Rob Boddice: “El mejor analgésico que tenemos es el cerebro”

El destacado historiador de la ciencia y el dolor ha escrito recientemente varios libros sobre el tema. No cree que sean separables los aspectos naturales y culturales de la emoción. “No hay naturaleza y cultura como categorías distintas o discretas. Todo está siempre ya enredado”, dice.

por Patricio Tapia I 13 Junio 2019

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En el siglo XVII no era tan extraño creer que un dolor de muelas fuera consecuencia de los pecados cometidos. Alguien en el mismo trance, actualmente, puede pensar que se debe al pecado de comer muchos dulces; pero está, a fin de cuentas, en una situación muy distinta. Para empezar, dispone de la bendición analgésica y, sobre todo, no lo ve como un camino de virtud o de salvación.

Pero el dolor, el padecimiento físico, ¿es igual?, ¿sienten ambas personas, separadas por algunos siglos, lo mismo? ¿Eso sería algo inalterable?

En el debate de si las emociones, incluyendo el dolor, se encontraban en la naturaleza o se cultivaban en la cultura, el historiador británico-canadiense Rob Boddice ha postulado que ambos aspectos están tan vinculados que no pueden separarse y que no hay nada inmutable. Es lo que ha planteado en sus libros sobre el dolor y también en sus esfuerzos por abarcar perspectivas más amplias: las emociones y los sentimientos. Para él, la ira, el miedo, el amor o el dolor, entre otras emociones o sentimientos, tienen una historia.

Boddice, historiador de la ciencia y la medicina, es profesor e investigador en la Universidad Libre de Berlín y ha estado vinculado al Instituto Max Planck (Alemania) y a la Universidad McGill (Canadá). Ha sido editor de los libros sobre la consideración de los animales en la ciencia y sobre el dolor en la historia: Anthropocentrism: Human, Animals, Environments (2011) y Pain and Emotion in Modern History (2014). Y es autor de una biografía del padre de la inmunología, Edward Jenner (2015), además de una historia de la simpatía y su redefinición por Darwin y la primera generación de darwinistas, The Science of Sympathy (2016). Sus libros más recientes indagan en el dolor, las emociones y los sentimientos: Pain: A Very Short Introduction, The History of Emotions y A History of Feelings. El primero es una revisión intensiva del tema de las emociones en el ámbito historiográfico, repasando las corrientes e innovaciones más importantes teórica y metodológicamente, aunque no siempre esté de acuerdo con ellas: en su análisis de la “psicohistoria” el movimiento aparece fallido, aunque Boddice alienta la lectura de la obra de Peter Gay.

Si no hay un componente afectivo, una lesión física no dolerá. Muchas personas que reciben disparos no saben que les han disparado, y el dolor aparece solo más tarde, cuando se dan cuenta.

A History of Feelings repasa distintos sentimientos en el tiempo: la ira, el amor, el asco o la felicidad, con acercamientos muy variados y una infinidad de fuentes. Por ejemplo, analiza “el mapa de la ternura”, de Mademoiselle de Scudéry, aquella tierra imaginaria y geografía alegórica, primero concebida como un juego social en el siglo XVII, que incluye el río de la inclinación o el lago de la indiferencia; o las “cuatro etapas de la crueldad”, los grabados de William Hogarth en el siglo XVIII: cada grabado representa una etapa en la vida del personaje: la primera, en la infancia, es la tortura de un perro, a la que siguen el hombre que golpea a su caballo, luego el robo, la seducción y el asesinato y, por último, la crueldad contra él mismo en la horca, como ejecución, y la mutilación del cadáver por cirujanos anatomistas.

“Las emociones sucedieron en la historia, pero no tienen una historia propia”, sería lo que piensan, con algunas prevenciones, muchos psicólogos, biólogos evolutivos y neurobiólogos, señala Boddice en su libro The History of Emotions. “Ofrecer una negación sustancial a ese axioma sigue siendo el principal desafío para la historia de las emociones”, agrega.

 

¿Cómo surgió la historia de las emociones y cómo se han usado las emociones en la labor histórica?

