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Los trabajos y los días, la necesaria antología de la poesía de Elvira Hernández, da cuenta de una obra única en nuestro país, una obra que no se inscribió en ninguna moda ni tendencia ni patota, pero que se fue abriendo camino en las generaciones más jóvenes que deseaban conocer una manera distinta de enfrentar el poema, mezclando humor, elementos mediáticos, violencia e imágenes de cómic. Y todo esto con una sensibilidad exquisita.

por germán carrasco

La recopilación de la colección Lumen de Elvira Hernández presenta por primera vez una muestra completa de su obra, a la que no se podía tener acceso por diferentes motivos: no existían reediciones, los libros habían sido publicados fuera del país, el carácter de la poeta no es voluntarista (la poesía no es una cuestión de programa ni de insistencia) y ella, además, publicaba lo exacto cuando correspondía (sospecho que lo que conocemos es apenas la punta del iceberg, que hay una cantidad importante de material inédito).

Bueno, afortunadamente ahora tenemos la oportunidad de dar un recorrido amplio y cuidadoso de su obra en esta antología titulada Los trabajos y los días. Por otra parte, Alquimia Ediciones presentó el año 2013 el libro Actas Urbe, que comienza con una poética que se resume en tres ítems: cautiverio, soledad, cuerpo. El cautiverio y la soledad son generosos con el poema; el cuerpo, su médium y su envase. Ahora, entonces, con una vista panorámica de su obra, me concentraré en ciertos ejes o aspectos que llaman particularmente la atención en la poética de Elvira Hernández.

Lo imprevisto como puntuación del poema

El poema que se atasca es un asunto ético y relacionado con la culpa. Mistral culpa al poema de no tener estatus de plegaria ante Dios; Lihn traduce esa operación inculpando al poema de su impotencia frente a la realidad o la belleza (metaliteratura, reflexividad, auto-boicot, boicot al poema propio). En ambos casos hay un rechazo a la fluidez lírica y la tercera en hacer la fila de esa tradición es Elvira Hernández.

Hablemos de lo imprevisto, es decir, de aquello que desacelera el poema, lo atasca y obliga a la risa inteligente. Es como cuando alguien está a punto de quedarse dormido y el otro le mueve el cuerpo, lo zamarrea, o cuando alguien está roncando y el otro lo mueve hasta que el ronquido se transforma en una respiración normal que no va a volver a desconcentrarse y roncar, porque al primer atisbo el otro moverá el cuerpo durmiente. Será su entretención durante la noche: al menor atisbo de ronquido, te voy a mover el cuerpo.

Las imágenes imprevistas no permiten que haya desconcentración, no dejan que fluya el poema en esos torbellinos alienados y embelesados con el lenguaje: no hay esa cantabile prosodia, esa cosa lírica de cascada en nuestra poeta, sino una guardia y cacería permanente de imágenes que dan cuenta del espíritu de una época sin intención de trascenderla.

Esa pedregosidad, ese estilo del poema a trompicones, esa anulación del bel canto, es muy mistraliano. Mistral quería que Tala sonara a piedra que rueda por el Elqui, a laberinto de cerros desérticos, pero en Elvira Hernández también se suman la toma de distancia y un diálogo con la herencia de Enrique Lihn por el lado de su declaratividad discursiva, su charlatanería de púlpito que es payaseo y desengrupimiento escritural.

Esa pedregosidad, ese estilo del poema a trompicones, esa anulación del bel canto, es muy mistraliano. Mistral quería que Tala sonara a piedra que rueda por el Elqui, a laberinto de cerros desérticos, pero en Elvira Hernández también se suman la toma de distancia y un diálogo con la herencia de Enrique Lihn por el lado de su declaratividad discursiva, su charlatanería de púlpito que es payaseo y desengrupimiento escritural.

Con respecto a la imagen del velar o dormir con la que empecé, es más que obvio que era mejor estar despierto, dada la situación policíaca de entonces.

El simulacro versus la caricatura

El montaje de la aparición de la Virgen por parte de la dictadura, para encubrir hechos y distraer a la población de las atrocidades y corruptelas de la soldadesca, hecho poema por Lihn, es análogo al paso del cometa Halley que registra Elvira Hernández. Señala Gonzalo Maier: “A partir de la manipulación mediática propiciada por la dictadura chilena durante los meses previos al avistamiento del cometa Halley en 1986, este artículo lee la ironía presente en el poemario ¡Arre! Halley ¡Arre! (1986), de Elvira Hernández, como una estrategia que, por un lado, pretende confirmar a una comunidad fracturada y que, por otro, critica la pretensión dictatorial de asimilar mesiánicamente el éxito de las incipientes políticas neoliberales con avistamientos astronómicos que se anunciaban como ‘únicos e irrepetibles’”.

