Febrero 2, 2017

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Cuando en 2015 se estrenó Cincuenta sombras de Grey, sobre un affaire de dominación y sumisión entre un empresario y una estudiante, el crítico Nicholas Barber, de la BBC, escribió: “¿Es un melodrama psicosexual o una comedia romántica cursi? ¿Es Atracción fatal o Pretty Woman?”. A una semana del estreno mundial de Cincuenta sombras más oscuras, segunda parte de la saga, vale la pena recordar los permanentes forcejeos de Hollywood con la moral y ver por qué la industria se ha vuelto más conservadora que en los años 80 y 90.

por evelyn erlij

La primera secuencia de Cincuenta sombras de Grey funciona como trailer para el resto de la película: vemos rascacielos corporativos, un cuerpo atlético mojándose bajo la lluvia, corbatas de seda y un millonario subiéndose a un auto con chofer. El hombre en cuestión es el creador de un imperio económico cuyo rubro no sabremos nunca, pero… a quién le importa: tiene un helicóptero, secretarias con minifalda y un departamento apoteósico en algún rincón de Seattle. Su nombre es Christian Grey y, como buen hombre de negocios, pasará el resto del filme regateando con una estudiante (la joven y virgen Anastasia Steele) para que firme un contrato y se someta a sus juegos sexuales. Vaya uno a saber desde cuándo sexo y papeleo se convirtieron en una fórmula afrodisíaca.

Suponiendo que el treintañero Christian Grey se crió en los 80, es probable que haya visto Atracción fatal (1987), el thriller erótico con Michael Douglas y Glenn Close que enseñaba lo peligroso que podía ser el sexo impulsivo, esa tentación que terminaba en la película con chantaje, violencia y un embarazo no deseado. Grey, en cambio, lleva siempre un condón en su bolsillo (como se ve en dos escenas) y un acuerdo de confidencialidad para ser firmado por sus amantes. Excitante o no, los 650 millones de dólares que recaudó la adaptación cinematográfica de la saga de E.L. James recuerdan cuánto aman, Hollywood y su público, los amoríos de cuello y corbata, y cuánto funciona el sexo como una lucha de clases y poder.

Pero los trajes de profesional exitoso que Mickey Rourke o Michael Douglas se desabrocharon en clásicos del erotismo mainstream como Orquídea salvaje (1989) o Acoso sexual (1994) parecen aquí andrajos: Christian Grey es un “carnívoro del Uno Por Ciento” (en palabras del crítico John Patterson, de The Guardian); un magnate del sadomasoquismo que pasa la mitad de la película seduciendo con vuelos en helicóptero, un Audi de regalo y copas de champaña. El filme, en ese sentido, es fiel al libro, y si solo 20 de sus 125 minutos están dedicados al sexo, es porque para James el deseo no tiene tanto que ver con el cuerpo como con la “erótica del capitalismo”, citando a Hadley Freeman, columnista de ese mismo diario británico.

Si en los 80 el mercado internacional del cine comercial suponía un 20% de los beneficios de una película, hoy es el 80%. Eso implica que la moral se estandariza para que el negocio funcione en todo el mundo: la fórmula es no transgredir los límites de ningún país.

Puede ser reflejo de estos tiempos en que el atractivo de una persona está, en parte, en lo que tiene y ostenta (pensemos en Kim Kardashian), pero eso no explica del todo por qué la versión de Sam Taylor-Johnson, la directora de la película, es bastante más soft que el libro. Freeman, autora del ensayo The Time of My Life, sobre cómo el cine de los 80 se arriesgó más que el cine de hoy, explica que una de las razones del pudor del Hollywood actual está en la globalización: si en los 80 el mercado internacional del cine comercial suponía un 20% de los beneficios de una película, hoy es el 80%. Eso implica que la moral se estandariza para que el negocio funcione en todo el mundo: la fórmula es no transgredir los límites de ningún país.

Pero la industria también se adapta a los vaivenes que ha tenido la sociedad estadounidense respecto del sexo: si en los 80 un filme para adolescentes como Dirty Dancing (1987) mostraba a jóvenes desatando sus impulsos sexuales y abortando, hoy en sagas como Crepúsculo o Los juegos del hambre Hollywood prefiere que los protagonistas maten antes de que tengan sexo, como lo constata Freeman en su libro. No hay nada en Cincuenta sombras de Grey que el cine comercial no haya mostrado ya. Incluso hay menos: si en Bajos instintos (1992) la imagen de Sharon Stone cruzando las piernas tuvo a quién sabe cuántos hombres retrocediendo el VHS para apreciar el “detalle” de la escena, en la película de Taylor-Johnson no hay ningún momento erótico que pasará a la historia.

