad: el empobrecimiento de la clase media por las tecnologías de la información. La competencia capitalista crea innovación, la cual reduce la demanda de trabajo y los salarios; el desempleo más la expansión geográfica mercantil (que contribuye a abaratar el empleo) causará una crisis mayor que ahogará los mercados y provocará una gran reacción social, eventualmente violenta.

“Michael Mann no concede un papel tan importante a la economía: el capitalismo no sufre ninguna contradicción destructiva, puede vivir otro ciclo de crecimiento pagando bajos salarios (en África, por ejemplo). Para él, el mayor peligro está en el cambio climático y la degradación ambiental”.

Michael Mann no concede un papel tan importante a la economía: el capitalismo no sufre ninguna contradicción destructiva, puede vivir otro ciclo de crecimiento pagando bajos salarios (en África, por ejemplo). Para él, el mayor peligro está en el cambio climático y la degradación ambiental.

Craig Calhoun se ubica entre Wallerstein-Collins y Mann: concuerda en la importancia de las amenazas “externas” (la crisis climática), pero las contradicciones internas son más importantes de lo que reconoce Mann y la supervivencia del capitalismo radica en la renovación de sus instituciones sociales, pues el neoliberalismo sería insostenible.

Los rostros de Paul Mason, Nick Srnicek y Alex Williams, sin embargo, lucen menos acongojados. Sus miradas, levemente soñadoras, combinan el pensamiento de izquierda con la esperanza tecnológica. Consideran que las antiguas teorías sobre la lucha de clases y la acción revolucionaria son demasiado toscas para captar las posibilidades del momento actual. El futuro no llegará a través de un movimiento obrero, sino por el avance tecnológico y sus implicancias: reduce la necesidad de trabajar (la automatización); corroe la capacidad del mercado de formar precios (la información circula infinitamente y gratis); genera comportamientos que escapan de los presupuestos económicos (colaboración no egoísta).

El libro de Srnicek y Williams Inventing the Future plantea al menos tres aspectos principales: a) una crítica sostenida a la política de izquierda reciente, que ha abandonado las estrategias para construir alternativas al capitalismo, b) una exposición de cómo la izquierda debe aprender los procedimientos que ha usado el neoliberalismo para constituirse en una ideología hegemónica y c) un manifiesto fundamentalmente político con una serie de exigencias: la automatización total, la disminución de la semana laboral, la instauración de un ingreso básico universal y una menor valoración de la ética del trabajo. Si cada una de estas propuestas es un objetivo, su poder se expresa cuando se unen en un programa integrado.

A diferencia de Randall Collins, que señalaba como clave de su visión pesimista la desaparición de la clase media por sus trabajos automatizados (sin una masa de consumidores, el capitalismo no podrá sobrevivir cuando el desempleo empiece a llegar al 50 o 70 % de la población), Srnicek y Williams ven en ello una buena señal. Su mundo postcapitalista es un mundo post-trabajo, la gente ya no está atada a sus empleos “sino que es libre de crear sus propias vidas”. Recuerdan que los trabajadores pre-capitalistas (los campesinos), podían ser pobres, pero autosuficientes, su supervivencia no dependía de trabajar para otro; el capitalismo, dicen, cambió esto: los campesinos se convirtieron en proletariado.

Basados en el progreso tecnológico, creen posible el fin del trabajo, modificando su noción como parte de la cultura: aquella que lo considera el empleo algo tan necesario como dignificador. “El trabajo, no importa cuán degradante o mal pagado o inconveniente sea, es considerado un bien definitivo”, señalan. Cuando la plena automatización se alcance, entra el ingreso básico universal, que permitirá a las personas trabajar en lo que quieran o dedicarse a otras cosas. Sugieren, para empezar, un fin de semana laboral de tres días, pero (citando al escritor Arthur C. Clarke) “la meta del futuro es el pleno desempleo”. Por último, creen que su plataforma anti-trabajo y pro-automatización permitiría la unión de fuerzas de izquierda, con grupos antiracistas, feministas, anarquistas y medioambientalistas, entre otros, organizándose conjuntamente. Si estas ideas pueden parecer un desvarío utópico (y en algún sentido lo parecen), hay que conceder que son compartidas.

