Noviembre 16, 2018

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La exposición Matta. Obra gráfica 1943-1968. De la New School de Nueva York a la revolución intelectual del 68 descubre la exploración del artista chileno en el grabado. Iniciado en la técnica en 1943 por el grabador Stanley William Hayter, estas obras permiten seguir las perplejidades que acompañaron a Matta entre esos 25 años: la representación de lo psicológico, el erotismo, el compromiso político y los horrores de la guerra.

por matías hinojosa

En 1937, luego de mostrarles sus dibujos a André Breton, Roberto Matta es aceptado en el grupo surrealista. Fueron sus “morfologías psicológicas”, como denominaba el artista a sus intentos de dar expresión visual a los contenidos del inconsciente, los que le allanaron su ingreso en la vanguardia. Dentro de las filas surrealistas tuvo ocasión de rodearse con los más importantes creadores del momento, tanto en Francia como en Estados Unidos, a la vez que desarrolló el que sería considerado uno de sus mejores períodos artísticos.

En un principio algo distante de los sucesos que agitaban Europa, finalizada la Segunda Guerra Mundial sus representaciones cósmicas del interior humano fueron dando paso a una obra más figurativa, integrando máquinas y humanoides en sus cuadros. Este vuelco en su pintura inauguraría una nueva etapa en su carrera y su interés por el devenir de las sociedades ya no abandonaría jamás su imaginario. Sin embargo, esta nueva perspectiva sería una de las razones que le costaría su expulsión del grupo surrealista. Aquel tránsito, desde la abstracción pura a una visión más comprometida con los dramas del hombre, se puede apreciar en la exposición Matta. Obra gráfica 1943-1968. De la New School de Nueva York a la revolución intelectual del 68, que hasta el 20 de enero de 2019 muestra en el primer piso del MAC el 90% de los grabados hechos por el artista entre esos años.

“Los surrealistas pensaban que estas obras con elementos figurativos ya no los representaban, que él hablaba de otra cosa”, cuenta la curadora Inés Ortega-Márquez. “Todos habían desembocado en la abstracción y esto lo interpretaban como un retroceso. Matta usa la figuración para narrar lo que estaba pasando, pero no abandona la abstracción pura, solo se aleja de ella, más o menos entre el 47 y el 55, porque entre medio hay pinturas como El nacimiento de América, que se puede ver en esta exposición, y que es totalmente abstracta”.

“Cuando fue el alzamiento español y asesinan a Lorca, eso lo desgarra, conoce entonces de cerca la injusticia y queda grabado para siempre”.

El Taller 17

En 1939 Matta desembarca en Estados Unidos, como buena parte de los artistas de vanguardia europeos. La guerra había desplazado el centro de interés artístico desde París a Nueva York. Aquí, Matta se convertirá en punto de referencia para nuevos artistas, como Pollock y Rothko, quienes estaban absorbiendo rápidamente las ideas de los surrealistas en exilio. Si en París el café Deux Magots sirvió como punto de encuentro para el grupo, en Nueva York el Taller 17 de Stanley William Hayter tomaría la posta, convirtiéndose en un importante centro de reunión

Fundado originalmente en 1927 en la capital francesa y trasladado a Estados Unidos en 1940, pasaron por este taller de grabado artistas como Picasso, Miró y Kandinski. Los innovadores recursos que Hayter estaba aplicando a esta técnica, y que lo ubican dentro de los más destacados grabadores del siglo XX, llamaron inmediatamente la atención dentro de la denominada Escuela de Nueva York.

Matta realizó su primera serie de grabados en 1943 y la tituló, precisamente, The New School.  “Matta en París no visitó el Taller 17 ni había aprendido grabación, pero ya en el 43 en Nueva York sí que se animó, probablemente por el ambiente en que estaba rodeado, porque Pollock también acudía al taller y otros que estaban en el grupo”, dice Ortega-Márquez. “El aprendizaje del grabado que hizo Matta con Hayter tenía muchas posibilidades, especialmente cromáticas. De hecho, casi todos los vanguardistas del período han manejado la misma estructura de grabado porque aprendieron en el mismo lugar”.

