Filmar una isla

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Noviembre 27, 2018

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En octubre se estrenó Tierra sola, la nueva película de Tiziana Panizza, una de las documentalistas más fascinantes y secretas de Chile. Esta vez, con su cámara super8 indaga en la historia de la cárcel de Isla de Pascua.

por diego zúñiga

La primera vez que pisó la isla fue en 1999, un poco por azar: había hecho un par de trabajos para una productora y el pago fue un pasaje en avión a cualquier ciudad de Chile, la que ella eligiera. Tiziana Panizza (1972) no lo pensó mucho: Isla de Pascua, dijo, ese lugar de Chile del que sabemos poco, poquísimo, y en ese tiempo era aun menos la información que había.

Sería un primer viaje de turismo —que la impactaría, sin duda: el paisaje, la lengua, el aislamiento—, pero luego volvería un par de veces hasta descubrir que en ese lugar había una historia, o más bien varias historias, que le interesaría poner en diálogo frente a su cámara. Quería filmar la isla —ese paisaje, la lengua, el aislamiento—, pero no sabía bien por dónde empezar. Hasta que apareció el detonante: por ese entonces  —alrededor de 2007, 2008— Panizza estaba filmando reportajes para Canal 13, reportajes sobre distintas cárceles de Chile, que le hicieron descubrir cómo cambiaban los recintos dependiendo del lugar en el que estuvieran: “Uno dice cárcel y se imagina un estándar, pero no es así”, explica ella, sentada en su oficina, en una casona de Barrio Italia.

Y ahí vino la pregunta: ¿cómo es la cárcel de Isla de Pascua?

Le pidió entonces a una amiga que estaba allá que fuera a preguntar, y que si encontraba el lugar ojalá sacara algunas fotos.

El relato de esos hombres dialoga, inevitablemente, con la vida de los internos que hoy están en aquella singular cárcel de Isla de Pascua, cuando los van a visitar sus familias, cuando le venden artesanías a los turistas —ahí, en la misma cárcel— o, simplemente, cuando están viendo televisión junto a los gendarmes.

—Ahí volvió mi amiga y me mostró fotos: una cárcel pequeña, que tenía siete presos, una tenencia de carabineros, un par de galpones antiguos con gendarmes rapanui, y la jefa máxima una mujer, cuyo gran proyecto era hacer una cárcel nueva, porque en esta no habían grandes rejas ni muros: los internos andaban prácticamente libres. Entonces pensé: ¿aquí parece que hay una película, no? —dice Panizza y se ríe.

Postuló a un fondo de Corfo para comenzar la investigación y lo ganó: era 2009. Casi 10 años después, todo eso se convertiría en Tierra sola, su último documental, que se estrenó recientemente en octubre en diversas salas del país, en el marco del programa Miradoc, y que viene precedido de varios premios, entre ellos el de Mejor Largometraje Chileno en el Festival de Cine de Valdivia 2017.

La historia de la cárcel de Isla de Pascua, sin embargo, sería solo una parte de lo que filmaría Panizza. Porque cuando fue a la isla a investigar, en 2010, descubriría otros personajes, otros relatos, que le permitirían armar un documental mucho más complejo y, también, mucho más inesperado.

Correspondencia en super8

El nombre de Tiziana Panizza circula desde hace años como un secreto, como un rumor, como una contraseña: hay que ver sus documentales autobiográficos, esas películas filmadas en super8, decían los que habían tenido la posibilidad de descubrir sus filmes en festivales y muestras hace ya varios años.

Estudió periodismo, trabajó durante un buen tiempo realizando contenido para la televisión; su escuela fue la productora Nueva Imagen (El show de los libros, Cinevideo), pero luego se aventuraría a trabajar con otros materiales, esos que la convertirían en un secreto, en un rumor, en una contraseña: Dear Nonna: a film letter (2005), Remitente: una carta visual (2008) y Al final: la última carta (2013) son los cortometrajes que conforman su celebrada trilogía documental Cartas visuales, en la que Panizza indaga en su historia familiar, en su genealogía, marcada por la inmigración.