Ha sido un largo camino. Por lo general, los orígenes se particularizan en la obra de Lucien Febvre, pero pocos asumieron las tareas propuestas por la Escuela de los Annales. Peter y Carol Stearns le dieron una nueva vida a este campo, a mediados de la década del 80, pero no fue hasta el libro Navigation of Feeling, de William Reddy, en 2001, cuando encontramos una verdadera tracción teórica y metodológica, la cual surgió de una tradición de la antropología cultural. Por extraño que parezca, hay muchos ejemplos de emociones utilizadas por los historiadores antes de todo esto, precisamente en la forma en que ahora intentamos moldear la disciplina. Tucídides sabía de la mutabilidad e instrumentalidad de las pasiones, al igual que Michelet. Pero ahora estamos investigando el modo de la historicidad afectiva, esforzándonos por comprender las dinámicas de poder estructural que dan a las emociones su importancia política.

 

Grabado de William Hogarth, parte de las “cuatro etapas de la crueldad”.

 

Sus dos últimos libros son sobre la historia de las emociones y de los sentimientos. ¿Es la diferenciación una cuestión de etiquetas o refleja una divergencia teórica o práctica?

Las emociones y los sentimientos solo a veces son usados de manera intercambiable, y es ese “a veces” lo que hace que la elección de la palabra sea intencionada. Al usar “sentimientos“, estoy tratando de alejarme del campo de la psicología contemporánea y de los usos de “emoción”. La frase “yo siento” puede significar una emoción, también puede significar una sensación física o una opinión o un pensamiento. Ella captura la relación dinámica entre cognición, sentido y emoción, que a menudo se pierde cuando nos enfocamos en “emociones” discretas. No pretendo que los “sentimientos” sean una categoría maestra, más que “emociones” es una categoría maestra, sino que quiero que la gente entienda la vida afectiva del pasado en sus propios términos, no en los nuestros.

 

El neurocientífico Antonio Damasio las diferencia: las emociones son reacciones automáticas e inconscientes del cuerpo a ciertos estímulos; los sentimientos ocurren después, cuando el cerebro se da cuenta de tales cambios.

Las definiciones son arbitrarias. En el uso común, son absurdas. Uno de los principales problemas al hablar de “emociones” es que los diferentes campos las definen de distintas maneras. Dado que sabemos que la experiencia de las “emociones” está determinada en parte por la comprensión conceptual de qué son las “emociones”, entonces la referencia a la automaticidad y al inconsciente es, aunque conveniente y extendida, incorrecta e inútil. En la mayoría de los lugares y en la mayoría de las épocas, no hay tales cosas como las “emociones”. Tenemos que preguntarnos qué diferencia se produce cuando pensamos en la experiencia como algo concebido a través de conceptos afectivos totalmente diferentes. Me temo que la opinión de Damasio no se sostiene, y especialmente no ahora que tenemos el maravilloso desmantelamiento forense de tales opiniones por parte de Ruth Leys en su libro The Ascent of Afect (2017). En general, yo evitaría todos los intentos de fijar definiciones atemporales de categorías. El tiempo tiende a distinguir.

 

El dolor podría ser la emoción por excelencia, la más primitiva y constante. Pero en sus estudios sobre el dolor muestra que es algo que escapa a una definición inalterable.

Los investigadores del dolor han comprendido durante muchas décadas que el dolor no es universal ni predecible. Depende del contexto, la experiencia, la atención, y así sucesivamente. No tiene una relación directa con el estímulo sensorial: un pinchazo puede ser una agonía y un golpe de martillo puede no ser nada. Esto pone el dolor directamente en el ámbito de las “emociones”, pero no según la definición fija de Damasio de esa categoría. El dolor también tiene una historia. Es contingente. Es, como lo es la emoción, una construcción del cerebro según la relación dinámica cerebral con el mundo.

Las emociones se han instrumentalizado y se han configurado como un medio para obtener y mantener el poder o mantener a ciertos tipos de personas fuera del poder.

Su discusión sobre el tema va desde el lenguaje del dolor a su expresión artística, considerando factores biológicos, psicológicos y sociales. ¿No son únicamente las dimensiones culturales del dolor las susceptibles de abordarse por la historia?

