Octubre 29, 2016

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Planeta No es parte de la nueva camada de bandas del llamado “paraíso del pop”, una tanda conformada por Patio Solar, El Cómodo Silencio de los que Hablan Poco, My Light Shines For You, Niños del Cerro y Paracaidistas, entre otros. Su principal característica es la recuperación de las guitarras como elemento principal y la autogestión. Todos suben sus canciones, ya sea en YouTube, Bandcamp o Soundcloud, y tocan en centros sociales y galpones.

por constanza gutiérrez

Hace algunos años, en el 2011, el suplemento Tentaciones del diario El País de España, titulaba: “Chile, el paraíso del pop”, refiriéndose a la camada de músicos que venía sonando desde más o menos el 2005 y cuyas caras más visibles en este momento son Anita Tijoux, Gepe y Javiera Mena. En ese artículo se hablaba de la irrupción de las bandas pop chilenas en el panorama internacional, destacando la figura de Fakuta y el dúo Dënver, además de los ya mencionados, y se intentaba encontrar una explicación a esta aparición repentina. Por ejemplo, la influencia de Los Prisioneros. También el acceso a internet y la descarga gratuita de discos. Pero de esa oleada ya han pasado años y artistas como Gepe y Javiera Mena ya no son un saber exclusivo de adolescentes entusiastas de la música: ambos han tocado en el Festival de Viña, son conocidos por todo Chile.

Entonces aparece un recambio, una nueva tanda de artistas pop cuya principal característica es la recuperación de las guitarras como elemento principal, dejando de lado los sintetizadores, y la continuación del trabajo autogestionado con el que comenzó la camada anterior. Trabajan en conjunto y buscan un nuevo modo de transacción, intentando generar un modelo de difusión que se oponga al tradicional (algunos no tienen ni disco y solo difunden tocando en vivo o por internet). Todos suben sus canciones, ya sea en YouTube, Bandcamp, Soundcloud o todas las anteriores, y tocan en bares, si bien han agregado centros sociales y culturales, y galpones.

Entre esas bandas está Planeta No. Formada en el año 2011 por el chillanejo Gonzalo García y los penquistas Camilo Molina y Pablo Garín, quienes también fueron bajo en Dënver y batería en Ases Falsos, respectivamente. Los tres llegaron a Santiago para estudiar música, sin conocer a nadie que trabajara en el medio, y a punta de trabajo han hecho giras por México, Perú y España —donde tocaron en el festival Primavera Sound, uno de los más importantes del mundo— y han publicado un EP, Matucana (2014, Beast Discos), y un disco, Odio (2015, Sello Azul).

Gonzalo García es el vocalista y la cara visible de Planeta No. Vivió en Chillán hasta los 14 años, cuando se mudó, junto a su familia, a Concepción, donde hizo sus primeros trabajos como roadie. Se acercó a la música lentamente. Primero, en la pubertad, inventando canciones y cambiando la letra de algunas ya existentes para luego hacerles videoclips con su hermano. Al salir del colegio obtuvo 850 puntos en la PSU de Historia y, para no desaprovecharlo, entró a estudiar Ciencias Políticas, carrera que dejó antes de terminar el año. De esa experiencia rescata más a sus compañeros, y las lecturas que estos le recomendaron, que a sus profesores. La sala de clases lo deprimió, comenzó a faltar. Entonces decidió dedicarse a la música, y vino a Santiago para estudiar en el Arcis.

— ¿Cómo fue el proceso de entrar en la escena musical santiaguina siendo de afuera?

—Difícil, lento. Sobre todo lento. Trabajé en el bar Loreto como copero y de roadie de bandas, principalmente de los Dënver. A los Dënver, al Milton (Mahan), le escribí directamente algo así como “Oye, quiero ser tu roadie”, y ahí aprendí un montón y conocí más gente. No sé si eso me insertó en una escena, pero sí en una profesión.