Como Srnicek y Williams, Paul Mason cree que en la sociedad postcapitalista las empresas deberían automatizar todos los procesos posibles; los gobiernos deberían garantizar un ingreso mínimo universal; y solo una parte de la población debería trabajar por dinero (el resto perseguirá fines no monetarios). Pero su Postcapitalismo es un libro mucho más ambicioso. Con varios hilos, entreteje un tapiz intelectual amplio. Considera que el capitalismo ha mostrado una gran capacidad de adaptación a los cambios, pero ha llegado a su límite y hay razones estructurales para esperar su fin. Su recuento se construye sobre una variante de la teoría de las ondas largas de Kondratiev, según la cual el capitalismo pasa por ciclos de estancamiento e innovación de cerca de 50 años.

El último ciclo comienza en 1989, pero es uno inusual. La caída del bloque soviético significó una aceleración (nuevos mercados, nueva mano de obra, nuevas empresas), la que unida a otros factores inusitados (la desmoralización del movimiento obrero organizado y el auge de las tecnologías de la información, entre otros), presenta una onda anómala, con la perduración de un descenso por cerca de 20 años, que demostraría que el ciclo se ha roto y que ahora no hay salida.

La esperanza radica en que vivimos en una sociedad que depende de la información, donde los componentes fundamentales de la economía clásica cambian de sentido o se vuelven inútiles. Así, los precios de los bienes informáticos bajan debido a las ventajas competitivas y a la libre circulación del “conocimiento”. A ello se une el progresivo reemplazo del trabajador por tecnología, que es a su vez crecientemente más barata. Mason agrega un argumento acerca de la imposibilidad de un capitalismo de la información basado en la teoría del labor-trabajo marxista (según la cual, el beneficio capitalista es en realidad la apropiación del valor solo producido por el trabajo remunerado).

En cierta forma, Mason ve el presente y el pasado como una lucha entre jerarquías y redes. Por supuesto, son mejores las redes. Ellas permiten a las personas participar en una labor constructiva, no importando las distancias, como una labor extra a sus trabajos normales. Mason cita a los editores de las entradas de Wikipedia o a los codificadores que contribuyen a las revisiones del sistema operativo de código abierto, Linux. Vislumbra un nuevo agente del cambio en la historia: el ser humano conectado.

De hecho, para Mason el gran ejemplo de institución postcapitalista es Wikipedia, la enciclopedia en línea, el mayor producto de información en el mundo y además una empresa sin fines de lucro, exitosa, que se basa en el trabajo voluntario de 27 mil editores. Llega a proponer incluso la actuación de los Estados bajo el modelo de Wikipedia, manteniendo sus funciones de coordinación y resolución de problemas globales. Por ejemplo, la “crisis climática”, punto en el cual Mason propugna un control centralizado, por lo menos en un primer momento: “Las administraciones —tanto nacionales como regionales— deberán asumir el control y, probablemente, la propiedad de todos los grandes productores de carbono”. A más largo plazo, formula, como parte de su “Proyecto Cero”, un programa que se basa en un sistema energético de cero emisiones de carbono, más máquinas, productos y servicios a coste marginal cero y reducción del tiempo de trabajo para acercarlo también a cero, de forma muy similar a lo planteado por Srnicek y Williams.

El libro de Mason, por otra parte, está jalonado de una suerte de pequeños ensayos sobre temas variados: desde la historia del propio economista Nikolai Kondratiev (quien desde el mayor prestigio cayó en desgracia y fue ejecutado por Stalin en 1938), la historia de la militancia obrera en el siglo XX, los efectos de la financiarización, un más bien oscuro escrito de Marx que lo inspira (el “Fragmento sobre las máquinas” de 1858), el desarrollo del software de código abierto o la política en la Rusia prerrevolucionaria.

Capitalismo, hegemonía, infocapitalismo y neoliberalismo

Al comienzo de Postcapitalismo, Mason señala que su intención es “cartografiar” las nuevas contradicciones del capitalismo para poder enfrentarlo. La principal contradicción actual, dice, es la que existe entre la abundancia del conocimiento y la mantención de un sistema basado en la escasez.

