Octubre 25, 2018

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Marta Brunet y Carlos Droguett resultan más actuales que nunca. Y seguramente lo seguirán siendo en el futuro, porque desviaron la mirada para ubicarse en un lugar imprevisto de su tiempo y de otro tiempo, se parapetaron para mirar entre los dobleces, desde la penumbra, aquello incómodo, censurado. Ella lo hizo en su magistral relato “Aguas abajo” y él en la novela Patas de perro, textos imprescindibles en una época en que se alzan las banderas de la disidencia y se ocultan los cada vez más sofisticados métodos de control y castigo.

por diamela eltit

“Aquellos que coinciden completamente con la época, que concuerdan en cualquier punto con ella no son contemporáneos pues, justamente por ello no logran verla, no pueden mantener la mirada fija en ella”, afirma el filósofo italiano Giorgio Agamben en su ensayo “Qué es lo contemporáneo”. Su propuesta apunta a establecer una mirada en los pliegues, en ese punto ciego que contiene, sin embargo, el haz de significaciones que el exceso de luz escamotea.

Esa mirada “otra”, mucho más intensa por la distancia que mantiene con las convenciones impuestas, está impresa en la obra de Marta Brunet y Carlos Droguett. Ambos escritores chilenos se detuvieron en problemáticas que pueden ser catalogadas como “consideraciones intempestivas”, concepto que elaboró Nietzsche para señalar que es contemporáneo aquel que no se ajusta enteramente a su tiempo y, precisamente, por la existencia de ese hiato, de esa discontinuidad, lo entiende y lo percibe.

Marta Brunet abrió, en cierto modo, una “caja de Pandora intempestiva” y dejó que salieran los incontables males que atraviesan al sujeto mujer. Lo hizo desde un imaginario que mantuvo “la mirada fija en su tiempo para percibir no la luz sino la oscuridad”, como señala Agamben. Sus cuentos “Soledad de la sangre” y “Aguas abajo” exploraron, con una agudeza sorprendente, en pleno destiempo con su tiempo, la arista totalitaria del poder impuesta por la asimetría de género que escribe el desvalor de los cuerpos de las mujeres.

La escritora puso de relieve el modo en que el poder opera de manera múltiple e incesante para contener cualquier intento de igualdad en las relaciones entre hombres y mujeres. Lo hizo de modo fino, acudiendo al poder literario para generar lo que Jacques Rancière denomina, en su libro El hilo perdido, una “política de la ficción”. De ese modo construyó un tipo de “democracia novelesca” en la medida en que mostró la sede material de la opresión que cerca al sujeto mujer mediante una sutil deconstrucción de los modos en que se cursa. Mostró en “Soledad de la sangre” la naturalización del tiempo y de la historia incrustados en los tránsitos cotidianos de los cuerpos. Esos tránsitos que ordenan la vida tal como un dispositivo burocrático que certifica su existencia en el vacío y en el vaciado de las horas.

Con “Soledad de la sangre” y “Aguas abajo”, Marta Brunet exploró con una agudeza sorprendente la arista totalitaria del poder impuesta por la asimetría de género que escribe el desvalor de los cuerpos de las mujeres.

Pero es en ese vacío donde se instaló la mirada narrativa de Marta Brunet para leerlo y ver allí lo que esconde ese blanco aparente, esa normalización del tiempo cronológico y cultural; lo que Rancière llama “un poder de la disolución de las identidades, situaciones y encadenamientos consensuales que reproducen, en ropaje moderno, la vieja distribución jerárquica de las formas de vida”. Brunet presentó la solitaria pareja como una sede maquínica de manipulaciones, estrategias y sumisiones para mantener un débil equilibrio fundado en una forma de poder anterior a la pareja misma, un poder inherente que ya solo requiere de una imperativa repetición.

Marta Brunet, sin duda, entró en su tiempo para salir de él al leer, en sus resquicios, los procedimientos más violentos que pudo relevar en el imperturbable transcurso de las ordenanzas. Verificó la intensidad del tiempo incrustado en los cuerpos de las mujeres, contenido en su magistral relato “Aguas abajo”. Magistral porque allí consiguió condensar una cadena temporal que atraviesa materialmente los cuerpos: la abuela, la hija y la nieta en una cadena que, más allá de cualquier aparente contemporaneidad, mantiene intacto el mandato que las clausura y las amontona en un mismo, idéntico destino. Las tres mujeres del relato de Marta Brunet tienen al frente a un hombre-género-poder convencional, que las elige o las desecha, las amontona o les propicia un fugaz protagonismo, una luz falsa, pues en la opacidad del relato yacen sus dobles condenadas a una oscuridad brillante que los ojos atentos a un tiempo suspendido deben visualizar. O, como afirma Giorgio Agamben: “Contemporáneo es aquel que recibe en pleno rostro el haz de tinieblas que proviene de su tiempo”. Precisamente “Aguas abajo” es ese flujo líquido, veloz e infatigable, por donde se deslizan los cuerpos de las mujeres, en un permanente descenso pero, en un vértice otro, una escritura plena conforma, más allá de los tiempos, uno de los relatos más importantes e impactantes de la literatura chilena, un relato que pone de manifiesto una escena incombustible.

