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En la elogiada biografía El espejo de un hombre, que aparece en español con motivo de los 400 años de la muerte del dramaturgo inglés, el historiador estadounidense cuenta que el autor de Hamlet también solía tomar material prestado de sus pares y que hacia el final de su vida se convirtió en un rentista de temer. Desde Harvard, habla también de la tensión que existe con Harold Bloom y de El giro, el texto sobre Lucrecio con el que ganó el Pulitzer y el National Book Award.

por juan manuel vial

La academia, se sabe, no es mundo ajeno a las emboscadas ni a los cuchillazos. Y con el correr de los años, Stephen Greenblatt se ha ganado enemigos en varios círculos intelectuales, claro que, al ser un tipo comedido, él prefiere tomárselo con humor y llamarlos “críticos severos”. Uno de ellos es Harold Bloom, autoproclamado arbiter elegantiarum no solo de las letras estadounidenses, sino que de todo el orbe y de todos los tiempos. ¿El origen de la furia de Bloom? La manera, sacrílega a sus ojos, con que Greenblatt ha abordado la figura de William Shakespeare. En 1998 Bloom publicó Shakespeare. La invención de lo humano, un libro en el que le otorga poderes casi mágicos al dramaturgo inglés, para así probar que antes de él solo había arquetipos: fue gracias a Shakespeare, sostiene el autor, que nacieron los personajes de carne y hueso. Stephen Greenblatt, por su parte, publicó en 2004 una magnífica biografía de Shakespeare que acaba de ser traducida al castellano: El espejo de un hombre. Vida, obra y época de William Shakespeare. Greenblatt también se revela ahí como un bardólatra de tomo y lomo, pero no omite ciertos hechos cruciales: a Shakespeare le gustaba tomar material prestado de sus pares y rivales; Shakespeare se entregó a uno o a varios amores homosexuales; hacia el final de su vida, Shakespeare se convirtió en un rentista de temer.

En su momento, décadas atrás, Harold Bloom fue profesor de Stephen Greenblatt, aunque eso ya es parte de un pasado demasiado lejano. “Él está sumamente enojado conmigo. Yo no estoy molesto con él, pero en los últimos años ha sido muy crítico conmigo”, explica Greenblatt. “Concordamos en que Shakespeare fue un genio estupendo, sin duda. Pero Bloom, para bien o para mal, mantiene respecto a él una visión más parecida a la de Borges: Shakespeare es Dios; y en cuanto Dios, no posee rasgos. Dios no tiene identidad. Dios no tiene una dirección. Dios no paga impuestos. Y por la razón que sea, Bloom cree que al otorgarle a Shakespeare atributos humanos, yo expreso mi resentimiento. A mí él me llama ‘el jefe de la escuela del resentimiento’. Me sorprendió el apelativo, pues de ningún modo siento eso hacia Shakespeare. En fin, ambos compartimos una admiración alocada por Shakespeare, pero la mía no es la admiración por un Dios, dado que no soy una persona particularmente religiosa”.

Se le ve contento a Stephen Greenblatt: acaba de regresar de Noruega, donde el Parlamento le concedió el Premio Holberg. Y en Cambridge, Massachusetts, “el clima no puede ser más agradable”. Además, el año académico está a punto de terminar. Greenblatt es profesor de Humanidades en la Universidad de Harvard, y en su oficina, tapizada de libros como cabía esperar, se respira tranquilidad y sosiego. El despacho se ubica en el Barker Center, un edificio de estilo neogeorgian que, al igual que tantos otros en las inmediaciones, rinde homenaje a un material de construcción distintivo: ese noble y simple ladrillo que desde el siglo XVIII embellece el famoso campus de Harvard.

—¿Se ha topado últimamente con Harold Bloom?