No hay un estímulo universal del dolor, ni una medida universal, ni una expresión universal. Todas estas cosas están mediadas por el contexto, y todas ellas alteran la experiencia del mismo. El mejor analgésico que tenemos es el cerebro mismo, pero las formas en que activamos nuestras propias cascadas químicas para eliminar el dolor varían enormemente a lo largo del tiempo. Uno podría pensar en el placebo no como una píldora mágica de azúcar, sino como cualquier práctica cargada de creencias culturales con su poder para aliviar el dolor. Por lo tanto, la pintura, la charla, la acupuntura, etc., pueden ser un alivio efectivo del dolor en ciertos contextos. En otros, podrían ser motivo de burlas.

 

Algo curioso es que puede haber dolor sin lesión y (más raramente) lesión sin dolor…

Así es. Eso tiene que ver con cómo el cerebro crea la experiencia en relación con el mundo. Puede que no haya una diferencia sustancial real entre la experiencia de, digamos, la congoja, y la experiencia de una lesión física en circunstancias adversas. El significado del dolor es su componente afectivo. Si no hay un componente afectivo, una lesión física no dolerá. Muchas personas que reciben disparos no saben que les han disparado, y el dolor aparece solo más tarde, cuando se dan cuenta. Más radicalmente, algunas personas con el cerebro dañado pueden sentir completamente las lesiones corporales pero no responden afectivamente. Pueden ver la ruptura corporal de manera desapasionada, o incluso sin sentir nada.

 

Observa que el dolor ha sido buscado por los piadosos como salvación o los masoquistas como placer, llegando a la cultura popular con Cincuenta sombras de Grey, por ejemplo.

El dolor siempre tiene que ver con el contexto y el sentido. Cuando el sentido del dolor —la forma en que se experimenta a nivel afectivo— es positivo, incluso las lesiones graves se pueden experimentar como placer o incluso como virtud.

 

En su libro sobre la historia de las emociones menciona dos “giros”: uno, que los departamentos de historia de todo el mundo parecen haber dado un “giro emocional”. ¿Cómo y por qué ocurrió?

Es difícil de responder. Creo que en parte es una respuesta a una política de la emoción que se ha vuelto explícita —los índices de felicidad, las economías del bienestar—. Esto únicamente ha dejado en claro lo que siempre ha ocurrido: las emociones se han instrumentalizado y se han configurado como un medio para obtener y mantener el poder o mantener a ciertos tipos de personas fuera del poder. Es el tipo de cosas en las que los historiadores están interesados. En parte, creo que también proviene de la sensación de que la vida emocional de la sociedad occidental contemporánea está un poco disminuida, un poco en bruto. Hay una sensación palpable de que algo ha cambiado en nuestras vidas emocionales. Tan pronto como preguntamos cómo y por qué ocurre cualquier cambio, estamos haciendo preguntas históricas.

 

El mapa de la ternura de Madeleine de Scudéry.

 

El otro giro es el “neurocientífico”. ¿Cuál es la importancia de la neurociencia en la historia de las emociones? Propone, en todo caso, un diálogo en ambos sentidos: los neurocientíficos también deben escuchar a los historiadores…

Esto es crucial, pero hasta ahora los historiadores no están reaccionando de manera crítica o en gran número respecto de la neurociencia, y los neurocientíficos, que pueden tener más que ganar de una relación crítica con nosotros, realmente no conocen nuestro trabajo o por qué podría ser importante para ellos. Pero hay mucho en juego, y es de vital importancia que el compromiso de los historiadores con la relación cerebro-cuerpo tenga alguna comprensión de los rápidos cambios conceptuales relacionados con el tema humano que proviene de las neurociencias sociales, y en particular la creciente dependencia de estos académicos respecto de la sociedad y la cultura para dar sentido a lo que está pasando en el cerebro y ver cómo funciona. Ellos no saben muy bien cómo interrogar a la sociedad y la cultura, pero nosotros sí. Estando concertados, podríamos hacer grandes avances en la comprensión de lo que un humano es, cómo vive en las sociedades y cómo cambia (en lo físico y en el sentido) con el paso del tiempo.

 

¿A qué se refiere cuando dice que el principio fundamental de la neurohistoria es que la cultura escribe a la naturaleza?

