Enero 11, 2018

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¿Es posible entender a los votantes de Trump leyendo los libros de Raymond Carver o Tobias Wolff, porque se supone que retratan la cultura white trash? El autor de este ensayo dice que no. “Basta que un artista sea capaz de escribir de su entorno, para que de alguna manera se aleje de él”, escribe Fuguet. “No es que uno no pueda ingresar a través de estas páginas en esos pueblos abandonados donde Dios parece estar presente en cada esquina con una iglesia, pero ese mundo es ficción. Los miedos y fisuras de los blancos pobres no generan arte; solo sirven para encender la pira del odio”.

por alberto fuguet

No hace mucho, cuando la paranoia y el terror de la administración Trump opacaba todo posible discurso y conversación, incluyendo la política local, y lo que se hablaba en ciertos departamentos bien decorados y con buena vista era algo así como el inminente fin de mundo o la caída de la supuesta democracia más poderosa del mundo, fui invitado a una cena a una casa electrificada que tenía muchos libros. Era una pareja que, en otras partes, sería tildada de liberal o de azul; acá era entre progre o hipster. Uno de los temas que se discutió, entre platos de poke (un sushi hawaiano) y ajíes rellenos y empanadas fritas de queso de cabra y sopas ramen, además de un variado maridaje, fue el caso de una autora no tan joven que aún deseaba viajar al exterior (a Estados Unidos, es decir, a Nueva York) para estudiar literatura creativa, a pesar de que ya tenía dos libros publicados. Pero al final había desistido: ir a Nueva York bajo la administración Trump era un despropósito. Todos estaban de acuerdo. Alguien en la cena comentó, sin ironía, que ahora allá estaban viviendo una suerte de dictadura del white trash, nazis sureños incluidos, y que su hermano ansiaba terminar su posgrado para huir de vuelta.

Hice un par de preguntas y supe de inmediato que esta gente no era mi-tipo-de-gente. Eran mucho más sofisticados. Había una pose detrás, un plan, una clara superioridad que intentaban disimular con humor e ironía. Eran de aquellos que habían viajado mucho, aunque nunca se habían alejado demasiado de las grandes ciudades turísticas. Muchas millas, poco mundo. Seguían preguntando a qué colegio fuiste. Nueva York, claro, era su ciudad favorita, pero nunca habían cruzado el Hudson hacia Nueva Jersey. Tenían libros de Patti Smith, pero no conocían a Springsteen o Tom Petty o John Cougar Mellencamp. Me di cuenta que el EE.UU. que ellos idealizaban era, en efecto, ideal. Un país laico, metropolitano, cosmopolita, sofisticado, liberal y europeizante.

Con razón había tantos libros de Paul Auster en las repisas.

Con una copa de syrah en la mano decidí alejarme e indagar más en esas repisas. Había, como era de esperar, mucho libro Anagrama y no pocos Taschen. Lo que alguna vez he denominado la mafia amarilla seguía presente en ciertas casas. Como era gente de una cierta edad, los Anagrama eran, en efecto, amarillos en vez de multicolores. Aun así parecía gente leída, culta, no el equivalente local al white trash, como decían ellos. Hojeando algunos autores que tenían ahí, de pronto me iluminé: buena parte de lo mejor de la literatura norteamericana y, por qué no, de la creación mundial, viene desde abajo. De lo que algunos denominan trash (black o white, y ahora latino) o lumpen o proletario. Esto, claro, es más que obvio y ha sido así siempre. Scott Fitzgerald (un wanna be, por lo demás) es la excepción, no la regla. Tenían al enemigo en casa, en sus libreros de raulí. A pesar de haberlos leído, de haber conectado con los personajes a la deriva de Carver y Ford, gente dañada no solo económica sino emocionalmente, seguían hablando de la gente en que se inspiraron estos autores como si fueran “otros”.

–¿Te gusta Carver?