Por eso hay que ir con calma al hacer comparaciones. Antes de ligar la saga de Cincuenta sombras de Grey con el erotismo soft que la industria explotó en los 80 y 90, vale la pena leer la advertencia que hizo sobre el filme el crítico Anthony Lane, del New Yorker: si busca sexo, dice, “verá más lenguaje sucio en la mayoría de las películas de acción, y más genitales en una conferencia sobre escultura renacentista”. Para escenas picantes, mejor ver series como Game of Thrones, True Blood, Masters of Sex, Transparent o Girls. Hollywood ya no ofende la moral de nadie, y por eso a ningún crítico le extrañó que en la película se hayan omitido algunos de los pasajes más sucios del libro, como la famosa escena que involucraba un tampón.

Será también que nada sorprende en la era del porno gratis en Internet, pero Hollywood, alega Patterson, ni siquiera da la pelea. En cambio (escribe en el artículo ¿Se volvió aburrido el sexo en el cine?), ofrece porno de estatus: limusinas, un montón de sábanas finas; pero “nunca la mancha en la cama o el condón roto”. El anuncio de que Kim Basinger, sex-symbol de Nueve semanas y media (1986) —la referencia en temas de cine comercial y juegos sexuales— interpretará en Cincuenta sombras más oscuras a Mrs. Robinson, la mujer que inicia a Grey en el arte del cuero y el látigo —guiño a El graduado (1967), una película que sí fue transgresora en sus días— recuerda con más fuerza aún lo inofensiva que es la saga de E.L. James.

 

Nueve semanas y media (1986)

Nueve semanas y media (1986)

 

La guerra de los sexos

Hace 30 años, ver a Mickey Rourke, Michael Douglas, Sharon Stone, Demi Moore o Madonna en un afiche de película era garantía de desnudos y sexo, y para expandir la lista de filmes ya mencionados habría que sumar Una propuesta indecente (1993), Sliver: acosada (1993) y El cuerpo del delito (1993). El sexo en Hollywood era un juego de poder, y si Michael Douglas se convirtió en la víctima por excelencia en esa “guerra de los sexos” (Glenn Close lo acosó, Sharon Stone lo manipuló y Demi Moore lo sedujo para vengarse), Mickey Rourke fue el victimario ideal. Nueve semanas y media, sobre dos extraños entregados al placer desenfrenado, no era una obra maestra, pero al menos lograba una tensión sexual pocas veces vista en el cine comercial.

Tampoco se trata de glorificar la “osadía” de los grandes estudios en los años 80 y 90. En esa época, al otro lado del Atlántico, el cine europeo estaba, como siempre, a la vanguardia en temas de moral.

Esa explosión de dramas y thrillers eróticos protagonizados por yuppies, abogados y “gente bien”, tuvo de fondo al Estados Unidos de los años 80, una década marcada por los excesos de Wall Street, por el conservadurismo de Ronald Reagan (el presidente que persiguió la pornografía) y por el sida, la epidemia que le puso un freno a la revolución sexual iniciada en los 60. Por eso el sexo aparece en pantalla mostrando su lado más oscuro: Vestida para matar (1980), de Brian de Palma, comienza con una dueña de casa infiel que contrae una enfermedad venérea, y termina con un transgénero asesino que lucha por definir su identidad sexual.

Los críticos alabaron estos thrillers subidos de tono, pero algunos vieron en la fórmula sexo y sangre —explotada en Doble cuerpo (1984), Atracción fatal y Cacería (1980), en la que Al Pacino persigue a un asesino gay— un reflejo del retroceso moral. El sexo vendía e incitaba a mostrar más piel, pero las tramas solían cerrarse con lecciones de moral. Una excepción fue Bajos instintos, de Paul Verhoeven, una película que abre y cierra con escenas de desnudos y sexo explícito. De ahí que Cincuenta sombras de Grey parezca una versión aséptica del viejo sexo de Hollywood: “¿Es un melodrama psicosexual o una comedia romántica cursi? ¿Es Atracción fatal o Pretty Woman?”, se pregunta el crítico Nicholas Barber, de la BBC.

Tampoco se trata de glorificar la “osadía” de los grandes estudios en los años 80 y 90. En esa época, al otro lado del Atlántico, el cine europeo estaba, como siempre, a la vanguardia en temas de moral. Si de sadomasoquismo se trata, hasta las estrellas habían actuado en filmes sobre el tema: Catherine Deneuve en Bella de día (1967), Gerard Depardieu en Maîtresse (1975), sobre el affaire entre una dominatrix y un joven de pueblo; o Charlotte Rampling en El portero de noche (1974), sobre la relación entre un prisionero y su torturadora en un campo de concentración. Décadas antes, en 1933, Europa había producido Éxtasis, un filme checo con Hedy Lamarr que fue el primero en mostrar en pantalla una escena de sexo y un orgasmo.