Pienso eso mientras recuerdo la Biblioteca Bellarmino, a la que asistía la poeta y que era un genuino aguantadero desde el cual se salía con las mochilas pasadas a bencina y llenas de panfletos, porque allí se preparaba a veces el cierre de la Alameda (“cortar la calle para abrir el camino”, ese cliché era el que repetíamos como loros los ingenuos de siempre, la carne de cañón). Y recuerdo nítidamente las puertas de la Vicaría de la Solidaridad, donde todo el mundo se escondía de la represión policial de entonces. Porque esta es una poesía situada, tiene el aroma de entonces, del momento, no hay otro locus que el presente que se retrata delatando sus tics, sus muletillas, su absurdo civil.

El simulacro de la dictadura tiene su reflejo y su respuesta con humor negro: la caricatura. Tenemos entonces un subrayado constante e intermitente en donde la caricatura (en el mejor sentido de la palabra), los elementos mediáticos, la palabra divertida-dolorosa y todos los ítems del persa epocal, funcionan a modo de tirón de orejas constante, de guapeada permanente, de no-te-duer-mas-en-el-ci-ne-en-la-mejor-par-te, ya que la escurrida, como la poesía, es gratis.

Esa aparición de versos imprevistos, como si fueran la puntuación del poema, es algo constante, excepto quizás en algunos poemas distintos como “Meditaciones físicas por un hombre que se fue”, en donde sí hay flujo y el poema no se interrumpe y es un continuum por una cuestión muy fácil de explicar: es un poema dedicado a un hombre, y la ansiedad por decirlo todo y porque sean largos e interminables los instantes estira el verso y hace de cada poema casi un solo verso, un solo envión respiratorio mántrico, rokhiano o repetitivo: la tartamudez o el envión de la ansiedad. Ese poema deja en su final una incógnita, o una desaparición.

La estrategia de lo mínimo

Libros muy breves e intensos, todos. Elvira Hernández no se planteó una épica ni una ópera magna, no se inscribió en una patota de género ni de avanzada ni de cosa que se parezca. La estrategia, si la hubo, fue publicar un libro muy breve e intenso cada tanto en ediciones no alharacas y en cualquier lugar: Argentina, Colombia, Chile, editoriales pequeñas, sin aparecer programática, y lo no programático causa empatía inmediata: el poema no resiste el programa. La disciplina es estricta, pero en otro sentido: de espera y cacería, no de sentarse y escribir con las manos frías.

“Carta de viaje”, por ejemplo, da un tono imprevisto a lo que era la poesía de exilio y las nomadías que en ese momento estaban en su apogeo, alimentadas por supuesto por la academia. A contracorriente, este poema posee un tono estratégicamente menor.

Es la visita, no el exilio.

Es la visita breve y exploratoria, no la residencia en el primer mundo con el goce de sus beneficios y el posterior regreso con el capital simbólico y los puestos asegurados.

Al comienzo hablé de lo caricaturesco y de la sonrisa que provoca lo imprevisto. Aparece en varios poemas montada sobre el Halley, sobre una nave, sobre un escualo; “el lugar montado en la espalda desnuda de su poeta corcel” esa figura extraña como de cómic, con un dejo infantil y de ciencia ficción infiltrado en esta poesía difícil de clasificar: esa imagen se repite, como es una jinete o bruja sobre el Challenger o el tiburón Contreras o todos los que nadan, vuelan y se desplazan. “Vean el escualo que monto”, comienza “Carta de viaje”. Es una joda: ella es una especie de jinete que recorre y mira desde arriba, una épica consciente de su ridículo.

Hacerle frente al día a pesar de ese tremendo dolor y sensibilidad tiene un nombre, se llama carácter, y consiste en no abandonar por ningún motivo la inteligencia ni la sonrisa aunque estemos muy débiles, zozobrando, apenas. Si se logra circular y producir algo en ese estrecho margen y cuerda floja, hemos sido heroicos, resistentes. El trabajo de enfrentar el día.

Quizás Elvira Hernández busca los materiales donde uno no pensó que se iba a meter: el lenguaje mediático, del espectáculo, el lenguaje publicitario -esa punta de lanza del neoliberalismo más brígido-, pero esto intercalado de pronto con arcaísmos, lirismo profundo, mistralemas y, especialmente, con un dolor enorme -una sensibilidad, un padecer- que no deviene queja sino descripción medio objetiva, medio tamizada, por la ironía muy dosificada con que la autora describe la dificultad física de moverse para ponerle el hombro al día que se nos destripa encima. Hacerle frente al día a pesar de ese tremendo dolor y sensibilidad tiene un nombre, se llama carácter, y consiste en no abandonar por ningún motivo la inteligencia ni la sonrisa aunque estemos muy débiles, zozobrando, apenas. Si se logra circular y producir algo en ese estrecho margen y cuerda floja, hemos sido heroicos, resistentes. El trabajo de enfrentar el día.

