Fractales

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Ártico, el nuevo libro de Mike Wilson, es un relato breve, que pudo ser un cuento o una secuencia de una película mística, pero que tomó la forma de muchas frases cortas, de pequeños universos contenidos y listados una noche de invierno, por un caballero extinto.

por lorena amaro

En apenas 15 años, Mike Wilson ha tanteado la literatura desde estéticas muy diversas: desde el relato posapocalíptico y el subgénero de la ciencia ficción, a la reflexión contenida y a la vez enciclopédica de un libro como Leñador, en que daba forma y lenguaje a la vida de un ex boxeador y combatiente de las Malvinas en las lejanas tierras del Yukón. Si ese libro se extendía por 500 páginas, su última entrega, Ártico: una lista, encierra en muy pocas un mundo incluso más frío y desolado que aquel. Wilson ahora abandona las entradas de diccionario para experimentar con otra forma: la de las frases cortas de un listado extenso, una historia que no me atrevería a llamar “en verso”, sino más bien entrecortada, acuchillada. Una historia en que la sangre sobre la nieve es objeto de contemplación, como lo fuera en la historia del caballero Percival. Solo que aquí el caballero va en busca de su dama (o del Graal) bajo el traje raído del “viejo Santa”, un Santa Claus trágico y casi mendicante bajo la tormenta; y su meditación metafísica la efectúa a lomos de una noria que se mueve por inercia, al vaivén del viento.

Con esta breve pero intensa historia, su autor despeja las dudas que podía haber tras la publicación de su monumental Leñador. Después de pasar por el pop y sus arrebatos, para luego sorprender a todos con la construcción de un personaje que huye para vivir una experiencia radical de sanación en la naturaleza, ¿qué más podía escribir Wilson? Hermanados por el frío y por el despojamiento, los sujetos de ambos relatos han atravesado un límite del que es difícil volver.

Los epígrafes de este relato hablan, sugerentemente, de listas. El primero, del compositor Haven Gillespie, “he’s making a list / and checking twice / gonna find out who’s naugthy and nice”, de la famosa canción “Santa Claus is Coming To Town”, es la apertura irónica, demasiado dulce, de lo que hallaremos en el mundo frío de este ártico de mentira: en vez de rostros alegres y regalos navideños, un sujeto solo en una ciudad anónima, que a despecho del invierno se interna en un zoológico abandonado. Este resulta ser el reino del simulacro, en que lo único que queda en pie son los jirones de un decorado absurdo, uno que juntaba el ártico de los osos polares con la Antártica de los pingüinos: “Es un hábitat / Enjaulado / Glaciares de utilería”; “Pingüinos de yeso / Flamencos de plástico / Como flores sintéticas / En un invernadero”. Y sigue: “En la jaula de los cóndores / Hay cóndores / De poliestireno”. El segundo epígrafe, tomado del novelista Cormac McCarthy, sirve de marco a la lectura de este listado de frases lacónicas: “Haz una lista. / Recita una letanía. / Recuerda”.

¿Qué recuerda el narrador de Ártico? El propio escenario por el que se desplaza, un zoológico deshabitado, una sala de videojuegos desierta, son figuras del abandono. Él mismo se descubre como un ser abandonado por la persona querida a la que destina su relato, un “tú”, que aparece avanzado el relato: “Pero ahí / Ante las focas ausentes / Me acuerdo de ti / Por primera vez en años / Regresas a mí / En ese reflejo verde / En un zoo desolado / Y vuelvo a sentirme abatido / Fracturado”.

Desde el zoológico, el protagonista intenta cruzar la ciudad hasta el suburbio donde quizá lo espera su pasado. Un pasado que nunca tuvo futuro, un amor que él imaginó en las soledades del extremo sur, en Ushuaia. En el camino sortea obstáculos y es ayudado por una mujer que limpia sus heridas. El final, trágico, pone de relieve el paisaje, un paisaje fractal como la nieve, un universo que parece tejido de norias y listas blancas de la infancia, como si fueran copos, rasgando el aire. “Te desplazo / de mis pensamientos” –se lamenta- , “Aunque sé / Que sigues cortando / El interior de mis venas / Con los filos / De la nieve fractal”.

Con esta breve pero intensa historia, su autor despeja las dudas que podía haber tras la publicación de su monumental Leñador. Después de pasar por el pop y sus arrebatos, para luego sorprender a todos con la construcción de un personaje que huye para vivir una experiencia radical de sanación en la naturaleza, ¿qué más podía escribir Wilson? Hermanados por el frío y por el despojamiento, los sujetos de ambos relatos han atravesado un límite del que es difícil volver. Pero mientras uno de ellos aparece envuelto en una densa relación con el lenguaje, el otro se presenta en su esquina más frágil, al filo de unas frases breves. La suya es una subjetividad fugaz, hambrienta; recubierta de un traje rojo, lugar común de la abundancia y el mercado, no parece desear rendirse en el pequeño universo helado de Ártico. Ambos protagonistas hacen un contrapunto inteligente: Ártico continúa el ciclo helado –de un frío emocional sin concesiones– inaugurado por Leñador y, al mismo tiempo, deja la puerta abierta a nuevos y versátiles textos de Wilson, tan astutos como este: un relato breve, que pudo ser un cuento o una secuencia de una película mística, pero que tomó la forma de muchas frases cortas, de pequeños universos contenidos y listados una noche de invierno, por un caballero extinto.

 

ártico

Ártico, Fiordo, 2017, 85 páginas, $12.000.

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