Tiziana Panizza (1972)

Todo empezó, también, con un viaje, cuando se fue a estudiar cine a Inglaterra, a la Universidad de Westminster, en Londres. Allá confirmó que quería dedicarse a filmar documentales que fueran más allá de lo informativo. Quería transformar esas imágenes reales en una experiencia estética. Entonces, recurrió a su biografía. En ese tiempo nació Dear Nonna, que es, de hecho, una carta visual que Panizza le envía desde Londres a su abuela italiana, quien le leía, cuando ella era una niña, las propias cartas que recibía de su tierra natal. Son solo 14 minutos, pero lo cierto es que el impacto que produce el cortometraje es feroz: las imágenes grabadas en super8 disparan, en el espectador, sus propios recuerdos, su propia infancia, su propia biografía. Esos colores opacos, la frágil nitidez de aquellas imágenes, impulsan a la memoria: esa carta, esa abuela, esa nieta, son de alguna forma personajes de nuestra vida.

Hay algo de los diarios fílmicos de Jonas Mekas y del cine de Chantal Akerman en la obra de Panizza: esa intimidad que surge tanto por los materiales de la realidad con los que trabaja, como por el tratamiento mismo: imágenes porosas, cotidianas, tiempos muertos que solo el cine puede convertir en algo valioso, importante. Más que documentales, son ensayos fílmicos, que han tenido una recepción muy entusiasta —sobre todo por parte de sus pares y de la crítica—: han circulado por distintos festivales y recibido diversos premios (en Perú, en España, en Torino, en Fidocs). Una obra que la vincula a los proyectos de Ignacio Agüero y de José Luis Torres Leiva, por ejemplo, con quienes ha trabajado en distintas instancias. De hecho, con Agüero forma parte del grupo de profesores del Instituto de la Imagen de la Universidad de Chile.

“Algunas personas me han dicho que por qué no me quedé solo con un personaje o con una de las líneas narrativas, pero para mí era importante la digresión, asomarte a otros espacios y que no tuviera una estructura tan clásica”.

Todas esas búsquedas estéticas, esa idea de los ensayos fílmicos, se encuentran en Tierra sola, que cuenta la historia —y la cotidianidad— de la cárcel de Isla de Pascua, pero a ese mundo se suman otros relatos que surgieron a partir de la investigación y, sobre todo, de las imágenes que otros filmaron.

—Cuando fui en 2010 me dediqué, sobre todo, a conversar con muchos viejos, quería conocer a través de ellos la historia de la isla y de la cárcel. Hasta que un día uno me dijo: “Tanto que vai a la cárcel, si toa esta isla fue una cárcel en algún momento”. Me dejó pensando y nos pusimos a investigar, a leer todo lo que había sobre la isla, de distintos historiadores, y empecé a buscar filmaciones y ahí se abrió un mundo.

—Eso es algo característico de tu trabajo. El buscar en el pasado imágenes que hacen sentido en el presente.

—La preocupación por el cine antiguo, el cine patrimonial, viene desde siempre. Hace unos años hice un libro de Joris Ivens y su relación con Chile (Joris Ivens en Chile: el documental entre la poesía y la crítica, 2011, Cuarto Propio), su trabajo en Valparaíso y cómo fue un radio de influencia súper importante para los pioneros del cine documental en Chile: Pedro Chaskel, Sergio Bravo. Eso me gusta mucho, trabajar con ese cine antiguo, y por ahí surgió la idea de ver cómo se había filmado la isla antes…

—¿Y qué encontraste?

—Empezamos buscando en el museo de la isla, y había algunas películas. Pero después entramos a Google y descubrimos que había mucho material repartido en distintas partes del mundo: Bélgica, Noruega, Canadá. Buscamos filmaciones pre-turismo, pre-primer vuelo comercial, año 1966 como tope, porque además ahí cambió el formato de celuloide a video. Nos interesaban todas las expediciones que llegaban en barco y donde había alguien con una cámara.

