El dilema de la herencia

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Abril 19, 2017

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En El monarca de las sombras, su última novela, Cercas dista mucho de convencer. La apertura del texto, briosa como siempre, cede lugar a una serie de pasajes que parecen bastante básicos. Porque esta novela que habla sobre la imprecisión del recuerdo y las dificultades de hurgar en el pasado –grandes temas, por cierto– está poblada de frases clichés o ramplonas, como: “La verdad es que uno era de donde había dado su primer beso”.

por lorena amaro

Sería estúpido no reconocer en un autor como Javier Cercas, con varios ensayos y novelas publicados (como la aplaudida Soldados de Salamina), no uno sino muchos talentos: es raro que un relato suyo no atrape en las primeras páginas, o que no se sienta lo que podríamos llamar el espesor de sus tramas, en que es evidente su trabajo como observador del mundo, siempre atento a historias y voces, también siempre fino en la construcción de universos en que ficción y realidad suelen traslaparse. Es así: lees las primeras páginas de una novela de Cercas y te preguntas quién puede en Chile hacer algo similar a lo que él hace en España. Quizás Edwards lo intentó. ¿Alguien más? ¿Quién investiga, quién logra entremezclar de ese modo ficción histórica y reflexión vital?

Sin embargo, en El monarca de las sombras, su última novela, Cercas dista mucho de convencer. La apertura del texto, briosa como siempre, cede lugar a una serie de pasajes que parecen, más allá del deliberado uso que el novelista suele hacer de la metaliteratura, impostados, casi declamativos.

La trama gira en torno a Manuel Mena, tío abuelo del escritor, muerto durante la peor de las batallas de la Guerra Civil, la del Ebro, cuando era oficial de las fuerzas franquistas y contaba con tan solo 19 años. Una figura que en la imaginación de la madre de Cercas, una niña cuando él murió, ha crecido con los años de manera trágica y romántica. Un fantasma familiar, un héroe sombrío, de bando equivocado, que lleva al narrador a oscilar entre la vergüenza y el deseo de comprensión.

El dilema, como lo plantea una y otra vez el narrador, es la herencia: “…sentí que estaba en la cima del tiempo, en la cumbre infinitesimal y fugacísima y portentosa y cotidiana de la historia, en el presente eterno, con la legión incalculable de mis antepasados debajo de mí, integrados en mí, con toda su carne y su sangre y sus huesos convertidos en mis huesos y mi sangre y mi carne, con toda su vida pasada convertida en mi vida presente, haciéndome cargo de todos, convertido en todos o más bien siendo todos, comprendí que escribir sobre Manuel Mera era escribir sobre mí, que su biografía era mi biografía, que sus errores y sus responsabilidades y su culpa y su vergüenza y su miseria y su muerte y sus derrotas y su espanto (…) eran los míos”.

La trama gira en torno a Manuel Mena, tío abuelo del escritor, muerto durante la peor de las batallas de la Guerra Civil, la del Ebro, cuando era oficial de las fuerzas franquistas y contaba con tan solo 19 años. Un fantasma familiar, un héroe sombrío, de bando equivocado, que lleva al narrador a oscilar entre la vergüenza y el deseo de comprensión.

¿Cómo asumir la herencia franquista de ese tío que tal vez ni siquiera llegó a ser franquista, sino que fue, como insinúa Cercas, una víctima, un joven idealista que adhirió no al franquismo, ni siquiera a la Falange, sino específicamente a las ideas de José Primo de Rivera?