 

Afiche de No soy ningún ángel (1933), protagonizada por la bomba sexual de la época Mae West.

Afiche de No soy ningún ángel (1933), protagonizada por la bomba sexual de la época Mae West.

 

Jugar con fuego

La historia entre Hollywood y el erotismo ha sido un juego de tira y afloja, una pelea entre represión y libertad que no se aleja tanto de la lógica sadomasoquista. La industria ha sabido desde sus orígenes que los líos de falda atraen al público, y eso explica que, tras la crisis del 29, el sexo haya aparecido en todas partes, desde los musicales hasta los dramas históricos. “Entre 1929 y 1934, las mujeres en el cine tenían amantes, parían hijos fuera del matrimonio, se deshacían de esposos infieles, disfrutaban de su sexualidad y actuaban como se cree que actuaron solo después de 1968”, escribe el crítico Mick LaSalle en Complicated Women: Sex and Power in Pre-Code Hollywood (2000). Fue la época en que los filmes se llenaron de fallen women, mujeres “caídas de la gracia de Dios”, para las que el sexo fue un arma de liberación.

Hollywood aprovechó la revuelta moral de los locos años 20 y produjo una serie de películas que hasta hoy podrían escandalizar. Carita de ángel (1933), sobre una joven que es explotada por su padre proxeneta y que escapa a Nueva York para prostituirse y enriquecerse, fue una de las más famosas. A diferencia de hoy, el sexo podía tener un trasfondo proletario y marginal. La bomba sexual de la época fue Mae West, quien protagonizó cintas como No soy ningún ángel (1933), sobre una mujer que explota sus atributos físicos para seducir hombres y estrujar sus billeteras. Christian Grey no tiene la culpa: el sexo en Hollywood es indisociable del dinero, y la escena de Nueve semanas y media, en la que Kim Basinger gatea ante los billetes que le lanza Mickey Rourke, es un ejemplo gráfico.

Christian Grey no tiene la culpa: el sexo en Hollywood es indisociable del dinero, y la escena de Nueve semanas y media, en la que Kim Basinger gatea ante los billetes que le lanza Mickey Rourke, es un ejemplo gráfico.

Algunos culpan al erotismo excesivo de Mae West por la creación del Código Hays, una serie de normas que reinaron entre 1934 y 1968, y con las que se buscó “resguardar” la moral y restringir lo que se podía mostrar en pantalla. Besos apasionados, adulterio, blasfemias, sexo antes del matrimonio y una lista larga de prohibiciones obligaron a John Ford, Orson Welles, Billy Wilder, Frank Capra y al resto de cineastas de la era dorada de Hollywood a ingeniárselas para traspasar los límites. En Atrapar al ladrón (1955), por ejemplo, Hitchcock encadena una escena de amor con una imagen de fuegos artificiales; en Esplendor en la hierba (1961), Elia Kazan muestra el primer beso con lengua de Hollywood y aborda el tema de la represión y el sexo en la juventud.

La industria jugó con fuego en Ángeles del infierno (1966), un filme con Peter Fonda y Nancy Sinatra que se promocionó con frases como “sus relaciones íntimas son un atentado contra la decencia”; y frente a la potencia de la revolución sexual, Hollywood cedió y abandonó el Código Hays. El cine europeo (con Buñuel, Fellini, la nouvelle vague, Antonioni, Vadim y todo lo que tuviera a Brigitte Bardot en pantalla) abrió las mentes de Scorsese, Coppola y los demás cineastas que fundaron el Nuevo Hollywood: Blow-Up (1969) incluía el primer desnudo frontal y vello púbico del cine, y en Barbarella (1968) un villano intentaba “matar de placer” a Jane Fonda dentro de una “máquina del exceso”, artefacto que Woody Allen reinventó en Dormilón (1973).

Su filme anterior, Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar (1972), demostró que aunque este último no fuera explícito, sí era un tema a explotar en Hollywood, como lo probaron luego los thrillers y dramas eróticos. El cine indie y los outsiders de la industria siempre arriesgaron más, y cineastas como David Cronenberg (Crash, 1996), David Lynch (Mulholland Drive, 2001) y Stanley Kubrick (Ojos bien cerrados, 1999) exploraron el deseo con libertad moral y creativa. Pero para el Hollywood duro, el que busca llenar salas, el sexo sigue siendo un impulso a frenar o, como dice Grey al hablar de la virginidad de Anastasia, “una situación a rectificar”. Por qué no usar ese lenguaje empresarial para hablar de la película: el sexo en Cincuenta sombras también es “una situación a rectificar”.

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