Diciembre 4, 2017

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En 2009, cuando se realizó la primera versión de este evento, se juntaron 18 editoriales. Este fin de semana fueron 126 los expositores nacionales que se reunieron en el GAM. Una prueba del florecimiento de editoriales independientes, así como de la fidelidad de un público lector que asiste a un evento donde prevalece la literatura de punta y los autores emergentes chilenos.

por matías hinojosa

Uno a uno van pasando al escenario. Cualquiera puede hacerlo, solo basta con pedirlo. La única condición es no sobrepasarse en el tiempo. Todos tienen tres minutos, ni un segundo más. No importa el género o el tema del texto, cada participante puede leer lo que quiera. Sobre el escenario, algunos tiemblan nerviosos e intentan controlar la voz, otros lo enfrentan con mayor aplomo. Cada uno, sin embargo, da lo mejor de sí. Es otra versión de la “Lectura furiosa”, actividad que cierra la Furia del Libro y que se ha convertido en una tradición de este encuentro literario. Poemas y narraciones salen de los parlantes del GAM, mientras cae la tarde en Santiago. La XI edición de la Furia poco a poco llega a su fin.

“Es hasta la fecha nuestra edición más exitosa. A través de la difusión que hacen las editoriales, sumado a los libros que se esfuerzan en publicar para esta fecha, han convertido a este proyecto en algo muy interesante para el público”, dice Galo Ghigliotto, director del evento y de editorial Cuneta.

Pese a la envergadura que ha tomado con los años, la feria conserva un ambiente de camaradería y compañerismo. Los expositores, en su mayoría, se conocen y son amigos. Buena parte del público tampoco es ajeno a la escena.

La “Lectura furiosa” fue una de las 54 actividades que presentó el programa de la feria durante sus cuatro días de funcionamiento. Hubo más de una decena de lanzamientos, mesas de conversación, talleres y lecturas. Y se contó con la visita de editoriales argentinas e invitados internacionales. Sin embargo, más allá del crecimiento evidente que ha experimentado el evento, su espíritu sigue siendo el mismo de siempre. Una vistazo general a la feria lo demuestra: todos los expositores cuentan más o menos con el mismo espacio. Editoriales históricas de la escena independiente, se mezclan indistintamente con otras de reciente creación. Y los visitantes tampoco parecen hacer diferencias. Pese a tener puntos de mayor atracción, el tránsito del público se distribuye armónicamente por todo el circuito de mesones, que uno al lado del otro dibujan una línea serpenteante que atraviesa de extremo a extremo los patios del GAM. La disposición, de algún modo, invita a recorrerla en su totalidad, pues no hay mesón que no encierre la promesa de un hallazgo.

Fueron 126 los expositores chilenos reunidos en esta ocasión, hecho que reafirma la buena salud de la que goza la producción independiente en nuestro país. Hoy los organizadores recuerdan entre risas esa primera versión realizada en junio de 2009, donde se juntaron 18 editoriales, pero con un escaso número de asistentes. “Siendo sincero, fue un fracaso en público: llegaron 300 personas y todos eran amigos”, cuenta Guido Arroyo, director del sello Alquimia. “En la primera feria el fenómeno de la edición independiente todavía no se consolidaba, de hecho era algo muy incidental. Me acuerdo que eran en su mayoría libros hechos a mano, ninguno tenía ISBN ni medios de distribución, mucho menos contaban con un horizonte comercial o de prensa. Esa iniciativa respondió a la lógica contracultural que teníamos varios sellos. Me acuerdo que fue tan patética esa primera versión que incluso participó una editorial que no tenía libros publicados. Había, eso sí, mucha emergencia por visibilizar algo que estaba germinando”.

Como Matamoscas, que llegó a Santiago con solo 10 copias impresas del único título de su catálogo, hay una decena de pequeños sellos que trabajan al margen de las librerías, muchos de ellos de cuño anarquista, cuya circulación se restringe únicamente a este tipo de encuentros.

“Nuestra idea fue hacer visible libros que no tenían ninguna forma de difusión, porque no los aceptaban en librerías y no aparecían reseñados en la prensa”, complementa Ghigliotto. “De pronto se dio un boom de las llamadas editoriales independientes y tuvimos repercusión en la prensa y el público comenzó a crecer y a crecer. Fue lindo, porque era gente que buscaba a la edición independiente, sin saber que la edición independiente existía. Y cuando se encontraron con lo que hacían estas editoriales, se fidelizaron rápidamente”.