–Lo amo. Amo todo lo americano. Me encanta. Qué parajes, esa cosa gringa desolada.

¿Qué es esa cosa gringa desolada?

Es posible que muchos autores que han escrito acerca de personajes que perfectamente podrían votar por Trump (o por Bush o por Reagan) no dudaron en votar por Clinton o Bernie Sanders, pero sus personajes son otra cosa. Son parte de esa vasta población por donde los aviones pasan encima y que las élites evitan. Algunos de los autores indispensables norteamericanos vienen de esos territorios y escriben o han escrito con la autoridad que da conocer ese mundo de cerca. Tal como Stephen King, se han concentrado en narrar las penas de la clase trabajadora u obrera que, procesada por las traducciones, o filtrada por la crítica, los premios y los éxitos, termina siendo cooptada y hasta limpiada por los lectores y la máquina literaria burguesa, lo que a muchos les impide darse cuenta de que esa “desolación americana” que tanto les atrae es esa misma desolación que tanto evitan.

Lo fascinante y lamentable del elemento de las clases sociales o del origen es que el arte que sale del mundo obrero (y acá me voy a restringir al arte white trash) no es consumido por sus pares. Películas como Winter´s Bone o Frozen River, cintas estupendas acerca de mujeres con todo en su contra, ambientadas en sitios olvidados de Missouri y Nueva Inglaterra, no triunfan en sus lugares de origen.

Como seguían hablando en la mesa de Trump, en la venganza del white trash, de como “esa gente” fue la que votó por este millonario que se hace pasar por un hombre de pueblo, me fijé en ciertos autores que estaban en las repisas. Raymond Carver, Richard Ford, Tobias Wolff. En esa repisa estaba Crónicas de motel, de Sam Shepard, que claramente es acerca del Oeste profundo y de aquellos cuyos sueños no les resultaron y andan a la deriva. En esas mismas repisas, entre el nuevo libro de cuentos de Lucía Berlin (que, tal como dice su título, es sobre mujeres de la limpieza o empleadas que limpian cuartos de hotel) y las novelas de Carla Guelfenbein, estaban los libros de Charles Bukowski, quien quizás terminó siendo el conde de los alcohólicos, pero cuyos orígenes y, más importante aún, sus libros y cuentos y personajes son acerca de quienes están a punto de ser arrojados a la calle.

Hubo un postre de lúcuma y la conversación pasó del empoderamiento del white trash a las posibilidades de Guillier, una puesta en escena del Cirque du Soleil a partir de Soda Stereo y la última película de Sebastián Lelio, que todos quisieron ver y todos decían que al parecer era estupenda, pero que nadie había visto, aunque a todos les parecía notable que Paula colocara a una actriz transgénero en su portada.

Esa noche llegué a mi casa, encendí las luces, miré mi biblioteca y saqué varios libros y los puse en la mesa de la cocina.

Luego busqué una sal de fruta, me la tomé y me dormí.

***

¿A qué nos referimos con white trash? ¿Hablamos de eso cuando hablamos de arte? ¿O usamos esos términos para hablar de literatura extranjera y no para referirse a creaciones artísticas locales?

Mi impresión es que, desde América Latina al menos, mientras más lejano, más libertad tenemos para ser despectivos. ¿Gabriela Mistral es considerada clase obrera? ¿Neruda está realmente ligado a la clase trabajadora?

La literatura, como todas las artes, es una apuesta burguesa. Y por lo general, los autores que surgen desde abajo rápidamente suben en la escala social y en la forma como viven su vida. Se aburguesan, digamos, y muchas veces sus obras posteriores también. Hay pocos malditos que terminaron como malditos. Pedro Lemebel, por ejemplo, quizás fue más coherente en su obra que en su vida. ¿O no? Esto es relativo y discutible: no porque nació en las barriadas necesitó siempre quedarse ahí. Y no porque un autor se crió en un mundo lumpen, necesariamente necesita escribir de ese submundo. Aunque los mejores lo hacen: de los primeros 20 o 25 años sacan el material que usarán el resto de sus vidas.