Hace tiempo que no lo veo. Pero años atrás, cuando él daba las famosas Tenure Conferences en la Universidad de Princeton, fui invitado a ser uno de los que respondían: te pasaban su charla de antemano y ahí preparabas una respuesta. La conferencia de Bloom era un ataque directo a mi persona, el jefe de la escuela del resentimiento: “Vean cómo el líder de la manada de lemmings se lanza por el acantilado”, blablablá. Yo no soy especialmente combativo, pero en esa ocasión pensé, bueno, si quiere pelea, la tendrá. Y escribí una respuesta que me pareció entre chistosa e ingeniosa, aunque a la vez hostil. Recuerdo que entrando al auditórium, Bloom se acercó y me saludó, y con ese modo extravagante que tiene de hablar, agregó de pasada: “Querido mío, te darás cuenta de que modifiqué mi conferencia”. El lugar era enorme, cientos de personas reunidas para escucharnos. Bloom efectivamente dio una charla que no tenía relación alguna con la que yo había leído. Habló principalmente de cómo él se identificaba con Falstaff. Luego vino mi turno: di curso a mi réplica, ingeniosa pero hostil, y evidentemente sonó como salida de la nada. Bloom, por su parte, se dejaba ver profundamente adolorido y afectado. Y ahí me di cuenta, incluso mientras discurseaba, de que valiéndose de una inteligencia suprema, me había tendido una trampa terrible. Porque yo parecía ser el Príncipe Hal (frío, calculador y cruel) frente a un adorable Falstaff: el propio Bloom. Me encaminé derechito hacia la emboscada y quedé pésimo. Y él lucía abatido, sufriente, consternado. Fue gracioso, sin duda. Todo estuvo tan bien orquestado, tan espléndidamente ejecutado, que aunque fue mi cabeza la que rodó, hoy pienso que fue cercenada de un modo elegantísimo.

Nuevo historicismo

Stephen Greenblatt es uno de los precursores de un movimiento que cambió radicalmente el modo de enfrentar la crítica y la enseñanza de la Literatura en Estados Unidos. Según sus palabras, el nuevo historicismo “fue una respuesta a cómo se realizaba la crítica literaria y cultural a mediados del siglo XX. Nosotros, la gente de mi generación, estábamos entrenados para analizar las obras literarias como si fueran independientes, objetos completamente autónomos. Nos enseñaban puras formalidades. Y si preguntábamos qué había más allá de la obra, qué la motivaba, quién la recibía, qué interés tenía para el mundo, cómo llegaba hasta nosotros, por qué podíamos estar interesados en ella, se nos hacía ver que tales inquietudes eran inapropiadas o vulgares o plebeyas. A fines de los años 60 y durante los 70 se dio el momento iniciático, que fue cuando decidimos que debíamos abrir las ventanas y ver qué había afuera, más allá de las estructuras formales e inmediatas de las obras de arte. Una vez hecho eso, intentamos armar un cuadro más grande, con mayor arraigo social y antropológico. Y así fue como comenzó esto”. A principios de los años 80, Greenblatt discurrió el término nuevo historicismo para denominar al movimiento. Y en 2012 obtuvo el Premio Pulitzer por El giro. De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno, un libro fascinante en el que puso en práctica los postulados más sobresalientes de la corriente que había ayudado a fundar casi 50 años antes.

—¿Cómo llegó a ese gran personaje histórico llamado Poggio Bracciolini, el protagonista de El giro, quien descubre el manuscrito de Lucrecio perdido por más de mil años?

Llegué a él mediante una conferencia en Edimburgo, conferencia acerca del libro como objeto material. Yo debía exponer y no tenía idea sobre qué hacerlo. Entonces se me ocurrió que tal vez sería entretenido ver quién había puesto primero las manos en algo que yo amara. Y pensé: ¿qué me gusta? Bueno, me encanta Lucrecio. Entonces veamos quién puso sus manos por primera vez en Lucrecio. Y así fue como comenzó esa historia.

—Volviendo al nuevo historicismo: me imagino que al principio se ganó enemigos entre los grupos más conservadores de la academia.

