Estereotipos

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Septiembre 10, 2016

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La tosquedad del lenguaje, la ausencia de ironía y la falta de una mirada incisiva al entorno social –referido siempre desde la subjetividad de una narradora victimizada y egocéntrica–, hacen de Domingo de Revolución una novela anquilosada, sin nada nuevo que ofrecer.

por lorena amaro

La literatura latinoamericana escrita por mujeres pasa por un buen momento. No es demasiado arriesgado hablar de una camada de autoras entre los 35 y los 45 años, cuyas obras, muy distintas a las de las escritoras precedentes en cuanto a temas y lenguajes, se encuentra en cierto modo consolidada. Entre ellas tenemos a Mariana Enriquez, Samanta Schweblin, Selva Almada, Margarita García Robayo, Pilar Quintana, Rita Indiana, Alejandra Costamagna, Lina Meruane, Nona Fernández, Guadalupe Nettel, Verónica Gerber y, aunque un poco más joven, Valeria Luiselli, por nombrar solo a algunas de las autoras que plantean una nueva forma de mirar la literatura, la política, la memoria, las identidades y la violencia social en sus respectivos países.

No es otro el contexto desde el cual uno puede considerar el trabajo de Wendy Guerra, narradora cubana nacida en 1970, con varias novelas publicadas sobre todo fuera de su país. Lo que salta a la vista es que si bien su trabajo está muy por debajo del de sus contemporáneas, ha sido exageradamente bien recibido en el ámbito hispanoamericano, a lo que quizás haya contribuido su disidencia del régimen castrista. Su literatura, sin lugar a dudas, ha salido ganando en esa controversia.

Domingo de Revolución narra la historia de Cleopatra, una poeta nacida bajo el castrismo, cuyos padres, médicos de los que la hija ignora muchos secretos, han muerto en un extraño accidente automovilístico. La situación desata la crisis existencial de la narradora, cuyo lenguaje frisa en la cursilería: “¿Qué ha sido este año? Recordar lo sucedido con mis padres y las fuertes presiones que vinieron después de su muerte. Cerrar los ojos para sentir la lluvia de plata y dolor, el estallido dilatado que convirtió en cenizas a las únicas personas que guiaban mi vida. Cerrar los ojos es abrirlos a la muerte”.

Domingo

La novela es una larga perorata de Cleo sobre su soledad, los inconvenientes de ser escritora en La Habana, la persecución y aislamiento en que se deja a cualquiera que pueda parecer disidente o sospechoso. Guerra no insinúa nada, todo lo subraya. Así, La Habana se convierte en un espacio fantasmagórico, que casi no se logra advertir más que en el palabreo altisonante de la narradora (“Entre las ruinas y la diáspora la estamos liquidando”). El lenguaje estereotipado, su tosquedad y ausencia de ironía, y la falta de una mirada realmente incisiva al entorno social –referido siempre desde la subjetividad de una narradora victimizada y egocéntrica–, hacen de Domingo de Revolución una novela anquilosada.

Los episodios novelescos se suceden sin profundidad: la autora viaja a México, donde sufre también el rechazo de los exiliados; Sting hace una sorpresiva y absurda visita a su casa en La Habana; un actor y director famoso se convierte en su amante y le revela que su padre no es quien ella creía, sino un guerrillero legendario. Pero nada de esto realmente importa: si al menos Guerra hubiese abordado estas situaciones con verdadero desparpajo y excentricidad, la narración no tendría el tono plano que exalta a un yo victimizado, cuyo drama es tan particular que difícilmente se pueda hablar de un dilema generacional.

El texto, al mismo tiempo, exuda un permanente y desafortunado erotismo, que la autora plantea como una “política del cuerpo” que no se acompaña, para nada, de una política de la escritura. Es como si Guerra recién estuviera descubriendo el cuerpo femenino, en una escritura que recuerda los peores relatos pseudofeministas de los 80: “Bajo mis piernas, exactamente entre mi vientre y tus ojos, entre la risa y el deseo, entre el olor y el sabor de ambos convive el espíritu de esta mujer ungida en tus aceites, esa que ahora se te presenta tal cual y te posee desnuda, descarnada y sin más palabras que su sexo”.

No es raro que leamos en el propio libro esta declaración: “Me estoy volviendo loca, todo me parece que se trata de mí y de mi problema”. Efectivamente, en esta novela todo se trata de Cleo y su drama afectivo, lo cual imposibilita ver los tramados más complejos de una sociedad en que la delación y el acoso político aparecen como pan de cada día. Ideas interesantes, como la de que los hijos de la revolución han sido “rehenes” en su propio país, no son suficientemente desarrolladas por el exagerado circunloquio de Cleo.

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