Lo curioso es que, al presentar estos mundos por escrito o de manera cinematográfica o musical o pictórica o fotográfica, de inmediato pasan por varios filtros. Quizás el más decidor es el estético. Pero hay otro: estos mundos terminan mediatizados y, en vez de miedo o rechazo, hasta pueden provocar morbo o fascinación (la obra de la reciente Premio Nacional de Arte, Paz Errázuriz, es un buen ejemplo).

¿Se puede entender una clase social a través de su arte? ¿Y a qué llamamos su arte? Se ha discutido mucho con el triunfo de Trump si esa inmensa mayoría había sido tomada en cuenta por los medios. Puede ser. Lo que sí es innegable es que el cine, la televisión y la música que los definen y articulan no son vistos o apreciados por las élites ligadas al arte. Al revés sucede lo mismo. La revista The New Yorker no se devora en la Alabama profunda, tal como las comedias populares o la música country no logra seducir a las audiencias más sofisticadas.

 

 

Lo fascinante y lamentable del elemento de las clases sociales o del origen es que –excepciones aparte– el arte que sale del mundo obrero (y acá me voy a restringir al arte white trash, por denominarlo así, aunque prefiero optar por el arte de la clase trabajadora más desposeída y en riesgo) no es consumido por sus pares. Películas como Winter’s Bone o Frozen River, cintas estupendas acerca de mujeres con todo en su contra, ambientadas en sitios olvidados de Missouri y Nueva Inglaterra, no triunfan o funcionan en sus lugares de origen. Jennifer Lawrence y Melissa Leo estuvieron nominadas al Oscar por interpretar a estas mujeres, pero pocas mujeres que viven ese tipo de vida pudieron conectar con ellas.

¿Por qué sucede esto?

Está la idea de que todo arte pasa por un cedazo estético que termina distanciando a aquellos que deberían sentirse identificados e interpelados. Durante años, estrellas como Clint Eastwood y Burt Reynolds lograron hacer películas mediocres pero populares, que conectaban con un público masivo. Reynolds terminó desapareciendo; Eastwood se fue sofisticando, perdiendo a esas masas pro Trump como espectadores, pero ganando el respeto del mundo, del que al parecer él reniega o con el cual no conecta del todo (Eastwood es uno de los pocos cineastas de derecha y pro Trump).

Me acuerdo del final de Jesus´ Son de Denis Johnson: “Toda esa gente rara, y yo mejorándome de a poco cada día rodeado de ellos. Nunca había conocido, nunca me había imaginado ni por un segundo, que podría existir un lugar para gente como nosotros”.

Ese lugar es quizás el que todos buscan. Los que leen y los que no leen. Pero la gente rara en la que se fija Johnson no es exactamente la gente rara que lee en América Latina. La rareza a la que se refiere Denis Johnson es la que surge de la soledad y el abandono y el terror. Más que un problema de traducción, se trata de un asunto de contexto.

Los chilenos, los chilenos como los de la cena a la que fui, leen los libros que surgen del proletariado americano, pero creen que los escritores están hablando de ellos. Lo es y no lo es. Toda persona es universal, pero la literatura que importa es específica. Es ahí donde surge la confusión. Basta que un libro de cuentos de un debutante se haga cargo del mundo en que se crió, para que reciba los aplausos del mundo que antes lo rechazó y no logre conectar con aquellos que lo inspiraron. Esto no es siempre así, pero tiende a ser así. A pesar de que en los primeros libros de Raymond Carver aparecían obreros en sus portadas, fue cooptado y transformado en un dirty realist. Realismo sucio. ¿Por qué sucio? ¿Prosa sucia, gente sucia, un mundo sucio? Hay poca suciedad en los cuentos de Carver y mucha soledad y alcoholismo, compras en Walmart y trabajos que hunden y socavan a sus personajes. Los primeros libros de Richard Ford (Rock Springs, Incendios) captan el Oeste y esas “vidas mínimas” (para citar a nuestro González Vera, que intentó captar el proletariado, pero sin querer tropezó con una mirada condescendiente: ¿por qué esas vidas son mínimas?). Luego, como tantos, Ford se sofisticó más de la cuenta.