No hay naturaleza y cultura como categorías distintas o discretas. Todo está siempre ya enredado. Los humanos son bioculturales. Cuando dije esto sobre la neurohistoria, mi punto de vista era algo crítico. Si la cultura escribe a la naturaleza, como los datos en un disco duro, ¿podemos realmente seguir concibiendo a la entidad inscrita como dos cosas, cultura y naturaleza?

 

¿Piensa que la historia debería tratar de reconstruir las emociones (o sentimientos) del pasado tal como eran en su época?

Exactamente. La tentación es siempre traducir desde el material de la fuente a las categorías psicológicas contemporáneas que se entienden más fácilmente. De esta manera, “menis” en La Ilíada generalmente se traduce como “ira” o “cólera”, con implicaciones ampliamente perjudiciales para la trama general. La traducción tiene mucho de trabajo oculto que estaría mejor dejar explícito. Mi solución, a menudo, es dejar las palabras de la antigua “emoción” tal como eran y tratar de explicar qué significaron reconstruyendo el contexto en el que ellas existían, la situación de su despliegue y los gestos y objetos que les dieron forma o estuvieron en su práctica. A veces, como con “menis”, trato de ofrecer nuevas traducciones, pero estas son necesariamente torpes o toscas. El punto principal respecto de las emociones históricas que ahora están perdidas es que no podemos acceder fácilmente a ellas a través de nuestros propios conceptos. Se requiere mucho trabajo para sentir con el pasado.

Es de vital importancia que el compromiso de los historiadores con la relación cerebro-cuerpo tenga alguna comprensión de los rápidos cambios conceptuales relacionados con el tema humano que proviene de las neurociencias sociales.

En su último libro analiza El mapa de la ternura de Madeleine de Scudéry, la salonnière francesa de la Ilustración. A pesar de su oscurecimiento posterior, parece que usted valora la  ternura…

Seguro, pero no creo que pueda llevar a cabo una resurrección. La emoción de la ternura involucraba la comprensión de todo un grupo social de las reglas de compromiso y de las prácticas de la amistad y el amor. Como un sentimiento, estaba completamente ligado con su realización. En todo caso, podría lamentar la falta de prácticas rituales tan significativas en nuestras propias vidas.

 

También dedica un análisis detallado a los grabados de Hogarth sobre las etapas de la crueldad. ¿Por qué?

Porque son fascinantes y, a menudo, demasiado simples de leer. Para mí era importante demostrar el deslizamiento retórico en esas impresiones entre la crueldad y la insensibilidad, y el peligro más agudo para la sociedad y la civilización que esta heredaba. Dedico mucho tiempo en A History of Feelings a la falta de sentimientos y sus consecuencias, especialmente en la época en que generalmente se caracteriza por una mayor “sensibilidad”. Hogarth parecía el camino perfecto para esta discusión.

 

Hacia el final del libro señala que hablar de una historia de la “experiencia” puede abrir las posibilidades políticas de la investigación. ¿Podría decir algo más?, ¿planea escribir una historia de la experiencia?

Pronto me uniré a un nuevo Centro para la Historia de las Experiencias de la Academia Finlandesa, así que sí, la experiencia está bastante en mi radar. Mi preocupación está en que el enfoque en las emociones circunscribe demasiado estrechamente el estudio de cómo las personas se sienten en cuanto al significado de las cosas que hacen y las cosas que les suceden. Mi colega Mark M. Smith ha compartido una preocupación similar en relación a su campo, la historia de los sentidos. Juntos, queremos combinar nuestros campos y encontrar un nuevo camino metodológico que se adecue a la experiencia histórica de manera holística, comprometiendo el cerebro, el cuerpo y el mundo: todos los elementos de la vida afectiva del ser humano en el contexto biocultural. Estamos escribiendo un libro breve para la Cambridge University Press llamado Emotion, Sense, Experience, que saldrá en 2020. Esperamos que rompa algunos límites disciplinarios y haga nuevas conexiones, especialmente con los neurocientíficos sociales.

 

A Histoy of Feelings, Rob Boddice, Reaktion Books, 2019, 240 páginas, £25.00.

 

The Histoy of Emotions, Rob Boddice, Manchester University Press, 2018, 248 páginas, £17.99.

 

Pain: A Very Short Introduction, Rob Boddice, Oxford University Press, 2017, 152 páginas, £7.99.