—¿Cómo se edita un primer disco hoy?

—Depende caleta, sería alumbrado decir un mecanismo… pero hay que encontrar el mecanismo. Todos lo hacen, en todo caso. Depende de cómo funcionas en la sociedad y ahí veís cuánta plata y tiempo inviertes o gastas en ello, y cómo tiene que quedar el disco. Hay un montón de músicos, o aficionados, trabajadores de música que no se cuestionan eso y, además de no cuestionárselo, no le achuntan. Entonces gastan cinco millones en su disco que suena brígidamente técnico, pero no estudiaron bien lo estético de lo que estaban haciendo y, sobre todo, como no tocan, nadie pescó el disco y se botó esa energía. Eso es charcha y pasa caleta.

—¿Y cuál fue tu camino para grabar uno? ¿Cómo se hace, cuánto cuesta?

—Yo trabajo en estudios de grabación desde chico y, cuando llegamos a Santiago, busqué la dirección del estudio de los discos que me gustaban a mí, que eran de Teleradio Donoso y de Alex Anwandter, el estudio Triana. Y fui y pregunté cuánto costaba y cómo se hacía, una pregunta similar a la tuya, de hecho. Me recibió Carlos Barros, ingeniero en sonido de ese estudio, y fue entusiasta de que yo quisiera hacer un disco, pero sobre todo no fue un timador ante mi falta de conocimiento sobre el tema. Eso fue bacán porque es muy raro. No quiero decir que esté lleno de estafadores, pero está lleno de ingenieros que dicen: “Yo cobro tanto y si tú querís lo hacís po”, como si fueran un doctor, y resulta que la cosa no es así porque el disco no necesariamente después funciona, como te explicaba. Y él me fue orientando, me presentó a Alex Anwandter, trabajé con él. En paralelo me insertaba de roadie, entonces conocí a otras bandas y vi cómo hacían sus discos. Hay discos que se hacen en la casa, hay discos que para los que se graba una parte en un estudio, porque es lo más difícil, sobre todo la batería, que requiere mucho micrófono; el resto de cosas en general lo hacen en una casa. Se le llama home studio a lo que tienen músicos que juntaron plata o la tenían y montaron un estudio chico para grabar cosas chicas, como guitarras, teclados, voces. La mayoría de los discos se hacen así ahora.

—¿Por qué o cómo fue que elegiste el pop?

—No sé qué otra cosa podría haber elegido, en verdad. Quizás folklore, pero no tengo las características de un folklorista. El punto es que no lo elegí.

—¿El pop te eligió?

—Sí po. Nací en estos años, pertenezco al tercer mundo, que es súper compenetrado con la volada occidental, la música que conozco es grabada, no tuve la educación para conocer música clásica cuando chico (para conocerla bien, más allá de saber que existe). Y el folklore tampoco. Más encima, no soy muy talentoso musicalmente, así que tampoco me hubiese ido muy bien practicándolo… quizás el rap me hubiese llamado, si me hubiese topado con él más chico.

—¿Te incomoda ser un referente?

—Me gustaría cambiar la lógica de eso. Evidentemente, no tengo el poder para hacerlo, pero puedo practicarlo. No cambiar el fenómeno de que yo sea la cara visible, porque si dejo de hacerlo lo cambio para mí, y eso sería escapar, como un hippie. Quisiera que esa lógica cambie y hay que forzarlo y pelear, y eso es hueviado y es de día a día. No podría decir cosas concretas, hay un montón de hueás chicas en torno a la música y al ejercicio profesional de ella que tienen relación con un resabio de pensamiento que indica que conocer al músico es bacán, que el músico ha de tener compensaciones o hueás bacanes, más bacanes que el resto, comida o que se le abran puertas, no sé. A ratos me siento como que me están compensando porque soy menos, como si fuera una especie de mujer, como cuando a las mujeres las tratan bien porque las consideran menos, o que me están dando un trato de estrella, lo que me parece una mierda porque no soy nada. Encima, la mayor parte de las veces vivo peor que la persona que me está entregando ese trato preferencial.