A partir de ese descubrimiento, Panizza y su equipo recopilaron 32 películas, por lo que entendieron que también debían hacer algo con ese material, así que empezaron un proyecto de ordenar todo y hacer un libro con ese descubrimiento. Y comenzaron a trabajar con las imágenes, pues aquel registro —más de 100 horas de filmaciones— le permitía a Panizza añadir una nueva línea narrativa a la historia de la cárcel: con esas imágenes —muchas filmadas en super8— podía hablar y mostrar el pasado de la isla, y también la forma en que los extranjeros la observaban: como un lugar solitario, aislado, donde casi no aparecen sus habitantes, pues todo es paisaje.

Y fue también en medio de la investigación que descubrió otro punto que le serviría para abrir una nueva línea narrativa: a fines del siglo XIX, el gobierno chileno le arrendó la isla a una compañía británica, que convirtió el territorio en una gran hacienda ovejera y que intervino por completo la isla, que la convirtió, para sus habitantes originarios, en una verdadera cárcel, como le dijo uno de los ancianos a Panizza. Pues los habitantes fueron relegados, sin permiso para circular por su propio territorio y sin los derechos de cualquier ciudadano chileno. En medio de esa historia, Panizza se encontró con algunos sobrevivientes de ese tiempo, que lograron fugarse de la isla en frágiles embarcaciones. En el documental, ellos le cuentan cómo fue estar más de 50 días en alta mar, buscando mejores condiciones de vida, luchando por su libertad.

“Lo que me interesa es que los textos y las imágenes abran sentidos, que complejicen lo que uno va viendo en la pantalla”.

El relato de esos hombres dialoga, inevitablemente, con la vida de los internos que hoy están en aquella singular cárcel de Isla de Pascua, cuando los van a visitar sus familias, cuando le venden artesanías a los turistas —ahí, en la misma cárcel— o, simplemente, cuando están viendo televisión junto a los gendarmes. Pero además el vínculo entre ambas historias lo da el lugar: donde hoy está la cárcel, antes estuvo la casa de los capataces de la hacienda británica. Esos saltos en el tiempo también se traducen, cómo no, en las imágenes que vamos viendo en pantalla.

—Hay escenas que las filmas en digital, como las de la cárcel, en que pasaste horas compartiendo con los internos, y otras en super8. ¿Qué encuentras en ese formato que te lleva a trabajar siempre con él?

—Hay una obstrucción natural: cada rollito de películas son tres minutos y es mudo, entonces esa obstrucción me interesa. En video como que importara menos el momento de filmar, entre comillas, porque puedes grabar mucho y después en el montaje escoger. Pero aquí es al revés: lo que filmo en super8 por lo general va a quedar, entonces la decisión es en el momento.

—Ahora, tengo entendido que estuviste varios meses montando la película. ¿Fue muy complejo?

—Sí, fueron varios meses. Porque siento que el proceso de montaje también es un proceso de investigación. O sea, cuando estás montando veo cuánta duración le voy a dar a una imagen para que se desprenda del texto que le agrego, o calculo los tiempos para habitar esa imagen y, así, que el espectador construya la suya propia, o que su mente divague. Para mí eso es muy importante: que siempre pueda haber una divagación… Algunas personas me han dicho que por qué no me quedé solo con un personaje o con una de las líneas narrativas, pero para mí era importante la digresión, asomarte a otros espacios y que no tuviera una estructura tan clásica. Quería algo más ruiziano, con todos los elementos circulando, y que finalmente de ese fractal pudieses quedarte con algunas cosas. No creo mucho en una dictadura del relato.

—A propósito de la divagación, una de las cosas más bellas de Tierra sola son los textos que van apareciendo junto a las imágenes de la isla. Son textos que parecen pequeños poemas y que aportan siempre otra mirada a lo que vemos en pantalla.

—Creo que eso es algo que me ha interesado desde siempre, ese vínculo entre texto e imagen. Y la dosificación de eso: dejar que entren primero las palabras o la imagen, y no asfixiar. Porque uno se pregunta: ¿en qué medida si pones un texto estás influenciando demasiado una imagen, o no? Lo que me interesa es que los textos y las imágenes abran sentidos, que complejicen lo que uno va viendo en la pantalla.

 

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