Poesía situada

Y como Hernández trabaja con esos elementos mediático-espectaculares, el lector se sitúa perfectamente en los años en que fueron escritos los libros y recuerda cosas como el botón de pánico de cierto alcalde o cuando ese mismo personaje lanzó unos litros de agua desde avionetas para aplacar el smog santiaguino. Es todo bastante absurdo. Luego de recuperada la democracia, se perdió la cordura y por eso quizás uno de sus primos políticos en la escritura y uno de sus declarados lectores serios, Bruno Vidal, adopta todo el personaje predictadura y no posdictadura. En el fondo, todos sabían lo que iba a pasar. El país no se tenía confianza, ni en su capacidad de escuchar ni en la de recibir. Todos sospechaban que este es un país de domésticos, de arreglos con alambritos, de pequeños dictadorzuelos y dictadorzuelas. Los que hicieron el trabajo lo hicieron de tal manera que la ambición y la máscara se instalaron hasta en la literatura y en las formas de relacionarnos. Por eso el cinismo de la poeta. Por eso su palabra cruzada de los ítems absurdos del persa del neoliberalismo, que muchas veces nominaliza, pone como personajes al bestiario insano de la época (el Mirón del Cerro) y al otro bestiario que aparece con la democracia en la medida de lo posible: El Hombre de las Licitaciones.

Nomadismo, Santiago Waria

La alusión a la ciudad como personaje principal en Santiago Waria (Santiago fue waria para los mapuches / como cualquier otro poblado) nos da una pista sobre los principales ejes que sostienen este libro en particular, que podrían extrapolarse al resto de su obra: el nomadismo, el desarraigo, el vagabundeo en un paraje sobrecargado de referencias eclécticas y universales, un delirio como de profeta con la autoestima quebrada en el desierto (un paisaje desértico y mudo como los cuadros de De Chirico, donde se proyectan las imágenes del delirio con largas sombras y la nula presencia humana), y que abandona el discurso redentor por un doble sentido o un bombardeo de imágenes.

El desarraigo en el escenario de la ciudad aparece como un hastío que reproduce imágenes misteriosas de origen desconocido. Podríamos remitirnos a esa película de Sanjinés, La nación clandestina, versión latinoamericana y contemporánea de la historia bíblica del hijo pródigo, un indio que abandona su comunidad para probar suerte en la gran proveedora de oportunidades: la urbe. Desencantado y alcoholizado, regresa a su comunidad para acabar con su vida empleando un ritual ancestral y ya en desuso de su pueblo: bailar hasta caer muerto.

Sin embargo, en Santiago Waria la resistencia es distinta. Para desmitificar “las falsas seguridades de la tierra firme” (como dijera Marcelo Novoa), estas son llevadas hasta el paroxismo. Alusiones a una patria que te regurgita, no necesariamente el exilio, más bien un sentido de no pertenencia al territorio que otorga licencia para la comedia y la ironía que los productores y consumidores de grandes discursos no pueden entender de una forma que no sea literal.

“La democracia la lanzó con ventilador, sin proponérselo por cierto, y está en el aire…”.

La violencia que marca el período de la dictadura y la posdictadura es caricaturesca; el gore esencial de la nación nos recuerda a ciertos dibujos animados cayendo ilesos por el precipicio, recibiendo yunques que se dejan caer a gran altura sobre la cabeza, un sadismo naturalizado en función de obtener los aplausos del público del coliseo.

Quizá por eso las abundantes referencias a los huesos, la sangre, las vivisecciones y la imagen del cuerpo como un despojo, porque ha sido desprovisto de un glamour y una sacralidad que quizá era ancestral. Pero el cuerpo aunque sea aun despojo raído, gastado por el uso, no llega a romperse del todo, sino que resiste en la enunciación cosquillosa de la náusea, la ironía, la imagen algo críptica de una peregrinación alegre y sin esperanza de milagro.

Podríamos decir varias cosas más. De esa espectacular foto con Lihn en el Paseo Ahumada en donde aparece radiante con otros intelectuales de centinelas, por si llegaba la policía; de cuando Rodrigo Landaeta me comentaba lo hermoso que era caminar con ella en silencio por Oaxaca, de que hay unanimidad en que es la más querida por los lectores de poesía, que un gobierno sin brújula se perdió la oportunidad de premiar a una grande de verdad. Pero lo mejor es leerla, tratar de descifrarla, pensarla en este país en donde todo se sacraliza y se homenajea para, precisamente, inmovilizarlo.

 

Los trabajos y los días, Elvira Hernández, Lumen, 2016, 300 páginas, $16.000.

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