Dentro de la exposición se puede conocer esta primera incursión del artista chileno en el grabado: una de las piezas en exhibición data de 1943. En tanto, el resto de la serie expuesta fue impresa recién en 1980. En estos trabajos se ve el interés de Matta por lo erótico, representando una orgía de intrincadas figuras humanas, una mezcla de brazos, piernas y genitales, que a su vez remiten a la faceta más primitiva y salvaje de su obra. De estos años también se exhibe I want to see it to believe it, en el que desarrolla su concepto del “cubo abierto”.

“No veo ningún tipo de grabado que digas: esto en pintura no existe. En este nuevo lenguaje pone el mismo espíritu y la misma fuerza que había puesto en su pintura, claro que los efectos no son los mismos”.

Otra serie que se puede ver es Vigies sur cibles (1959), un conjunto de ilustraciones que Matta realiza para un libro de arte, del mismo nombre, escrito por Henri Michaux. Estas imágenes son una continuación de la pintura Etre Cible (Ser el blanco) y su resultado propicia la reconciliación de Matta con André Breton, quien reintegra al pintor chileno en el grupo surrealista.

De los 60, su período más politizado, se incluyen obras que tratan asuntos como la guerra de Vietnam, la revolución cubana y la base militar de Guantánamo.

 

¿Qué circunstancias propiciaron el paso de Matta de las “morfologías sicológicas” a su preocupación por lo social?

Yo considero que la preocupación de Matta por el tema social arrancó incluso antes de que se convirtiera en pintor. Cuando él se marchó de Chile, en un momento se desplaza a España a ver a su familia y conoce a Federico García Lorca. Si bien no fueron profundamente amigos, porque no tuvieron tiempo para hacerlo (solo pudieron relacionarse en contadas ocasiones en Madrid, en casa de sus tíos), su figura lo influye profundamente. Por lo tanto, cuando fue el alzamiento español y asesinan a Lorca, eso lo desgarra, conoce entonces de cerca la injusticia y queda grabado para siempre.

 

Fue un golpe de realidad…

Claro. A mí juicio, en este primer contacto con una realidad hostil, bélica y de acontecimientos trágicos, él empieza a palpar esta idea, que después maneja mucho, de la perversidad del hombre contra el hombre, que es capaz de matar a otro por el pensamiento, por la ideología. Por esa misma época además, en el año 37, Matta está en el pabellón de España y conoce a Picasso, justo en el momento en que está pintando el Guernica, que probablemente es la muestra más feroz que él se podría haber encontrado de esto, es decir, de una situación bélica…

 

Una representación descarnada del horror…

Claro, un horror más palpable, más directo. La influencia que tuvo en él esta obra la veo en esos caballos enloquecidos, caídos en tierra, relacionados con las aventuras del Quijote, que aparecieron después en sus pinturas y en todos los demás formatos en los que trabajó. Siempre he pensado que el Guernica quedó muy internalizado en él.

 

¿Hay particularidades en sus grabados que no se ven en su pintura?

Yo creo que Matta traspasa al grabado todas sus preocupaciones que había manejado en la pintura. En ellos, por ejemplo, está tratado el tema del espacio, lo erótico y todas sus inquietudes sociales y políticas. Entonces, él está en dos soportes distintos plasmando las mismas exploraciones, las mismas búsquedas, solo que grabar es una cosa y pintar es otra, de modo que el tratamiento que da a cada una es obviamente diferente, pero la conceptualidad que maneja es la misma. No veo ningún tipo de grabado que digas: esto en pintura no existe. En este nuevo lenguaje pone el mismo espíritu y la misma fuerza que había puesto en su pintura, claro que los efectos no son los mismos, porque en ningún caso puede ser semejante un grabado a una pintura.