“Aguas abajo” todavía arrastra, en su deslizamiento, un recorrido por el tiempo sin un tiempo preciso, como no sea esa mirada al agua que escurre y que busca desnaturalizar el tiempo del cuerpo de las mujeres, pauteados de modo inexorable por la mirada masculinizante del sistema. Una mirada que se sostiene a sí misma o se libera a sí misma mediante el simple pero eficaz modelo de la sujeción de la otra para permanecer en su tiempo. Efectivamente, el relato de Marta Brunet, al mostrar el mapa de la opresión, su implacable estructura, consigue emancipar los cuerpos aun en su sujeción, porque demuestra precisamente, en el constante reloj de arena, los hilos inamovibles del tiempo y su procedimiento. Libera en su ficción la mirada social dominante que no se ejerce más allá de sus propios y rígidos supuestos, porque está cautiva de una falsa contemporaneidad.

En otro registro, Carlos Droguett se internó en un territorio imposible para su tiempo. En palabras de Agamben, fue “capaz de escribir mojando la pluma en las tinieblas del presente”. La novela Patas de perro remarcó una superficie que antes había sido explorada, en una clave distinta pero al fin coincidente, por la novela Alsino de Pedro Prado. Volvió sobre esos pasos, pero esta vez no con el niño alado sino con la animalidad en las patas de Boby, el niño-perro, centro de un dilema que atraviesa la periferia de los tiempos: la diferencia.

Lo interesante y hasta deslumbrante de Patas de perro, es que el niño valora su diferencia, la defiende, la entiende como un don.

Precisamente, la diferencia empaña la ilusión de contemporaneidad más luminosa y representa el contra atributo que marca una disonancia, una no pertenencia plena, una extrañeza. Patas de perro pudo hacer de esa disonancia, de esa extrañeza y de la no pertenencia, un incalculable patrimonio político-estético para mostrar la represión de la totalidad del aparato social ante aquello que no pertenece a la materia y a los cuerpos pauteados por los consensos de lo contemporáneo.

Jacques Rancière asegura en El hilo perdido que la “ficción nueva es sin fin”. Pues bien, Patas de perro se propuso un escenario sin fin, convulso e “intempestivo”. Relevó la animalidad humana de una manera inesperada, despojando esa animalidad de la crueldad asignada por el sistema para desplazarla hacia el aparato social y el conjunto de instituciones que lo conforman y lo sostienen.

La diferencia de Boby (sus patas de perro) abre una pregunta sobre lenguaje y animalidad. Mientras Boby tiene su animal en sus patas junto a su lenguaje elaborado y consistente, el aparato social pierde el lenguaje más humano ante la figura del niño y solo puede recurrir al castigo (inhumano). La familia, la escuela y el barrio muestran sus feroces “colmillos” y atacan a Boby de manera incesante. Pero lo interesante y hasta deslumbrante de esta novela, es que el niño valora su diferencia, la defiende, la entiende como un don. En ese sentido se separa tajantemente de las convenciones de su tiempo para entender que ese cuerpo otro es un valor, un signo poderoso que lo dota y lo resignifica enteramente.

Aunque el niño-perro soporta el embate social de un tiempo que no puede comprender ni menos tolerar la diferencia, también se rebela ante la captura que impone uno de los centros del aparato social: el Estado. Es ese Estado mediante su aparato represivo, la policía, el último recurso que se esgrime contra Boby para encerrarlo, dejarlo fuera de la mirada, esconderlo, en cierto modo hacerlo desaparecer, privarlo de cualquier ciudadanía. Pero Boby, maestro del lenguaje más humano, comprende que su tiempo ha terminado porque su propio tiempo no es capaz de contenerlo. Boby se refugia en lo perruno de sí, en sus patas, para emprender un recorrido lateral, afuerino, aislado, pero liberado de la última y letal institución: la policía.

Marta Brunet y Carlos Droguett son nuestros lúcidos contemporáneos. Seguramente lo serán en los tiempos futuros, porque desviaron la mirada para ubicarse en un lugar imprevisto de su tiempo y de otro tiempo, se parapetaron para mirar entre los dobleces, desde la penumbra, aquello incómodo, censurado. Entendieron lo contemporáneo desde una poética y una política indesmentibles. Definitivamente percibieron que solo podían “ser puntuales a una cita a la que solo se podía faltar”.

 

Imagen de portada: memoriachilena.cl.

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