Enemigos es una palabra muy fuerte; prefiero “críticos severos”. Pero es cierto. Me di cuenta por primera vez de que estaba haciendo algo interesante cuando un día abrí el Times Literary Supplement y leí muchas, muchísimas columnas con críticas vehementes dirigidas a mí. Más tarde, George Will, el columnista conservador, escribió en Newsweek que alguien que pensaba que La tempestad, de Shakespeare, era una obra acerca del colonialismo, merecía ser considerado un peor enemigo de nuestro país que el mismísimo Saddam Hussein. No me mencionaba por mi nombre, pero no necesitaba mirarme al espejo para saber que se refería a mí.

—Uno de los rasgos de sus libros es que no es tímido a la hora de especular. ¿Todavía es severa la academia al juzgar este tipo de acercamientos más imaginativos hacia los diferentes temas?

De vez en cuando recibo un cachetazo, pero te diría que la academia está más preocupada, y con justa razón, del estatus de las humanidades, del interés de las humanidades, de la confianza pública de las humanidades. Lo importante es que si especulas, debes admitir que estás especulando. Usar la imaginación, pensar en modos alternativos de escribir, vencer el aburrimiento, esas son cosas muy positivas: nuestro campo, como cualquier otro, necesita renovarse.

—En la biografía de Shakespeare señala que el núcleo de los documentos biográficos corresponden a registros de propiedades. ¿Cree que pueda aparecer nueva documentación que cambie radicalmente nuestra percepción sobre Shakespeare?

Es muy improbable, aunque hay gente que vive esperando que aparezca una prueba de que Shakespeare no escribió tal o cual obra, sino que lo hizo la reina Isabel o Francis Bacon. ¿Puede realmente surgir algo así? No. Pero eso mantiene a las personas soñando.

—Tanto en el libro de Shakespeare como en El giro es posible percibir cierta animosidad contra la iglesia católica. ¿Ha tenido que responder alguna vez por esos ataques?

Es divertido que me lo pregunte. Han existido dos tipos de reacciones. Por un lado, particularmente en relación con El giro, hubo réplicas negativas, ataques de gente como Pat Buchanan, el político de derecha. Pero también ha ocurrido lo contrario y he recibido comentarios cálidos y positivos de parte de los fieles. Yo sostengo que Shakespeare creció en un hogar católico y especulo acerca de que incluso pudo haber conocido a Edmund Campion, mártir y santo. Yo no tengo un pingo en esta carrera. Solo me interesan los aspectos históricos.

—¿Qué tan relevante fue para Shakespeare esa educación católica?

No sabemos lo que pasaba en el hogar de Shakespeare. Sí sabemos que vivió en un mundo en que tenías que ser sordo, ciego y mudo para no darte cuenta de que existía un conflicto tremendo, y muchas veces sangriento, entre católicos y anglicanos. Shakespeare estuvo expuesto, y bastante, a una lealtad residual a la iglesia católica. Pero de adulto ya tenemos a un tipo fundamentalmente laico. A diferencia de otros historiadores, no creo que él fuera católico en secreto. Pero sí creo que era extremadamente sensible a estos temas y estaba muy alerta de lo que significaba tener un secreto, algo que no implicara una lealtad ciega hacia las estructuras de poder del régimen imperante.

—En el libro menciona que Shakespeare tenía una disposición a la doble vida. ¿Pudo ello haber influido en la probable relación homosexual que plantea entre Shakespeare y el conde de Southampton, a quien le dedicó algunos de sus más hermosos sonetos?

Si así fue, da igual. Yo nunca afirmo que Shakespeare fue un homosexual dentro del clóset. Es probable que Shakespeare se acostara con muchos hombres y con muchas mujeres. No creo que para él la línea entre un género y otro haya estado muy definida. Sus obras están repletas de relaciones ambiguas; llenas de muchachos que parecen muchachas y de muchachas que parecen muchachos.