Cuando menos 16 otras discordancias apunta David Harvey en Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo, analizando los efectos de la acumulación capitalista en la vida cotidiana de las personas. No es un ejercicio del todo excéntrico, considerando que si la caída de la Unión Soviética en 1989 convirtió al pensamiento marxista en una disciplina similar a la filatelia, la crisis de 2008 fue la oportunidad para su reaparición en la escena intelectual.

Harvey parte de un modelo sobre cómo funciona el capitalismo y sobre la base de ese modelo explora por qué y cómo se producen las crisis periódicas. Las contradicciones entre capital y trabajo, competencia y monopolio, propiedad privada y Estado, centralización y descentralización, dinamismo e inercia, entre otras, son las que lo ocupan. Se muestra algo más que escéptico sobre las nuevas tecnologías y el capitalismo “basado en el conocimiento”: “Si la actual oleada de innovación apunta en alguna dirección, es hacia la disminución de las posibilidades de empleo para los trabajadores y el aumento de la importancia de las rentas derivadas de los derechos de propiedad intelectual para el capital”. Se podrían obtener enormes ventajas de la automatización, pero paradójicamente, las innovaciones se aplican más fácilmente a aumentar y no a disminuir la actividad especulativa. Tampoco se muestra amigo de los artilugios tecnológicos (a los que llama “armas de distracción masiva”). El infocapitalismo, el capitalismo de la información, del que habla Mason, no lo deslumbra.

“El principio rector del neoliberalismo no es el libre mercado, ni la disciplina fiscal, ni la firmeza monetaria, ni la privatización y la deslocalización…, ni siquiera la globalización. Todas estas cosas fueron subproductos o armas de su principal empeño: eliminar al obrerismo organizado del panorama socioeconómico”, escribe Paul Mason.

Y tiene algo de razón: ¿es una economía de la información tan aberrante para una economía neoliberal? El capitalismo se las ha arreglado para convivir con la abundancia y su concentración. Entre los “multimillonarios” (según la revista Forbes) o “el 1 por ciento más rico” de la población (según la expresión que hizo célebre el movimiento Ocupa Wall Street) hay no pocos magnates informáticos.

Una de las partes más interesantes del libro de Srnicek y Williams está en su crítica de la izquierda actual y sus apreciaciones sobre los límites del localismo y la pequeña escala a la hora de desafiar el dominio ideológico del neoliberalismo. Agrupan una serie de tácticas que llaman “política popular” o “de sentido común”, vinculadas a las acciones locales, no jerárquicas (“horizontales”), formas de acción directa e inmediata, desorganizada, que privilegia los particularismos o manifestaciones afectivas como los “Ocupa Wall Street”.

Todo ello constituye, según los autores, un retroceso de la tradición de una política militante, una especie de “política transmutada en pasatiempo” o “política como experiencia de drogas” antes que algo que pueda transformar la realidad. El neoliberalismo, en cambio, se ha integrado de tal forma en el modo de comprender el mundo que es difícil concebir alternativas. Su crónica de cómo el neoliberalismo, siendo una teoría seguida por un pequeño grupo, llegó a convertirse en la teoría dominante del capitalismo, es muy convincente. Cómo se ha infiltrado en las sociedades desarrolladas por medio de una amplia publicidad y partidarios con la estrategia explícita de ganarse la mente (y a veces el alma) de economistas, políticos, periodistas y publicistas, desde centros de estudios o think tanks, medios de comunicación o la academia. Esa hegemonía –en términos gramscianos– necesita ser construida, señalan. Para instalar un nuevo orden hegemónico se requiere un movimiento masivo populista (por populismo entienden “un tipo de lógica política por el cual un conjunto de diferentes identidades se entretejen contra un adversario común en la búsqueda de un nuevo mundo”).

El neoliberalismo, en todo caso, no es sinónimo de capitalismo (sino una variedad de él) ni la malvada ideología de la oligarquía emergente, ese “infame 1 por 100, que en realidad es un 0,1 por 100 aún más infame” (según Harvey). Quienes lo critican sostienen que su preferencia por un Estado mínimo y una mínima regulación favorece a los fuertes sobre los débiles y concluyen que los poderes estatales deben fortalecerse para proteger al vulnerable.

