Infractores buena onda

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En los últimos 10 años el uso de la bicicleta se ha duplicado en nuestra ciudad, trayendo consigo evidentes efectos positivos. Sin embargo, es común ver a cientos de ciclistas infringiendo la ley todos los días. Mientras la ley de tránsito y las agrupaciones de ciclistas sancionan estas prácticas, las disputas por las veredas se han convertido, aunque a pequeña escala, en un innegable problema urbano.

por iván poduje

La aglomeración define muy bien la esencia de una ciudad: se trata de un espacio reducido donde se concentran muchas actividades, personas o flujos de información. En Chile esto es aún más fuerte, ya que casi el 90% de la población vive en menos del 2% del territorio nacional. Pese al romanticismo que despierta la bucólica vida en el campo, las ciudades ofrecen más opciones de desarrollo y bienestar, menos pobreza, mejores salarios. Esta es la razón que explica su crecimiento y por qué incluso sus férreos detractores no se mueven de ella.

La aglomeración urbana también explica muchos problemas que nos aquejan. La presión por ocupar los lugares eleva su demanda y el precio de los terrenos, haciendo que los grupos de menos recursos deban vivir en los lugares con menos atributos. Asimismo, la aglomeración se aprecia en la concentración de gigantescos edificios en unas pocas manzanas, en las multitudes que se agolpan en estaciones de metro o paraderos de buses, o las filas de autos detenidos en las calles más concurridas. Desde luego, también se expresa en las batallas que se producen por localizar usos o actividades, entre grupos de vecinos que buscan impedir que sus barrios reciban nuevos vecinos, colegios o centros comerciales que traigan más ruido y flujo, o antenas de celulares que afecten el paisaje.

Los ciclistas de vereda se mueven casi con orgullo por la ciudad. Lo hacen en flamantes bicicletas vintage, con cascos y equipos reflectantes y unas campanitas que alertan de su paso a los peatones de forma sutil si no quieren sufrir un accidente. Somos ecológicos, somos sustentables, somos hiperconscientes, parecen decirnos.

En las veredas se libra una batalla similar entre ciclistas y peatones. De acuerdo con estudios del Ministerio de Transportes, el uso de la bicicleta se duplicó en los últimos 10 años hasta llegar a 700 mil viajes diarios. Si bien su participación sobre el total de viajes sigue siendo muy baja (no supera el 4%), el efecto se nota (y mucho) en algunos barrios de Las Condes, Providencia o Santiago.

Ahí los ciclistas ya son parte del paisaje urbano, lo que tiene aspectos positivos: reducen la congestión vehicular, ocupan poco espacio de calles y no contaminan como los autos o buses. El problema se produce cuando la bicicleta entra en la disputa del espacio urbano de forma irregular, ocupando las veredas que no están diseñadas para su uso. Una bicicleta circulando a 10 kilómetros por hora es un peligro público para cualquier peatón y por ello esa conducta está prohibida por la ley de tránsito.

Sin embargo, es común ver a cientos de ciclistas infringiendo la ley todos los días, como esos automovilistas que andan a exceso de velocidad o pasándose luces rojas. Su actitud es distinta, claro. Los ciclistas de vereda se mueven casi con orgullo por la ciudad. Lo hacen en flamantes bicicletas vintage, con cascos y equipos reflectantes y unas campanitas que alertan de su paso a los peatones de forma sutil si no quieren sufrir un accidente. Somos ecológicos, somos sustentables, somos hiperconscientes, parecen decirnos.

Esta actitud es rechazada por las propias agrupaciones de ciclistas, que hacen campañas para bajar a estos infractores de las veredas. Lamentablemente, sus llamados no tienen efecto, en parte porque es difícil fiscalizar su uso y también porque existen personas, e incluso autoridades, que minimizan el riesgo que ello implica, o lo ven como un costo menor en relación a las virtudes que tiene la bicicleta.

Si ponemos el asunto en perspectiva, debemos reconocer que no estamos hablando de un gran problema urbano. Los infractores buena onda se concentran en unas pocas comunas del barrio alto o del centro metropolitano, si bien su atropellado paso por las veredas se produce en las horas punta. Pero si esta actitud individualista se extiende hacia otros ámbitos del uso del espacio público, la convivencia urbana se tornará cada vez más difícil, lo que podría ser crítico en un escenario donde la aglomeración seguirá siendo un aspecto central de las ciudades.

Urge regular este problema y fiscalizar con decisión, como se hace en otros países donde los conflictos entre peatones y ciclistas han generado airadas polémicas. La bicicleta seguirá aumentando su importancia y puede ser un eslabón eficiente en la cadena de transporte, en la medida en que no sea percibida como una amenaza para las personas que caminan, que siguen siendo, por lejos, las más relevantes en términos del número de viajes.

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