Junio 15, 2018

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Derecho natural, novela ganadora del premio Nacional de Narrativa en España el 2017, cuenta la historia de una familia que se va desarmando mientras el protagonista, quizá en busca de un orden, entra a estudiar Derecho. En segundo plano aparecen la Transición española, la Movida y el destape cultural, el referéndum de la Constitución de 1978, el golpe de Estado del 23-F y la ley de divorcio. Siguiendo a Tolstói, el autor asegura que “las familias felices son menos interesantes desde el punto de vista narrativo que las desdichadas”.

por patricio tapia

Hay novelistas que, bajo la idea de no repetirse, procuran que cada uno de sus libros sea lo más distinto posible al anterior, aunque a veces se distingan solo en el decorado. Por el contrario, hay otros novelistas que sus libros se parecen entre sí, tienen aires de familia: comparten no solo ambientes (una ciudad, un pueblo) o la clase social de sus protagonistas y personajes, sino también algunos conflictos y un cierto tono. Es el caso de Ignacio Martínez de Pisón (1960). Los sujetos que habitan sus novelas se asemejan; suelen pertenecer a un determinado estrato de la clase media; Zaragoza, la ciudad natal del autor, puede figurar más de una vez; sus narradores son tan dados a la observación de los detalles como poco renuentes al humor.

Hablar de “aires de familia” es, por otra parte, más que apropiado en Martínez de Pisón. Foto de familia se titula uno de sus libros de cuentos y él es, sin duda, un pertinaz indagador de los vínculos familiares. Desde Carreteras secundarias (1996), donde un joven viaja en auto con su padre por la España de 1974 en una suerte de huida permanente, hasta La buena reputación (2014), donde explora un clan en un extendido período de tiempo y en varios escenarios, dividida en los relatos de cada uno de sus integrantes, sus novelas suelen tratar de familias rotas o desajustadas, cuyos conflictos se presentan sobre el trasfondo de la situación política y social española.

“Siempre habrá un margen de discrepancia entre lo que percibimos como justo y lo que la ley consagra como tal. Pero en las democracias más avanzadas ese margen tiende a reducirse, y desde luego no puede haber hueco para leyes injustas y justicias ilegales, que en el fondo son lo mismo”.

Esa dimensión colectiva tal vez se hizo más patente desde su libro Enterrar a los muertos (2005), una crónica narrativa de hechos reales, que persigue la historia del traductor José Robles, desaparecido en Valencia el año 1937 y la búsqueda emprendida por John Dos Passos tratando de saber qué le había pasado.

En la novela más reciente de Martínez de Pisón, Derecho natural, el narrador es el hijo mayor de una familia cuyo padre (irresponsable, egoísta y sentimental), tras un pasado de actor en películas de serie B españolas (de terror y spaghetti-westerns) y continuos abandonos a la madre, se convierte en un imitador de Demis Roussos gracias al parecido logrado con su declive físico. La madre, no del todo cómoda en las formas que va asumiendo la feminidad, decide finalmente tomar el control de su vida y la de sus hijos, los tres hermanos del narrador: un cleptómano y un par de falsas gemelas (una de ellas es hija solo del padre). Todo se irá desarmando de a poco y quizá por eso, en busca de un orden, el protagonista decide cursar Derecho y seguir la carrera académica. En segundo plano, aparecen los años 70 y 80, en Barcelona y en Madrid: la Transición española, el referéndum de la Constitución de 1978, el golpe de Estado del 23-F, la ley de divorcio, la irrupción de las drogas, la “Movida”.

 

Aunque las familias de sus libros son bastante disfuncionales, uno podría pensar que usted es un firme defensor de la familia…

No es que defienda la familia como institución. Es que la familia es una realidad y los escritores de estirpe realista, como yo, tenemos que hablar de la realidad que nos ha tocado vivir. Es verdad que las familias de mis novelas son conflictivas, pero ¿cuál no lo es en un momento u otro? Y, en todo caso, las familias felices son menos interesantes desde el punto de vista narrativo que las desdichadas.

 

Figuran con cierta recurrencia en sus libros los padres ausentes o huidizos. ¿Alguna razón?

Supongo que tiene que ver con el hecho de que mi padre murió cuando yo tenía nueve años. Esa ausencia se ha trasladado a mis historias envuelta en diferentes ropajes. En el caso de Derecho natural, es la ausencia intermitente de un padre que va y viene entre su propia vida y la vida familiar.

“Digamos que el Código Penal, que recoge los peores comportamientos del ser humano, es una buena fuente de historias. Y dentro de los delitos tipificados en el Código Penal, los que más me atraen son, en efecto, los que se mueven en el campo de la estafa”.

 

La vocación jurídica del protagonista de Derecho natural, ¿nace de una necesidad de distribuir culpas?