El catálogo de Alquimia es actualmente uno de los más sólidos. Su stand es de aquellos puntos de la feria donde los asistentes se aglutinan. Para ellos, la Furia del Libro se ha convertido en el hito más importante del año y publican buena parte de sus novedades en el marco de este encuentro. “En la Filsa, por ejemplo, trabajamos con un anillo de lectores mucho más amplio y que resulta desconocido para nosotros”, agrega Arroyo. “A esta feria, por el contrario, asisten los lectores que son mucho más cercanos a nuestro catálogo. Eso nos interpela como editorial en seguir apostando por este espacio. La Filsa, por otra parte, es una feria súper prohibitiva en términos comerciales, donde los independientes no estamos muy considerados. Por eso no llevamos novedades importantes a esa feria; de hecho este año fuimos con un tercio de nuestro catálogo: solamente lo más comercial. Es por eso que la Furia es el momento del año más importante para nosotros. Gran parte de las editoriales independientes nos fuimos profesionalizando gracias a ella, porque nos obliga de alguna manera a llegar con novedades”.

Pese a la envergadura que ha tomado con los años, la feria conserva un ambiente de camaradería y compañerismo. Los expositores, en su mayoría, se conocen y son amigos. Buena parte del público tampoco es ajeno a la escena. El diálogo es permanente en los pasillos y entre los stands. Pero también es una instancia para iniciar lazos. “Me gusta venir a la feria porque conozco gente y veo cosas. Me compro fanzines. Ayer, por ejemplo, conocí a Gustavo Bernal (autor de Rabiosa) y, como soy de Valparaíso, me quedé en su casa. No tenía donde dormir”, cuenta René del Fierro, editor en Matamoscas, sello de Valparaíso que participa por primera vez. Con unos pocos fanzines y apenas un libro publicado, Del Fierro destaca el contacto que propicia esta instancia entre los lectores y aquellas producciones que permanecen fuera del circuito comercial.

“Ya no basta con leer”, decía el afiche de la feria, que toma prestada la portada de la película de Aldo Francia. Poco a poco se vacía el lugar. ¿Quién iba a pensarlo? En la Furia no hay furia. Más bien alegría y satisfacción por el trabajo bien hecho.

Como Matamoscas, que llegó a Santiago con solo 10 copias impresas del único título de su catálogo, hay una decena de pequeños sellos que trabajan al margen de las librerías, muchos de ellos de cuño anarquista, cuya circulación se restringe únicamente a este tipo de encuentros. Además de autores nacionales y géneros no comerciales, estas editoriales publican ediciones a bajo costo de escritores como Orwell, Foucault, Sartre, Simone de Beauvoir, Zizek y Judith Butler. “Aquí encuentro a muy buen precio libros de filosofía, que por lo general son caros. Estas editoriales creo que cobran lo justo. Me parece que sienten una responsabilidad por acercar estos textos a la gente”, dice Diego Contreras, uno de los asistentes. A simple vista, llama la atención la variedad de catálogos y las distintas formas de impresión que pone en práctica cada sello. Desde la presentación más convencional hasta libros de confección artesanal, cada editorial se esmera por ofrecer una propuesta particular. “Estos libros son hechos a pulso, con más cariño que con plata”, afirma Ghigliotto. “El compromiso del editor independiente es distinto. Y ese compromiso no solo es con el escritor, sino también con el público. Cuando tienes una editorial pequeña y los recursos son limitados, el editor solo puede apostar por aquellos proyectos en los cuales cree y está convencido de su calidad”.

Termina la “Lectura furiosa”. A esa misma hora, en una sala del GAM, Raúl Zurita lee junto al poeta norteamericano Daniel Borzutzky. Estamos en los estertores de otra edición de la Furia. Las editoriales argentinas hacen ofertones de último minuto, mientras otros stands comienzan a guardar sus textos. “Ya no basta con leer”, decía el afiche de la feria, que toma prestada la portada de la película de Aldo Francia. Poco a poco se vacía el lugar. ¿Quién iba a pensarlo? En la Furia no hay furia. Más bien alegría y satisfacción por el trabajo bien hecho. No fue un fin de semana cualquiera.

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