Hasta el 20 de enero en el MAC de Parque Forestal

Matta. Obra gráfica 1943-1968. De la New School de Nueva York a la revolución intelectual del 68, curada por Inés Ortega-Márquez, comprende trabajos inéditos de una colección privada nunca antes exhibida. La muestra está compuesta por más de 170 obras que incluyen litografías, aguafuertes, aguatintas, libros, ilustraciones y otros objetos. Inaugurada el pasado 25 de octubre, estará abierta hasta el 20 de enero en el Museo de Arte Contemporáneo de Parque Forestal.

 

Sí, el uso del color, por ejemplo, que es tan característico en su pintura, no tiene la misma presencia en los grabados.

Absolutamente, pero ten en cuenta que esta forma de grabar, que la inventó Hayter, quien usaba desniveles y planos distintos para imprimir, conservaba bastante el carácter original de los colores, reproduciendo fielmente lo que cada pintor quería lograr como cromatismo, como pigmento personal. Esto lo ves bastante en los grabados de Matta. En ellos aparecen, por ejemplo, esos amarillos y verdes que él usaba y se reconoce fácilmente su sello. Cuando entras a una de las salas y miras alguna de las obras, sobre todo las más cromáticas, reconoces a Matta, no podrían ser de otra persona. Si tú ves grabados de Miró, tampoco te cabría duda de que son de él, porque llevan su sello personal, siendo totalmente distinto el trabajo de color en uno y en otro. Matta hace unos fondos de color nada que ver, que ocupan los espacios así sucesivamente, mientras que Miró es una cosa más compacta, más plana, más separada. No hay esa conjunción cromática que logra Matta, por lo cual en ese sentido es difícil de imitar. De hecho hay muchos falsos de Matta y uno los puede descubrir, precisamente, por esos fondos cromáticos que no están logrados.

 

¿Cómo Matta llega a convertirse en una figura protagónica de la Escuela de Nueva York?

Matta era el más joven de todos los artistas de ese movimiento (tenía 28 años en 1939) y son sus características personales las que de algún modo lo llevan a ocupar ese sitio. Hay que considerar que viene de París, es muy desenvuelto y simpático, tiene bastante mundo y además conocía a mucha gente. Por otra parte, hablaba inglés, por lo cual está muy por encima de todos los demás artistas europeos que llegaron a Estados Unidos, que no se desenvolvían sino en francés; hasta los españoles lo que hablaban era francés. Entonces esas características y su audacia –porque se le ocurre, por ejemplo, empezar a pintar con las telas tiradas en el piso, cosa que todavía no había hecho Pollock, justo en el momento en que todos querían liberarse de las antiguas maneras–, lo convierten en el puente entre el surrealismo francés, de Breton, y la vanguardia norteamericana, donde realmente no se hacía surrealismo. Yo creo que Matta debiera estar en todos los tratados de pintura, nunca debiera faltar su nombre. Sin embargo, la mayoría de las veces no aparece porque la Escuela de Nueva York se hizo muy para dentro.

 

¿Y por qué no se le reconoce su importancia?

Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se descubre el Holocausto, Matta experimenta un cambio radical hacia la figuración para narrar mejor lo que pasó. Ese es un quiebre muy importante y en ese minuto Matta deja de pertenecer de modo natural al grupo, a los surrealistas y a la Escuela de Nueva York, porque de ambos lados le dan la patada. Eso a él le duele muchísimo y se marcha a Europa despechado, por decirlo de alguna manera. En ese despecho quizás empieza el deterioro de la imagen magnífica que había logrado Matta en Estados Unidos. Y yo creo que él después no hace nada por remontarla, porque está harto. Una de las peculiaridades de Matta es que nunca le gustó la pertenencia a cosas, no le gustaba que lo etiquetaran, con lo cual no hizo esfuerzos posteriores para reunirse de nuevo con ninguna tendencia y ya devuelta en Europa, al final del 40, anduvo solo, sin adscribirse a ninguna corriente en particular.

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