El narrador es un joven obsesionado con la rectitud que ha crecido en un mundo en el que los adultos no paraban de tomar decisiones torcidas. Su vocación por el Derecho tiene que ver con esa obsesión personal por la rectitud pero también con el hecho de que en esa España, como en el Chile posterior a Pinochet, se estaba construyendo una nueva legalidad democrática. Su necesidad de conocer unos límites legales es paralela a la de una sociedad que de pronto se encontraba con unos límites legales distintos de los que hasta entonces habían imperado.

 

Otra forma de decirlo, como se plantea en el libro, es establecer la distancia entre la justicia y la ley. ¿Qué es peor: la ley injusta o la justicia ilegal?

Siempre habrá un margen de discrepancia entre lo que percibimos como justo y lo que la ley consagra como tal. Pero en las democracias más avanzadas ese margen tiende a reducirse, y desde luego no puede haber hueco para leyes injustas y justicias ilegales, que en el fondo son lo mismo.

 

¿Le atraen los personajes que bordean la estafa? Pienso en el padre aquí, pero también en una tía de María bonita

Digamos que el Código Penal, que recoge los peores comportamientos del ser humano, es una buena fuente de historias. Y dentro de los delitos tipificados en el Código Penal, los que más me atraen son, en efecto, los que se mueven en el campo de la estafa. Me atraen menos aquellos en los que hay de por medio armas de fuego y derramamiento de sangre: por muy natural que nos parezca eso en las películas norteamericanas, en los países como España, en los que muy poca gente tiene licencia de armas, ese tipo de crímenes resulta algo extravagante.

 

Entre los curiosos trabajos del padre se cuenta el ser agente de artistas infantiles; en Carreteras secundarias el padre también fue agente de al menos una artista. ¿Ha tenido usted malas experiencias con algún representante?

No, por suerte no ha sido así. Pero ya casi ni me acordaba de que, en efecto, el protagonista de Carreteras secundarias se dedicó brevemente a esa profesión, la misma que ejercen algunos protagonistas de Derecho natural. En realidad, lo que quería era contar una historia ambientada en el mundo de los actores, sobre todo de los actores malos de las películas malas que por entonces se hacían en España.

“En la época en la que transcurre parte de la historia de Derecho natural teníamos muy presente lo que por entonces estaba pasando en Chile y Argentina. Los militares españoles de esa época no eran tan distintos de los militares chilenos y argentinos que tomaron el poder y lo ejercieron con violencia”.

 

¿Qué prefiere: Demis Roussos o Joan Manuel Serrat? En todo caso, usted parece ajeno al recurso a la nostalgia…

Intento evitar la nostalgia, que me parece un recurso barato y facilón. Pero no puedo evitar emocionarme con alguna canción de Serrat, muy especialmente, como les ocurre a los personajes de la novela, con “Romancillo de mayo”, una vieja y maravillosa versión de Serrat de un poema de Miguel Hernández. Todo en esa canción es celebración de la vida. Quizás por eso me pone de tan buen humor escucharla.

¿Detecta algún momento en que se acentuara su interés por una reflexión sobre el pasado colectivo español?

Eso tiene que ver con la madurez. Cuando eres joven, te importa poco el pasado. A medida que te vas haciendo mayor, empiezas a hacerte preguntas acerca de la sociedad y el momento histórico que te ha tocado vivir, y eso te lleva a hacerte también preguntas sobre momentos históricos anteriores, de los que al fin y al cabo el presente es una consecuencia. En la época en la que transcurre parte de la historia de Derecho natural teníamos muy presente lo que por entonces estaba pasando en Chile y Argentina. Los militares españoles de esa época no eran tan distintos de los militares chilenos y argentinos que tomaron el poder y lo ejercieron con violencia.

 

¿Tuvo alguna importancia en este sentido su libro Enterrar a los muertos?

Enterrar a los muertos cuenta una historia desgraciada de la Guerra Civil española: el asesinato de un intelectual republicano a manos de unos pistoleros que decían actuar en defensa de la República. De todos mis libros, es el que más reflexiona sobre la Guerra Civil, y sin duda esa reflexión sobre el conflicto que dio inicio a la larga dictadura franquista me sirvió para entender mejor lo que ocurrió en España cuando por fin esa dictadura concluyó.

 

El protagonista de Derecho natural se pregunta cómo se resume una vida. ¿Tiene alguna respuesta sobre la suya?

Hay un momento en la vida de todas las personas en el que nuestra vida ya está escrita. Nada de lo que hagamos después cambiará demasiado lo que ya somos. Supongo que, a mis 57 años, estoy cerca de ese momento. Y mi resumen no puede ser más sencillo: empecé a publicar novelas (y por tanto a imaginar vidas ajenas) cuando tenía 23 años y desde entonces prácticamente no he hecho otra cosa.

 

Imagen de portada: Iván Giménez.

 

Derecho natural, Ignacio Martínez de Pisón, Seix Barral, 2017, 445 páginas, $20.900.

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