—¿Cuál crees que es el lugar que ocupa el artista pop en nuestra sociedad?

—Un loco que trabaja en música no es más que un payaso de entretención de los demás, y eso no me parece grave. Antes su lugar era súper de payaso de la corte, ahora quizás menos, o quisiera creer que menos porque ahora ese soy yo. Depende del artista y para quién juega, pero está entreteniendo a los demás no más, y ahí podrá meter ideas o ayudar a cuestionar ideas, quizás las suyas o quizás solo cuestionar. Ese es su poder, no es mucho, pero sirve algo.

—¿Y cuáles son las ideas que quieres meter o cuestionar?

—Yo creo que no me gusta el mundo y no puedo evitar decirlo, pero eso es algo negativo de exponer, es feo. Entonces hago canciones y digo cosas. No me gusta cómo viven los pobres. Y las mujeres. Tenemos en nuestra cabeza un futuro y posibilidades muy grises y sobre todo de reconocernos/negarnos como otredad, comparado a lo que sería si eres hombre, si eres rico, si eres gringo, o ser de la capital. Como si fueras de una comedia romántica. Y me da risa cómo nos tratan a los jóvenes para ordenar cada fruta en su cajón. Los sistemas de normalización están llenos de ridiculeces que me agrada mucho indicar con una sonrisa. Los que salieron suertudos, como yo que salí hombre, no se van a encargar de hacer ver aquello que los pone en ventaja, prefieren vivir su vida y cantarse canciones para no escuchar a nadie más. Además, nos envuelven todo en papelitos de color, cualquier otra mirada frente a eso es darle mucho color a todo. Pasado mañana tú o yo podríamos vomitar o explotar todo lo que estamos consumiendo, la plata que estamos tragando. Pero no sé si yo estoy muy triste o los demás están muy felices.

El novísimo pop

—¿Te sientes parte de una escena o un colectivo?

—De un colectivo no. Sí, supongo, que de una escena… no sé qué es lo que caracteriza una escena, pero hay un grupo de personas que pensamos parecido.  Varias bandas tenemos pensamientos “anti-estrella”; además solemos ser de izquierda no representada por partidos. La generación anterior era de izquierda representada por la Concertación.

—¿Qué rol están cumpliendo las marcas y la publicidad en la música?

—Son los mecenas, pero los mecenas anteriores también eran marcas. Solo que eran sellos discográficos. No voy a defender ni cagando a iniciativas como el Sello Ballantine’s, pero es la misma mierda con distintas moscas. Siempre hay mecenas desagradables, torpes, bien intencionados a veces, y que pueden ser utilizados, pero hay que ser cuidadoso porque, cuando un mecenas te utiliza, te utiliza, y tú estás colgado trabajando para el mecenas.

—¿Aceptarías algún tipo de mecenazgo?

—He aceptado. Grabamos en Ballantine’s, tocamos ahí. Queríamos tocar en esa casa, por ejemplo, solo eso. No conocíamos la casa y después cachamos que era un lugar súper cuico, no me gustó. Después de eso tuve que hacer un montón de otras cosas y la noche en que tocamos hubo un Meet and Greet [encuentro con los artistas, tras bambalinas, después del concierto] y me quería matar, como que me fui a mi casa después de tocar y estaba llorando, porque eso no era lo que yo quería trabajar y no supe cómo torcer las cosas.

—¿Era una exigencia?

—No, nadie nos avisó y había un Meet and Greet. Fue incómodo, no caché mucho, me bloqueé y me senté en el suelo y no hice nada. Saludé a un par de niñas que yo creo que ni siquiera querían conocerme, yo creo que querían copete gratis. Yo no culpo a nadie que participe de eso, pero organizarlo está mal. Ballantine’s no es culpable, no ha inventado nada, es una hueá eterna. También Converse nos financió un video, el de “Ya no veo mis zapatos”.