—¿Es sensato entonces pensar en Shakespeare como bisexual?

Posiblemente. Y, a la vez, interesado en lo que hoy llamamos travestismo, en el transgénero. Quién sabe. El error, sin embargo, sería creer que nuestras categorías están mucho más asentadas en el mundo real que las suyas y las de su época.

—En un momento usted se pregunta dónde están sus cartas personales, por qué los académicos no pudieron dar con los libros que él poseía o, más bien, por qué Shakespeare decidió no inscribir su nombre en aquellos libros, tal como lo hicieron Ben Jonson o John Donne. Y especula que la respuesta podría estar en las cabezas que vio clavadas en picas al momento que llegó a Londres.

Bueno, hay que imaginar que Shakespeare vivió en un mundo parecido a la antigua Unión Soviética. Hay que tener claro cuán graves eran las consecuencias si traspasabas la línea de lo establecido. Lo que es notable de Shakespeare, habiendo dicho lo anterior y habiendo invocado esta idea de la cautela, es que escribió una obra en la que alguien se para y dice: “Ahí tienes la imagen perfecta de la autoridad: a un perro le obedecen”. O “huichi pirichi, ¿quién es el juez y quién es el ladrón?”. Él creó personajes que afirman cosas que si las hubieras dicho en la taberna te habrían cortado la cabeza, o al menos la lengua. Shakespeare fue increíblemente osado, pero sabía cuando era apropiado serlo y cuando no.

—Inglaterra fue la primera nación de la cristiandad medieval que se deshizo por ley de la totalidad de su población judía, expulsándola del territorio. Ello sucedió 300 años antes de que Shakespeare inventara a Shylock, que podría haber estado inspirado en el médico personal de la reina Isabel, Rodrigo López, un portugués de ascendencia judía que fue ajusticiado por supuesta traición. Me dio la impresión de que usted libera a Shakespeare de cualquier sentimiento antijudío.

Tal vez no debí haber implicado eso. Pero antes que nada, Shakespeare estaba interesado en los sentimientos de la masa. Y el caso de López era un material buenísimo para trabajarlo, del mismo modo que la percepción popular acerca de los negros, o sobre las mujeres de lengua afilada, las arpías. No creo que Shakespeare estuviese muy interesado en las implicancias humanitarias del asunto. Lo fascinante es que Shakespeare le da a Shylock más vida, vida pura, que a cualquier otro personaje de El mercader de Venecia. El extraño efecto de la obra, al menos a largo plazo, no es antisemita ni antijudío. Por el contrario: uno se identifica con el villano. Y por supuesto que Shakespeare no logra eso haciendo que el malvado sea una persona agradable. Lo consigue a través de una técnica sofisticadísima. En consecuencia, la revelación no es, ah, caramba, qué agradables son los judíos.

—¿Le suena el nombre de Nicanor Parra?

¿Cómo dice?

A diferencia de Harold Bloom, Stephen Greenblatt no está familiarizado con la obra de Nicanor Parra, quien, dicho sea de paso, tradujo magistralmente a Shakespeare (Lear. Rey & Mendigo). Cuando le cuento que Parra es casi contemporáneo de Neruda, que está vivo, que inventó un género propio y que fue traducido al inglés por William Carlos Williams, el profesor Greenblatt toma de inmediato una nota mental mientras repite el apellido desconocido con una dicción sorprendente para alguien que no habla castellano (seguro que en ello lo ayudó su manejo del italiano). Antes de despedirme le aseguro que le voy a mandar un email con las señas de Parra, algo que por supuesto olvido nomás abandono su oficina. Días después, cuando me doy cuenta de que también olvidé pedirle una fotografía para este artículo, le escribo y parto mencionando a Parra para hacerme el amable. Greenblatt no ha perdido el tiempo: ya ha leído algo de él y transcribe de vuelta un poema que le gustó. Finalmente me solicita que por favor no olvide enviarle la traducción de King Lear.

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