Epifanías

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El lenguaje de Kramp no difiere sustancialmente del que Ferrada emplea en sus textos para niños: apuesta por la claridad, al mismo tiempo que busca en todo momento proyectar imágenes con la suficiente plasticidad y belleza para transmitirnos la nostalgia por un mundo que no fue perfecto, pero que fue feliz a su manera.

por lorena amaro

En su trayectoria como autora de libros infantiles, María José Ferrada ha recibido el aplauso unánime de críticos y lectores; particularmente importante fue, en el año en que se cumplían cuatro décadas del golpe militar, la aparición de un breve e impresionante poemario, Niños, en que con un lenguaje plástico y sencillo, la escritora hacía un homenaje a 33 niños desaparecidos o ejecutados bajo dictadura y uno, solo uno, reaparecido el 7 de agosto de 2013, Pablo Athanasiu. El libro recibió los premios Academia y Municipal de Literatura por un delicadísimo trabajo: poner en imágenes la inminencia de la vida en un contexto de muerte; descubrir detalles cotidianos tan tenues como fantásticos, que hablaban de la alegría, inocencia y belleza de esas vidas destruidas.

Ahora, Ferrada publica su primera novela, Kramp, en que una mujer, “M”, recuerda sus años de infancia junto a su padre, “D”, un vendedor viajero de productos de ferretería, y su madre, una mujer afectada por la situación política, muy ajena a la vida de su hija y su pareja. La historia, contada en primera persona y con algunos matices autobiográficos (como el uso de la inicial “M”, de María o la aparición sesgada del nombre del padre de la autora en la portada), se articula en torno al mundo de la venta, que para la niña constituye prácticamente una religión: por ese mundo deja de asistir al colegio para salir con su padre en una Citroneta, a vender en pequeños pueblos del sur chileno. M se convierte, a los ocho años, en una socia imprescindible del negocio, que ablanda a los clientes con su mirada inocente. Con un pequeño bolso de enfermera y la licencia precoz de un cigarrillo cada tanto, emprende un viaje en que conocerá no solo los gajes del oficio, sino también a todo un universo de vendedores-cuentistas, cuyas historias aparentemente extraordinarias solo encubren la soledad y la precariedad en que viven.

Después de la publicación de Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra, una novela con una serie de reflexiones metaliterarias que inauguraban y a la vez, de algún modo, clausuraban esta especie de subgénero en que se ha convertido la narrativa de los hijos, es difícil proponer una narrativa que plantee alguna novedad, ya sea en su perspectiva como en su lenguaje. No es un problema del libro de Ferrada, sino más bien del contexto en que aparece.

El lenguaje de Kramp no difiere sustancialmente del que Ferrada emplea en sus textos para niños: apuesta por la claridad, al mismo tiempo que busca en todo momento proyectar imágenes con la suficiente plasticidad y belleza para transmitirnos la nostalgia por un mundo que no fue perfecto, pero que fue feliz a su manera. El suyo es un lenguaje epifánico, que viene del trato de Ferrada con el lenguaje poético y que es el sostén de libros como Niños. En Kramp estas epifanías acontecen ante la mirada inteligente e intuitiva de M: “Mirando el plato de sopa de espárragos, tuve una epifanía, la primera de mi vida”, narra la niña en un contexto que es el de la dictadura militar. “Del plato salía un hilo de vapor y se transformaba en un fantasma del tamaño de mi pulgar. A ese primer fantasma lo seguía un segundo, un tercer, un cuarto fantasma. / La caravana brotaba de la sopa y se movía por encima de la mesa, intentando comunicarse con el más acá. Pero no lo lograban. Pobres”.

Los fantasmas colman la escena, ya que se trata de un relato en que se narra principalmente la desaparición de un mundo afectivo. La propia M y su padre se afantasman: “D y yo (…) nos quedábamos quietos y comenzábamos a perder, primero los colores, luego los contornos. Nos habíamos vuelto argollas de humo. Y nos desintegrábamos al cruzar el cielo de la ciudad”.

Pero hay un subtexto para toda esta fantasmagoría, que va más allá de la reflexión sobre el transcurso del tiempo y la pérdida de la inocencia. Ese subtexto es el de la dictadura. Como en muchas novelas publicadas en los últimos seis o siete años, una dictadura vista y narrada con ojos infantiles: parciales, subjetivos, inocentes. Esa subtrama es convocada particularmente por el personaje de “E”, fotógrafo amigo del padre, quien viaja frecuentemente a uno de esos pueblitos sureños a retratar “fantasmas”: en verdad, a buscar huellas y restos de desaparecidos. Es la intervención de la historia, de esta historia, la que gatilla un desenlace inesperado y arrasa en gran medida con el mundo construido por la niña.

Hay que decir que después de la publicación de Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra, una novela con una serie de reflexiones metaliterarias que inauguraban y a la vez, de algún modo, clausuraban esta especie de subgénero en que se ha convertido la narrativa de los hijos, es difícil proponer una narrativa que plantee alguna novedad, ya sea en su perspectiva como en su lenguaje. No es un problema del libro de Ferrada, sino más bien del contexto en que aparece, el que ya resulte difícil poder decir algo nuevo, ya que la perspectiva infantil comienza a parecer agotada. Es indudable que se trata de un libro escrito con sensibilidad, humor y una melancolía fina y estética: el libro dice mucho sobre la pérdida, la camaradería con un personaje destinado al fracaso, el movimiento incesante y diabólico del mundo. Sobre la imposibilidad de mantener al dios de la infancia, llámese este “el gran Carpintero”, como dice M, u otro nombre creado para pronunciar la felicidad. Pero esta historia podría haber sido contada aludiendo a cualquier otro contexto histórico y no habría perdido nada.

Kramp tiene sus mejores momentos en la didáctica poco convencional del padre y la hija, una pedagogía existencial basada en el mundo de la ferretería y la venta, según la cual “un solo tornillo puede precipitar el fin del mundo”, incluso de un mundo que se cree sólido, construido, como dice la melancólica M, en un “95% con productos Kramp”. Una bella novela sobre el amor, la pérdida y la destrucción.

 

kramp

Kramp, Emecé Cruz del Sur (Planeta), 2017, 127 páginas, $9.900.

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