El discreto encanto de la burguesía

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por andrea kottow

Lo que no quise decir corresponde a la escritura autobiográfica de Sándor Márai comprendida entre los años 1938 y 1948, década crucial no solo en la vida de un Márai en plena edad adulta –tenía 38 años al inicio de este tiempo–, sino también para la historia de Hungría. El escritor por deseo propio había excluido estas páginas de sus contundentes volúmenes autobiográficos, Confesiones de un burgués y ¡Tierra, Tierra!

Lo que no quise decir: el título nos hace pensar en que decir sin querer decir implica un conflicto entre la voluntad y la necesidad. Y nos pone a nosotros, sus lectores, en la posición de indagar en la naturaleza de este conflicto.

En este breve texto –mezcla de autobiografía y reflexión histórico-política–, Sándor Márai vuelve su mirada sobre los años que transcurren entre el así llamado Anschluss (la anexión de Austria a la Alemania nazi) en 1938 y el año en que Márai abandona una Hungría ocupada por los rusos. Son 10 años convulsos, en los que su país ve resquebrajarse su posición dentro de Europa: dejaría de ser un espacio multicultural, un espacio en el que convivían en armonía lenguas, religiones y tradiciones de húngaros, suabos y judíos. En un momento parecía que la guerra devastaba a todas las naciones a su alrededor, mientras que Hungría se mantenía en calma, no obstante encontrarse en el ojo del huracán.

sandor marai

Márai, en este primer tiempo, sigue sus rutinas sin mayores perturbaciones. Era ya un escritor de prestigio, reconocido más allá de las fronteras de su patria y traducido a varios idiomas. Tras el cambio político que implica el Anschluss, si bien recela del giro germanófilo de su país –el que ve reflejado en una suerte de euforia agresiva en muchos de sus compatriotas– sigue sentándose diariamente a escribir lo que su disciplina había convertido en la justa medida del trabajo: 35 líneas: “Lo cierto es que en esto era muy estricto y siempre cumplía con la tarea diaria; una única página manuscrita. Ni algún que otro exceso, haber bebido vino la noche anterior, u otras tareas pendientes; nada me impedía sentarme al escritorio a las 11 de la mañana y escribir aquellas pocas líneas”.

Pero en esos 10 años que abarca el período del libro se le hará cada vez más difícil seguir escribiendo y reconocer su lugar dentro de una cultura que entra en un proceso de brutal destrucción. Con mirada severa y opiniones fundadas, Márai pasa revisión de las políticas erráticas de su patria; y con tristeza observa el avance de los totalitarismos tanto alemán como soviético, los que terminan por engullir a toda Europa.

Esto se convierte, precisamente, en el punto de fuga de su texto: el destino de la burguesía, a la cual Márai vincula con una serie de valores y principios. “Siempre he sido un burgués y lo sigo siendo, así que me he puesto las gafas y he tratado de descifrar el sentido de la pregunta a la luz encarnada del incendio del mundo: ¿aún tengo derecho a vivir, a trabajar? A mí, al burgués, ¿me queda alguna misión en el mundo?”.

Sándor Márai –como Stefan Zweig, Italo Svevo o Joseph Roth– no quisiera sino responder esta pregunta afirmativamente. Se aferra al humanismo, que sitúa en el seno de la cultura burguesa, con algo de ingenuidad. ¿No son acaso, como lo plantean Horkheimer y Adorno, precisamente los valores ilustrados los que generaron los totalitarismos? O como plantearía incómodamente George Steiner a la luz del refinamiento alcanzado por la cultura centroeuropea, ¿no deshumanizan las humanidades?

Márai pareciera adherir a una suerte de teoría de la excepción, a partir de la cual el desarrollo feroz de la Europa del siglo XX puede ser visto como un paréntesis, del cual la burguesía puede y debe distanciarse para volver a restaurar su orden y su Weltanschauung. Un burgués en búsqueda de su salvación: quizás sea eso lo que no quiso decir, pero no pudo dejar de hacerlo.

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