Quizás donde mejor aparece el llamado white trash profundo, ese segmento ignorante y resentido, adicto a la comida rápida y al crack, racista y aterrorizado, es viendo realitys que poseen cero filtro. Es en la televisión sin culpa y sin estética.

Lo cierto es que tanto en los libros de Carver y Ford como en los de Wolff y Denis Johnson, para mencionar ejemplos que siguen ocupando un lugar de prominencia en las bibliotecas burguesas, las vidas que captan son cualquier cosa menos mínimas. Una teoría: con la literatura norteamericana traducida (sucede también con las series tipo Breaking Bad y todo el cine que no ocurre en las grandes ciudades), esta clase obrera temida y ridiculizada y que provoca espanto porque votó por Trump, no parece una amenaza. Entre otras cosas, porque los que se sienten amenazados y aterrados son ellos mismos. Veamos un trozo de “El hermano rico”, un cuento clave de Tobias Wolff. Un hermano escapó de sus orígenes, pero el otro no pudo:

“–Sé por qué lo haces. Es porque no tienes ningún objetivo en la vida. Te da miedo relacionarte con gente que sí lo tiene, y por eso te burlas de ellos.

–Relacionarse –dijo Pete suavemente.

–Eres básicamente un individuo asustado –dijo Donald–. Muy amenazado. Siempre has sido así. ¿Recuerdas cuando solías intentar matarme?”.

Quizás donde mejor aparece el llamado white trash profundo, ese segmento ignorante y resentido, adicto a la comida rápida y al crack, racista y aterrorizado, xenofóbico y básico, es viendo realitys que poseen poco filtro o quizás cero filtro. Es en la televisión sin culpa y sin estética donde se puede entender al votante y a los que apoyan y vitorean a Trump. Mirando con morbo esos programas no es fácil detectar el miedo o el susto, porque están por debajo de la rabia, la frustración y el querer tomar el camino fácil.

¿Es posible entender a los votantes de Trump leyendo esos libros que son –supuestamente– acerca de ellos? Yo creo que no. Entre otras cosas, porque no son acerca de ellos. Basta que un artista sea capaz de escribir de su entorno para que de alguna manera se aleje de él. No es que uno no pueda ingresar, vía Carver o Denis Johnson o tantos más a esos pueblos abandonados donde Dios parece estar presente en cada esquina con una iglesia o en las oraciones a la hora de la cena, pero ese mundo es ficción. En la realidad, esos miedos y fisuras no generan arte. Muy por el contrario, esos miedos y fisuras son el combustible para encender la pira del odio. Aquí, un trozo del cuento “Comunista”, de Richard Ford: “Glen Baxter, pienso ahora, no era un mal hombre; era tan solo un hombre asustado de algo que nunca había visto antes: algo blando en su interior, o el que su vida tomara un rumbo que no le gustaba… Una mujer con un hijo. ¿Quién podría reprochárselo? Ignoro lo que hace a la gente hacer lo que hace, o calificarse como se califica, pero sé que sería preciso vivir la vida de alguien para poder entenderla cabalmente”.

Vivir la vida de alguien: algo imposible de lograr. Para eso, claro, están los libros. Esa es su función. Pero la gente se olvida. Al leer a los realistas sucios uno lo entiende: capta que es el miedo y el abandono y la desolación lo que los mueve, y por eso cuesta tildarlos de white trash o de votantes de Trump. Sus personajes quizá entienden demasiado bien, y con una claridad enceguecedora, lo que les tocó.

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