En The Rise and Fall of Neoliberal Capitalism (“El auge y caída del capitalismo neoliberal”), David Kotz presenta una clara exposición de sus desarrollos más importantes, el giro de la economía en los años 80: décadas de creciente desigualdad económica y reducción de servicios públicos hasta el estallido de la crisis económica en 2008, con su lenta (y algo tambaleante) recuperación. Si Paul Mason señala en su libro lo que el neoliberalismo no era, en realidad sí parece ser todo eso, incluyendo, tal vez, lo que Mason cree que es: “El principio rector del neoliberalismo no es el libre mercado, ni la disciplina fiscal, ni la firmeza monetaria, ni la privatización y la deslocalización…, ni siquiera la globalización. Todas estas cosas fueron subproductos o armas de su principal empeño: eliminar al obrerismo organizado del panorama socioeconómico”.

“La revolución digital ha puesto grandes poderes en las manos de los trabajadores, pero también en las de los banqueros. Probablemente, no se trata de que el capital no pueda sobrevivir a sus problemas, sino de que el costo de hacerlo resulte inaceptable para la mayoría de la población”.

El capitalismo neoliberal, dice Kotz, surgió en torno a 1980. Al centrarse en Estados Unidos no menciona a Chile sino en una nota, aunque nuestro país fue pionero en su implementación, años antes, bajo Pinochet, como refiere David Harvey en Breve historia del neoliberalismo. La única otra mención a Chile en los libros comentados está en el de Srnicek y Williams con el proyecto Synco o Cybersyn, el intento de planificación económica que buscaba poner en red a las empresas del Estado durante la Unidad Popular.

Kotz plantea que en relación con el producto interno bruto el tamaño del gobierno estadounidense no ha disminuido desde el comienzo de la era neoliberal, sino que se ha mantenido más o menos en el mismo nivel con algunas fluctuaciones cíclicas. Es más, en términos de gasto absoluto, el tamaño del Estado ha aumentado bastante en términos reales (la economía es mucho más grande de lo que era en 1980 y el gasto es igualmente mayor, a pesar de que la proporción se ha mantenido estable). Con todo, Kotz sostiene que Estados Unidos se ha vuelto neoliberal. Este punto de vista lo sustenta en que el neoliberalismo se define por el retiro estatal de las áreas clave de intervención económica, por ejemplo, ha renunciado al manejo keynesiano de la demanda y permitió la desregulación del sector financiero. El análisis que ofrece sugiere que el capitalismo no solo está en un período de crisis, sino en una crisis que no tiene una salida fácil.

“Tenemos que ser utópicos sin complejos”, señala Mason. Y él ciertamente lo es, al igual que Srnicek y Williams. Un capitalismo que va implosionar, millones de personas viviendo prósperamente y sin necesidad de trabajar, unidos en redes, para construir un mundo más justo, parece una versión bastante especulativa de la utopía. Su discusión, por cierto, se mueve en las sociedades desarrolladas. La perspectiva algo provinciana de que la caída de la clase obrera (del Norte global) impPostCapitalismlica el fin de todo desafío al capitalismo, no toma en cuenta al Sur global (Sudamérica, Asia del sudeste y África), con sus poblaciones y pauperización crecientes, ni las relaciones entre los desarrollos tecnológicos y los regímenes de producción extractiva (Srnicek y Williams apenas mencionan el problema climático como uno de los problemas estructurales más importantes que la “política popular” no podrá resolver). En realidad, ellos no describen en detalle cómo las sociedades pueden llegar a este mundo postcapitalista. La revolución digital ha puesto grandes poderes en las manos de los trabajadores, pero también en las de los banqueros. Probablemente, no se trata de que el capital no pueda sobrevivir a sus problemas, sino de que el costo de hacerlo resulte inaceptable para la mayoría de la población.

No solo quienes consideran al capitalismo como el más capital de los pecados capitales sacarán provecho de estos libros. Todos ellos abordan con claridad asuntos complejos y algunos escriben con brío sobre asuntos que podrían ser adormecedores. Por ejemplo, Paul Mason se pregunta qué pasará con el famoso 1% más rico del planeta de cumplirse su programa. Responde: se harán más pobres y, de paso, más felices. No se consumirán en una oligarquía. “El 99% va a rescatarlos. El postcapitalismo los hará libres”.

 

 

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