—¿Y eso tiene algunos requerimientos o límites? Como que no puedan poner ciertas imágenes.

—Todo eso es súper difuso. La sonrisa del mecenas es más grande que sus garras. Nadie te manda un papel que te diga: “Mira, compadrito, este es tu terreno”. No, nadie te raya la cancha. Plazos sí. Suelen apurarte, a la marca le interesa “promocionar-se”, no “promocionar-te”, y tiene unos plazos que no se adecuan a tu carrera, entonces de repente te sirven o no, pero es una mierda siempre. En Planeta No solemos decidirlo viendo si la actividad musical que la marca de turno está financiado es más preponderante que la promoción de la marca misma. Si es así, solemos decir que sí. No a todo, hay hueás que me parecerían imposibles. Y buena parte de las veces no es así pos, la banda está tocando para un evento de una marca no más, y la marca es lo importante.

—¿Cómo se organiza el circuito de bandas en el que tocan ustedes? ¿Cómo se consiguen los lugares? ¿Ganan algo por tocar?

—¿Generalizando? No se gana mucha plata por tocar, casi nada. En general, los miembros de estas bandas, no sé si no quieren vivir de la música, pero no están viviendo. Creo que no están emancipados, no sé si la banda se sustente sola. Nosotros no somos del riñón del cual son los demás, nosotros estamos como incrustados y me siento muy cómodo con eso. Eso nos diferencia. Pero los demás cabros creo que ganan menos plata. Llevan menos tiempo. Los locales se consiguen hablando. Suele pasar que alguien vió una tocata y le gustó el lugar, cumple características que nos gustan —que no sea caro, porque entonces yo no podría entrar— y que no son un bar de mierda. El punto es que somos todos como una “tribu urbana” reticente al sistema en general, entonces un día u otro entramos a locales o lugares que cumplen con eso. Casas de amigos. Estudios de grabación súper indies de hueones similares a nosotros. Centros culturales. Locales muy piola. Baratos, ojalá.

—Ahora que has viajado a España, Lima y México con Planeta No y has visto otros circuitos, ¿crees que exista algo así como una “gran escena” Latinoamericana de la que estas bandas chilenas formen parte?

—No. La única escena que hay es la de los managers o gestores culturales, que de alguna manera son semicuicos y de mucho contacto, y están moviendo las pocas lucas que se mueven entre sellos independientes “grandes”, tipo Quemasucabeza y con suerte Beast, en Chile, o Potoco Discos. Hay otros similares en los otros países y ellos se conocen y pasan de festival en festival saludándose, o de feria profesional en feria profesional, pero las bandas no. Ojalá que más adelante sí se conozcan las bandas latinoamericanas. Gracias a Internet nos hemos empezado a conocer, pero es lento. El gobierno no lo propicia.

—Hace un tiempo, Andrés Nusser de Astro anunció la disolución de la banda y su partida a México. La impresión que me dio es que en Chile había un techo y que Astro era una banda muy profesional, y la recompensa no estuvo a la altura de sus expectativas. ¿Tú te irías?

—Sí hiciera una lectura que me lleve a eso, si no tengo otra elección. Pero no es mi lectura. Creo que paseando por España me di cuenta de que vivo en tierras donde no se ha construido nada, entonces podemos surgir mercachifles, o inventores, o creativos de distintas formas para desarrollarlo. Y creo que esas formas no están agotadas, pero hay que ser persistente, aguja. A mí me sería difícil llegar a una conclusión así como “Chile tiene un techo”, y creo que las cosas que tiene distinto de México se van a acabar. El futuro es más parecido a lo que hay en Perú. La gente reclama “Oh, no hay nada”, pero supongo que hay oportunidades, e ideas.

 

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