Octubre 22, 2016

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Maier, como Petrignani y Perec, explora el mundo de la infancia y la juventud. Si se sumaran los retazos de El libro de los bolsillos, quizás hallaríamos un Amarcord del siglo XXI, pero lo interesante es que estén así, deshilvanados, potentes en sí mismos como si las páginas guardaran una serie de pop-ups del pasado, cada uno con sus notas generacionales y su melancolía propias.

por lorena amaro

“Aún conservo el talento de no meter ruido”, escribe Gonzalo Maier en uno de los breves fragmentos de El libro de los bolsillos, para referir la historia de un niño al que le gusta aparecer sigilosamente y sorprender a sus padres como un ninja, una imagen que de algún modo define la narrativa de este escritor: lateral, silenciosa, lúdica. Ya en su libro Leyendo a Vila-Matas (2011) predominaba la aparición en “puntillas”: los temas e historias que refiere Maier son excéntricos, inesperados y de una intimidad bienhumorada, suavemente irónica. Tanto aquel libro como Material rodante (2015), cifraban la mirada en el viaje, en desplazamientos reiterados y obligadamente rutinarios que sin embargo permitían asomarse, más allá de lo banal, a lo cómico, lo íntimo o lo inquietante.

En este nuevo libro, que se gesta ya no a partir de la mirada en movimiento, sino desde un registro cercano al del coleccionista, Maier nuevamente invita al lector al juego exquisito, muy inusual en nuestra literatura, de seguir las digresiones y aventurarse un poco más allá, a un lugar donde muy probablemente no encontremos ningún cierre narrativo, ninguna conclusión, ningún remate magistral, sino simplemente el placer de haberse dejado llevar por la ficción. Así ocurre en uno de los relatos más bellos del libro, “Mapa del tesoro”: “Salgari murió en el norte de Italia como si fuera un responsable samurái y vivió como un burgués despreocupado que, en realidad, luchaba por la revolución y la justicia. También estuvieron sus libros, pero sobre todo la certeza de que sin importar el lugar ni el tiempo, la valentía siempre es posible. Que es solo un asunto de voluntad. En eso pienso en noches despejadas y llenas de estrellas, como esta misma, en que recuerdo una mañana de verano, cuando estaba en traje de baño junto a mi padre, los dos con la guata al aire, en medio de una playa llena de quitasoles, extendiendo un mapa muy arrugado que yo llevaba en un bolsillo…”.

Maier está consciente de que su escritura ocupa un lugar inusual. Un mundo en el que antes habitaron diletantes que transitaron por el ensayo, los aforismos y los catálogos, como Montaigne, Pessoa o Perec, autores situados en la orilla menos aplaudida del ejercicio literario: “Supongo que por eso mismo, por esa renuncia a leer novelas o cuentos que podría escribir cualquiera, terminé viviendo en el extraño e indefinido mundo de la marginalia, las digresiones y las frases sueltas”, escribe.

bolsillo (1)

Es sobre todo Perec el que parece más presente en este libro, estructurado como una suerte de catálogo de objetos que no solo recuerda las listas perequianas, sino también un libro publicado en Italia por Sandra Petrignani, Catálogo de juguetes. Y las asociaciones, en ambos casos, trascienden al puro acercamiento inventarial: Maier, como Petrignani y Perec, explora en sus textos el mundo de la infancia y la juventud. Si se sumaran los retazos de El libro de los bolsillos, quizás hallaríamos un Amarcord del siglo XXI, pero lo interesante es que estén así, deshilvanados, potentes en sí mismos como si las páginas guardaran una serie de pop-ups del pasado, cada uno con sus notas generacionales y su melancolía propias, un conjunto de relatos en que se puede percibir el gusto por el oficio, el cuidado de la escritura, la prolijidad de la narrativa de Maier, quien, junto con Matías Celedón, probablemente sea uno de los nuevos escritores chilenos más originales (y también sigilosos) de la actualidad.

Los momentos menos convincentes del libro son aquellos en que la infancia, la juventud o las historias íntimas han sido desplazadas por algún objeto que parece obligado en la lista, quizás para completar una serie más rica o numerosa. En algunas de esas entradas, que podrían ser eliminadas o reformuladas, se prescinde de lo que ha hecho valiosos a estos textos: la capacidad de relatar, de traer al presente algo arcano y perdido. Así ocurre, por ejemplo, en la viñeta “Folleto”. O en “Lista de compras”, en que las digresiones culminan con un cierre en exceso sentencioso y lógico.

Alguno podrá decir que la narrativa de Maier es la de un flâneur despreocupado (de manos en los bolsillos), aburguesada, sin ambiciones literarias ni políticas. Lo cierto es que muchos autores más comprometidos y ambiciosos no consiguen perfilar una voz como la suya, aguda en sus observaciones cotidianas y estética (y en ese sentido, política) en su formulación. Lo suyo es lo que Benjamin llamó “iluminaciones profanas”: dialécticas de la imagen, del pasado y del presente; reverberaciones de sentido, quiebre de los lugares comunes, que remueven al lector y lo llevan a otra parte, a un lugar más inestable, a veces también más incómodo. Es lo que ocurre en el último relato, en que una pareja deambula por Berlín buscando una dirección, una noche de Año Nuevo, pocas horas antes de tomar un avión que los llevará a Chile: “Tal como sucedía en muchos de los libros raros que leía por esos días, para el final de nuestra expedición ya buscábamos otra cosa”.

El libro de los bolsillos es uno de los libros más originales que nos haya ofrecido este año la narrativa chilena. Y, sencillamente, se agradece.

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