El juego de Cercas es involucrar al lector en la búsqueda biográfica del escritor. En el mundo anglosajón este tipo de texto recibe un nombre: “quest”. Famosos son libros como En busca del barón Corvo: un narrador obsesionado por el personaje va en busca de correspondencia, testimonios, documentos, los que sean, que vayan permitiéndole configurar una imagen. En el caso de Cercas, esta búsqueda de su tío abuelo lo lleva a él mismo a su pueblo natal, Ibahernando, en una interrogación del pasado que configura hasta cierto punto lo que él es en el presente. La narración, que alterna los episodios de la vida del tío abuelo y el relato sobre la búsqueda de “Javier Cercas”, transfigurado por el uso de la tercera persona en personaje, abunda en imágenes sobre la imprecisión del recuerdo y las dificultades de hurgar en el pasado. Una voz impostada repiquetea a lo largo de varias páginas: “…yo no soy un literato y no puedo fantasear, solo puedo atenerme a los hechos, y el hecho es que no sabemos si así fue, y que es casi seguro que nunca lo sabremos. Porque el pasado es un pozo insondable en cuya negrura apenas alcanzamos a percibir destellos de verdad, y de Manuel Mena y su historia es infinitamente menos lo que conocemos que lo que ignoramos”.

Desde luego, Cercas no se atiene a los hechos, pero no porque imagine libremente los últimos días de Manuel Mena, sino porque más que biografiar le interesa lo que ese pasado de su pariente puede decir sobre la Guerra Civil, sobre la convivencia en España, sobre las herencias familiares, sobre las taras políticas que aquel país no ha logrado superar. Es el personaje “Javier Cercas”, “él”, quien es descendiente de una familia “facha”, de la cual en realidad no puede saberse a ciencia cierta si envió a alguien a la muerte, injustamente. El desdoblamiento operado por Cercas lo distancia de la inminencia de la culpa, que en sus diálogos con el personaje “David Trueba” (el reflejo novelesco del director que llevó al cine una adaptación de Soldados de Salamina) se debate precisamente entre la culpa y la “responsabilidad” de su herencia.

Tan importante como la historia del tío del autor, es la de su madre, nacida en Extremadura y arrastrada por las penurias de la posguerra a Cataluña. De este modo, la novela presenta otro subtexto: el drama de muchas familias españolas que debieron desplazarse tras la guerra en busca de trabajo y comida, especie de exilio que en el caso de su madre impactó en su identidad de patricia de provincias para llevarla al solitario anonimato y el destierro de la lengua en Girona. Tocar estos temas no es nada fácil en España. Es por esto que un relato así no puede pecar de ingenuo y eso es lo que sorprende del libro de Cercas. Sorprende que, por ejemplo, tras dar muchas vueltas al destierro materno y a la relación avergonzada de él mismo con su pueblo, el narrador remate sus reflexiones con esta cursilería: “La verdad es que uno era de donde había dado su primer beso y de donde había visto su primer western, y que yo no me sentía ni catalán ni extremeño: me sentía de Ibahernando”. Con esto el libro no parece ir mucho más allá de una ramplona defensa de la patria como pueblo chico. Esto despolitiza la narración, en un país donde hoy existen urgentes reclamos independentistas y autonomistas.

El monarca de las sombras es una novela metaliteraria en que las alusiones a Homero, Dino Buzzati, Antonioni, Danilo Kis, Hannah Arendt, parecen fortalecer sus reflexiones, por momentos seductoras y estéticas, pero donde se cuelan otras reflexiones bastante básicas, que no profundizan lo que de verdad está en juego: el sufrimiento como país y la conciencia que se tiene acerca de la propia familia. La conversación de “Javier Cercas” con su primo Alejandro, político de trayectoria, es, en este sentido, insufrible: “La frase de Alejandro sonó con el timbre inconfundible de la verdad”, dice. ¿Qué frase? “Yo me hice político para que no volviera a pasar”: su primo, miembro socialista del Parlamento Europeo, alude, claro, a la guerra. A la confrontación de las famosas dos Españas, que en realidad no son dos: son múltiples y escarpadas. La narrativa de Cercas, lejos de acercarnos a ellas, nos entrega un relato estereotipado de sus herencias.

 

el monarca de las sombras

El monarca de las sombras, Javier Cercas, Literatura Random House, 2017, 281 páginas, $12.000.

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